Viernes creativo: escribe una historia

¿Escribes una historia para alguno de estos personajes fotografiados por el artista belga Jeffrey Vanhoutte? Tienes ocho historias que quieren ser contadas (pincha en cada imagen para ampliarla).

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23 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Revenge

    Sabía que aquella noche en el Carden Club te encontraría. No me equivoqué. Te vi saliendo del privado acompañado, sonriente y abrazado. Os besasteis con ardor. Me parecía tu sombra atractiva, así como tu actitud provocativa. El claroscuro de luces de la sala y mi recuerdo, hace estas distorsiones de la realidad. Esperé sin inmutarme en la barra mientras os acercabais. Por tu forma de andar me di cuenta que ibas cargadito del francés, Viuda Clicquot. El mismo champagne frapè de mi copa, que sorbí con placer. Quedé perpleja al descubrir la identidad de tu acompañante. Aquel personaje de dorso desnudo, tatuado, de cuerpo escuálido, envuelto en un marabú de anodino color, me pareció inofensivo. Por la pluma de su echarpe. Era Charles, el gay del vaudeville. Le pedí fuego a Jean Paul y le insinué que te administrara el veneno que pondría fin a tu existencia. Su viuda negra que destacaba en el blanco de su almidonado cuello de camisa, era infalible.
    No le di más importancia. Cada uno elige hacer lo que quiere. Yo venganza.

  2. Por las buenas
    –¿Lo mataste?
    –Parece que sí.
    –¿Y eso?
    –Para probar.
    –¿Probar el qué?
    –Lo de matar así, por las buenas, como aquella peli que vimos hace tiempo.
    –¿A sangre fría?
    –Sí, eso, matar a sangre fría.
    –¿Y cómo lo hiciste?
    –Con dos cojones. Me acerqué al primer colgado que vi pegado a la barra, y le dije, «Te voy a matar».
    –¿Y qué contestó?
    –Que no me molestara, que llevaba años muerto. ¡Casi me convence el cabrón!
    –¿Entonces?…
    –Pues que cuando voy a echar mi primer trago, me doy cuenta de que el camarero se ha olvidado del hielo, entonces voy y… ¡Pam!
    –¿Mataste al viejo por un puto trozo de hielo?
    –No, no lo maté, lo rematé… Ya estaba muerto.
    –Haber matado al camarero.
    –Eso no habría estado bien. Por venganza y sin avisar, no es mi estilo. Además, al viejo este le hice un gran favor… Ahora sabe algo que ni tú ni yo ni nadie sabe. Un puto sabio, macho, eso es lo que es ahora, y esto, gracias a mí y… a la bala.
    –Y al hielo y al camarero.
    –Y a estas putas tardes de invierno.

  3. Para la primera fotografía.

    Reflexiones de una rubia

    Lo malo de no entender de matemáticas, ser rubia y tonta y que, para más inri no le guste a una el fútbol, es haber vivido toda la vida engañada pensando que veinte centímetros en realidad son cinco y que la lengua no tiene más usos que el habla y la deglución.

  4. GENGIS KHAN

    Yo era más de baloncesto. Tirar, pasar y diblar. Pero me cubriste un día y me llamaste Gengis Khan. Quedamos para ir a bailar, aquel sábado a la noche. Meneaban la pista tu traje color hueso y tu camisa floreada. Te hacían corrillo. Sentía los celos. Ajusté mis mallas y acicalé el bigote. Extasiado por aquel vaivén pélvico y con la sangre concentrada ahí abajo como en un émbolo, me senté en la escalinata con las piernas bien abiertas. Y alcancé la bola de cristal, que giraba frenética para atraer tu deseo.

  5. Mala pécora

    Éramos ocho hijos de una misma madre, unos completos desconocidos, que nos detestábamos delante de una cama, a la espera de que se muriera la vieja y pelearnos, después, por el dinero que aseguraban que ganó vendiéndonos como a perros. Y supongo que, a los hijos de puta que me acompañaban, les sucedía como a mí: que no entendía como nos reunían solo para demostrarle que carecíamos de corazón como ella. Pero no tardó en contestarnos, cuando el sonido intenso de sirenas le despertó de su inconsciencia y su sonrisa delató sus verdaderas intenciones.

    PD: He tratado de inspirarme en las ocho fotografías, pero no sé… ahí queda.

  6. Bistró

    La mujer rubia de ojos claros se acodó en la barra de ese bistró, pidió una copa de vino blanco y sacó un cigarrillo; el barman, diligente, le ofreció fuego. Ella lo aceptó distraídamente. Insinuaba pensar en una causa perdida, acaso en un amor… ¿Quién sabe? Miraba todo a su alrededor, a los parroquianos que ocupaban las mesas del local. Había misterio en ella. Cada mujer conlleva una intriga, pero ésta tenía un no sé qué, algo que la hacía aun más misteriosa que cualquier otra dama.
    No fue ésa la única copa que bebió. De a poco el barman se fue ganando su confianza. Podría habérsela llevado a su casa, de no ser porque justo unos minutos antes de cerrar llegó un hombre, ella lo saludó y se marcharon juntos. En ese momento, a la rubia pareció no importarle la espera.

  7. He decidido bailarla con la segunda foto

    Mi cabaret
    La genética me dio este rostro y este cuerpo, según la norma debería haberme conformado, pero vine también cargado con una buena dosis de provocación. Desde niño me negué a ponerme uniformes tanto físicos como mentales. Cuanto más experimentaba, jugando unas veces a ser chica otras a ser chico, más feliz me sentía. Incapaz de asentarme en ninguno de los géneros, me rebelé contra todo y todos los que me exigían cumplir con lo establecido. No creo que Dios exija sufrir y llorar para alcanzar el Cielo, me parece que Él es más de vivir en una sala de fiesta. ¿No es eso la vida? un pequeño y corto espectáculo de cabaret, por eso he decidido bailarla a mi manera.

  8. He decidido utilizar la primera foto.
    DECÍA Y DIJO

    Verde que te quiero verde, –decía, mientras le encendía el cigarrillo.
    Verde que te quiero verde, –decía, mientras le servía una copa de cava.
    Verde que te quiero verde, –decía, mientras observaba su rostro perfecto.
    Verde que te quiero verde, -decía mientras observaba su mirada impasible.
    Verde que te quiero verde, -decía, mientras esperaba hiciera una sólo mueca.
    Verde que te quiero verde, -decía, cuando espera una respuesta.
    Verde que te quiero verde, -decía, mientras esperaba una sonrisa.
    Verde que te quiero verde, -decía, ¿sabes que eres muy guapa?
    Verde que te quero verde, – decía y, esperaba.
    Verde que te quiero verde, -decía, mientras se atrevió a tocarla.
    Verde que te quiero verde, -dijo: “¡Pero si eres de ceraí!

    (Con el permiso del gran “Federico García Lorca”)

  9. (para la primera imagen)

    REHAB HOTEL

    Margaret se acerca al bar mirando desde lo alto de su nueva nariz y, discretamente, pide coca. Le traen cola. Agarra al camarero del cuello de la camisa y lo acerca hacia ella para susurrarle al oído “una raya”. Él se separa enseguida con un “no se preocupe, señora, de aquí no pasa”. Alterada golpea la barra diciendo que lo que quiere es un viaje, un buen subidón. El camarero llama al chófer, que la lleva en su descapotable por la autopista a toda velocidad. Horas más tarde, Margaret regresa al hotel con la falda aún flotando en el aire y desmelenada hasta las cejas. Llama al ascensor y un joven de colorido uniforme sube a su lado. Ella le muestra provocadora el escote de su blusa, pero el botones, solícito, se la abrocha.

  10. DESENCANTO
    Me lleva a su casa, cumpliéndose mi deseo de estar a solas con él. Pone la consabida música, suave. Destapa la botella de vino y bebemos de las copas: conozco ese ritual de cortejo. Mientras va al baño me pide que me ponga cómoda, ya estoy preparada para lo que sigue, es la rutina. Regresa con el torso desnudo y por poco dejo escapar un suspiro al ver a Hércules en persona. Y, entonces, hace esa pregunta, que cambió la expresión de mi rostro, la que nunca imaginé en ese envidiable ejemplar. ¡Quería saber si se verá como yo, cuando le implanten las tetas!

    (Me lo ha sugerido la imagen séptima)

  11. Raíles

    Obdulia se cierra bien el abrigo y baja por la calle hacia el mercado. El carrito repite un incesante tap tap que la acompaña. Por el camino ve a esa mujer —con el frío que hace y ella en tirantes—. Le da lástima, le imagina una vida de tren descarrilado, de problemas con el alcohol y con los hombres, de no llegar a fin de mes por habérselo gastado todo en una boa roja de plumas. Y eso mismo le hace sentir picazón, una gota de envidia por esa vida que la ha gastado antes de tiempo. Gastarse, besar a otros hombres, romperse el corazón al menos una vez en la vida. Llega al mercado, cerrado, y mira su reloj, tan puntual siempre. Su tren nunca se ha salido del raíl, nunca tuvo dudas, siempre el café a las siete y los niños en el colegio limpios y planchados. Los besos sin forma, la comida en la mesa y el sexo gris de los sábados. Se sabe el camino hasta la última estación. Mira otra vez el reloj, ya solo faltan cinco minutos y podrá seguir el viaje.

  12. CARMELO, ACOSO Y DERRIBO
    Desde arriba solo verán flotar el color ladrillo de mi pelo. Siento paz balanceándome en el agua como pecio desgastado por el mar. Me aturde el zumbido lento de las burbujas que ascienden. Hay un silencio brutal entre latido y latido, cada vez más espaciados. Estoy cayendo contigo, Carmelo.
    Llegamos al entrenamiento, puntuales. Las cinco, eran las cinco de la tarde. No atisbé que debajo de las gafas de sol, se agazapaba una mirada torva y tenaz de tanta ira contenida. No me hablabas, y yo que te conozco desde siempre, me burlaba de la probable mala noche que te habían dado los enfermos en el hospital. El golpe coriáceo llegó por sorpresa. Luego vinieron más, a destajo, secos, vomitivos. Solo dijiste: Miguel, los golpes bajos no son para los amigos.
    La noche anterior, en aquel bar, había demasiada gente. Alguien tuvo que vernos. Fue en la segunda cerveza cuando Sonia me insistió que vuestra separación no era sólo un rumor, que hacía tiempo que ya no te quería. Su voz desgajada, me lloraba y besaba a la vez. No te voy a engañar, yo también soy muy dado a los dramas nocturnos. Se llora mucho en las noches unas veces de impotencias, otras de gozos. El caso es que nos derramamos consecutivamente, una y otra vez.
    Amanecimos llorando de risa…Las lágrimas, siempre las lágrimas. Toda la noche llorándonos. La tarde siguiente, ya sólo llorarías tú.

  13. Para la segunda imagen:

    Dicotomia

    Por las noches se perfila las cejas, se cuelga la boa de plumas y se calza unos ajustados pantalones de cuero. A la mañana siguiente se vuelve a pintar el bigote, se viste de uniforme y maneja, con mano de hierro, los designios de la nueva Europa.

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