Viernes creativo: escribe una historia

Reconozco que esta vez os lo pongo difícil, pero seguro que sois capaces de sacar más de una historia de esta escena de amor de la película Holy Motors, de Leos Carax.

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12 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Sextorsión

    Al principio, nuestros cuerpos se engarzaban en posturas inverosímiles, tu cabeza se encontraba con mis lumbares, mis brazos con tus orejas, dábamos vueltas sobre nosotros mismos. Pero un día, de pronto, empecé a notar que yo ya no podía moverme, que solo eras tú quien giraba en torno a mí, del derecho y del revés, y me obligabas a torcer el cuello o las rodillas hasta límites imposibles. Mi voluntad llevada por tus deseos, mi deseo satisfecho solo según tu voluntad. Y lo peor es que me hubiera pasado así el resto de mi vida, si no fuera porque te marchaste y me quedé atada, sola, y con un nudo en el estómago que no sé deshacer.

  2. Nuestro amor

    HOY ES NUESTRO ANIVERSARIO, el quinto año que somos pareja, el tercero y unos pocos meses desde que convivimos y el segundo en el que nos amamos a nuestra manera. Antes, éramos como tú, como él o como ella, sentíamos cosquillas en el estómago, una necesidad tonta de sorprendernos, besarnos y acariciarnos a todas horas. Follábamos en parques públicos, en restaurantes, en la playa y en lugares donde la imaginación es muy pudorosa. Recuerdo que nos citábamos una hora antes de encontrarnos y como desconocidos nos seducíamos. Olga era muy fetichista y por tanto he sido mecánico, policía, Tony Manero o Marilyn Monroe en infinidad de ocasiones, mientras que ella solo era ella, a mí me bastaba así. Qué corto e insulso se nos quedó el Kamasutra, en pocos meses exprimimos todas sus posturas, e incluso inventamos alguna que guardamos en nuestra intimidad. En fin, que aquella vorágine nos agotó y llegó el día en el que encontramos el PLACER. Lo descubrimos por casualidad, en el sofá de casa, en medio de un descanso entre polvo y polvo, cuando en la televisión proyectaban la Teletienda y no nos quedó otra más que hablar por hablar. Entonces, nos confesamos la necesidad de detener el tren del deseo que amenazaba con descarrilarnos y dialogamos mucho, mucho, como nunca, tanto que nos sorprendió el sol de la mañana abrazados a una conversación cálida. Desde entonces, cada noche esperamos ansiosos a meternos en la cama para explorarnos y desnudarnos de nuestros miedos, ilusiones o secretos, y convertirnos así en más que amantes, en confidentes el uno del otro, en un solo ser y, con frecuencia, acabamos recordando nuestra primera etapa, la salvaje, aunque ya no follamos, hacemos el amor poco a poco.

  3. Luna (voyeur)
    Acabo de ver a Sagitario y a Virgo en un juego imposible. No pueden, no deben salirse de su espacio. En la inmensidad del cielo las demás constelaciones miran de soslayo, después se miran entre ellas y examinan quién puede ser su partenaire en este baile serpenteante y aditivo.
    Las estrellas también observan y su luz resplandece con mayor intensidad que de costumbre.
    Algunas llegan al éxtasis antes que los danzantes y se convierten en estrellas fugaces.
    Desde mi posición yo también observo. Y con cautela me acerco lentamente. Busco entre tinieblas a mi amor, ansío extender mis rayos de luz como lazos de seda y hacerle bailar conmigo, enredándome y enredándose en ellos.
    En vez de eso grandes nubes se posicionan delante de mí, y cuando consigo zafarme de ellas, mi amado Sol se despierta. Es la hora de trabajar.

  4. Tentación y final

    Escribo esto con la sensación de que quizás sea lo último que escriba. Lo que voy a contar sucedió en una luna de no sé qué planeta ni de cuál galaxia.
    Habíamos viajado tanto que ya todo parecía monótono. Los integrantes de la tripulación hablábamos de lo que haríamos al regresar a la Tierra, o al menos a la base de Marte. Pero ignorábamos cuánto tiempo más permaneceríamos en el espacio exterior.
    De pronto, sobre ese satélite que quedaba a nuestro paso, apareció un ser que en un primer momento se nos antojó exótico. Un instante después, vimos que se trataba de una mujer rubia de cuerpo escultural. En realidad, eso es lo que vimos.
    Debo confesar que esa visión despertó un gran deseo en mí y, dado que contaba ese lugar con una atmósfera bastante parecida a la de nuestro planeta, rápidamente me ofrecí para alunizar. La mujer no se andaba con muchas vueltas, simplemente buscaba aparearse.
    Comenzó a realizar una serie de movimientos sensuales que incentivaron mi libido a niveles que hasta ese momento me habían sido vedados. Ahora sé que su cortejo era la antesala de un plan que no dejaba nada librado al azar.
    Lo hicimos. O mejor dicho: ella lo hizo, yo sólo la dejé hacer. Inconsciente. En un estado de trance en el que flotábamos los dos fundidos uno en el otro. En medio de esa secuencia amatoria ya no la veía tan mujer, tan humana; era un espécimen que había recuperado el exotismo de la primera vez que la vi.
    No sé cómo desperté en la nave. Mis compañeros tampoco saben de qué modo regresé a ella.
    Ya pasó un tiempo y tenemos información acerca de que la mujer, o la hembra, dio a luz a ocho bebés casi humanos que, alimentándose de sus ocho tetas, han logrado un desarrollo acelerado que los ha convertido en adultos muy rápidamente. Son híbridos aptos para habitar la Tierra. Y planean invadirnos.

  5. Neosex

    Todo es muy limpio, muy higiénico. Necesitas una buena conexión, unas buenas glasses y, por supuesto, unos estimuladores fiables. No son baratos, pero el sexo antiguo tampoco lo era. Buscas una sala de tu gusto, eliges a alguien al azar (¿lo habré hecho alguna vez con mi marido?), conectas todo y a follar.
    Todo muy seguro, pero me sigue angustiando tener un retraso.

  6. INFLEXIBLE

    Mamá me dijo que yo jamás tendría problemas para atraer a un hombre; que son como animalitos y se acercan por instinto a nada que los seduzcas un poco. Cuando miro su foto por las noches la riño enfadada y le digo que no, que yo no voy a desplegar mis encantos para plegarme a los deseos de nadie y que no quiero acabar como ella, a dos metros bajo tierra, retorcida a manos de ningún otro animal.

    http://otroladodeldado.blogspot.com.es/2014/10/viernes-creativo-escribe-una-historia.html

  7. Programar la descendencia

    El jefe, de vez en cuando, tiene puntos raros. Hace unos meses, por ejemplo, se empeñó en copiar la forma de reproducirse de los humanos. Decía que, si conseguíamos programar en nuestros androides el modo de hacerlo, lograríamos un ahorro importante en materiales.

    También pasó mucho tiempo alabando la estética de los movimientos de los hombres cuando procrean. A mí me pone nervioso cada vez que recurre a estas chorradas decorativas, pero procuro tomar buena nota de todo lo que dice, porque es terco como una mula y sé que no parará hasta conseguir que reproduzcamos de forma exacta cada uno de los pasos de ese extraño baile.

    No se está mal en la Tierra. El clima es bueno y los habitantes nos temen. Podemos observarles sin temor de ser atacados y es divertida su forma de comportarse. Confieso que, al principio, tuvimos muchos problemas en la programación. Las diferentes parejas que escogimos se comportaban de forma tan diferente que parecía un milagro que se obtuvieran los mismos resultados. Al final, decidimos elegir una de ellas y centrarnos en su ritual de apareamiento. Es cierto que no siguen siempre con exactitud la misma serie de movimientos, pero los patrones de comportamiento son bastante parecidos. Con el tiempo hemos conseguido un pequeño catálogo de secuencias que se repiten en cada acto y las hemos introducido en el programador de androides.

    Debo decir que los resultados estéticos son excelentes. Apuesto que le encantarán al jefe. Sin embargo, no hemos conseguido la combinación adecuada para que los robots tengan descendencia. Eso sí, mientras tanto, ellos parecen disfrutar bastante de nuestros experimentos.

  8. Libídine
    Ese sábado, al despertar, María Illari se pasó un buen rato en la cama, dando vueltas. Se sentía vacía, sola. Adivinó que lo necesitaba de nuevo: tenía que salir. Después e prepararse cuidadosamente, bajó al garaje. Aquello que buscaba –a él– lo encontraría en el centro comercial. Condujo despacio, sintiendo por adelantado el placer.
    María Illari aparcó. Quiso demorar un poco el encuentro con él. Fue a tomarse un café. El camarero del Finnegan’s se mostró particularmente amable. Trató de trabar conversación, pero María decidió que no le gustaba. Había algo de artificial en su aspecto. Últimamente encontraba falsos a todos los hombres.
    Entró en Zara. Buscaba unos pantalones que había visto en internet. Un dependiente se acercó y se ofreció a ayudarla. Le buscó la talla. Le rozó con los dedos, pero María Illari no sintió nada. ¡Otro impostor!
    Ya no podía aguantar más. Tenía que verle a él. Fue a la tienda de informática. Comenzó a mirar el expositor. Las impresoras, los portátiles, los lápices de memoria –tenía al menos media docena en casa–, los ratones inalámbricos. ¡Él no estaba!
    –¿Quiere algo?
    –No, no –dijo María Illari, que no se atrevía a preguntar por él.
    Caminó como una sonámbula por el centro comercial. Se sentía vacía. Necesitaba verle. Necesitaba verle a él.
    Quizá su turno empezaba más tarde. Sí. Eso era. Todavía no había entrado a trabajar. María Illari decidió ir al cine para hacer tiempo. Después de estudiar la cartelera durante un rato, se decidió por la película más extraña: seguro que estaría sola en la sala. No quería ver a nadie. Ni que nadie la viera.
    Entregó la entrada al portero. Casi no se fijó en él. Sin embargo, cuando le devolvió la entrada ya recortada y le rozó fugazmente la mano, María Illari sintió un estremecimiento maravilloso.
    La película pasó en un suspiro.

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