Viernes creativo: escribe una historia

Tienes muy poco tiempo para convencer a esta chica de que no lance la piedra. ¿Qué historia le cuentas?

La imagen es del excesivo Stefan Heileman.

Destroyed narcism, de Stefan Heileman

 

 

 

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33 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. ¿ESPEJISMO’
    Los niños, obsesionados con las historias que se cuentan acerca de que la casa está habitada por fantasmas, una tarde se dedicaron a tirar piedras a todas las ventanas del viejo edificio. Tras romper los cristales, una mujer que no parecía espiritual, cogió uno de los cantos rodados que habían entrado y desde la ventana amagó a los niños con lanzarles la piedra.
    Tal fue la expresión de enojo que había en su cara que los niños salieron disparados hacia sus casas.
    No han vuelto a pasar por allí. Divisan la casa desde lejos y siempre ven a esa mujer con la misma expresión y con la mano en alto dispuesta a lanzar la piedra.

  2. CALIGINEFOBIA

    La señorita Loughty nos enseñaba a sumar sin usar los dedos. Casi todos, a escondidas, íbamos levantando los dedos por detrás de la espalda cuando nos preguntaba. La cosa se complicaba cuando el resultado de la cuenta era mayor de diez. Yo me perdía y soltaba un número al azar entre once y dieciocho, pues de momento los sumandos eran de una única cifra. ¡A veces acertaba! Pero muchas fallaba, y era penalizado con la repetitiva copia de la dichosa suma entre diez y cien veces, dependiendo de si me había quedado cerca o lejos del resultado correcto. Un día empecé a jugar con piedras. Para entonces ya sabía apreciar cuando una chica era guapa, y la señorita Loughty lo era. Descubrí con las piedras otra forma más divertida de sumar, que consistía en ir arrojando los guijarros contra distintas cosas que se pudieran romper. Los cristales eran idóneos para mi juego. Cuando rompía el primero contaba los fragmentos, cuando rompía el segundo los volvía a contar, después sumaba todos los fragmentos. Cada vez usaba menos los dedos y más la imaginación, hasta que se convirtió en extraño el día que fallaba una operación. El día que lance la piedra desde el patio contra la ventana del despacho de la señorita, ésta la recogió y me miró con odio antes de arrojarla. Yo sé que no fue su intención, pero la mala suerte se convirtió en siete puntos de hilo gordo en mi frente. Al día siguiente su sustituta nos tuvo haciendo aburridas sumas durante toda la clase. Durante una semana, cada vez que bajaba al patio miraba al antiguo despacho de la señorita Loughty y recordaba su cara enfadada devolviéndome la piedra. A ella no volví a verla, pero cada vez que me cruzo ahora con una mujer guapa, me echo a temblar.

  3. ¡¡¡Manoli, qué nos conocemos…!!!

    Manoli siempre se salía con la suya. Y para ello, mordía, lloraba soltaba coces como las burras, arañaba y se tiraba de los pelos. Era capaz de todo menos de decir por favor, lo siento, disculpa o poner una sonrisa en su ofuscado rostro. Todos estábamos hartos de sus arranques de mal humor. Estaba enfadada con el mundo y no había forma humana de congraciarla con él. A la pobre farmacéutica le tiró el frasco de las pastillas a la cabeza cuando le quiso cobrar el dichoso copago y ante tal desmán, la farmacéutica prefirió poner de su bolsillo los pocos céntimos antes que perder a una clienta de toda la vida o salir escalabrada la próxima vez. El director del banco se escondía en su despacho cuando la veía entrar por la sucursal armada con el bastón. Ya le quiso pegar cuando lo de las preferentes y eso que a ella no habían conseguido colocárselas. El panadero, el pescadero y todos los comerciantes del pueblo le tenían terror y, a la pobre doctora de cabecera aburrida.
    El día que amaneció muerta faltó muy poco para que se declarara fiesta mayor. El campanero de la iglesia no tocó a difuntos si no a fiesta.
    En su testamento especificaba que se la enterrase vestida con los hábitos del Carmen y el rosario de su madre en el cuello. También pedía que le pusiesen una piedra en la mano. Para amenazar a San Pedro, pensamos todos.

  4. Desahogo

    Maldito cabrón. Te creí. Cerré los ojos y confié en ti. Desde el primer momento, te confesé mis penurias y compartí mis ilusiones. Tu sonrisa embaucadora tuvo la culpa, y también mi necesidad. Me aseguraste que me ayudarías a superar el bache pasajero. Que mi situación económica no te importaba. Que conseguirías cambiarme la vida. Para empezar, se acabarían mis tormentos, tendría un coche rosa, un apartamento con jacuzzi, una guardería de primera. Con el tiempo, un trabajo nuevo, de los de estar sentada, que un amigo de un amigo te lo debía. Y así miles de fuegos artificiales, que finalizaron cuando me solicitaste firmar aquí, aquí y aquí, y a mis padres, como avalistas, al lado. ¡Así te pudras, usurero del demonio!

    (Pum, en toda la cabeza)

    —El siguiente. ¿Y su piedra, señora?

  5. Blancanieves 2.0

    Sabes que nunca miento. No mentiré, aunque me cueste la vida, aunque extiendas tu brazo, sueltes la piedra, y mi brillante superficie se descomponga en muchos trozos minúsculos.

    No. Ya no eres la más bella. Tú lo sabes tan bien como yo. Ella tiene esa blancura virginal que tú nunca tendrás, por mucha cosmética que le pongas. Puedes arrojar el proyectil y negártelo durante unos días. Dejarás de ver arrugas donde nadie las ve, carne flácida que nadie nota. Pensarás que sigues siendo la mejor hasta que compruebes que las miradas ya no se desvían a tu paso como lo hacían antes y lo que es peor, que se alojan en la delicada silueta de la princesa.
    No puedes competir con su juventud, pero puedes aprovechar el paso del tiempo en tu propio beneficio. Se llama experiencia. Relaja ese brazo, suelta la piedra. Sonríe un poco. Observa esa mirada profunda que tienes. Sabes que puedes conseguir lo que desees con esas dos cosas. Tienes la audacia justa para no precipitarte y astucia de sobra para no fracasar. Te conoces bien a ti misma y al mundo. Por muchas miradas que se dirijan a ella, tú sabrás poner tu piel delante de la suya ante quien realmente te interese.

    Deja que Blancanieves se divierta en el bosque con sus enanitos mientras tú le das a probar al Príncipe Azul la droga de tu carne madura.

  6. El espejo

    Siempre me habían gustado las pelirrojas, y esta chica parecía ser la dama de mis sueños.
    Comencé a seguirla esperando entablar una conversación con ella, o al menos para poder contemplarla, recrearme en su belleza. Al principio insinuó tolerarme, pero llegó el momento en que se detuvo, tomó una piedra del suelo y empuñándola me miró fijamente a los ojos.
    —Dejame en paz —me dijo seria; había algo encantador en ella cuando se ponía seria.
    —Si te dejo en paz desaparecerás, ya que sólo existís en mi mente —le advertí.
    —¿Es que no lo entendés? Sos vos el que no existe en esta dimensión. Aquel día, cuando me seguiste, por mirarme a mí te distrajiste y te atropelló un auto. Moriste, y desde entonces te me aparecés de madrugada en este espejo.
    Me arrojó la piedra y el espejo se astilló. Quedó sola contemplando su propia imagen fragmentada. Ambos nos sentimos aliviados.

  7. María Magdalena
    Escoge la mejor piedra, la más redonda. Acecha en los meandros y rescata, de entre todas, la más blanca, una tan suave como lo fue tu piel antigua, en otra vida, cuando las manos de los hombres luchaban sin cuartel por recorrerla. Devuélvele al espejo la imagen que atesora tu memoria y, antes de que el fuego del olvido la devore por completo, lánzala con fuerza y multiplica por mil el fulgor de su reflejo para sentirte, de nuevo, mil veces deseada.

  8. FIEREZA
    Sus altos tacones producen un sonido seco al golpear la acera adoquinada, resultan incomodos, quiere quitárselos pero no puede detener la marcha. Detrás de ella puede oír el resoplido del energúmeno que la persigue y que hace poco, en el callejón al que la arrastró, pretendía un servicio gratis. Su experiencia en el oficio y sus afilados dientes le dieron los segundos justos para escabullirse. En su carrera se adentra en un destartalado edificio que le ofrece refugio y detrás de una sucia ventana rota, piedra en mano, se prepara para presentar batalla: su cuerpo tiene un precio y, para tenerlo, todos tienen que pagar.

  9. Homerun (o la ley de la botella)

    Raúl es el mejor bateador de la pandilla. Le gusta señalar donde va a mandar la bola y luego zas, para allá que va la condenada. Pero lleva unas semanas algo despistado. Día sí día no, acababa embocando alguna en aquella ventana, apunte hacia donde apunte su dedo. Y ahí nos quedamos, colgados, siempre en lo mejor del partido. Algunos dicen que lo hace a propósito que, si te fijas bien, puedes ver como se le escapa una sonrisita durante el paseíllo. Yo no lo creo, por qué iba a hacerlo, pero cada vez tarda más en volver con la pelota.

  10. El pacto

    No importa cuántas veces rompas el espejo; tras los cristales rotos siempre estarás tú. El rencor dejó de ser un reflejo en tus ojos para convertirse en lo que ahora ves: pura ira. No puedes defenderte del mundo que te aísla con una piedra; la vida es dura, y tú una ingenua. Es tan fácil empezar a existir en este lado si lo deseas… Sólo tienes que cruzar hasta mí, y dejarás de tener miedo. Una sola cosa quiero a cambio: tu alma.

  11. Pelirroja, no me mires así; que tú eres la piedra, tú eres el cristal. Y yo quien aquí te escribo como un cobarde, mirando de reojo lo que quiero morder de frente: lo que escondes, falsa estatua enfadada.

  12. ¿De verdad sientes, sabes, afirmas que estás libre de pecado? Entonces arrójame la piedra con toda la fiereza y rabia de que seas capaz. Pero no falles, porque entonces te responderé con tus mismos argumentos. Cinco, cuatro, tres… Tú decides.

  13. Nuestra vida.

    Nuestra vida no es nada. Todos vivimos con el miedo a perderla, no la disfrutamos. Nos basta con destrozar algo para sentirnos mejor en esos momentos de amargura. Necesitamos ver sufrimiento para acabar con el nuestro. Aprende a disfrutar tu vida sin dañar lo que te rodea. El camino no será facil, pero te llenará. Disfruta.

  14. Por quién doblan las campanas

    A las 12 del mediodía del 14 de septiembre de 1972, el reloj de la torre de la iglesia tocó las campanadas mientras Don Ramón, felizmente casado con Remedios y futuro padre de una niña, caía presa de un infarto en mitad del pueblo al llegar a la Iglesia para rezar el ángelus. También cantó a las 12 el día 5 de julio de 1995, mientras Ernesto, infuturo marido de Dolores, moría camino del altar, el coche hecho un amasijo de hierros y su cuerpo dentro, atrapado para siempre. El 23 de junio de 2003, a las 12 del mediodía, el reloj tampoco perdonó el funesto sonido cuando el hijo de Dolores, de nueve años, rodó escaleras abajo en la mismísima plaza de la iglesia, a la que acudía para hacer su primera comunión.
    Entonces Dolores, presa de la rabia, lanzó piedras contra el reloj y desde entonces se nos quedó a todos la vida parada: ella con la última piedra en la mano, el cura con la boca abierta en mitad del altar, el resto del pueblo, aterrorizado por el infortunio, sin posibilidad ya de subir o bajar peldaños y Ernestito, con la cabeza abierta al pie de la escalera, incapaz ya de crecer en esta eternidad tan quieta.

  15. AMOR ETERNO
    —¿Esta era tu esposa? —preguntó la mujer que me había acompañado a casa. Se refería a la foto que tenía en la mesilla, junto a mi despertador—. ¿Cómo murió?

    —No me gusta hablar de eso —contesté. Nadie tenía que saber que lo que pasó. Y menos aquella desconocida que solo iba a ser el polvo de una noche—. Además, no hemos venido aquí a hablar, ¿verdad?

    Agarré a la mujer de la cintura y le levanté la camiseta. El cristal del marco se rompió y la pose de la imagen cambió. Mi esposa ya no estaba sonriente y amenazaba con tirarme su corazón pequeño y reseco por los celos.

    —¿Qué ha pasado? —me interrogó la mujer que conocí en el bar. Miraba la foto sin comprender nada.

    —Será mejor que te vayas —le dije—. Te engañé. Estoy casado y mi esposa vive… Siempre vivirá —susurré.

  16. —Tal vez, sólo tal vez, la piedra acabe estampada en mi cabeza. Ahora me odias o eso crees, pero en el fondo me amas, y me perdonarás como has hecho hasta ahora. Esta vez, he ido demasiado lejos, he traicionado los cimientos de nuestra confianza. Pero imploro a tu corazón, el perdón que tanto ansias darme. Deja la piedra, pues aunque la merezco, aunque tropezaré de nuevo con ella después, sabes que somos uno. Deja la piedra, amor. Deja que transforme esa rabia en puro deseo—Suplicaba Arthur.
    Pero la piedra acabó estampada en su cabeza, harta de que intentara arreglarlo todo de la misma manera, que es como le había visto, antes de coger la piedra…¿Qué arreglabas con ella? Pensaba mientras, satisfecha se alejaba y le veía retorcerse de dolor…

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