Cuento de lunes

The Jack Randa Hotel

(fragmento)

Introducción: Gail y Will son una pareja adulta y estable que reside en Canadá, Un día Will confiesa que está enamorado de Sandy, una mujer mucho más joven. Will abandona a Gail y emigra con Sandy a Australia.

Meses más tarde, Gail, en un arrebato, vende todas sus pertenencias y se marcha a Australia solo para ver cómo vive Will, cómo le va. No quiere volver con él, ni siquiera que sepa que está allí, pero acaba instalándose cerca de su casa y se hace pasar por otra persona para cartearse con él. Hasta que un día recibe una nota en su apartamento y a Gail le entra el pánico…

 


 

Gail. Sé que eres tú.

Deprisa, deprisa. El alquiler está pagado. Tiene que dejarle una nota al administrador. Tiene que sacar el dinero del banco, ir al aeropuerto, comprar un billete. La ropa puede dejarla allí: los sencillos vestidos estampados, el sombrero de paja. El libro de la biblioteca puede quedarse encima de la mesa, bajo la lámina de las plantas de salvia. Que se quede allí, acumulando multas.

Si no, ¿qué va a pasar?

Lo que sin duda quería ella. De lo que, también sin duda, va a huir.

¡Sé que estás ahí, Gail! Sé que eres tú quien está detrás de la puerta.
¡Gail! ¡Galya!
Háblame, Gail. Contéstame. Sé que estás ahí.
Te oigo. Oigo el latido de tu corazón por la cerradura y el ruido de tus tripas y tu
cerebro dando saltos.
Te huelo por la cerradura. Gail.

Las palabras más deseadas pueden cambiar. Algo puede ocurrirles, mientras se espera. Amor, necesidad, perdón. Amor, necesidad, para siempre. El sonido de esas palabras puede convertirse en un tumulto, un ruido de taladradoras en la calle. Y lo único que se puede hacer es echar a correr, para no someterse a ellas por la fuerza de la costumbre.

En las tiendas del aeropuerto ve varias cajitas, hechas por aborígenes australianos. Son redondas, ligeras como monedas pequeñas. Coge una con un dibujo de puntos amarillos, distribuidos irregularmente sobre un fondo rojo oscuro. Encima hay una figura negra, hinchada, quizá una tortuga, con las cortas patas extendidas. Impotente, de espaldas.

Los puntos amarillos así desparramados le recuerdan algo que vio el otoño pasado. Algo que vieron Will y ella. Una tarde soleada, salieron a dar un paseo. Fueron desde su casa río arriba, siguiendo la orilla cubierta de árboles, y de pronto se toparon con un espectáculo del que habían oído hablar pero que nunca habían visto.

Había cientos, quizá millares de mariposas colgadas de los árboles, descansando antes de emprender el largo viaje por las riberas del lago Hurón y atravesar el lago Erie, para después dirigirse al sur, a México. Estaban colgadas como hojas de metal, de oro batido, como copos de oro que se hubieran prendido de las ramas.

—Como la lluvia de oro de la Biblia —dijo Gail.

Will le explicó que confundía a Júpiter con Jehová.

Aquel día, Will ya conocía a Sandy. Aquel sueño ya había empezado: el viaje de Gail y sus engaños; después las palabras que había imaginado o creído oír al otro lado de la puerta.

Amor. Perdón.

Amor. Olvido.

Amor. Para siempre.

Taladradoras en la calle.

¿Qué poner en una caja así antes de envolverla y enviarla muy lejos? ¿Una bolita, una pluma, una pastilla muy potente? O una nota, doblada hasta reducirla al tamaño de un escupitajo.

Ahora, tú sabrás si quieres seguirme.

Este es el final del cuento El Jack Randa Hotel, de Alice Munro, incluido en su libro Secretos a voces.

Quisiera destacar de este fragmento cómo Munro, en muy poco espacio, refuerza con tres imágenes las dudas y la indecisión de la protagonista al verse descubierta: tortuga panza arriba-rendición, mariposas-huida, ruido de taladradoras-aturdimiento.

Alice Munro ganó el Nobel en 2013 y es una de las mejores cuentistas actuales.

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