Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué es lo que pasa tras esta puerta entreabierta? ¡Atrévete a abrirla en tu relato!

La ilustración es del artista catalán Conrad Roset.

 

 

The children`s book, de Conrad Roset

 

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17 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Temores Infantiles.

    Abrir la puerta hacia dónde, hacia qué. En penumbras le empuja el pensamiento que no detiene el frío de la baldosa: “en la luz no se esconden los fantasma.

  2. Evasión

    Huyendo de las palizas de su madrastra, el pequeño Samuel había encontrado un lugar secreto dónde refugiarse cada noche; un escondite en el que sentirse seguro y acompañado. Oculto bajo las sábanas, se adentraba, con espíritu valeroso, en los mundos de fantasía que le regalaban sus libros de aventuras. Era capaz de hacer volar su imaginación con tanta intensidad, que al cesar la lectura aún podía percibir el aroma de los bosques encantados, o notar su pelo mojado tras un abordaje pirata. El día que el dolor de las magulladuras no le dejó concentrarse y sus ojos enrojecidos le impidieron leer, se tumbó sobre la cama abrazado a sus tesoros de papel, y se quedó dormido.
    Cuando la malvada bruja descubrió la brillante luz que se colaba bajo la puerta del dormitorio, acudió enfurecida. El cuerpo menudo del niño yacía inmóvil; aunque Samuel ya no estaba allí.
    Eligió soñar en un cuento de hadas con final feliz.

  3. PRIORIDAD

    Aurora, la de rosados dedos, abre cautelosa las puertas de la noche. No quiere que el gran Zeus altitonante, dios de dioses, desate su colosal furia sobre mortales y sempiternos. Morfeo, allá abajo, extiende las puntas de su manto para empezar a plegarlo en poco tiempo, mientras la mira de soslayo y le hace un guiño cómplice.
    Ella se sonroja y gira sobre sus talones, acercándose a la única puerta entornada del Olimpo. La grieta de luz que se escapa y se enrolla entre sus pies centellea su doble filo, la enceguece, le desgarra el corazón. Lo que estuvo esperando durante tantos minutos eternos y perpetuidades fugaces, está ahora a un resplandor de distancia, a dos respiraciones contenidas de su pecho.
    Aún no golpea.
    Entrecierra los ojos y se olvida de la tempestad que está a punto de parir. Deja caer el vestido y la cordura, que en un instante se vuelven un bulto inservible bajo el umbral.
    No hace falta que golpee.
    Un impulso delicado abre la puerta, la toma por la cintura, la sumerge en la claridad de la habitación y cierra urgente pero sin ruido la cerradura. Luego se acerca, la respira, la acaricia, la posee, la hace feliz. Y se hace feliz.

    Hoy amanece más tarde que de costumbre, acá, en la tierra de los hombres. Y es que Aurora y Apolo ya no se postergan.

  4. Casa nueva

    Es madrugada. No hay nadie en casa. Al menos no debería haber nadie. Pero oí ruidos en la cocina y me levanté de la cama.
    La puerta entornada deja pasar un rayo de la luz que yo dejé apagada. En otra situación pensaría que se trata de ladrones, pero ya estoy consciente de que aquí suceden otros eventos.
    No es una persona, tampoco un roedor. Es alguien que acciona y mueve cosas sin tocarlas, y a quien debo explicarle que ya no vive en este lugar; y cuando digo “este lugar” no me refiero sólo a la casa.
    Es una tarea difícil esa de hacerle entender que se vaya. Es obvio que ésa es la razón por la cual los herederos de la mujer que se suicidó me vendieron su propiedad a tan bajo precio.

  5. —¡Entra! no tengas miedo. Sabemos que estás ahí, oímos como respiras…
    —¡Si! Ven, ¡queremos conocerte!

    Los gritos se oían tras la puerta, eran pequeñas voces que le hablaban. Se escuchaba mucho jaleo, mucho alboroto. Como si la habitación estuviera llena de pequeños seres que le invitaban a pasar. Se escuchaban risotadas y cánticos. ¿Pero quienes eran? Tenía la misma cantidad de miedo que de intriga. Alargó la mano, rozando el picaporte.
    —¡Si! ¡si! ¡Entra!
    —¡Te estábamos esperando!
    Cerró los ojos, levantó la cabeza en señal de valentía y abrió la puerta. Justo cuando abría los ojos para ver que había en la habitación, la imagen que tenía justo delante era la cara de su madre que le decía que había que levantarse o llegaría tarde al colegio.
    —Jo mamá, me has estropeado la sorpresa. Ahora no sabré nunca quien me esperaba al otro lado de la puerta.
    —Quizá esta noche, cariño. Quien sabe…

  6. Socorro
    Quizás muchos no me creerán, no les culpo. Tanta ficción derrochada durante años te embadurna de una fama, que ni los hechos consiguen limpiar. Además, reconozco que en otras circunstancias, yo también formaría parte de los incrédulos. Aun así, no me resigno y quiero revelar lo que me sucedió, para que, por favor, me ayuden. Aquel día era mi cumpleaños y no había recibido ninguna felicitación de mi familia, ni de mis amigos, ni siquiera de mi mujer, ni aunque suene sorprendente, tampoco de Cortefiel. Era como si todo estuviera orquestado para olvidarse de mí. No niego que me sentí disgustado por ello. Por eso cuando llegué a casa y me encontré con la soledad, me aturdí y me entristecí aún más. Ni rastro de Lupe. La busqué en el dormitorio, en el baño, en la terraza, en la cocina. Nada. Y entonces, estando hundido en el sofá tedioso, escuché murmullos en el garaje, y todo empezó a cuadrar. Sonreí y decidí bajar con tiento, para interpretar de mejor manera el papel de sorprendido. A medida que me acercaba, los cuchicheos eran más sonoros, pero igual de indescifrables. Imaginaba que estarían ultimando los detalles del convite. Por eso, esperé unos segundos frente a la puerta de acceso al garaje, carraspeé para avisarles y, con emoción, abrí. ¡Menuda sorpresa! Ante mí, el espanto. Numerosos despojos humanos, que se mantenían en pie de forma milagrosa, se acercaban hasta mi posición y me llamaban con sus voces de ultratumba. Quise huir, pero fue imposible. Me atraparon.

    Desde entonces, me tienen retenido en una habitación sin ventanas en no sé dónde, escribiendo sin cesar, con el único propósito de revivir sus historias y, de este modo, según ellos, hacer justicia. Mientras, siento que voy muriendo cada día un poco más, alejado de los míos. Así que, por favor les pido, búsquenme, o al menos, propaguen mi historia, para que me mantenga vivo.

  7. Terrores infundados

    El hombre está de espaldas, arrastrando una pesada maleta. Tiene los hombros encogidos, la espalda inclinada. Sus pasos se alejan y empiezo a temer más a la oscuridad. Me entran muchas ganas de mear. Entonces, se gira y puedo reconocer su cara: es mi padre. Intenta sonreír y saluda con la mano. Los dos sabemos que es la última vez que nos veremos.

    Enciendo la luz y el hombre desaparece. A tiempo, sin que haya derramado ni una gota. Poco a poco, me volverá a vencer el sueño. En algún momento de la noche, seguro, aparecerá el hombre de verdad, me dará un beso y apagará la luz.

  8. Desde que ella se arrimó a mi vida, tan así, tan sigilosa y con las pupilas naufragando en el vértigo, yo me invento un enorme terror a las alturas, y me sueño asomándome a una de las pocas ventanas iluminadas del gran edificio de Manhattan que es su pijama…
    Entonces confío en que desde afuera nuestras pupilas combinan.

    Viernes creativo, que no es viernes, segunda parte.

    ¡¡¡Mil gracias, Fer, por esta preciosa inspiración!!!

  9. TRANSMUTACIÓN
    El sol entra por la puerta entreabierta de mi habitación. En la cocina mamá prepara el desayuno. Es domingo y el olor a los churros y chocolate llega hasta mi nariz, invitándome a dar buena cuenta de ellos.
    Me levanto y corro hacia la puerta, pero al rozar el pomo descubro otra realidad. Miro alrededor y la silla el escritorio el ordenador y todos mis juguetes han desaparecido.
    Además ese buen olor que me hacía cosquillas en la nariz hace un momento, ahora se torna agrio, ácido y pegajoso.
    Mamá no canturrea como solía hacer cuando cocinaba. Y desde que ella no está, los muebles van desapareciendo para convertirse en el apestoso vino que mi padre consume sin cesar cada noche.

  10. La habitación cerrada
    El ruido despierta a Julio. Una voz masculina sale de la habitación contigua a la suya, la habitación cerrada. El niño se limita a echarse las sábanas por encima de la cabeza y trata de dormirse de nuevo. Tiene miedo, pues sabe que está solo en el piso: su madre le avisó de que volvería tarde. El ruido continúa. Julio se da cuenta de que está temblando.
    La habitación cerrada siempre ha constituido un enigma para él. Pocas veces se ha atrevido a preguntarle a su madre qué hay allí. Cuando lo ha hecho, ella se ha limitado a decirle que no puede entrar, que está prohibido entrar en esa habitación, que es peligroso.
    En ocasiones, Julio ha tenido que tirar o regalar a sus primos juguetes porque ya no le cogían en el dormitorio. Una vez le preguntó a su madre por qué no podía guardarlos en la habitación cerrada. Bastó la feroz mirada de ella para que Julio adivinara la respuesta. A pesar de que viven en un piso minúsculo, aquella habitación es como si no existiera.
    Sin embargo, su madre pasa las horas allí dentro. Julio sabe que está en la habitación prohibida porque a través del tabique la escucha hablar. Habla durante horas y horas, aunque Julio, por mucho que aplica el oído a la pared, no consigue entender lo que dice.
    El niño sigue oculto debajo de las sábanas por un rato. De pronto escucha de nuevo la voz. Más fuerte. Lastimera. Julio se pregunta quién puede ser. Por fin le vence la curiosidad.
    Sale al pasillo y se sorprende de encontrar entreabierta la puerta de la misteriosa habitación. Una luz deslumbrante sale de su interior. Julio duda un instante. Por fin abre la puerta.

  11. FIERECILLAS

    Sucedió que se escondieron cuatro tigres en un armario con la intención de sorprender a su cuidador. ¡Y vaya si lo consiguieron! No solo por los ocho zarpazos que le lanzaron a la cara cuando abrió la puerta, sino por cómo se le abalanzaron encima, juguetones, colmándolo de besos.

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