Viernes creativo: escribe una historia

Hoy es viernes 13. ¿Asustamos al mundo con nuestros cuentos inspirados por esta ilustración de Rebecca Mock?

 

 

 

Rebecca Mock

 

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42 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. La verdad

    Me gustaba ir a la casa de la colina, abrir con la llave que aún esperaba debajo de la única piedra blanca del parterre y oír el quejido de la puerta. Entonces ella bajaba las escaleras y yo miraba el tiempo parado en sus ojos. Le decía otra vez que yo no la había empujado, que se había tropezado y en el rodar por los peldaños se le perdió la vida. Y no sé por qué lo hacía, por qué lo sigo haciendo, si los muertos y los niños siempre saben la verdad.

  2. Se empeña en no haber muerto.
    Sube y baja las escaleras una y otra vez sintiéndose ignorada. Ha oído a los mayores que el ejercicio es bueno para el corazón, pero aún no se ha dado cuenta de que el suyo hace mucho que ya no late…

  3. El escondite

    Dentro de su existencia sin sentido, su única obsesión es huir de ella. Por eso sus días transcurren entre un continuo «cuidado con Eugenia» para arriba, «cuidado con Eugenia» para abajo en la escalera infinita del caserón familiar. Y no ve más allá. Tan solo se detiene cuando percibe ruidos en la oscuridad. Entonces, se asusta, creyendo que puede ser Eugenia, ¿quién si no? Y se ovilla en un rincón, para ocultarse, para no ser visto. Aterido, le reza al Jesusito de mi vida, suplicándole que no le abandone, que le ayude, que no le deje a solas con Eugenia. Y solloza porque no quiere volver a tropezar, a pasar frío en el sótano, ni a escuchar sus carcajadas después. Así, de este modo, escondiéndose, se encuentra atrapado entre dos mundos el niño desaparecido de los Montijo.

  4. La casona
    Cuando iban de vacaciones a Galicia se solían acercar durante unas semanas a la vieja casa de su hermana de sangre, aunque llevaba los apellidos de sus tíos abuelos, ya que estos no habían tenido descendencia.
    Esta gran casa había estado para ellos siempre llena de sorpresas.
    Se acordaba de que cuando era una niña, ese era para ella, un lugar mágico.
    La gran casa construida por los tíos indianos había sido dividida en dos, tras el reparto de la herencia entre dos hermanos: Pepe y Juan.
    Ahora varias décadas después de ser construida, únicamente los hermanos compartían la gran escalera desencajada de madera, que dividía la casa en dos.
    En el ala derecha, utilizada todo el año, vivían el tío Juan y su familia: su mujer Josefina y su hija adoptiva, además de una familia de empleados.
    En el ala izquierda, siempre llena de secretos residía el hermano de este: el señor Pepe.
    Este último era para los hermanos de la niña adoptada, todo un enigma.
    Siempre llegaba silencioso y solitario a altas horas de la noche, arrastrando su pierna coja, y se metía sin hacer más ruido que un austero buenas noches, en su habitación.
    En otras ocasiones y durante largos períodos de tiempo, el ala izquierda estaba vacía, y era entonces cuando los niños aprovechaban para explorar esa zona misteriosa.
    Pero para su desdicha está zona siempre estaba cerrada con llave y sólo podían atisbar a través de las cerraduras.
    En dos de las habitaciones sólo se veían hileras de libros y en otras dos grandes y antiguos muebles, mientras que en el piso de abajo se podía vislumbrar un gran comedor con una gigantesca chimenea, un cuarto lleno de cachivaches y una destartalada cocina, lugares que durante años, y hasta la muerte del señor Pepe fueron para ellos siempre un gran enigma.

  5. ENCUBRIMIENTO

    “Trastabillé y me golpeé la nuca al caer”, eso diré cuando llegue al cielo. No te preocupes, m’hijo. Allí nunca dudarán de tu inocencia.

  6. Juego de niños

    A Martín le gustaba resbalar por el pasamano de la escalera. Esperaba a que no hubiese nadie a la vista y se lanzaba hacia abajo como un rayo por la encerada superficie. La hermana Águeda lo había pillado en más de una ocasión haciéndolo y lo había arrastrado de una oreja hasta el despacho de la madre superiora para recibir su castigo, como si el dichoso tirón de orejas no hubiese sido suficiente. La madre superiora siempre le decía lo mismo:
    ” Martín, esta manía tuya de tirarte resbalando nos va a traer un disgusto”. Y Martín ponía cara de no haber roto un plato, prometía no volverlo a hacer y cumplía el castigo de rodillas en la capilla del asilo.
    La mañana en que la hermana Águeda apareció tendida a los pies de la escalera, con la cabeza abierta y la bola de adorno del barandal rota a su lado, todas las miradas se volvieron hacia Martín. Pero no lo encontraron. Al amortajar a la hermana Águeda, apiñada en su mano derecha, hallaron una oreja chiquitita ensangrentada.

  7. Aterrada

    La niña quedó en mitad de la escalera, entre penumbras. Parecía que no se animaba a descender del todo. En la sala la esperaba uno de sus tíos; la madre insistía en inventarle ese parentesco a cada nuevo hombre con que se liaba.
    Solían ser del ambiente dark, se creían diabólicos. Pero éste lo era en serio. Lo constataba ella, cuando su progenitora iba a la cocina a buscar algo, y él le acariciaba las piernitas que dejaba descubiertas el corto vestido de algodón.

  8. EMPANTANADA

    Cuando tu voz fracturó el oscuro silencio que se ramificaba entre los muebles de la planta baja, un violento sobresalto me arrebató la calma y el edredón que me cubrían. Te busqué, desorientada, con las palmas aguzadas por la lámpara de luto, con el corazón contracturado por el tono nostálgico de tu respiración. La alfombra de la escalera engulló el ritmo acelerado que se desprendía de mis pasos, hasta que el alma se me paralizó.
    Te descubrí agachado, meciéndote entre los sillones, con un destello frío entre las manos y otro húmedo entre los párpados. Y entonces me fracturó la escena: tu resignación queriendo escurrirse de tus venas, esa mirada tan tuya y tan mía que ya no te pertenecía, que me habías arrebatado, yo, a medio camino entre el mundo onírico y el real, sin saber qué hacer, sin voz para gritarte no, por favor, no me hagas esto otra vez, y el desvanecimiento…
    Así, una vez más, como tantas otras noches, en las que me desarmo sobre escalones mudos, que sólo me conducen a arroparme entre los pliegues de esta crudeza cotidiana en la que no estás.

  9. LA DESPEDIDA

    Deberíamos ir asumiendo que nos va a dejar. He vuelto a verla al bajar del desván tras dejar el resto de los juguetes que quedaban en su habitación. Tiene el pelo más largo y no luce mercromina en las rodillas, y los bolsillos, que ya no están a reventar, me dicen que ya no lleva cromos. Su mirada es menos curiosa, y en la sonrisa ya no hay huecos. Está más alta, más flaca. Si la niña que era el día que le arrollaron ha empezado a crecer, es que no va a salir del coma.

  10. LA TESTIGO
    —Creo que deberíamos vernos en otro lugar
    — ¿Por qué?
    —Tu hija nos puede delatar, la encontré en la escalera y me ha mirado de manera extraña.
    — No sea bobo, yo no tengo hijos.

  11. EL ANFITRIÓN
    Cada noche recorro los peldaños de esta escalera. Me gusta llegar al descansillo y desde allí atisbar por si hay algún nuevo merodeador.
    Llegan pensando que van a ver fantasmas. A contactar con entidades del mas allá.
    Yo permanezco entre los barrotes observado. Si son profesionales, esa noche no ocurre nada. Mis amigos y yo, porque no estoy sólo, esa noche dejamos que pase el tiempo y cuando ya han marchado, encuentran en sus grabaciones ruidos y voces que ellos nunca escucharon.
    Pero si los que vienen a merodear son curiosos, entonces nos divertimos con ellos.
    Rompemos cristales, que oyen pero no ven, cerramos puertas, les soplamos por las orejas, tocamos las melenas de las chicas, les escondemos las llaves del coche… y mil cosas más.
    Después de todo ellos son los que llegan a mi casa. Yo soy el dueño. Y si no me gustan las visitas, pues les doy puerta.

  12. Exámenes de Junio

    Podría decir que estoy aterrorizada. Podría decirlo, si no fuera un fantasma, claro, y si no estuviera tan mal visto que los de mi especie puedan albergar estos sentimientos. Os confieso una cosa, muy bajito, ahora que no nos oye nadie: tengo un poquito de miedo. Y lo disfrazo de responsabilidad, de seriedad, de formalidad. Parezco una alumna aplicada, concentrada en sus tareas y deberes, pero en el fondo, tengo una terrible inseguridad.
    Como comprenderéis, no tengo miedo a otros fantasmas, son casi todos, o compañeros míos o maestros. Tampoco a los humanos, tan débiles e influenciables, tan inofensivos.
    Ahora, en el rellano de la escalera, los escucho hablar tranquilos, seguros de sí mismos, mientras están acompañados. Ensayo poner mi tez pálida, los ojos en blanco, señalar con mi dedo tembloroso algunos objetos, desplazarlos un poco, hacer caer algún cuadro, todo lo que me han enseñando en las clases, pero no sé si lograré atemorizarlos.
    Me falta ensayar la voz cascada y tratar de levitar un poco, pero eso lo llevo un poco verde para el examen. Esta es la última prueba y, si la paso, el año que viene, en cuarto, me convertiré en chica de curva de carretera. Y ahí sí, señores, es sencillísimo asustar.

  13. Dulces sueños
    Entra sin miedo, no voy a asustarte. Deja las llaves en el aparador, avanza por el pasillo encendiendo y apagando luces. Desnúdate con torpeza, tira la ropa a la silla y cae rendida sobre la cama. Cierra los ojos. Todo da vueltas a tu alrededor. Trata de despejarte, rebusca en tus vaqueros y saca el tabaco. Enciende un último cigarro. Da dos caladas. Duerme.
    Mi aliento avivará la brasa.

  14. Eterna pesadilla

    “Los fantasmas no hacen ruido”, había dicho mi madre, “se siente su caricia como un viento de invierno, cuando posan su manita sobre tu rostro”. Y sin embargo, yo lo había oído, todas las noches era igual: primero el portazo de la puerta de entrada, luego su risa de borracho, como piedras en un pozo. Inmediatamente salté de la cama y salí descalza al pasillo, pero en casa de la abuela el suelo siempre cruje y cada crujido de la tabla se me clavaba en la tripa como un descorchador. Me escondí tras las pesadas cortinas de la ventana; el fantasma me oyó, seguro, y aunque no podía verlo en la oscuridad, sí escuchaba sus pasos tambaleantes por las escaleras, uno tras otro: pronto me encontraría.
    Corrió la cortina de un tirón, pero no le di tiempo a reaccionar, me escurrí por debajo de sus piernas. Entré corriendo y gritando en la habitación de mamá y me tiré en su cama: “¡Mamá, mamá, no dejes que me haga daño!” Pero mamá no puede oír mis gritos, solo me mira con los ojos muy abiertos y llorosos; trata de abrazarme, pero sus brazos se llenan de vacío; cuando toco su rostro, sus lágrimas se convierten en escarcha. Entonces lloro, lloro mucho, y mis propias lágrimas me disuelven en una oscuridad eterna. Yo solo quiero volver con mamá, ella es la única que puede librarme de los fantasmas que no me dejan dormir en paz.

    • Qué bueno Puri. Los fantasmas que no hacen ruido y los mayores, que siempre dicen la verdad. Qué simple parece la inocencia. Pero nada es lo que parece, al menos en esta casa.

      Un beso

  15. SOBRECOJEDOR:La casa había quedado embutida por la maleza, la noche era pesada y oscura, una neblina helada congelaba el aliento,el CRASSS.AS de la llave al abrir el portón expulso el cin oxidado del tiempo.Frente a el, él pasado habría su lectura. Olía a huesario,a muerte a cementerio,descorri las cortinas pasadas de urañas y subi apesadumbrado las escaleras,que también me las conocía; de chaval de 2en 2, de 3 en 3 incluso mas. Allí estabas ,colgada en el mismo lugar no te habias movido. MAMA, sigues tan guapa como entonces al lado de tu perro Piter tu fiel guardian, tu mejor joya un rifle de amazonas. Una lagrima a destiempo,joder y se mordio la lengua ,un nudo de nostalgia atragantando la garganta,? Te acuerdas ? yo cumplir te hice justicia así me habias enseñado, solo lo e utilizado 1vez,tan solo una vez . y fue suficiente,-toma- te devuelvo tu arma.-!la deuda ya esta saldada.!-….

  16. No sé si bajar a la cena

    La comida cada vez más escasa, la carne cada vez más seca y la guarnición solo un recuerdo. Nadie lo comenta, seguimos como si nada, aunque a Dña. Asunción se le escape alguna lágrima al servir los jueves. El racionamiento es tan evidente que, ni la semanal disminución de comensales, es capaz de compensarlo.

  17. El niño sombra

    El niño sombra de los ojos lechosos me mira desde el rellano de la escalera. No emite vocablo alguno y no hace ningún otro gesto que no sea el de seguir mis movimientos con la mirada. Hace siete años que lo hace; y siempre igual, siempre lo mismo.
    Hasta el día de hoy.
    En todo este tiempo, es la primera vez que lo veo descender desde el primer piso de nuestro hogar hasta la mitad de la escalera. Y además está lo otro, también una novedad: desde la cocina, distante cinco metros desde donde él se encuentra —y a pesar del intenso dolor que lacera mi ojo derecho, totalmente cerrado por el golpe—, veo cómo sonríe.
    Nunca lo había hecho. Y no sé si me gusta esa sonrisa.
    Voy hacia él, rengueando, pero me detengo como fulminada por un rayo cuando levanta una de sus manos y señala el suelo con el dedo índice —negro también—. Miro hacia abajo y distingo lo que el niño sombra quiere que vea. Son las huellas que van dejando mis pies desnudos; de un rojo oscuro, como el hierro, parecen rosas marchitándose en la podredumbre de la angustia y el martirio sin fin.
    Entonces sus ojos níveos se clavan en mi mano derecha. Y en el cuchillo que llevo en ella, y que todavía chorrea gotas de sangre. No se mueve de su lugar en la escalera y separa sus labios, sin dejar de sonreír.
    —Te amo, mamá —dice con una voz que no es de este mundo; y da dos pasos hacia atrás para desaparecer tragado por la pared. Lo último que veo son sus ojos sin vida, los que, al ser absorbidos por aquella, dejan dos manchas blancas que, imagino, jamás quitará ningún producto de limpieza.
    Y no aguanto más las lágrimas, que caen por mis mejillas como si fueran dos ríos desbordados por la agonía y el tormento. Y los recuerdos…
    La felicidad plena cuando me casé con Bernardo. Y las primeras señales que asomaron durante el viaje de bodas: alcohol… alcohol y más alcohol. Y más alcohol. Los golpes que hicieron su rutilante aparición. Y mi silencio… Y sus lágrimas y el «perdón, amor, no lo hago más». Siempre creí en esa promesa, y nunca la cumplió. Ni siquiera cuando nos enteramos del embarazo. Es más, desde ese momento, los puñetazos fueron in crescendo: más violentos, más certeros. Quería una nena, y yo estaba embarazada de un varón. Ni en eso lo pude satisfacer…
    El golpe del desgarro fue el peor, directo a mi bajo vientre. Con él, mis deseos intensos de ser madre quedaron truncos para siempre, con la leche pudriéndose en mis senos.
    No pude huir de nuestro hogar. No pude huir de Bernardo y sus golpes. No pude…
    Cuatro meses después del aborto apareció él, el niño sombra. Estaba de pie en el primer peldaño de la escalera, junto a la pared, y me miraba con sus ojos blancos. Bernardo no lo veía, y nunca le conté de él: hubiera creído que estaba loca, y la violencia de sus golpes hubiera crecido hasta el infinito.
    Siete años pasaron desde ese día. Hasta hoy…
    Regreso del pasado —que me atraviesa con su daga helada la piel—, y miro hacia la cocina. Bernardo yace en el piso, bañado en un charco de sangre. No me duele el alma por lo que hice, y no sé si eso es bueno. Pero ya está. La patada en la rodilla y la trompada en el ojo fueron sus dos últimos golpes. Jamás imaginó que yo, siempre sumisa en mi rol de receptora de las agresividades más cruentas, fuera capaz de la estocada. Y así le fue.
    Sin soltar el cuchillo, voy hasta la mesita del teléfono —la rodilla me duele horrores— y hago la llamada de rigor. Un minuto después cuelgo y levanto la vista hacia el pequeño par de manchas plateadas de mitad de la escalera.
    Y, mientras espero a la policía, sonrío a la soledad de mi hogar.
    —Descansá en paz, pedacito de mi corazón.

    Juan Esteban Bassagaisteguy
    Octubre de 2014

    http://thejuanitosblog.blogspot.com.ar/2014/12/el-nino-sombra.html

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