Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué le ha pasado a esta chica fotografiada por Lissy Elle? Cuenta, cuenta…

 

 

The blood, de Lissy Elle

 

 

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20 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Yo mataré monstruos por ti

    Quizá no lo sabías, pero en las rodillas habitan los miedos. Por eso las araño cada día, me tiro al suelo de cualquier parque, en los barrizales, en las cuestas abajo. Lo hago solo para matar mis temores y poder volver contigo por la mañana. Y cuando llego, tú, con cuidado, me preguntas cómo he podido caerme otra vez y me pones dos tiritas, como dos luceros, que lo curan todo.

    (Título de una canción de Love of Lesbian y un libro ilustrado de Santi Balmes y Lyona)

  2. Te lo avisé

    Te lo avisé.

    No me vengas ahora con lágrimas de cocodrilo; ya te advertí que te dolería.

    Y sabías que te haría daño, que no me importaría ver, sentir, disfrutar de tu sufrimiento.

    Pero me apremiaste a seguir, ilusa; porque tu fascinación por mí era más fuerte que tu dolor, que tus cortes, que tus heridas.

    Te lo dije.

    Así que te vestí con el traje que quise y me dejaste usar todos mis instrumentos. Incluso te maniaté y te colgué del trapecio.

    Usé la mordaza, las cuchillas y obtuve placer. Mucho, lo reconozco. Pude abusar de ti a conciencia, sin tapujos, sin mesura.

    Disfruté, gocé, me extasié al ver tu sangre correr, libre. Me excité con el olor férrico de tu ser sobre tu piel.

    No. No llores. No llores, o me obligarás a ser más rápido, más taxativo. Recuerda, insisto, que te lo dije.

    Me dejaste hacer, te abriste, me pedías que te vejara hasta la extenuación. Que eras mía.

    Pero no lo entendías. No entendías que sólo eras una diversión transitoria, una más en la culata de mi revólver.

    Que ni te quería, ni te querría, ni te querré.

    Que a mis objetos sólo los uso una vez, y adiós.

    Te insistí, te lo advertí, te lo avisé.

    No te enamores nunca de mí.

  3.  María Magdalena
    La gravilla del camino se le clava en las rodillas y en el frío del alba, sangra. Las niñas malas no van al cielo, le gritan desde el pórtico de la capilla.

  4. Avanzadilla

    ¿CÓMO TE LLAMAS? ¿DÓNDE VIVES? ¿ENTIENDES LO QUE TE DIGO? ¿Qué te ha ocurrido? Estas y numerosas preguntas más se quedaban sin respuesta día tras día en los encuentros que se producían entre los psicólogos de los servicios sociales y la niña sin nombre, a la que bautizaron como Estrella para llamar su atención y atrapar su complicidad, aunque sin éxito. La joven nunca pronunció palabra alguna, ni demostró más emoción ante sus interlocutores que la que pueda exhibir una estatua con sus palomas. Así, de Estrella solo se registraron los datos recogidos en el atestado policial de la mañana en que la encontraron y de su posterior reconocimiento médico: «Adolescente, rubia, alrededor de 14 años de edad, sin documentación que la identifique, sentada en la puerta de la discoteca Rumbo tras la reyerta producida en la misma, está aturdida y presenta heridas menores en sus rodillas. Nadie parece conocerla». De esta manera, sin su colaboración, durante semanas, resultó infructuoso todo esfuerzo por arrojar luz a su caso y el misterio que la rodeó se acrecentó con su desaparición del centro de acogida, sin más rastros que unas plumas negras sobre su cama y una pintada roja escrita en la pared de la habitación, en la que se podía leer: «volveremos para esclavizaros».

  5. Una herida abierta

    Alicia siempre había sido una niña torpe y la primera vez que se puso tacones y el escueto vestidito rosa de fiesta no iba a ser menos. Se cayó y se lastimó las rodillas. Regueros de sangre roja recorrieron sus piernas y las hormigas subieron por ellas alimentandose de aquel nectar tan dulce como la propia Alicia. No hubo tiritas que detuvieran aquel caminito estrecho pero imparable de glóbulos y plaquetas inútiles que engordaba a las hormigas. Ellas engordaban y Alicia palidecia hasta que quedó eternamente dormida. Y no hubo ni conejos blancos, ni reinas rojas, ni siquiera sombrereros locos. Solo hormigas.

  6. Confianza
    Pude verlo en primera fila: un fouette en tournant vertiginoso, silencio en la sala, la rodillas cediendo y las heridas simétricas, manando.
    La acompañaba a casi todos los ensayos. Buscaba la perfección. Era disciplinada y constante. No se rendía. Pronto sería primera figura. Inexplicable lo de aquellos mareos pasajeros, afortunadamente aislados. Tomábamos juntas el café desde que el accidente que me paralizó la espalda. Parecía afectada. No me pareció relevante.
    Aquella noche, que bajé de la silla y me arrastré hasta el escenario, con el puño atestado de cristales sentí un placer caínita. A la mañana siguiente, tomamos el café. Está vez se lo cargué bien.
    Ahora le acaricio el pelo, me empapa las piernas con sus estúpidas lágrimas. Me siento feliz, mantiene la confianza.

  7. HUBISTE UNA VEZ…

    Fue cuestión de abrir los ojos desganados
    a una mañana exactamente igual a la de ayer,
    para que el silencio me diezmara las sonrisas,
    burlándose estridente desde los ecos que brotan
    –como humedad en los rincones–
    desde hace miles de noches o quizás un par,
    que saben a eternidad igual a la de ayer.
    Las horas insípidas se escurren sin cristalizar,
    mientras desando tus recuerdos harapientos
    de tanto tropezarlos y rasparme las rodillas,
    de tanto reinventarlos para noquearlos,
    quedándome yo, al final,
    –sicario vulnerable e inexacto–
    mordiendo la lona de esta soledad.
    Con todas mis virutas de nada y tantas heridas
    orquesto un simulacro de supervivencia
    y surfilo la ración de esperanza de esta jornada,
    luego abro los brazos y te espero,
    con la tristeza y la urgencia de una princesa
    de esos cuentos que no leí y me inventé
    en la carencia de hoy, tan igual a la de ayer.

  8. Sangro mis rodillas
    a juego con el vestido,
    por debajo de esas tiritas
    – ridículas-
    que me pusiste
    de color piel.
    Hasta el rosado de
    mis nudillos
    lo es
    del mismo tono que el tul.

    Sólo dos colores
    desentonan en tu lienzo:

    el negro de mi pena
    por haberte conocido,
    y el verde esperanza
    de no volverte a ver.

  9. Confundida

    Corrió tras él desesperada. Lo vio bajar la escalera del metro; lo siguió y trastabilló, lastimándose las rodillas.
    Alguien debería hacerle entender que, con piernas tan bonitas, no merece andar corriendo detrás de ningún hombre.

  10. Realismo

    Correr con la decepción nublando los ojos nunca fue bueno, no ves las trampas del camino; por eso ella cayó de bruces como una chiquilla de seis años. Se había puesto su vestido más bonito, y fue a buscarlo a la exposición. Finalmente, había podido cambiar el turno, y le daría una sorpresa. No esperaba descubrir que él ya había encontrado con quien compartir su momento más importante.
    Las heridas de sus rodillas no dolían tanto como las puñaladas en el corazón. “¿Viste las pinturas de papá?”, preguntaba el niño, mientras curaba a su madre.
    Ella se tragó las lágrimas, y se abstuvo de decirle que ese cuadro, que ahora tenía ante sí, era la última obra de su padre.

  11. De Milagro
    No había podido pegar ojo en toda la noche. En parte debido al calor, pero también porque no estaba acostumbrada a dormir sola. Así que madrugué. Limpié la casa a fondo, de rodillas como a él le gustaba, fue mi último tributo, hasta darle el aspecto pulcro y ordenado de cualquier domingo. El agua de la ducha estaba fría a propósito y me devolvió el tono de otros días mejores y casi olvidados. Elegí ropa interior de encaje, bastante sexy, y rebusque por el armario hasta encontrar aquel vestido rosa que tanto molestaba a Javier que me pusiera. Al salir del portal me encontré a doña Flor y me preguntó por él. Le dije que había ido a misa temprano para acercarse más tarde a visitar a su madre. Tuve que mentir, los vecinos le adoraban. Caminé sin rumbo buscando la sombra. En julio, en Madrid, el sol no resulta el mejor compañero. Un ligero tumulto llamó mi atención y me acerqué con el ánimo de distraer mi mente. La gente, que hacía cola en una iglesia, murmuraba que no se había producido el milagro y que la sangre de un santo, por primera vez en muchos años, estaba tan seca como las cuencas de mis ojos después de aquella noche. Estaba visto que aquel día la sangre tendría un papel principal en mi vida. Una adolescente de tocado gris, gafas anodinas y falda plisada gritó de repente señalándome. Quizá no fuera vestida de forma adecuada para entrar en la iglesia, pero jamás hubiera pensado que enseñar las rodillas pudiera provocar el estallido histérico de alguna novicia. Seguí entonces con la mirada la dirección de su dedo acusador y me encontré con un cúmulo de rojos regueros que competían por alcanzar mi empeine. No soporto la sangre propia y me desmallé. Al despertar, el Abad se empeñaba en asegurar que San Pantaleón se había manifestado en mí, y que pronto llegaría el Vicario General junto con los Prelados, para certificar el milagro. Me habían colocado dos tiritas de forma torpe para frenar la hemorragia, pero no querían limpiar aquella sangre que, según ellos, no me pertenecía. Me excusé como pude y, con el pretexto de que mi marido me estaba esperando, retomé mi camino.

  12. Costras
    Es por el hierro. Por eso saben al boli del abuelo, a moneda pequeña. A mí me encanta arrancarlas de una sola pieza y mordisquearlas como un ratón. El truco para que salgan bien es la paciencia: levantarlas por los bordes con la uña, poco a poco. Si notas que está muy agarrada es porque todavía no está lo suficientemente seca. Entonces, no te apresures, espera unos días y podrás quitarla entera. Si lo haces así, saldrá sin dejar casi ni cicatriz; si no, te volverá sangrar. Como la vida misma, dice mi madre.

  13. No es verdad
    No escuches a quienes murmuran que me puse tu vestido favorito para correr a buscarte. No creas a los que aseguran que no paré hasta encontrarte. No te des la vuelta si te dicen que caí de rodillas al verte besarle. Es mentira que desde entonces siga esperando en la puerta de casa a que cese la hemorragia.

  14. A rey muerto
    Tras el portazo, empecé a evaluar la calidad de lo que me iba a perder: La suavidad de tus caricias, la intensidad de tus besos, la pasión de tus envites, la profundidad de nuestras conversaciones, la sinceridad de tus sonrisas, la frecuencia con la que me hacías reír y, la verdad, tampoco era para tanto, así que, en vez de abrirme las muñecas metida en la bañera, me puse mi mejor vestido y me fui de fiesta. Eso sí, llegué con las rodillas destrozadas.

  15. No es país para maltratadores
    Cuando regresé, Molly le había colocado a la muchacha unas tiritas en la rodilla. Seguía sentada en el mismo sitio en que la había dejado.
    –¿No ha podido dormirse?
    –No, sheriff, no quería dormirse –respondió Molly.
    –¿Y sus padres?
    –Su padre ha dicho que no vendrá a recogerla.
    Comprendí.
    Fui al servicio y me lavé las manos. El chico no se había defendido, por lo que no le golpeé mucho. Sólo lo suficiente para que no olvidara aquella noche jamás. Sus amigos, que cuando llegué estaban riéndose de sus hazañas, se limitaron a mirarme cuando le di la paliza. Nadie dijo nada. Aquella era una lección que no enseñaban en la escuela y, probablemente, tampoco en sus casas. En cualquier caso, tenía los nudillos enrojecidos. Pensé que llegaría el momento en que sería muy viejo para este trabajo. Algún chico algún día me haría frente.
    –Vamos –le dije a la muchacha–. Te llevaré a casa.
    Recorrimos las cinco millas en silencio. Quizá debí decirle algo, pero me sentía cansado. La muchacha sólo habló una vez, cuando me indicó que tenía coger el cruce de Falcon Pass para llegar a su casa.
    Las luces estaban apagadas. Sin embargo, cuando paré el coche, la puerta se abrió. En el porche vi dos figuras. La madre echó a correr hacia el coche. Abrió la puerta del acompañante y se llevó a su hija adentro. El padre era diez años más joven que yo, pero parecía un anciano. Tendría que hablar con él. Sería lo más duro de la noche.

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