Viernes creativo: escribe una historia

El gran Pablo Gonz ha empezado a escribir un cuento, ¡pero ha olvidado cómo terminaba! Yo le he dicho que la gente que escribe en los #viernescreativos puede ayudarle. ¿Te atreves a continuar este cuento de Pablo?

JUSTICIA VERTICAL

Sin que doña Haydee se percate, Justo, el de la verdulería, añade mil pesos a su cuenta. «Son 11.200», anuncia. Y ella: «Uy, cómo subió todo, ¿no?» Pero abre sin más su monedero, paga lo que debe y sale a la calle con sus bolsas. «Hola», le dice Carmelín, una muchacha que va entrando en la tienda. «Hola» responde la vieja y emprende despacito hacia su portal pero: «¡Uy, mil pesos!», uno de esos billetitos muy doblados y muy necesarios. Doña Haydee lo recoge. Mira a su alrededor, y como no ve a nadie, guarda el billete en su monedero y entra en su casa. «Son mil pesos» dice Justo, el de la verdulería, y le tiende a Carmelín una bolsa con dos kilos de patatas. «Vaya –replica la joven–, traía el billete aquí, en el bolsillo del pantalón.» Y entonces…

Si en vez de escribir un final, este cuento te sugiere otra cosa, otro punto de vista, otra historia, no dudes en escribirla.

Como siempre digo, puedes dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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20 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Don Justo agita la cabeza a un lado y a otro, sabe que aún hay cierta justicia que no escapa a sus manos. Después de recolocar calabacines y berenjenas en un gesto aprendido, invita a Carmelín a pasar a la trastienda, otra vez, y le da lecciones que ha tardado años en aprender, pero que a una joven como ella le servirán para toda la vida. Por solo mil pesos.

  2. Carmelín sabe perfectamente que el dinero lo llevaba en el bolsillo del pantalón. Abandonando la bolsa en la tienda, sale de ella y se dirige sobre sus propios pasos, para recorrer los escasos doscientos metros que hay entre su casa y la verdulería. No logra encontrarlos, es incapaz de entender que es lo que ha pasado. De nuevo sube al piso y decidida, cuenta los pesos que restan en su armario. Cada vez está mas segura de que los llevaba.
    Coge otro billete de mil pesos, baja a la calle y con gesto torcido paga la cuenta, engancha la bolsa y sale de nuevo de la tienda.
    Comienza a sospechar lo que ha sucedido pero hasta que no lo tenga claro, permanecerá callada. Ella es así, discreta y prudente. Prefiere perder mil pesos que el cariño y la amistad de toda una vida y el respeto que siente por la “vieja”.

  3. Del mal trago que está pasando, se le escurre la bolsa y las patatas ruedan por el suelo, se alinean, forman una base cuadrada y se apilan para terminar en una piramide perfecta. Del mismo modo que tres minutos antes, ocupaban el lugar y la forma en el stand de exposición. La muchacha mira con asombro a don Justo, pero éste distraído limpia las uvas podridas. Mås segura que nunca da media vuelta y tranquilamente sale del establecimiento, pues sabe que hoy la suerte le acompaña.

  4. La cuadratura del círculo
    —————— ῀ ——————
    Hoy Justo se ha levantado con ganas de abrazos. Pero Justo es de poco trato, de casi nada, en realidad, más allá del buenos días, qué le pongo, hoy tengo los tomates de oferta. Y aun así se ha visto casi forzado a rodear con sus brazos enormes a Hortensia, la portera, que casi se desmaya del susto.
    Hoy Hortensia se ha visto imbuida de abrazos. No es tampoco ella de mucho tocar, pero cuando fregaba el descansillo no ha podido resistirse a estrujar contra su pecho a Julita la del segundo interior, esa joven callada y a la que no se le conoce varón. Cuando ha salido del portal, por primera vez en años, Julita sonreía.
    Hoy Julita la del segundo interior ha caminado hasta la mercería en la que cose por horas con unas ganas irrefrenables de abrazar. Don Casto, el estanquero, sacaba las cajas vacías justo cuando la joven sin varón conocido pasaba por su puerta, y ambos se han fundido en un abrazo del que ninguno ha querido escapar. Don Casto, viudo desde la guerra, no ha gritado a ningún proveedor, ni ha cerrado de portazo el estanco cuando se ha dirigido al bar de Mariela, donde come a diario un menú de siete francos con vino y postre.
    Hoy don Casto necesitaba más abrazos. Cuando Mariela le ha abierto la puerta y le ha acompañado hasta su mesa, ha notado algo diferente en don Casto, y su sorpresa ha sido mayúscula cuando el viudo la ha rodeado con los brazos hasta casi ahogarla, pero ella ni siquiera se ha quejado. De hecho, le ha encantado.
    Hoy Mariela se ha emborrachado de abrazos. Cuando se ha acercado hasta la frutería de Justo a por las coles con las que preparará la cena, ambos se han mirado de lejos, han dejado caer al suelo bolsas y lechugas, monederos y delantales, y se han fundido en un abrazo que, según dicen algunas clientas, aún dura.

  5. Justo mira por encima de sus gafas, para no desgastar los cristales, mientras se frota las manos a la espera del billete que no llega. Carmelín da vuelta a los bolsillos nerviosa. No aparece el billetito, sus últimos mil pesos, el billete dobladito que había guardado para las patatas que serian la comida de sus próximos días. Patatas viudas y ahora, sólo le queda lo de viudas, porque viendo la cara de Justo, el verdulero, sabía que sería inútil mendigar crédito y a este no podía engatusarle enseñándole escote y sonrisa. Todo el mundo sabía que a Justo no le iban las mujeres… Volvió a meter los forros dentro de los pantalones y cabizbaja salió por la puerta al compás de sus tripas vacías.

  6. Carmelín se abre la blusa decidida a no irse sin sus verduras. Justo, que no cree en Dios balbucea “Ay Carmelín, que pechos tan turgentes hacer un trueque y olvidarnos del dinero”. Carmelín sonríe viciosa y se lame el dedo índice. Después dice “Cóbrame, Justo”. Justo, que aun siendo un pecador de boquilla, tiene un gran corazón, decide darle las varduras diciendo ” Tranquila Carmelín, llévate las verduras”. Y ella, que ansiaba el momento justo de aparearse con Justo, deja la bolsa en el mostrador mientras se va cabizbaja.
    La vieja Haydee, avara por naturaleza, sonríe entre dientes mientras pela calabacines. Hoy la comida le sabrá mejor, aunque sepa que a Carmelín hoy no le quedarán muchas ganas de cocinar.
    Justo, con su injusticia por odio a la vieja, y por sus retrógrados valores, ha dejado Carmelín sin comida y sin postre.
    Como llora Carmelín mientras se toca ahí abajo, pues aunque todos creen que es mujer aún no terminó su reajuste. Y dijo que se llama Carmelín porque Carmelo es muy de hombre. Al acabar sueña con su carné de identidad, y con perder la vergüenza.

  7. La vieja, sabiéndose estafada por Justo, piensa que el día no ha sido del todo malo. Guarda el billetito doblado y sonríe. Carmelín, busca afanosa en sus bolsillos, mientras el rubor la sofoca. Ha perdido sus últimos pesos. Balbucea una explicación, pero, Justo aparenta sordera. Sin dinero, no hay patatas. Ella, deja la frutería, a sabiendas de que hoy el hambre le sabrá a patatas…

    • Doña Haydee sale del mercado y, en vez de regresar a casa como es costumbre, decide pasarse por el bar a gastar su suerte en una bayonesa y un café; y, como extra, se pide una cazalla. La moneda que sobra la echa a la máquina que, como el diablo está por enredar, en ese momento está caliente y canta el premio mayor. Doña Haydee suelta un gritito, da palmaditas y comienza a recoger las monedas que escupe la tragaperras y a colocarlas en montones de diez en la barra. Cuando acaba, el camarero se las cambia por unos billetes y doña Haydee le dice que se cobre lo de los tres viejos que están en el local. Todo está pagado de antes, así que el camarero sirve otra ronda: dos vinos, un anís y otra cazalla. La vieja mira el vaso: no suele beber tanto, pero dos golpes de suerte se merecen otro extra. Alza el vaso y brinda con los convidados. Los viejos sonríen, uno dice «gracias, guapa» y ella se ruboriza.
      Dos horas después, Doña Haydee se ha gastado en licor propio y ajeno todo el dinero y duerme con la cabeza en la barra, sentada en un taburete con la bolsa de la compra a sus pies. La despierta una ligera incomodidad, mira el reloj, suelta un grito al darse cuenta de la hora que es y sale del bar zigzagueando y sin despedirse. Se olvida la compra, que se empapa con la orina que resbala por el taburete.

      • Alcoholismo, pobreza, soledad, adicciones y exclusión social, todo revuelto con un toquecito escatológico. Muy bueno; muy Carveriano.

        😉

  8. Justo

    Azorada, Carmelín rebusca en sus pertenencias y en los suelos del colmado el extraviado billete mientras el verdulero, con signos de desconfianza, esconde la bolsa de patatas. «Es terrible. Padre me matará», le dice la joven con voz compungida, y con ojos de niña desvalida, añade: «don Justo, si usted fuese…». «No lo soy hija mía, ya me gustaría», le interrumpe en el momento exacto en que la puerta de la verdulería se abre violentamente y deja entrar a dos encapuchados. «¡Esto es un atraco!», grita uno de ellos, apuntando con una pistola al mostrador y ordenando silencio a la muchacha. «Deme todo lo que tenga. Rápido o disparo». Don Justo piensa con rabia que no puede ser que le roben dos pelagatos y se resiste, no mueve un dedo y reta con la mirada al quien le apunta, sin advertir que el otro caco se acerca a su posición para atizarle un golpe en la cabeza que lo deja sin sentido. Libre de toda resistencia, los ladrones vacían la caja y se marchan a la carrera. Carmelín, tarda en reaccionar, pero cuando lo hace, se aproxima al mostrador donde reposa el cuerpo inerte, le toma el pulso y se topa con su bolsa de patatas que allí descansa. No se lo piensa dos veces.

  9. Y fue entonces, en plena vorágine del Tonto El Que No Estafe, cuando salieron de entre las sombras Los Esperados. Con ellos, tal como crece el día sobre la noche en junio, fueron aumentando en las instituciones (y en las verdulerías) la honradez, también el interés por el bien común y el respeto por lo distinto.

    Nota1. Se llamó Los Esperados a los hombres y mujeres que, a pesar del continuo embrutecimiento de la sociedad por parte de algunos, habían conservado la integridad y habían gestionado los recursos comunes como si fueran (y eso eran) el fruto de muchas vidas de lucha y trabajo.

  10. Y entonces… Justo le indica el cartel que cuelga de la puerta…
    “aquí no se fía, si quieres comprar, dinero traerás”.
    Carmelín, compungida, sale de la frutería pero tropieza con doña Haydee, que a voz en grito:
    “Eh, truhán, estuve haciendo cuentas y me cobraste de más, ¡si la santa de tu madre viera cómo tratas a sus clientas!”.
    Fue nombrar a doña Justa y el joven frutero evocó a sus paisanos, consolándole, dándole cariños, atiborrando la iglesia y sembrando su tumba de flores. Avergonzado, regaló las patatas a Carmelín, y devolvió lo sisado a doña Haydee. Ésta a su vez, sin saber que lo encontrado pertenecía a la muchacha, le metió en el bolsillo el billetito doblado, ¡nunca 1000 pesos fueron tan justo dados!.
    Y desde aquél día, Justo hace honor a su heredado y bonito nombre.

  11. Y entonces don Justo hace un gesto tranquilizador con la mano.
    -No importa mujer, no te preocupes, no te voy a dejar sin patatas. Me bastará con que me traigas otro día un poco de ese guiso tuyo del que tanto hablan los vecinos.
    Recuerda los mil pesos extras que le ha sacado a doña Haydee, mujer avara y cruel donde las haya, insuficiente para compensar la tiranía con la que explotó a las chicas que había tenido a su servicio durante los años que habia sido Madame. Lástima que su hermana Cecilia no esté allí para verlo.
    La chica agradece con una sonrisa la generosidad del verdulero y abandona la tienda algo abrumada, sin dejar de preguntarse dónde ha ido a parar el dinero. Mientras se aleja , el hombre piensa en cuánto tiempo podrá seguir manteniendo su negocio de aquella manera. Sólo confía en que, algún día, Carmelín sepa que siempre ha sido ella su Lady Marian .

    • Gracias, Ana, Biai2, Jesús, Ana Nuria, Rosa, Sucede, América (bienvenida), Nicolás, Glòria, Desdemipinar, María Sur y sobre todo gracias a Pablo por colaborar en este proyecto. ¡Grande, Pablo!
      El viernes, más.

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