Viernes creativo: escribe una historia

Después de lo valientes que fuisteis al escribir un relato para el video grotesco de la semana pasada, esta toca algo más relajado; ahí va:

calcetines blancos unisex

Haced con esa frase lo que se os ocurra. Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir. Vamos a ver cuántas historias diferentes nos salen.

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27 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. HECHIZO

    Le atrapó con el baile que desde su ventana realizaba su silueta en las cortinas de seda y que le invitaba a pecar, con sus ojos de niña traviesa cuando le descubrió, con sus buenos días seductores al cruzarse en la calle y con sus buenas noches incitadoras al regresar del trabajo, con los mensajes encendidos de vaho que le escribía en el cristal, con las baladas románticas que le dedicaba con un guiño sensual cuando se recostaba en la cama, con sus sonrisas picaras al desvestirse antes de apagar la luz, con los sueños celestes que le provocaba, y sobre todo, cuando le lanzó un calcetín blanco unisex, se presentó en su puerta y le susurró: «Si me deseas, póntelo». Y lo hizo muy excitado y sin pensar, para convertirse, en ese momento, en un calcetín de rombos al que añadir a su extensa colección de hombres objetos.

  2. Blancos unisex
    ——— ~ ———
    «A dos euros el par», grita el gitano, y mamá se acerca para tocarlos y nos mira como pidiendo esa confirmación que nunca necesita, y que estos os sirven igual a ti que a tu hermana, que míralos que suaves, tan blancos. Y los mete en el carro y seguimos arrastrándonos por el mercadillo bajo un sol que seca el alma, y yo sé que antes de llegar a casa va a haber que tirarlos, como la última vez, que cuanto más rubios y pálidos más rápido se deshidratan, y hasta me da un poco de pena, la verdad, porque me hacía ilusión llevarlos el lunes al colegio.

  3. Más o menos feliz
    La primera vez que te vi estabas revolviendo en la caja de calcetines de oferta y fui a preguntar: «¿desea algo?», «sí, buscaba…» y revolviste un poco más hasta sacar unos calcetines blancos unisex. Te cobré y no pensé más en ello, pero volviste la siguiente semana a comprar los mismos calcetines, un par cada vez, y así cada viernes. Nos regalábamos sonrisas y miradas cómplices, y funcionabas como un antidepresivo: los viernes sonreía, sin más. Los jueves me preocupaba de esconderlos en el montón para alargar ese rato de búsqueda, ese observarte en la distancia y esperarte en la caja. Los demás días paseaba por aquel muestrario y acariciaba los calcetines.
    Un jueves viniste por la tarde, y no quedaba ningún par, te dije que los habíamos pedido y que llegarían mañana, pero nunca regresaste a buscarlos. Desde entonces odio los jueves; y los viernes, al llegar a casa, me desnudo y me pongo un par de aquellos calcetines blancos, mientras las lágrimas resbalan hasta el suelo.

  4. -EL FALSO PAR DE AMBOS DOS

    Hoy recordé tu presencia.
    Cuando el frío de la cama saltaba del colchón a mis empeines, y de ahí a las cervicales, te adosabas a mi pecho oculto tras el horizonte de la sábana. Pero a veces me era insuficiente tu adhesión y entonces me prestabas tus medias. Por eso las compré blancas y unisex, decías entre dientes, como una reprimenda diluida.
    Primero los calcetines, después tus camisas de lino y perfume masculino, más tarde tus caricias e inmediatamente te devolvía la ropa. Tampoco te hacía falta. Morían como jirones de profanidad sobre la alfombra que también enloquecía por tu espalda.
    Abrí los ojos y el ropero. Algo mucho más grande que el barral divide tu zona llena de ropa plastificada, escuálida y ya sin perfume, de mi terreno que antes florecía en las polleras y ahora se abriga de luto.
    En el fondo descansa una media viuda. Me siento blanca, obsoleta y abandonada, y lloro.
    Acabo de olvidar tu presencia.

    • Fran, qué hermoso recibir este comentario tuyo. Sabés que yo adoro demasiado lo que escribís. Me encanta que te encante. ¡Gracias!

  5. Yolanda Munoz

    A CALLAR

    Solo hacía que llorar el niño, una y otra noche. Mi vecina muy educada, me había dicho que no podía dormir. Pues ni corta ni perezosa, y sin pensarlo mucho; agarré de la mesita de noche, unos calcetines blancos, yo no sé si eran unisex o que eran. Se los puse a las patas de la cuna, y empecé a mecerlo; tenía que callar al niño, y a su vez hacer el menor ruido posible.
    Dichoso niño…

  6. ACCIDENTE PRACTICO
    Desde bien pequeña adquirí el sentido del orden. Al mismo tiempo fue desarrollándose mi espíritu práctico. Lo aprovechaba todo. Nada me resultaba inservible: libretas, bolígrafos, gomas de borrar. Los años me han hecho perfeccionar estas virtudes.
    Sólo tengo niños. Mucho más útil que ese absurdo deseo de tener parejitas. Les compro la ropa una talla más grande. Las orillas de los pantalones suben y bajan de acuerdo al crecimiento y al traspaso de un hijo a otro. Aplico la misma teoría al resto de la ropa.
    Tengo una hermosa colección de coderas y rodilleras de todos los colores y tamaños. Los pantalones de mi marido los conservo para un futuro, ya se sabe cómo crecen los jóvenes. También compro los calcetines blancos unisex de talla indefinida, sin talones. Al más mínimo agujero, los remiendo.
    Desde lo de mi marido, me siento más realizada. No se imaginan cómo estoy aprovechando sus pantalones y calcetines. Total para lo que le van a servir a él.

  7. BLANCOS Y CON SANDALIAS
    Arrugué la nariz al ver tus pies enfundados en unos calcetines blancos unisex y para colmo en sandalias. Al levantar la vista, y contemplarte entero, no me cuadrabas. Tus pies, no parecían ser tuyos, sino de un turista ingles despistado.Me quedé mirando tu cara, de rasgos fuertes y mirada profunda escondida tras unas gafas de pasta negra. Tus manos sujetaban con fuerza un libro de poemas y tus labios carnosos recitaban bajito los versos que leías. Creo que intuiste mi mirada, y al saberme descubierta, te pedí permiso para fotografiarte. Accediste con una sonrisa y un ademán de tu mano. Encuadré y disparé. Tus pies y sandalias eran el motivo de la foto, disparé de nuevo y otra vez allí estaban. Me atraían como un imán. Yo quería reflejar la expresión de tus ojos, o tus manos o tu boca, pero lo único que conseguía fotografiar eran tus pies con esa cobertura blanca.

  8. Pronominalización

    Para evitar el arco iris matutino de mis pies decidiste vaciar el cajón compartido de la mesita y llenarlo solo con calcetines blancos unisex. Conseguiste tu objetivo, pero ese día dejamos de ser tú y yo y nos convertimos en nosotros. Al principio, vivir en primera persona del plural fue divertido: nos quedábamos con hambre en restaurantes con recogemigas de plata, visitábamos exposiciones que no entendíamos, paseábamos con sueño las mañanas de domingo y sonreíamos en las fotos de las bodas de nuestros amigos. Pero el tiempo y el roce han ido desgastando el algodón y por mucho que lo intentamos las puntadas siempre se nos clavan en los dedos y los agujeros de los talones no terminan de quedar bien zurcidos. Por eso hoy he salido a la calle descalzo. Para que puedas regresar a tu singularidad y yo a la mía.

  9. OTRAS DIMENSIONES

    Siempre que Óscar tendía sus calcetines blancos unisex recién lavados se encontraba con que la marca del talón —esa que se forma con el uso— no correspondía con el 45 que calzaba él, sino con el roce que dejaría un pie de mujer del 36 o del 37. A Adela, la que vivía en el mundo que había detrás de la puerta de la lavadora, le pasaba lo mismo, pero a la inversa.

  10. Fin del invento

    Todo cambió cuando, al cumplir los catorce, su madre sustituyó sus calzoncillos slip por unos bóxer holgueros. La admirada masculinidad de Marcos se vino abajo, por la pernera de su pantalón, en forma de calcetines blancos perfectamente enrollados.

  11. U N I S E X
    Toda la mañana andando a pleno sol, y había pillado una insolación de justicia. Se tumbó en el sofá y, al rato, apareció una pequeña fiesta. Allí, ella era John. “Te quiero a ti, más vale que te prepares, voy a serle fiel a mi corazón” le bailaba Olivia, sin compasión. “Woww”, rugió, incorporándose repentinamente. Y allí estaba su marido preguntándose, anonadado, por los calcetines blancos, algo teñidos de negro, demasiado grandes, que cubrían sus diminutos pies. “¿No te parecen unisexis?”, dijo ella. ” Será cosa de la fiebre”, se tranquilizó él. Y fue a por un par de aspirinas.

  12. .
    Tengo un par de calcetines unisex, que no son pareja y de ninguno me quiero deshacer, los compré en la India y me traen hermosos recuerdos, a ambos los encontré rebuscando más parejas, pero sólo halle estos.

    Quiero utilizarlos, así que los llevo tapados con una botas, nadie se da cuenta , y yo disfruto de ellos. Son de hilo fino, distintos, sí, uno más usado que el otro, pero necesito ambos, el resto de mis calcetines son de muchos colores y blancos también, pero no son de allí, no tienen las buenas vibraciones y por tanto cuando quiero tener suerte o un estupendo día , los utilizo.

    Tengo dos amores, y hacemos parejas distintas pero a ambos no los puedo tener.

    Hay tantos “pares que forman un solo” , que yo quiero crear un par, con uno solo de mis amores,

    Tengo una doble vida., cuando sólo una quiero tener.

    Autora
    Tramosromero

  13. Cosas del siglo pasao…

    -Buenas… unos calcetines para un recién nacido, por favor.
    -Niña o niño…
    -Da igual, hay alguna diferencia?
    -¡Pues claro que la hay!. Los niños van de azul, las niñas de rosa.
    La dependienta no acierta a responderme, a qué sexo pertenecería el bebé en caso de que me los llevara blancos.
    Sin compra alguna y deliberadamente levanto mi pantalón, para dejar al descubierto unos preciosos calcetines rosa. Me quedo a cuadros cuando al salir la oigo por lo bajines…
    ¡Qué pena de hombre, con lo guapo que es, y tan maricón!

  14. Calcetines blancos unisex
    Se ha ido, no ha dejado nada, apenas recuerdos. Y allí rodeado de hipocresía te quedas. Sabes que nadie te escuchará, ni mirará, pero tu obsesión por lo correcto te impide marcharte. Esperarás hasta el amanecer, recuperarás el aliento tras la ansiedad que te ha invadido. Mientras tanto recoges tus cosas: la camisa roja que nunca te pusiste, el pantalón prestado grande para ti y esos calcetines blancos unisex que siempre llevabas cuando hacíais el amor, los que a ella tanto le excitaban y nunca supiste por qué, hasta la noche anterior, cuando se marchó con el entrenador personal, también los usaba.

  15. Muchas gracias Nicolás, Jesús, Ana, Caro, Yolanda, Elena, Rosa, Víctor, Sara, María, Glòria, Tramosromero, Rosy, Yashira… Es una satisfacción leer cómo respondéis a mis propuestas. El viernes que viene, más. Hasta entonces, feliz semana.

  16. Llego tarde, pero aquí dejo la mía:

    Sin calcetines. Unisex

    Jugábamos al tenis juntas, desde niñas. A los quince años nos tocó el monitor guaperas, un rubio que volvía locas a todas las chicas del club. Marta estaba totalmente colada por él, se lo comía con la mirada en las clases pero él pasaba de ella. Pronto Marta cambió al plan niña tonta: hacía unos saques desastrosos, para que él se pusiese a su lado, la tomase por la cintura para colocarla en la posición correcta, para sentir el calor de sus pectorales pegados a su espalda y ese brazo de vello rubio sobre el suyo dirigiendo el movimiento de su raqueta. Mientras nos cambiábamos en el vestuario, ella me susurraba entre risas, cosquilleándome la oreja, cómo se derretía al oler su sudor dulce pegado en su cuello. A mí me gustaba hacerle sufrir, y le decía que él solo tenía ojos para las mujeres mayores, era el gigoló del club, el juguete de las maduritas. Ella no podía creerlo, pero acababa diciendo:
    —En realidad no sé porque me gusta, es solo un pijo de mierda.

    —Me apuesto un batido a que no te atreves a salir a la pista ante él sin bragas —la reté un día.
    Ella se sonrojó, seguro que se imaginaba a sí misma, con su inocente faldita ondulando a su alrededor mostrándole en una volada de cierzo su secreto velado.
    —¿A que sí? —se rió provocativa, y yo le dije:
    —Ven, entra en mi vestuario.
    Ella se quitó con decisión el sujetador, sus pezoncillos punzando la camiseta blanca, luego los calcetines blancos, unisex, que plegó con cuidado en el banquillo, y se ató las zapatillas.
    —Venga, ahora, las bragas — la animé.
    Y deslizó las bragas blancas, corriéndolas con suavidad a lo largo de sus piernas.
    —Es lo más desnuda que puedo estar ahí fuera —me dijo con la misma sonrisa que dedicaba al rubio creído.
    Permaneció un instante así, sin bragas y mirándome a los ojos. Yo llevé mi mano bajo su falda y ascendí despacio por sus muslos, ella se tensó, pero se acercó más a mí, y noté que su respiración se aceleraba; en aquel ascenso, mi corazón subía también hasta mi boca. Encontré su secreto mojado entre el vello espeso y lo acaricié cerrando los ojos, mientras posaba mis labios en los suyos.
    Su madre nos sacó a gritos del paraíso:
    —¡Chicas, ¿qué estáis haciendo?! La clase ya ha empezado.
    Marta salió corriendo del vestuario, con la raqueta en la mano, le dijo a su madre que no había otro libre, como excusándose por estar juntas.
    Yo recogí sus calcetines, y el sujetador, pero sus bragas no aparecían por ningún lado. Me di cuenta de que había ganado la apuesta, pero que también ella me había ganado a mí.

  17. Cristina Behrentz desde Colombia

    ¿Quién está ahí?

    Soy yo, el que está en el espejo. Si, Toño el hijo de Matías. Me tapo la cara para observar mis ojos. Son azules, profundos como los de mi mamá. Papá dice que mi mami ve a través del mar por esos ojos grandes color del mar que tiene.
    Quiero cubrirme mi cara, hay unas manchitas feas en ellas unas pecas. La abuela, me decía que el sol me había entrado por una coladera y por eso tenía pecas. Papá siempre se reía cuando escuchaba a la abuela con su cuento de la coladera.
    Mi cabello es claro como el de papá, solo que a él se le está acabando, cada vez tiene menos pelo y además le cambió el color se le está poniendo gris y hasta blanco.
    Y mis manos son grandes, aunque no tan grandes como las de Danilo mi hermano que puede sostener el balón de futbol y lanzarlo de una patada a mis pies. Mis manos son mágicas así, dice mi profe en el colegio, porque hago unos dibujos muy bonitos. Las manos que más me gustan son las de mi mami. Me consienten, me dan unos grandes abrazos y las del abuelo, están llenas de arrugas y resecas parecen uvas pasas. Papá con sus grandes manos y brazos me alza cada vez que meto un gol en los partidos de futbol que jugamos en el parque con los amigos del barrio.
    Una vez más me miro en el espejo y ahí estoy yo T OÑO, el que juega futbol, el consentido de la abuela, el que dibuja, el hermano de Danilo ese soy yo.

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