Viernes creativo: escribe una historia

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Chiara Bautista

 

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37 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Los medios

    No sé en qué momento tus ojos negros miraron al cielo, se volvieron azules y nublados y tu imaginación empezó a planear más allá de nosotros. Quizá fue entonces que yo empecé a pasear por la orilla de nuestra vida; y, a fuerza de remontar oleajes y mareas, olvidé todos los caminos. A ti te salieron alas y volabas muy lejos, donde yo no pudiera verte, cada día más imposible. Yo comencé a nadar, mi piel se volvió escama y mi medio comenzó a ser acuoso, salado.
    Y aún así, tan distintos, tan distantes, tan asimétricos, siempre nos amanecía en la cama, pegados, piel con piel, tu corazón encendido en mis manos y las ganas intactas de volver a caminar.

  2. No puedo respirar fuera del agua, no puedo caminar al no tener piernas, no puedo hablar porque mi voz aquí no se escucha… pero no me importa porque con tus besos respiro, porque eres mi sitio en el mundo y voy donde tu vayas y porque mi voz está en tu corazón… lo demás da igual…

  3. La felicidad

    «Soy feliz, si tú eres feliz, amor», se susurraban de noche y de día sin importar que les escuchasen los niños, los soñadores o, lo que es peor, nosotros mismos. Damián era un amigo del gimnasio y Lourdes una buena clienta de la peluquería de mi mujer. No tenían nada en común, lo sabíamos, pero el aburrimiento nos llevó a emparejarlos y durante una temporada larga a dormirnos a la luz de sus historias y no en silencio. Por eso, nos volcamos en su relación. Los lunes y los viernes, tomaba cervezas con mi amigo y, después del bádminton, con sutileza le incitaba a que me hablase de su rollito, perdón de su chica. De Lourdes adoraba sus pequeños detalles, los emoticonos del móvil, sus infinitas maneras de pronunciar te quiero, sus atenciones del antes durante y después, sus imitaciones de famosos, su sonrisa de Mona Lisa, el caudal de conocimientos que derrochaba o las horas muertas que los dos revivían por el mero hecho de compartirlas. «Se quieren y mucho», le aseguraba a mi mujer y ella asentía porque había escuchado de Lourdes odas similares dedicadas a su amor. Cuando quisimos darnos cuenta, ya estaban compartiendo piso, uno céntrico al que ayudamos a decorar y que inauguramos los cuatro con una cena. Para entonces, mis ojos veían a Lourdes como algo más que la novia de mi amigo y, me consta, que Damián tanto de lo mismo para mi mujer. No lo pudimos disimular y durante la cena cada vez que hablaban ellos solo nos faltaba suspirar. Por eso, con naturalidad, después de aquella velada, decidimos que los sábados saldríamos con ellos a fundirnos en la noche, a morirnos de amor. Y ellos encantados. Durante meses, estuvimos cenando, bailando, emborrachábamos, bañábamos desnudos en el mar o desayunando churros con chocolate, siempre con el corazón excitado por la posibilidad de pecar. ¡Qué tiempos! Pero la felicidad no es eterna, ya lo versan los poetas, y nuestra historia se finiquitó de la única manera posible. Lourdes y Damián, Damián y Lourdes nos confesaron en privado y en conjunto, que lo dejaban, que cada uno por su lado, que se habían dado cuenta amargamente que, después del arrebato inicial, jamás podrían ser tan felices como lo somos mi mujer y yo.

  4. Tetis y Peleo
    Siempre había sabido que llegaría el momento en que Peleo moriría, pero Tetis quiso retrasarlo. Por eso se acostó junto al agonizante y le abrazó. Sentía que su esposo estaba vivo: el corazón de Peleo seguía latiendo. La vida de la ninfa Tetis había sido desgraciada: intentando convertirles en inmortales, había matado a seis hijos; el séptimo, cuyo nombre sería recordado siempre, había muerto en el asedio de Troya. Ahora agonizaba Peleo, el mortal del que muchos años atrás se había enamorado. No, no. Su corazón seguía latiendo.

  5. Cuenta la leyenda, que la dulce sirena de un mortal se enamoró. Y que él por ella, su alma vendió. Una noche compartieron, con eso bastó. El abandonó su cuerpo pero ella su corazón atrapó. Y con todas sus fuerzas intenta, mantener su calor. Pero de sobra es sabido, que corazón sin alma, no puede estar vivo.

  6. AGONÍA MAR ADENTRO
    Una sirena de un marinero se enamoró. Éste naufragó, y quedó atrapado en el camarote del barco sin poderle expresar sus sentimientos. Desde entonces, la sirena le visita cada noche. Le canta, le acaricia hasta el amanecer. Los huesos, endebles por la humedad. El corazón, aún vigoroso, late con fuerza y se resiste a morir.

  7. Yo no creía en otra vida después de la muerte. Yo solo creía en ti, en tus manos, en tus ojos, en tu boca, en ese pecho donde apoyaba mi cabeza cada noche para conciliar el sueño, oyendo tu corazón palpitar. La muerte vino a visitarnos y te eligió a ti, ojalá me hubiera preferido a mí. Ella no ha podido llevarse tu corazón, que sigue escondido bajo las sábanas; quiero escucharlo como una nana que me duerma para siempre y así conseguiré volar detrás de ti, pero él suena con ese tic-tac eterno, tan fuerte, que me mantiene despierta y sin vida. Porque no hay vida después de tu muerte.

  8. Azrael

    Ya me advirtieron de que eras un caso especial pero jamás pensé que encontraría una persona más necesitada de compañía que yo, y a la vez, tan generosa como para ofrecerme el corazón cada noche. Y esa sensación de vida, tan extraña que estremece. Aun así, aquí me tienes, deshojando las falanges de mis dedos: ¿te llevo?, ¿no te llevo?,… No sé qué pasará cuando se den cuenta. No creo que me permitan seguir viéndote, y alguien vendrá a terminar el trabajo. Tal vez sí, entonces, podamos encontrarnos allá donde nos envíen a los dos, condenados. Mas no te preocupes mi amor, aun ciegos y sordos y mudos, sabré guiarte por el reino que tan bien conozco.

  9. Mar dulce

    Él se ahogó hace muchos años. Fue el fondo del mar su última morada; el cuerpo quedó ahí.
    Ella habitaba esas profundidades marinas. Hija de Neptuno. Nadaba sola en esas aguas saladas que un día adquirieron cierto dulzor.
    Vio a ese hombre y se aferró a él, a sus restos, a su esqueleto. Dueña de una mente poderosa, imaginó su corazón y lo recreó; de algo le sirvió ser engendrada por un dios.

  10. (En) cera

    Primero los dejó abiertos, sus ojos, pero estaban tan muertos que decidió cerrarlos para que pareciese dormida. No hacía mucho que se habían conocido en una reunión de jugadores de petanca. Se fijó en ella por su manera grácil de tirar la bola y por que entre tirada y tirada hacía calceta mientras observaba las evoluciones de los demás jugadores. Quedaron para tomar café ese mismo día y hasta se acariciaron las manos por encima de la mesa.
    Salieron varias veces más y ella le confesó que era bruja, que adivinaba el futuro en las cartas. Él no le contó que fabricaba muñecos de cera para el museo, ni que tenía una pequeña colección de ellos en su casa. Cuando ella se empeñó en ver su futuro y él observó la cara de horror de ella, no hubo opción. Ahora reposa sobre su cama, como esos muñecos con cremallera en la barriga para guardar el pijama.

  11. FINDERS KEEPERS

    Me quedo con tus abrazos de naufragio,
    con tu cabello perfumado de sal y muerte,
    con tus labios de arena húmeda
    que erosionan mis orillas más inhóspitas,
    me quedo con tus ojos de marea brava,
    con la espuma de tu piel que me abarca
    sin pedirme nada, quizás porque cree
    que yo soy su mejor horizonte,
    me quedo, sin dudarlo,
    con tus manos ancladas en mi pecho,
    con tu exactitud para ovillarte
    sobre mis costillas a la deriva,
    con el envión que te acerca a mi alma,
    centímetro a centímetro, sin chapotear.
    Todo a cambio de un corazón
    que ya no recuerda cómo flotar.

  12. Tu corazón se me ofrecía, por fin, sin reparos. Ahora si que nos encontrábamos unidos el uno al otro, más allá de la vida.
    Yo lo asía con fuerza. Después de tanto sufrimiento, no estaba dispuesta a dejar que se me escapara de nuevo.

  13. Cada noche me acurruco en tus huesos, dejo que tus mandíbulas se me claven en las sienes, me gusta sentir el frío de tu nada en mi ser. Y dejo que mi temperatura baje y, cuando ya tirito, enciendo el pequeño neón que dejaste en el tarro de cristal, junto a la cama, y lo pongo en el hueco que dejaste para el corazón. Cada noche dejo que el calor artificial de tu recuerdo llene mi cuerpo y me haga sentirme viva otra vez.

  14. La ceguera de los sueños
    Oscar había vuelto a tener pesadillas, y por mucho que su madre intentaba hacerle sonreír, no lo conseguía. El pequeño estaba sentado frente a su tazón de leche y se asomaba a él como si estuviese midiendo la profundidad de un pozo o, tal vez, la de su miedo nocturno del que no había podido emerger aún. Su madre sabía que la única manera de liberar a Oscar de esa congoja era permitirle que le diera forma, que la articulase con palabras.
    —Yo soñé con una preciosa sirena —le dijo ella inventando sobre la marcha—, ¿y tú?
    —¿Yo?… —dijo el niño saliendo de su ensimismamiento—. Yo soñé con “eso” que sabes, con “eso” que ya te dije ayer —le contestó encogiéndose de hombros.
    —¿Con esqueletos?
    —Sí… Además, dice Iván que debajo de la piel tenemos “eso”… ¿Ves?… toca aquí… —.Y tendió la mano hacia su madre para que se la palpase—. ¿Ves esto duro?… pues es un trozo de… esqueleto —dijo; había murmurado la última palabra.
    —Sí, son los huesos de tu mano, y estos que tienes aquí se llaman costillas y protegen tu corazón —le explicó ella haciéndole cosquillas.
    Oscar se debatió.
    —¡No, cosquillas no!… ¡Paraaa, que se me va a caer la leche! —protestó.
    Pero a Oscar se le notaba ya casi fuera de las fauces de la pesadilla que, cada noche desde hacía unos días, le engullía.
    —Mira lo que pasaría si no tuviéramos huesos o, lo que es lo mismo, esqueleto.
    Y la madre empezó a hacer como si sus manos y brazos fuesen de plastilina y que se le cayese todo: una cuchara, el trapo de cocina…Terminó bailando para Oscar una especie de pésimo breakdance a la vez que ponía caras que habrían asustado de verdad a cualquiera de paso por la cocina.
    Oscar no pudo mantener la risa por más tiempo. No quedaba rastro de pesadilla en su mirada, pero el tazón de leche se había caído.
    Mientras las manos y los brazos de su madre recuperaban la energía necesaria para coger una bayeta y frenar, in extremis, la leche que iba derecho a los pantalones de Oscar, el niño se acordó de la sirena.
    —Y la sirena de tu sueño, ¿qué hacía?
    —Pues… se encontraba con tu esqueleto y se hacían amigos.
    Oscar la miró con cara de “pero tú, ¿qué dices?”.
    —Es imposible… los sueños no pueden encontrarse, no tienen ojos. Además, las sirenas no existen.

  15. La novia cada vez
    El pobre se pasará toda la comida poniendo la mejor cara que pueda, pero no les engañará: en los postres confesará a sus futuros suegros y a su prometida que, cuanto más se acerca la fecha de la boda, mayor es la congoja que siente, tanta que a veces le parece que tiene el corazón en un puño y algo dentro se le mueve. Su futuro suegro le dará una palmada en la espalda y le dirá «los nervios, eso son los nervios» y lo sacará a la terraza a fumar un puro. Y mientras tire los restos de comida a la basura, la madre moverá la cabeza de lado a lado y dirá «afloja, hija, afloja; a ver si este nos dura un poco más».

  16. Aprovecho que puedo estar un poquito en el ordenador para agradecerás a todos vuestra fidelidad a los viernes creativos, a pesar de los calores y de que yo tampoco he podido poner mucho de mi parte. Un abrazo y muchas, muchas gracias.

  17. ÁNGEL DE FUEGO
    Decidí unirme a él, pero fue tan fría y triste mi primera vez, que armándome de valor le abrí un boquete en el estómago, metí mi mano, busqué su corazón, le di un primer masaje al mismo tiempo que le transmitía todo mi amor. Se encendió tanto que se convirtió en el ángel de fuego.

  18. Contigo

    Se perdió el agua como si en una salina estuviéramos. Me perdí , te perdí sin querer, sin una última vez, sin levantar la ternura una última vez, sin deslizarme por tus manos una última vez, sin escribir tus piernas, ¡sin besar tus pies una última vez! Dejé mi luz encendida para que tuvieras, ¡esta vez si! la última bocanada de mar, el aire que soñé abrazado ti.

    Pablo

  19. El reencuentro

    Dicen que aquella noche de luna llena, la mar estaba revuelta. Aquel pescador se internó en el mar. Su intención no era pescar, pues dejó en la casa las cañas y la red.
    El fuerte oleaje mordía el destartalado casco, que por momentos parecía que iba a reventar. El cielo se iluminó con un relámpago y anunció el comienzo de la tormenta. La luna intuyendo lo que iba a pasar, prefirió mirar sin ser vista y se escondió tras las nubes, éstas lloraron como jamás lo habían hecho. El mar creció anegando las ciudades costeras.
    El pescador seguía contra corriente mar adentro. La lluvia le caía con furia sobre su cara y se juntaba con las lágrimas que brotaban de sus ojos. Iba al encuentro de los restos de aquel naufragio donde venía su amada.
    Una ola avanzaba abriéndose paso entre las otras que formaban una alta barrera. Como si fuera una lengua salida de una inmensa boca engulló barco y barquero arrastrándolo al fondo del mar. Allí unos dedos acariciaron su cara y dotaron de vida su marchito corazón.
    La lluvia cesó. El mar quedó en calma. De su interior salieron cantos de sirenas.

  20. Coma

    Algunas veces, parece que sonríe. Los médicos aseguran que se trata de una reacción nerviosa de esas que salen de forma espontánea, sin causa aparente. Que está clínicamente muerto, aunque lleve ya tres años en coma, tal y como lo devolvió el mar aquella aciaga noche. También tienen una explicación científica sobre la forma especial de arquear los brazos, que mantiene de vez en cuando, como abrazando un cuerpo invisible. Y sobre los espasmos que le da a la aguja del electro de repente, nada que envidiar a los terremotos de algún grado de la escala Richter.
    Supongo que, para ellos, el sonido mágico que sale del pecho de mi hermano todas las noches podría ser síntoma de algún desequilibrio neurológico de nombre impronunciable y el extraño olor a pescado obedecería a la descomposición de algún órgano tumefacto.

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