Viernes creativo: escribe una historia

Es primero de agosto. Comienza el mes vacacional por excelencia en el hemisferio norte. ¿Lo empezamos contándonos alguna historia inspirada en esta ilustración de Andrey Osadchikh?

 

 

 

S, de Andrey Osadchikh

 

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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24 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Lucas soñaba con ser marinero como su padre. Se fue una mañana y nunca regresó, el mar se lo quedó. Pero Lucas estaba decidido a buscarle. Su hermana Paula, contemplaba el barquito de juguete mientras Lucas le contaba sus futuras hazañas. “Encontraré a padre, Paula. Le arrancaré de las garras de la mar enfurecida”
    La madre observaba la escena rota de dolor, incapaz de quitarle a su hijo la ilusión y el convencimiento de su logro. En el fondo de su corazón, quería creerlo.
    Con el paso de los años, Lucas bajó la intensidad de sus anhelos. Pero nunca abandonó su sueño, se convirtió en marinero y surcó los mares en busca de su padre perdido, en busca de su paz interior.

  2. Verano infantil

    La familia cangrejo observa la escena delante de ellos. Caminan de lado muy despacio por la arena, intentando no ser vistos. Saben que si los descubren, uno de ellos será izado al barquito de vela que se perderá en el horizonte. Si caben dos mejor, piensa mamá cangreja.Pero lo peor será qué harán esos niños alegres e inocentes con el tercero que no cabe en la pequeña embarcación. Por atrás se oyen las conversaciones y risas familiares, preparando la paella del domingo…

  3. Clara miraba el pequeño velero junto a su amigo de veranos Luis , ambos se reencontraban , año a año en la misma playa donde sus familias pasaban juntos las vacaciones ; ellos se conocían desde prácticamente recién nacidos , sus padres también eran amigos y les gustaba juntarse para compartir barbacoas y canciones al compás de la guitarra del padre de Clara .
    Clara y Luis se querían mucho y se echaban de menos , así que sus reencuentros eran muy felices y apenas disponían de un poco mas de uno o dos meses al año para estar y jugar juntos . Luis junto con su familia , eran del pueblo por lo tanto Luis conocía mejor que nadie las playas y pasaba la mayor parte del día en ellas , mientras su padre salía a pescar con su barca .
    Él lo acompañaba hasta el embarcadero y se quedaba mirando como su padre lo saludaba desde el mar hasta perderse en la lejanía .
    Clara estaba encantada de volver a ver a Luis , ambos tenían nueve años y luego de que ella le contara rápidamente todo lo que había hecho durante el año ;mientras Luis disfrutaba de ver su forma emotiva de narrarlas ; ambos mirando con detalle el velero que habían construido con su padre y que ahora navegaba tranquilo junto a sus pies .
    Luis dijo :Cuando sea grande te llevaré en mi velero , lejos , detrás del horizonte y nos esconderemos allí , hasta que caiga la noche , así nadie podrá encontrarnos y podremos quedarnos navegando todo el tiempo que quieras ; te enseñaré las estrellas que brillan por todos lados y no sabrás donde es arriba o abajo , porque volaremos directamente por el cielo nocturno donde se pierde el horizonte y existe solo un gran cielo estrellado . Tal vez hasta pueda alcanzar una de ellas para regalártela . Así ella te iluminará cada noche y sabrás que en su luz yo siempre estoy contigo . JP

  4. Señales

    Siempre he sentido predilección por las ficciones inquietantes, las que revuelven por dentro, las que obligan a cuestionarse la vida, e incluso te la trastocan. Las lecturas que te acompañan más allá del tiempo ocioso. Pero ya no. Duele, mucho, incluso recordar. Aunque creo que es mi obligación advertir a cuantos quieran escucharme. La Tierra, como indica “Señales”, el libro maldito en el que estaba inmerso durante aquellos días, se encarga de guiarnos por el buen camino, de compensar nuestras alegrías y miserias, de encauzarnos en algunas ocasiones, de prevenirnos y, si por cualquier causa, nos despistamos más de la cuenta o no sabemos leer entre líneas, cobrarnos la distracciones muy caras. Y así me ocurrió a mí. Echando la vista atrás, me doy cuenta de que actué como un temerario aquel agosto. No aprecié que la felicitación de mi jefe, la semana extra de vacaciones, las carantoñas de Laura, el comportamiento angelical de los niños, las carreteras vacías, las atenciones desmedidas en el hotel, el mar en calma o un sol considerado fuesen indicios suficientes para evitar la tragedia que estaba a punto de acontecerme. Dos días después de arribar a Gandía —la playa madrileña— disfrutábamos de una jornada estival espléndida, nos tostábamos al sol y los niños jugaban en la orilla con su velero, cuando sin previo aviso, el cielo se oscureció. El mar se empezó a encabritar. Las olas arrojaron a la orilla bañistas, surfistas, patinetes, e incluso caracolas y despojos marinos. Las sombrillas volaron de aquí para allá. Cortinas de arena nos cegaron. Los veraneantes corrieron desorientados y todo se convirtió en un caos en el que perdí a Laura y a los niños. Entonces, el mundo se tornó loco, se dio la vuelta y el mar empezó a engullirse la playa, los chiringuitos, el paseo marítimo y, con ellos, a cuanto turista se encontró a su paso. Cuando regresó la calma, solo unos cuantos bañistas que nos habíamos refugiado en el mítico paellero “Don Vicente” podíamos contarlo. Y entonces, sintiendo una puñalada en el corazón, lo recordé: “Señales” describe una escena similar en su capítulo número trece.

  5. Último destino.

    La marea acercó la chalupa hasta la orilla. La débil embarcación, única sobreviviente del naufragio, llegaba a tierra.
    – ¿Hay sobrevivientes? Preguntó una Alicia preocupada.
    – Sólo veo a la familia Calamarco contestó un Luisito absorto, lamentando la pérdida de la tripulación.
    En la orilla, la familia Cangrejetti acorta distancias de costado, consumiendo nervios y gastando esperanzas. Intuyen el desastre mientras esperan el Comunicado Oficial que no llega. Se anuda en la garganta de unos niños repentinamente enmudecidos.

  6. Cangreja

    Agosto. El tiempo detenido. Una brizna de aire tan solo, el suficiente para hinchar una pequeña vela y que mis dos niños observen el pequeño milagro de la navegación. Él, no para de darle vueltas a cómo podría ir más rápido el barquito. Ella, imaginándose dentro de la embarcación, surcando mares desconocidos.

    El sol está alto. Pronto tendré que llamarlos para comer y se romperá esta pequeña magia. Quizá entonces me cuenten, ella que le gustaría estar ahí, donde debería estar el timón, él que el barco iría mucho más rápido sobre las aguas si colocara otras dos velas.

    En el crucigrama, que casi tengo terminado, estoy atascada, precisamente, en un tipo de vela utilizado por algunos veleros de cabotaje. Mi mente divaga entre la escena que estoy narrando y mis escasos conocimientos náuticos. No se me ocurre nada.

    De repente, aparecen ante mi vista unos pequeños crustáceos, una madre con sus dos retoños. La veo a ella, observando a mis hijos con los mismos ojos que yo los miro, y de repente, como si se hubiera encendido una chispa, encuentro la palabra.

    Cuento las letras que faltan, y encajan. Con gran satisfacción, anoto lentamente el resultado.

  7. Fantasías

    Le muestra su barquito en el agua, y le relata viajes imaginarios por islas exóticas. Lo hace porque es sólo un niño.
    Si fuera algunos años después, prestaría menos atención a ese barquito y más a ella.
    Pronto la presencia de una dama hará que se olvide de esa nave, aunque no dejará de imaginar.

  8. ESPEJO

    Reflejados en el agua, sus rostros miraban perplejos a aquellos dos niños tan abrigados —con botas de agua y bufandas—, que les devolvían incrédulos la mirada. Sólo en una mitad del mundo comenzaba el verano.
    El barquito navegaba en la frontera.

  9. ¿FÍSICA ACUÁTICA?
    − ¿Buscas algo Albert?
    −No.
    −Entonces ¿que miras?
    −Mi otro yo. −Y ¿que le pasa?
    −Pues que es zurdo.
    − ¿Zurdo?
    −Sí, mira, si yo levanto mi mano derecha, mi otro yo levanta la izquierda.
    −Mira que eres tonto. Es tu reflejo.
    −Sí, pero mi reflejo tendría que hacer lo mismo que yo…
    −Estás hoy más raro… no te entiendo.
    −Imagina que se levanta y se pone a mi lado. Estaría al revés de cómo estoy yo… o el agua no nos refleja a nosotros sino a nuestra tapa, que es invisible a nuestros ojos… o…
    −Mira, te dejo. Me voy a contar las patitas a los cangrejos que creo que es más interesante, Einstein

  10. Primer amor

    Martín colocó, de nuevo, la vela de papel sobre otra de las galletas de Sofía. Ella solo pensaba en que él, al fin, había accedido a incluirla en sus juegos.
    Cuando la pasta se ablandó, por cuarta vez, al contacto con el agua, y el barquito naufragó, corrió hacia donde estaba su madre en busca del paquete. Aquella tarde no le importó sacrificar la merienda. Por primera vez, se le había quitado el hambre.

  11. BASTA YA
    Lucas está de vacaciones en la playa, en el mar Mediterráneo, con los abuelos, con papá y mamá, con su hermana mayor, rodeado de cubos y palas para jugar en la arena y hacer castillos tan grandes que ninguna ola pueda derribar.
    Se lo pasa genial, y le encanta cuando pasan las avionetas cerca y tiran al agua balones hinchables y gorras: todos corren a recogerlas.
    Pero hoy está muy pensativo. Ha oido en la tv que allá lejos, más del horizonte, los aviones no tiran regalos, sino bombas que hacen daño a los niños. Y cree que no puede ser, que es mentira.
    Por eso lo primero que ha hecho al llegar a la orilla es construir un barco de papel que quiere dejar en el mar, para que las olas transmitan un mensaje:
    Tranquilos niños de más allá del horizonte, yo sé que eso que dicen en la tv es mentira, no temáis a los aviones del cielo, seguro que tiran juguetes, o balones hinchables para vosotros.

  12. TSUNAMI
    La gran marejada enseñó a los cangrejos como caminar de frente, cuando éstos aprendieron la nueva forma de desplazamiento, entonces, el mar adoptó la antigua manera de andar de lo crustáceos y se fue; cargando entre sus brazos, barcos, hombres, mujeres y niños que se aferraban a las sombras.

  13. Cementerios

    Veo ese barco que yace viejo, descascarillado, lleno de herrumbre, que un día fue algo, y pienso en el día en que fue otra cosa. Si quizás un niño, inocente, de papel, si jugaron con él dos niños en una playa y luego creció, se hizo velero, navegó las tardes de verano con una pareja joven que hacía el amor en cubierta como si cada momento fuera único y eterno. Si maduró y se hizo carguero, para ganarse la vida, el gasóleo, alimentar a una familia de pequeños barcos de origami que terminaran siendo buques, cruceros, transatlánticos.
    Y ahora, ahí varado, languidece sin orillas, sin cargas, sin velas, sin recuerdos de barco, en algún triste cementerio al que ni siquiera las sirenas llevan flores.

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