Las historias cuentan: Fantasmas

Fantasmas es un libro de relatos de Chuck Palahniuk recogidos bajo la forma de novela, al estilo de Los cuentos de Canterbury o el Decamerón. Es decir, trata de un grupo de personas, en este caso escritores, que se cuentan historias unos a otros mientras permanecen confinados en un espacio reducido.

En mi opinión, Palahniuk, que se hizo famosísimo por su Club de la lucha, escribe en esta ocasión un libro fallido. En primer lugar, porque la historia central que une los relatos, es decir, lo que les ocurre a los escritores reunidos en un antiguo teatro cerrado, llega a ser aburrida, reiterativa y molesta; lo mismo ocurre con unos «poemas» que presentan a cada uno de los escritores que van a narrar (a los que llama con motes rimbombantes: la Hermana Justiciera, la Directora Denegación, el Duque de los Vándalos…). Y en segundo lugar, porque presenta tantos relatos que varios podrían haberse suprimido y el libro hubiera mejorado, sobre todo, si se hubiera estructurado como un libro de relatos tradicional.

Crepúsculo civil  es uno de los que yo salvaría. Como el relato es largo, os transcribo los primeros párrafos para que observéis la maestría y el oficio del autor al presentar la historia: es un ejemplo perfecto de cómo se debe narrar a través de la acción de los personajes (el famoso «enseña, no cuentes»). Y fijaos también cómo nos provoca hambre de continuar con la historia simplemente diciendo: «No pasó nada más».

Crepúsculo civil

Fue el verano en que la gente dejó de quejarse del precio de la gasolina. El verano en que dejaron de echar pestes de los programas que daban por televisión.
El 24 de junio, el sol se puso a las 8.35. El crepúsculo civil terminó a las 9.07. Una mujer iba caminando colina arriba por el tramo empinado de Lewis Street. En la manzana que quedaba entre las avenidas Diecinueve y Veinte, oyó el ruido de alguien que aporreaba algo. Era el ruido que podría hacer un martinete, un ruido de martillazos muy fuertes que ella pudo notar a través de los zapatos planos en la acera de cemento. Se producía cada pocos segundos, y se volvía más fuerte con cada martillazo, como si se estuviera acercando. La acera estaba vacía y la mujer retrocedió hasta apoyarse en la pared de ladrillo de un edificio de alquiler de apartamentos. Al otro lado de la calle había un hombre oriental de pie en la reluciente entrada de cristal de una charcutería, secándose las manos en un trapo blanco. En algún punto a oscuras en medio de dos farolas, algo de cristal se rompió. El porrazo volvió a sonar y la alarma de un coche se puso a aullar. Los porrazos se acercaron, invisibles en plena noche. Un expendedor de periódicos salió disparado de lado y se estrelló contra la calle. Algo volvió a estrellarse, dijo la mujer, y estallaron las ventanas de una cabina telefónica situada solamente a tres coches aparcados de distancia del sitio donde ella estaba.
De acuerdo con un pequeño artículo en el periódico del día siguiente, se llamaba Theresa Wheeler. Tenía treinta años. Y estaba empleada en un bufete de abogados.
Para entonces el hombre oriental se había vuelto a meter en la charcutería. Le dio la vuelta al letrero de forma que dijera: Cerrado. Con el trapo todavía en la mano, corrió hasta la parte trasera de la tienda y apagó las luces.
Entonces la calle se quedó a oscuras. La sirena del coche aullaba. El estruendo regresó, tan fuerte y tan cercano que el reflejo de Wheeler reverberó cuando temblaron los cristales del escaparate de la charcutería a oscuras. Un buzón, atornillado a la acera, explotó haciendo tanto ruido como un cañón y después se quedó temblando, vibrando, abollado e inclinado a un lado. Un poste de madera de la compañía eléctrica se estremeció y sus cables cayeron sobre este, golpeteándose entre sí y provocando una lluvia de chispas, como fuegos artificiales resplandecientes.
A una manzana colina abajo de donde estaba Wheeler, en el costado de plexiglás de la marquesina de una parada de autobuses, con la fotografía alumbrada de fondo de una estrella de cine vestida únicamente con calzoncillos, el plexiglás explotó.
Wheeler permaneció de pie, con la espalda pegada a la pared de ladrillo que tenía detrás, con los dedos metidos en las junturas de los ladrillos, las yemas de los dedos tocando la argamasa, aferrándose con tanta fuerza como si fueran de hiedra. Con la cabeza tan echada hacia atrás que cuando se lo mostró a la policía, cuando les contó su historia, el áspero ladrillo le había dejado un punto calvo en la cabeza.
Y luego, dice ella, nada.
No sucedió nada. No pasó nada por la calle a oscuras.
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3 pensamientos en “Las historias cuentan: Fantasmas

  1. Me gusta el juego. Como va creando esa atmósfera, creando, creando, para al final “nada”, jeje. Aunque creo que es efectivo en un relato así, cortito, si todo el libro funciona con giros de estos… No quiero pensar que llevara 300 páginas de libro y al final “nada”, je je.

    Abrazos.

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