Viernes creativo: escribe una historia

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47 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Frío, paralizado, desolado. Así me he quedado desde que te fuiste. Con un manto helado que a la primavera más cálida le costará derretir.

  2. ATRAPADO

    Cierra los ojos, cuenta ¿cien? ¿Doscientos veintitrés? ¿Trescientos cuatro? Hay noches que más, pero se agota con tanto número y le vence Morfeo, dejándolo KO. Dormido, no tarda mucho en viajar al mundo de los sueños y despertarse en la misma habitación con vistas a un bonito valle. Allí, le espera un lienzo, que colorea y forma en cada nueva visita. Poco a poco ha conseguido un campo verde, un sol brillante en un lateral, palomas blancas sobre un cielo azul, conejos correteando y, a lo lejos, una casa de dos alturas, gente a su alrededor. Y ahora, feliz y cantando delante del cuadro, son sus manos las que pintan en medio de la multitud un féretro negro, repleto de crisantemos blancos y una inscripción…

    ¡Pum! Un escalofrío entra en su cuerpo y nota como se difumina su imagen a cámara lenta. Abre los ojos, abre los ojos, abre los ojos… no puede, es todo oscuridad. Y dormir, tampoco puede ya. Así que empieza a contar: uno, dos, tres… ¿hasta la eternidad?

  3. El tiempo, líquido que circula por todo mi cuerpo, vive atrapado entre mis venas, salta, se sumerge, me busca, me encuentra, se escurre, me hierve, revienta. Quiere, sin más preámbulo, encontrarse con tu tiempo, líquido que circula por tu cuerpo, en venas henchidas, brillos de caricias, detenidas, suspendidas, circulantes. Nuestros tiempos, acelerados, recortan la respiración, se filtran entre las rejillas de la ventana, opacan su luz, resplandecen, y todo es un blanco de colores, sí nuestros tiempos en éxtasis de alientos agitados.

  4. El vuelo final

    Salí volando desde adentro de mi cuerpo. Me elevé sobre una cadena de riscos nevados. El paisaje me hizo sentir la libertad, flotaba en el aire que ya no podía respirar. Durante un momento, cruzó mi mente la posibilidad de regresar, pero no quise. Yo ya pertenecía al mundo de lo etéreo, de lo eterno.
    Varias horas después, pude presenciar mi propio entierro.

  5. Tiburón

    Puede que fuera por la instrucción que recibí de Mr. Wellington, mi tutor, o tal vez por el estudio de las grandes sagas de la antigua Roma a la que me sometía con deleite, el caso es que desde bien pequeño entendí que los hermanos no son sino nuestro enemigo más cercano. Y que cualquier enemigo, tarde o temprano, dará un paso hacia a ti. Y que el viejo roble junto al acantilado, la verja de grandes lanzones o el risco del cortado son sitios a los que ningún hijo de mi linaje se negaría a subir, especialmente si hay una apuesta de por medio.
    A veces, sueño con ellos. Tienen el aspecto que tendrían hoy, tan parecidos a mí mismo. En el sueño, parece como si quisieran decirme algo; quizás que, en realidad, ganaron la apuesta.

  6. Dioses

    De mis cuencas vacías y secas nacieron los hijos que tuve. Tú abriste la boca para devorar los tuyos, Cronos furioso. Ríos de sangre helada cubrirán las tierras yermas de los hombres. Ellos pagarán el precio de nuestros excesos. Sólo ellos.

    Gea dixit.

  7. La Reina de las Nieves
    Se despertó al rozarle el pecho con la mano. Se volvíó y lo recogió en un abrazo traicionero. Sin previo aviso, un estremecimiento. El cuerpo escarchándose al contacto. Intentó expulsar aquel agudo frío interior a base de respiraciones cortas. Pero el aliento se le tornó ventisca y la sangre dejó de circular. El color migró de su rostro a la vez que ella exhalaba una bocanada de are tibio, húmedo, carnal.

  8. La pesadilla de un dios dormido

    Al principio, dios soñó el paraíso: montañas, ríos helados que cobraban vida con el calor de la primavera, bosques poblados de animalillos que correteaban en armonía. A veces le hacían cosquillas bajo la espesura de sus barbas, o se introducían en su boca, tiernos y dulces como bollos de leche. Quizá demasiado aburrido, faltaba una pizca de emoción. El sueño cobró mayor interés cuando creó aquella criatura tan ridícula que caminaba sobre dos patas: decidió dotarla de una mayor autonomía, de un cerebro creador. Tuvo que expulsarlo del paraíso, por desobediente. Pero el mundo se enriqueció con su naturaleza rebelde e imprevisible; se sorprendió de hasta dónde era capaz de llegar con su aparente fragilidad. Se parecía demasiado a sí mismo, tanto, que el animal inventaba sus propias herramientas y artefactos, aspiraba a transformar y dominar el mundo; incluso elaboraba conceptos, como ese del libre albedrío, que siempre le pareció que le dejaba a un lado, aunque trataran de convencerlo con esas interminables discusiones teológicas que pretendían conciliar la esencia divina y la libertad. En la larga noche del dios dormido, ese ser que infectó la Tierra se convirtió en su peor pesadilla. Y a pesar de su sufrimiento, no quería despertar, se aferraba a esa querencia de eternidad, a ese dejar que el universo siguiera su curso sin excesiva intervención, para maravillarse con los desmanes de su propia obra, aun a riesgo de que el hombre (de ese modo se había llamado a sí misma la criatura) destrozara su más delicada creación. Y es que nadie puede por voluntad propia matar al protagonista de su subconsciente.

  9. LIENZO EN BLANCO

    Aquella mañana Eolo se levantó furioso.
    Le gustaba pintar sólo con el color blanco las montañas, los árboles… pero alguien había derramado sus oleos y los colores se iban esparciendo por doquier.
    Eolo sopló con tanta cólera, que los volcanes estimulados por el aire, activaron sus llamas hasta perderse en el firmamento.
    Junto a ellas, salieron las almas que ardían en el infierno. Entre gritos devoraron las nieves que Eolo había acamado durante toda la noche.
    Después,el dios del viento cayó agotado , hasta que al día siguiente su amiga Quíone, lo encontró y exhalando sus vapores sobre él, le devolvió la ilusión y juntos retornaron al trabajo de pintar de blanco las montañas.

  10. NAUSEAS
    Por su boca habían salido soles, ríos, montañas, y mares, pero no lograba vaciar su interior; hasta que, impulsado por una gran arcada, logró vomitar un extraño parásito. Luego de siete días de estar enfermo pudo descansar.

  11. Alucinante locura

    Abrí los ojos a la realidad distorsionada. Mi corazón latía tan fuerte que provocó un aneurisma en la arteria principal de mi vida. En su estallido derramó la sangre que alimentó tu vanidad y a mi me dejó la cérea palidez de la muerte. Clamé piedad en alaridos de angustia por mi inquieta intrascendencia vital. Igual que muchos. La sangre no llegó al río, por eso volví a cerrar los ojos, al fin, para seguir con mi paranoia.

  12. Cuestión de fe.
    «No dudéis, hijos míos», repetía el padre Curiel con determinación desde su púlpito dorado. «El Infierno y el Paraíso existen, y nos esperan. La morada final depende únicamente de cada cual. No temáis. Nuestra fe nos salvará», afirmaba con una convicción que, según mostraban sus ojos, estaba muy lejos de sentir.

    Obvió —intencionadamente o no, quién sabe— este tercer lugar al que, curiosamente, ambos hemos llegado. Un páramo gélido, a caballo entre lo demoníaco y lo divino, donde, a pesar de compartir un mínimo espacio con una colección infinita de almas, el silencio hostil es el único habitante censado.

  13. El parque blanco
    ——— ~ ———
    No se me hace ya tan divertido colarme donde mi hermano, que mira que antes pasábamos las horas muertas deslizándonos sobre esa masa nívea de gente sin serlo, que casi tenía madre que sacarnos de allí a pescozones para que pusiéramos la mesa, para cuidar de las gemelas o para que termináramos de recoger la habitación. Era mi parque de atracciones a un armario de distancia, mi estación de invierno que se deshacía poco a poco con el calor de lo vivo y cobraba perfiles como baches a esquivar, obstáculos móviles con forma de rostro que a última hora casi te podían engullir, que menudas las regañinas de los veteranos, decía Martín a la vuelta. Luego fue lo de las pequeñas y la manía de los saltos, lo de madre y su corazón de cristal, lo de padre y yo comiendo solos en una mesa que se nos hacía mansión, y ahora ya no me resulta ni entretenido escapar de esas fauces tan pálidas, esas caras que de anónimas antaño han pasado a ser hoy las de ellas.

  14. LOS INMORTALES

    Ellos dormitan enterrados en las profundidades de un volcán, en los hielos perpetuos de los polos o incluso en el interior de una pastilla seca de acuarela, hasta que el fuego de la vida los invade como un río de lava, un alud de nieve derretida o un torrente de color que se desborda sobre el papel, y los inmortaliza.

  15. Los guardianes

    Contaban las historias de los antiguos que, antes de los hielos, la aldea era asolada frecuentemente por las alimañas que descendían de las cumbres. Estas bestias tenían predilección por los cachorros de la tribu, ya fueran humanos o no, a los que arrebataban en la noche, dejando un rastro de sangre que se perdía en las montañas al amanecer. De nada sirvieron por tiempo las vigilias, ni las guardias reforzadas, ni las hogueras, ni las empalizadas. Nadie pudo jamás verlas, pero las desapariciones se siguieron produciendo.

    Se organizaron expediciones de cacería: las que lograban volver antes de la puesta del sol, nunca encontraron rastro de sus presas; las que no regresaron antes del ocaso, jamás lo hicieron y en las mañanas, por todo el valle, se podían oír las terribles risas y gritos de sus asesinas celebrando la sangría.

    El oráculo señaló a los catorce jóvenes supervivientes, los que no fueron secuestrados, como los inmortales guerreros que anunciaba la profecía: los que irían a buscar a las criaturas oscuras a su terreno y les impedirían, con su sacrificio, por siempre regresar, devolviendo la luz a nuestro pueblo, la paz a nuestras tierras.

    Así fue que los catorce partieron por el verde valle perdiéndose en la bruma y cuenta la leyenda que tras varias semanas lograron localizar y arrinconar a las criaturas en un desfiladero en el que las cubrieron con una lluvia de roca y hielo. Después, para evitar que las escurridizas bestias pudieran jamás escapar de sus prisiones de piedra, cubrieron de nieve toda la montaña y allá permanecen, encaramados y vigilantes, cada uno en una de las catorce cimas, velando por nuestra seguridad, añadiendo nuevas capas cada invierno.

    Así hablaban las historias de los antiguos, hasta que comenzó el deshielo.

  16. Dies Veneris

    Las voces despiertan y no consigo acallarlas. Abren los ojos, restriegan sus párpados, gimen y repiten lo mismo una y otra vez, como un salmo. Me resisto a escucharlas, a oírlas siquiera, pongo la música más alta, cada vez más y me alejo todo lo que puedo, pero han conseguido llegar. Por fin, el domingo, las vomito. Pero sé que volverán el próximo viernes, puntuales a su cita.

  17. BIFURCACIONES
    Te escuché decir en aquella conferencia que te inquietaban las bifurcaciones. Esos momentos impredecibles en lo que decidías un camino azarosamente y tiempo después preguntabas que hubiera pasado si hubieras optado por el otro.
    No dudé al aceptar acompañarte al cine. Recorrimos las imágenes como si fueran fotogramas de muchas vidas, se mezclaron los colores diluidos, la música del movimiento, la densidad cromática y los rugidos de las palabras de mi interior me hicieron desentenderme de lo que estaban proyectando y llevarme a aquellas montañas en las que me hablaron chamanes.
    Al salir te pregunté si no sentías que la vida nos decía adiós por todas partes. Me miraste extrañado. Nos despedimos hasta el viernes siguiente. Crucé la calle sin mirar el camión que se abalanzaba sobre mí.

  18. La justa selección

    Como un perro pulgoso, la Tierra se sacudió por quinta vez. A cada sacudida miles de habitantes caían al vacío y como pequeñas gotas de agua se desvanecían en el espacio.
    Dolida en lo más profundo de sus valles, defraudada en las mas altas expectativas de sus colinas, decepcionada en las intensas aguas de sus mares, la propia Naturaleza cogió las riendas de la selección. Solo los comprometidos, los prudentes y los sensatos quedarían como elegidos de aquella justa criba.

  19. Me rebelé contra todos aquellos colores de mentira, y lo maté como me dijeron las voces. Llevo ya una semana durmiendo en un sueño blanco y acolchado; y no creo que salga de esta muerte, con vida.

  20. Flujo

    Nada fluye y, sin embargo, nada está en calma.

    Es cierto que tu piel ya muestra ciertas marcas, más acusadas por el ceño y la frente, la zona por donde ese flujo contenido debería escapar y no lo hace; pero aparte de eso, tu rostro es de gran belleza y transmite serenidad.

    Nada fluye, pero algo, en cambio, debería fluir.

    Cuando desaparece tu sonrisa y tus ojos se concentran en un punto, se empaña el azul en tus pupilas y se empieza a contraer tu frente, tus labios se entreabren para murmurar palabras ininteligibles y las manos registran un temblor leve que no recogen los sismógrafos.

    Todo explota, de golpe.

    Tu cara se convierte en una sucesión de máscaras grotescas. Se elevan brazos y manos, señala el índice hacia mis puntos vitales, tu pelo se encrespa. Las frases reprimidas se agolpan en tu boca y las escupes con fuerza, mezcladas, repetidas, inconexas a veces, y unas pasan cerca, otras salpican y las que más dan en el blanco.

    Y ahora, fluye el magma.

    Es de color amargo y de sabor salado. Deja surcos en tu piel y más adentro. Arrastra los restos de maquillaje y los esparce, dejando dibujos inexplicables. Grabados que no significan nada. En el sillón, se reduce la frecuencia de los espasmos, se acumulan los pañuelos en la mesa baja, teñidos de un gris difuso.

    Nada será igual bajo la faz de esta tierra.

    Se ha secado el flujo externo y el interno se ralentiza, se remansa y pronto formará un lago helado y cristalino. Ahora vuelvas a transmitir la calma de un sueño dulce, pero sé que al despertar, cuando el jabón haga desaparecer los restos de maquillaje, aparecerán arrugas en diferentes lugares y tu mirada ya tendrá un brillo distinto.

  21. Miedo helado

    Vio la sangre asomando debajo de su puerta, después del tiroteo y los gritos que, una vez más, invadieron la noche de Tucson. Su miedo, blanco, helado, le hizo más difícil dar un paso, girar el pomo, y abrir. Un muchacho moreno, con rasgos aún infantiles, estaba tendido en el suelo, con un gesto de angustia tan enorme como sus ojos, y un grito silencioso y rojo emanando de sus heridas. Su miedo, blanco, helado, le hizo más difícil correr al interior, tomar las llaves de la camioneta y conducir hasta el hospital saltándose el rojo de los semáforos. Una vez allí, de nuevo quería marcharse pronto, no manchar su miedo blanco, frío. Pero una mano reseca, pequeña y ya teñida de rojo se aferró a la suya, aún ahogando su grito silencioso. Y en sus días blancos, fríos, se fundió el hielo; nuevos colores invadieron sus paisajes.

  22. El banquete de la tierra

    Es casi de día, puedo notar como por el orificio donde se había afincado en otros tiempos un ojo, un pequeño rayo del sol se adentra.
    Esta vez sigo sin poder moverme, el abrazo es doloroso, las risas siguen sonando desde alguna parte, y el eco siempre se encarga de repetirlas.
    Y de nuevo me susurra alguien desde atrás, pero el frío debe dificultarle el sonido de las palabras, porque nunca logro entender qué es lo que me dice. ¿Está llorando?
    Ya han dejado de dolerme las piernas, y los brazos, ya casi no puedo sentir la lengua que resbala sin dificultad por la garganta. Al menos me quedan los pensamientos, aunque es peor creo, no puedo dejar de pensar en qué lugar me encuentro, porqué siento que mi cuerpo se hunde sobre una cama pegajosa que va engulléndome poco a poco.
    Se aleja el rayo de luz, se vuelve a hacer de noche. Me está abrazando más fuerte, pero esta vez, por fin, ya no siento el dolor.

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