Viernes creativo: escribe una historia… de miedo

Hoy es el día de los difuntos, ¿te atreves a escribir una historia de miedo?

Os ofrezco dos posibilidades:

una historia de terror psicológico inspirada en esta foto de  Maroesjka Lavigne

o algo más gore, a partir de esta ilustración de Obery Nicolas

Como siempre, no se trata de que cuentes lo que se ve, sino de que inventes una historia en la que encajar la imagen que elijas. Sé imaginativo, no caigas en los clichés.

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir. Vamos a ver cuántas historias diferentes nos salen.

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60 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia… de miedo

  1. Tal día como hoy
    ————————
    Imagino a madre acelerada, la insistencia en frotarnos bien tras las orejas y el daos prisa que vais a perder el bus; imagino a padre distante, sumergido entre las páginas del diario mientras se le queda frío el café; imagino a las gemelas nerviosas, perfectos los lazos de las coletas y las mochilas idénticas. Solo entonces me veo saliendo de la cama, veo la estufa apagada y la escarcha en el suelo, veo la cara del conductor petrificada y diecisiete estatuas menudas en los asientos.
    Todo está como siempre, o casi: en la calle, este año, ha dejado de nevar.

  2. MARIPOSAS
    ¿A dónde van las mariposas del estómago cuando se acaba el amor? Me lo pregunté una y mil veces entre ríos de lágrimas. Cuando mis ojos se secaron decidí realizar una comprobación empírica. Por eso la primera puñalada fue ahí, bajo las costillas. Pero no pasó nada. Bueno, sí. Te despertaste sobresaltado y gritaste. Entonces puse la almohada sobre tu cabeza hasta que dejaste de moverte. La retiré y miré a la muerte cara a cara pero, esta vez, sin miedo. Ya no podías hacerme nada. Esto fue hace varias semanas, pero la prueba continúa. Por la herida abierta han empezado a salir una especie de larvas. Estoy esperando a ver si se transforman.

  3. Os sugiero escucheis mientras leeis:

    IGNOMINIA

    Cada uno de los dedos cobra movimiento, el temblor de mis manos hace que cierre los puños. La mandíbula encajada, mi asma casi no me deja respirar, abro la puerta hacia la calle.

    Oigo el motor, noto los baches, me senté al fondo, lo más escondida que pude.

    Mi mente envuelta en un torbellino de imágenes: corriendo por las escaleras, subiendo al autocar sin mirar, sentada, cerré los ojos, no quería abrirlos, si me escondía tras ellos, él no me encontraría.

    Se detuvo – no importa, no voy a bajar-, el tiempo transcurre.

    Percibo silencio, ¿ausencia?, abro los ojos y veo: un angar, nadie a mi alrededor, ningún cartel informativo, despacio desciendo, mientras busco el aerosol en mi bolso, me falta el aire, con pasos vacilantes entro y descubro la esencia del ¡¡¡MAL TERRORIFICO¡¡¡ ,le reconozco perfectamente, una pequeña parte anidaba en él, por eso me dejo marchar, por eso creí haberlo conseguido.

    – ¡Ilusa¡, te espero desde que no conseguí contagiarte mi maldad.

    – Tuviste muchas oportunidades, le odiaste, imaginabas que le matabas y descuartizabas…

    – Sufre el peor de tus infiernos, tengo un sitio especial para seres como tú.

    – Podrás asistir de primera mano lo fácil que es generar la maldad: genocidios, torturas, violaciones, exterminio, esclavitud, discriminación, hambruna …

    – Pero no podrás hacer nada por seguir sintiendo tus repugnantes defectos: Esperanza, Piedad, Justicia, Clemencia, Concordia, Alegría , Jovialidad…

    tu misma has elegido el MAYOR HORROR¡¡

    Autora
    tRamos

  4. Quizá la oscuridad se aprehenda de mis entrañas y me provoque el vómito, nausea, líquido agrio, pestilente, por la boca a ti. Llega sopor de sudores, mareo eclipsa, sacude las hojas dendritas de tu cabeza anquilosada en la habitación envuelta de las nieves de tu pasado, me cercan y te abren al frío del futuro: gusano que emerge por las cuencas de tus ojos y entra por tu nariz, lo planeaste así la noche, ¿recuerdas?, en que extrajiste las terminaciones nerviosas de las mariposas que Eugenia te había regalado. Las paladeaste una y otra vez en cabalística de tu sino al ritmo del sique de tu psique entre las paredes blancas aprendidas en los caleidoscopios de las cuencas de tus ojos vacías, quizá, con algunas tintas del rojo sangre mariposa de tus labios. Habías dicho quizá la oscuridad en medio de la noche total, y callaste largo y sinfín, poliedro de las agonías confesabas al fin.

  5. ESTACIONES

    Ni una flor sobrevivió a aquella nevada a destiempo. Ni una brizna de hierba logró permanecer erguida esa primavera inusualmente polar. Tampoco el camino consiguió hacerse paso entre la nieve y llegar al autobús. “No desesperes” me dije. “Algún día vendrá”. Y continué esperando en la estación equivocada.

  6. Juntos para siempre

    Imaginamos todas nuestras muertes posibles. Colgados de un lazo doble bajo la viga del desván, un brindis de rioja con cicuta, saltar de la mano desde el piso veintisiete, empotrar el coche contra el muro del colegio; incluso un tiro que entrara por tu sien y saliera por la mía. Todo menos encontrarte inerte en la cama, tu cuerpo frío, la espita del gas, el mareo y las mariposas que mueren, una a una.

  7. EMPRENDEDOR
    Piensa que ya es hora de expandirse, cada día llegan clientes que quieren cruzar el rio pero la barca se hace pequeña para la demanda. Necesitará un socio o restructurar el negocio. Aunque el servicio que presta es barato, alcanza para subsistir, moneda a moneda ha podido hacer algunos ahorros. Podría comprar un autobús y algún viejo galpón abandonado que, una vez reconstruido, le sirva de estación. Con los nuevos y mejores caminos, Caronte sabe que será más rentable transportar todas esas almas, que tienen prisa por llegar al infierno.

  8. Cuando veía la nieve, me emocionaba. Percibía, sin conocerlo, ese sonido del silencio, ese leve crujir muy suave, el fulgor calmante… Siempre había deseado pasar unos días en un cabañita con provisiones, luz y calor, pero…aislada por la nieve… Lo repetía de forma recurrente cuando en el Telediario veía imágenes de esos pueblos que habían quedado ocultos al mundo, por unas horas, bajo ese manto blanco que…me emocionaba…

    Ahora, odio la nieve.
    Ahora, nada me emociona.
    Ahora… tengo que ocuparme de Pepe.

    Mi Pepe. Funcionario brillante, miembro del Cuerpo Superior de Meteorólogos. Trabajaba en la AEmet , analizando patrones climáticos. Nos habíamos casado hacía veinte años y hacía cinco que yo lo odiaba profundamente.
    Pepe me quería y no se daba por vencido. Hasta el final, lucho por nuestra relación. Este viaje, buscando la mayor tormenta de nieve del siglo, fue el regalo sorpresa por nuestro veinte aniversario.

    Alquiló una furgoneta (aunque había overbooking y nos dieron un bus al mismo precio) y me trajo a esta cabaña. En medio de la nada.

    Me encontré aquí, aislada, con Pepe y…no sé qué me paso…

    No me lo explico. Fue ver ese atizador para la chimenea y Pepe, agachado apilando troncos, mostrándome la raja de su trasero. Empezó a nevar de forma increíble, pero mis ojos no dejaban de mirar el culo de Pepe. Cogí el atizador y…
    He acabado de limpiarlo todo. Ya no hay rastros de sangre… Ni salpicaduras de sesos. Sólo me queda ocuparme de Pepe.

    Me muevo con dificultad. Para no perder mi calor corporal, me he puesto todas las prendas que he encontrado en las maletas. Las de Pepe y las mías. Me he protegido del frío pero ando con torpeza con los brazos y las piernas abiertas. La acumulación de tejidos superpuestos no me permite la posición normal. Tengo que salir , cavar una tumba en la nieve y meter allí a Pepe.

    Diré que fue a buscar gasoil para el generador y no volvió.

    Cuando consigo abrir la puerta y accedo al exterior percibo el sonido de ese silencio profundo, crujidos suaves aquí y allá y el fulgor, blanco, relajante…
    Y por primera vez en mucho tiempo… me emociono.

  9. Chirridos delatores.

    Me despierta el chirrido, es un soniquete que se incrusta en los oídos arañando los nervios. Abro los ojos, solo percibo oscuridad. Inspiro con urgencia y mis pulmones reciben aire enrarecido y maloliente. Me palpo, reconozco el pecho, el vientre, pero cuando intento llegar a los muslos no puedo, no tengo sitio para moverme. Estoy encajado, pero es tal la turbiedad que no puedo ver donde me encuentro. El miedo se enreda en el silencio que me rodea. Noto humedad en las yemas de los dedos, con cautela voy subiendo mis manos para intentar averiguar de qué se trata. Un temblor incontrolable me posee, lanzo un grito sin esperanza al sentir el vacío que separa mi cuerpo de la cabeza. Entre sollozos impotentes entiendo quién emite el chirrido que me ha despertado.

  10. SOBREVIVIENTES

    No puedo seguir esperando. Nadie vendrá a por mí estoy segura de que en todo el mundo no existe otra persona. Estoy completamente sola. Alrededor de la pequeña estación todo está cubierto por un desierto helado. Ni siquiera intento encender el autobús, todo ha dejado de funcionar hace mucho tiempo.

    Camino por siglos y creo que lo digo literalmente. Y aunque me detuve a descansar e incluso dormí muchas veces (o al menos eso creo) sigue siendo el mismo día. Ya no existe aquello llamado mañana.

    Algo me impulsa a continuar. No sé qué estoy buscando pero a cada paso que doy siento que lo tengo más y más cerca. Casi puedo sentirlo. Hecho a correr como si temiera perder eso que aún no sé qué es.

    Entro en un hogar (vacío como el resto del mundo) recorro cada habitación sin hallar nada. De pronto una luz llama mi atención desde un lugar que ya había revisado. Es la luz de un monitor de eso no hay duda. ¡Es otra persona!

    Corro hacia esta persona y le grito lo feliz que estoy de verle pero no reacciona. Me doy cuenta de que no me nota. Está congelada para siempre como todo lo demás a su alrededor. Sus ojos están fijos en la pantalla (quién sabe hace cuantos años). Está leyendo un comentario publicado en un blog.

    FIN

  11. __ Nadie __

    Nadie salió a recibir a nadie cuando llamaron a la puerta.
    Nadie limpió la sangre de nadie cuando los mataron a todos.
    Nadie escuchó los gritos de nadie mientras morían uno a uno.
    Nadie se dió cuenta de que ya no había nadie allí porque nadie sobrevivió.
    Nadie pudo advertirme nada cuando llegué allí.
    Nadie debería poder estar leyendo ésto porque yo también caí muerta cuando comencé a escribir.

  12. “Lleva cuidado con la carretera”. Aún suena en mi memoria. Mi abuela solía advertirme siempre que tenía que conducir que llevara cuidado con los demás conductores, con el cambiante clima, con los imponderables del tráfico. “Lleva cuidado…” ´”No te preocupes, sé de sobra lo que tengo que hacer, cómo lo tengo que hacer”, le respondía con maquinal indiferencia cada vez que me hablaba. Sabía de sobra cómo llevar mi autobús por la helada ruta panamericana del norte, cómo evitar las nevadas y ventiscas, los crudos soplos del infernal invierno. Tenía por costumbre recitar esos versos después de cada recomendación de mi abuela.

    Hoy puedo decirle a la cara, con la tranquilidad del tiempo infinito, que tenía razón, que el hielo es traicionero pero la nieve más. Que el calor de un cuerpo es exiguo y el de cuarenta cuerpos no es la salvación. Que la carne congelada no es alimento para más de una semana o dos. Que la congelación es una muerte horrible, lenta, dolorosa. Que sentir la sangre coagulándose en las venas y arterias y notar cómo los cristales de hielo rasgan las paredes de los vasos sanguíneos es un dolor indescriptible. Que sentir que los párpados rayan las córneas heladas y te arañan la vista es la verdadera puerta al otro mundo. Hoy, con la absoluta certeza del abandono del cuerpo y el alma conservada en el hielo eterno del infierno, le puedo decir a la cara, y le digo, que tenía razón.

    Que no llevé cuidado con la carretera.

  13. Trampa blanca

    Hace frío en este autobús. No solo por la nieve, es que la soledad me resulta todavía más heladora. Tras la tormenta de nieve, el autobús de este tour organizado ha quedado atrapado y no puede salir de esta trampa congelada. Hace un par de horas, el conductor bajó a pedir ayuda en la granja para limpiar la nieve. Transcurrió media hora, y como no regresaba, nuestro guía decidió ir a buscarlo. Tras diez minutos, la vieja cascarrabias del tercer asiento quiso averiguar por qué tardaban tanto. Cada cinco minutos, uno de los miembros de nuestra excursión se pone nervioso y considera que debe ir a buscar a los que han entrado antes. Ninguno ha vuelto. Uno tras otro, mis compañeros han sido tragados por ese negro umbral que me observa como un ojo diabólico. Ahora solo quedo yo en el autobús. El ojo me mira y a mi vez yo lo miro con la misma aprensión que si me acercara a un abismo por el que temo despeñarme a un fin seguro e ineludible. Al mismo tiempo, parece querer convencerme de que en su seno encontraré la paz, el calor humano que buscaba cuando decidí apuntarme a este viaje organizado. Pero como siempre he pensado que todos morimos completamente solos, me quedaré aquí sentada esperando a la muerte blanca.

  14. Querido…
    ¡Qué narices “querido”! Mira, bicho.
    Allá donde te encuentres.
    Te escribo estas líneas porque mi terapeuta dice que me puede ayudar a superar “tu ausencia”, como él lo llama, bueno, ni que sea por contentarlo y que no me aten a la cama por las noches. Pero ya que me pongo, aprovecho.
    Pensé que el cargo de conciencia no me dejaría vivir, que me derrumbaría, que seguirías destrozándome la vida, toda “mi” vida, pero la verdad es que me encuentro tan, tan feliz, que el resto del mundo me importa un carajo.
    Es más, por mucho que me esfuerce, no soy capaz ni de recordar tu cara.

  15. La nevada se detuvo. Esa maldita nevada que parecía que nunca iba a terminar se detuvo.

    La tienda estaba vacía pero los refrigeradores todavía estaban funcionando. No sé por qué. Nevó durante días. Ni siquiera me puedo imaginar por qué esa tienda podía verse.

    Nos bajamos a comprar comida y agua porque el chofer nos dijo que tardaríamos mas de lo previsto y esta era la última escala del día

    La señora que estaba sentada junto a mi decidió dejar un billete de 500 en el mostrador y una nota por si el encargado regresaba. Se me hizo una tontería.

    El chofer nos apuro. Se le hacía tarde y le habían dicho por radio que tomara otra ruta para hacer una escala más.

    El viaje se me hizo muy largo. Pensé que nunca íbamos a llegar. Dos días después nos acabamos todo lo que habíamos agarrado de la tienda y no se veía para cuando íbamos a llegar.

    La señora a mi lado se veía cansada y ya le urgía llegar a su destino. Quería ver a su familia.

    Todos empezaron a desesperarse al tercer día. Ya no teníamos comida ni agua y la gente ya estaba poniéndose en muy mal plan. Le estaban diciendo de cosas al chofer y como aquel no les contestaba, se estaban enojando mas.

    De repente, vimos un pueblo y el autobús fue en esa dirección.

    El chofer se detuvo, fue hacia mi lugar y le pidió a la señora que la acompañara. Nos dijo que esperáramos un momento y cerro el camión. Hablo con la ella afuera, junto a un mini súper. Le señalo un camión blanco con rayas verdes que, según alcance a ver, iba justo a la ciudad donde yo también iba. Que suerte tengo, pensé. Le dio un papel y la señora se fue hacia allá. Luego entro al mini súper y salió con varias bolsas.

    Se subió y nos repartió agua, golosinas y varios periódicos. Nos dijo que ya nos íbamos a nuestro destino. Y nos pidió perdón por la demora, pero tenía que mandar a aquella amable y generosa señora en otro camión porque nosotros íbamos por otra ruta más directa y sin escalas.

    En el periódico que me dió venia un reportaje sobre el derrumbe y en la foto principal, ocupando media plana, se veían claramente a muchos de los pasajeros. De hecho, en la esquina superior derecha, pude verme claramente tirado afuera de mi coche, con el cuello evidentemente roto y a pocos metros, a la pareja de los asientes de adelante. El chofer dijo entonces que nos sentáramos y nos ajustáramos el cinturón. “Es por su seguridad”.

  16. Refugios

    Antes de marcharse, el hombre me guió hasta la ventana, descorrió la cortina unos centímetros y me hizo mirar hacia el autobús a través del cristal congelado. «En cuanto salga, cierra la puerta y no abras. Aunque te amenacen, aunque rueguen, aunque te ofrezcan comida, no abras. Esos de ahí harán cualquier cosa para entrar y entonces nadie podrá salvarte. Esperó volver con ayuda en tres días —dijo el hombre mientras se iba poniendo capas de ropa—, pero, si no regreso, ya sabes lo que haría yo». Salió al desierto helado que nos rodeaba y cerré la puerta. Me fui a un rincón y me tapé con toda la ropa que encontré. No quise mirar la horca que el hombre había colgado de una viga.
    Han pasado cuatro días; cada uno de ellos alguien distinto ha aporreado la puerta pidiendo ayuda, pero al final se han marchado. Hoy todavía no lo ha hecho nadie y queda poco tiempo de luz. Miro por la ventana con disimulo y en una de las ventanillas del autobús distingo la cara de una chica. También parece sola y aterrada.

    (Aunque esta historia lleva pensada desde mucho antes, me he dado cuenta de que es la complementaria o, casi mejor, especular de la que ha escrito Puri Menaya. Casualidades afortunadas.)

    • Jo, pues sí, va que ni pintado para el ojo de Puri. Y me gusta mucho también, a ti siempre se te ha dado bien el miedo, con cierta tristeza de fondo.

    • Qué curioso Fernando, que hayamos coincidido así. Cuando he empezado a leerla estaba pensando, jo, Fernando, ha tenido más tiempo que nosotros para pensar esta historia, porque sé que tenías pensada la foto de este viernes desde hace una semana por lo menos. Y al terminar de leer voy y encuentro a mi chica del autobús sola y aterrada en tu final. Me ha gustado mucho por lo especular y por lo inquietante que resulta también. Pero me da un atisbo de esperanza para mi chica.

  17. GUERRA PÉRDIDA

    Tenía que llegar a Pamplona. Mi hija agonizaba en una cama y su madre no me aliviaba. «Ven pronto, inútil, que se muere». No avisé a nadie y salí con mi viejo coche como si se tratase de una ambulancia. El corazón me bombeaba a mil por hora y los ojos se me bañaban en lágrimas de dolor. En menos de dos horas eternas recorrí Valencia-Zaragoza, jugándome la vida en cada curva. Al salir de Aragón, el cielo se cubrió de nubes negras y, tras unos truenos infernales, descargó su rabia y me obligó a disminuir la velocidad. Tiempo después, ya con un manto de nieve cubriéndolo todo, mi vehículo perdió el control y me barrió de la calzada bruscamente. Quebrado de impotencia, con una americana como único abrigo, abandoné la cuneta e inicié una carrera desesperada. Muchos kilómetros le cargué a mi cuerpo hasta que una tos de sangre me frenó. Para mi suerte, pensé, a lo lejos divisé en ese momento un vetusto autocar al que le colocaban sus cadenas para poder circular. Con gran esfuerzo, lancé un auxilio desgarrador. Me ayudaron y me recogieron de la calzada. Me encajaron en un mullido asiento y me cubrieron de mantas las monjas de túnicas negras que me rodeaban. Tiritaba, no por mí, sino por Marivi. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir: una monja me mecía en su regazo, susurrándome «duérmete, mi niño». Pero no podía, me faltaba mi corazón. Lo supe cuando su imagen recorrió toda mi alma. «Marivi, Marivi…», lloré desconsolado en el momento en el que escuché una carcajada maligna desde el otro lado e identifiqué su mensaje: «Inútil, te vencí».

  18. Una historia en blanco.

    “Mi padre tenía un autobús como este, y no es coña.” Nadie se lo creía. Seguíamos caminando en dirección a la casa y el autobús. “Mi hermano se sentaba delante, en el lado opuesto del conductor. Era el mayor, y el único chico.” Avanzábamos lentamente, cansados. La puerta de la casa se veía entreabierta y cuando yo tomaba aire, solo nuestros pasos, comprimiendo la nieve, combatían el silencio. “Un día ocurrió un accidente, una mujer con un niño en cada mano, cruzó la calle cuando pasábamos. La niña llevaba una muñeca y me sonrió como si estuvieran cometiendo una travesura.” Todos menos uno seguían sin creer una palabra. Entonces, impulsada por mi relato eché a correr. El que creía en mí me siguió. Caíamos y nos levantábamos, caíamos y nos ayudábamos y corríamos. En el frontal del autobús había una abolladura y una muñeca manchada junto a la silla caída y los pies colgando. Pero aquí, en la casa del paisaje con nieve, nada estaba finiquitado.

  19. Lo supe desde siempre: la muerte eras tú. Por eso no la temía cuando no estabas y, por eso, te miraba de reojo mientras buscabas entre los discos o cuando decías que me acercara a subirte la cremallera del vestido. Lo que desconocía era este juego de almas y que, como ahora, tendría que esperar junto a esta cruz mohosa de piedra tu llegada, para salir a las calles a buscarte.

  20. Metamorfosis

    Una mariposa por cada te quiero fingido, dice la bruja, y a medida que abandonan el nido van ensanchando la boca que las mintió, y desde fuera se puede ver el destino que le espera a lo vuestro, como en aquellos diaporamas animados que construíamos en el colegio.
    Solo son veinte centavos, pero el dolor de la certeza te durará para siempre.

  21. Hoy también es viernes 😉

    Segadora

    Abre la boca, y lo que antes eran mariposas, sale reptando de ella. Verdes y pegajosas se adhieren a la piel creando una especie de llagas por las que se escapa la vida. Pone los colores al señuelo, engaña, tima. Mientras, sin prisa pero sin pausa, agosta la fosa fría.

  22. Un “Viernes creativo” demasiado rezagado, inspirado ya más en otro relato que en la maravillosa ilustración de Obery Nicolas.

    MARIPOSAS

    ¿A dónde van las mariposas del estómago cuando se acaba el amor?
    Mar Glez

    Al principio eran tantas, que las sentía como una jauría rabiosa acorralándome el equilibrio contra el diafragma. Aleteaban errantes entre las vísceras buscando alguna fisura, alguna ventana de aire.
    A pesar de todo, yo sabía soportarlo. Cada noche canalizaba esa energía a mis labios, y la sembraba sin permiso en los surcos de tu espalda, hasta que tus perros y los míos encontraban la calma. La alfombra quedaba tapizada de alas, mientras germinaban en las cajas torácicas nuevas raciones de larvas.
    Un día, sin embargo, descubrí mariposas posadas en el cielo raso, en el televisor, sobre las revistas, en la vereda, tu abdomen vacío de tantos proyectiles primaverales y tu mirada escurriéndose bajo las puertas y los muebles. Mis perros envejecieron y se atrincheraron en las ochavas del corazón descascarado, a la sombra de un amor cada vez más escuálido.
    Yo me encerré en mi crisálida. Nunca más quise volar.

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