Viernes creativo: escribe una historia

Soledad, barcas, globos… ¿Qué más necesitas para escribir un cuento? Apóyate en esta foto de la francesa Cerise Doucède.

Sans titre, de Cerise Doucede

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15 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Celebró la destrucción del mundo conocido con los globos que había reservado para festejar la llegada al mundo de su hijo, el que finalmente no nacería. Luego se sentó a esperar a la locura.

  2. Metamorfosis del poeta

    «HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO, HASTA AQUÍ, HASTA…», se repetía entre sollozos y luego se contenía para seguir inflando globos en el rincón más olvidado del puerto: el cementerio de las barcas oxidadas. A cada nueva burbuja de látex que formaba, le escribía una palabra distinta y las liberaba para que el viento se llevase magia, sueño, metáfora, perdón, amor… Con la esperanza de que aterrizasen en buenas manos. En dos horas, vació una mochila repleta de globos hasta que, llegó un momento, en que estos aparecían de la nada y se hinchaban solos, dejándole a él con la única acción de bautizarlos. Al anochecer, el muchacho rubio de la mañana se había convertido en un anciano gris que, tras lanzar fin al cielo, se dejó caer en tierra y cerró los ojos para transformarse en un poema dedicado a su amada Lucía.

  3. Lluvia inesperada

    A la hora convenientemente anunciada por los medios, la población salió a las calles. Un importante destacamento de la flota aérea más potente del mundo iba a agasajarles con regalos. Pero sobrevino la sorpresa general cuando, en lugar de las necesarias cajas con alimentos y medicinas suspendidas de pequeños paracaídas, comenzaron a llover globos azules. El firmamento se ocultó detrás de enormes nubes de globos, que caían con lentitud sobre la totalidad del territorio. Y dentro de cada uno de ellos, lo que parecía un billete de dólar. Los receptores, a medida que interceptaban cada una de esas ligeras esferas, se apresuraban a reventarlas para recoger su contenido e intentar conseguir más. Ignoraban que a miles de kilómetros, los amos del universo se frotaban las manos sabiendo que ya no tendrían que preocuparse nunca más por el llamado “virus de la isla”; con una inversión ridícula acababan de inocular uno todavía más efectivo, que en cuestión de horas terminaría con la vida de todos aquellos apestados.

  4. CANTO DE SIRENAS

    Odio llevarte así, acarrearte,
    en los hondos bolsillos del dolor,
    en los lagrimales de la resignación,
    en los sarcófagos de los besos caducos
    que ya no recuerdan cómo sonreír.
    Odio la fuerza sobrehumana
    con la que intento evitar, a toda costa,
    amarte sobrehumanamente,
    el silencio de tus grandezas
    que no llegaron a puerto, de ninguna costa,
    el liquen de esta espera
    a la que nunca roza el viento sur.
    Es tan grande la fatiga de este odio,
    tan intenso el odio de este amor,
    tan carne este amor que fatiga,
    que me siento a descansar
    mis sombras y tus reflejos,
    tus grietas y mis fragmentos,
    ahogándome lento en el tiempo
    que invierte, empecinado, las costumbres,
    porque donde llueve gotas inertes y colosales,
    en realidad esboza burbujas de aire espeso
    en la transparencia de este océano
    abrumado porque encalles cuanto antes,
    o naufragues para siempre.

  5. El encanto de la sirena

    El marinero atravesó mares y tempestades por los lugares más recónditos del mundo. En alguno de ellos, creyó oir el canto de las sirenas. No era Ulises, simplemente padecía una fiebre contraída en el sudeste asiático, y las chicas mitológicas eran parte de sus alucinaciones. Sobrevivió a eso y mucho más.
    En uno de sus tantos regresos, se sentó en tierra firme, junto a su barco, y la vio a ella. Él, que tenía una novia en cada puerto, cayó bajo el (en)canto de una compatriota. Y esta vez no alucinaba.

  6. Siempre hoy

    Todas las tardes vengo y me siento de espaldas al mar. Recojo mis lágrimas, una a una, y soplo. Se inflan y se expanden. Les hago un nudo y las dejo volar. Algunas se enreda en las ramas de los árboles, otras no tienen fuerzas para elevarse y se arrastran a mis pies, suplicando porque las deje volver a mis ojos. No lo hago. Espero. Siempre hay una que consigue elevarse, al atardecer, y es entonces cuando me levanto y me doy la vuelta. Contemplo como se aleja, flotando sobre el agua. Y aguanto el deseo de subir en la barca y navegar tras ella.

    Cuando la he perdido de vista vuelvo a casa y me digo que mañana no habrá más lágrimas.

    Mañana.

  7. Silencio
    Cuando las aguas se alejaron el panorama no podía ser más desolador. Barcas encalladas sin pesca, sin tripulantes, sin vida eran balanceadas suavemente por las olas que regresaban una y otra vez hasta la orilla.
    El mar se había tragado toda la vida que había ido encontrando a su paso tras el tsunami, sólo el marginado, el loco, el idiota, -según sus vecinos- se había salvado.
    Siempre estaba en la cima de la montaña más alta. Allí se sentía poderoso, se sentía un dios. Le gustaba mirar desde las alturas, para abarcar la mayor cantidad de tierra posible y decir a todos que tocaba las nubes. Tomó pedacitos de ellas y a modo de globos, los dejó flotar.
    Después bajó hasta el pueblo y se sentó a esperar que alguien le llamara “tonto”. Nadie acudió. Por primera vez se sintió infeliz.

  8. Saneamiento

    Ahora se usan cepillos eléctricos y discos de púas, pero a mí me gusta hacerlo como antes, despacio, con una espátula, arrancando cada capa de pintura oxidada del casco y dejándola caer al suelo boca arriba, mostrándome su reverso liso y mate, jugando a adivinar caras en las siluetas de los pedazos, rascando una y otra vez hasta dar con el acero sano y brillante y saber que en ese momento todo acabó ya y nunca volverás.

  9. Eduard despertó, apenas podía abrir los ojos. Se los restregaba una y otra vez, cada vez más incrédulo. ¿Donde estaba? La escena que contemplaban sus ojos le tenía completamente perplejo. Los azules y hermosos globos flotanban a modo de gotas de lluvia. Las barcazas reposaban en la orilla del mar. Descansaban, como el anciano que se mece cansado de las andanzas de la vida. Jubiladas, recordaban batallas pasadas, grandes aventuras surcando los mares bajo el mando de valientes marineros. ¿Qué hacía él allí? Se preguntaba. Una de las barcazas habló y dio un respingo. ¿Por qué puedo entenderte? Te hemos traído para que seas testigo de nuestras historias, para que seas el narrador de nuestro pasado y no quedemos en el olvido. Sin más preguntas, sacó su libreta y anotó todo lo que las barcazas tenían que contarle. Una vez acabaron sus historias, cada una partió en una dirección, desapareciendo para siempre. Y allí quedó Eduard, inmovil, con la mirada perdida en el horizonte, entre globos azules, que se convirtieron en gotas de lluvia. Al notar el agua mojada en su rostro, despertó de nuevo, sin saber si todo había sido un sueño. Buscó la libreta corriendo, y allí estaban, montones de renglones escritos que relataban historias contadas, historias pasadas….

  10. La llamada

    Tu ausencia me ha traído hasta la playa de la Soledad, el lugar donde quedan varados los sueños imposibles. La arena es más fría a este lado del océano porque apenas llega la luz de tu sonrisa, y así cuesta mucho mantener caliente el corazón. Incluso la humedad está impaciente por penetrar en mis huesos e ignora que las lágrimas ya se encargaron de inundarme por dentro. Me temo que la esperanza hace aguas por mis cuatro costados. Debes volver pronto, antes de que mi maltrecho cuerpo, huérfano de tus caricias, comience a oxidarse y se convierta en un mascarón de proa abandonado. Yo pasaré el tiempo contando mareas y liberando suspiros. Y no te preocupes si, intuyéndome en la distancia, no aciertas con mi paradero; lanzaré al aire las burbujas azules donde guardé todos mis besos.

  11. Varado
    Hace mucho que está varado en tierra firme, que no respira el delicioso aroma del salitre. Echa de menos cien puertos de tres océanos. Añora esas largas travesías que duraban meses: el que regresaba no era el mismo que había partido. Ahora se limita a lanzar globos, que la brisa nocturna empuja hacia el mar. Deja mensajes en su interior. Imagina que los leerán Fatima, Shaquila, Antonella, Destiny, Mariem, Salka, Annika, Isadora, las novias de una noche que quedaron atrás.

  12. Por el monte las sardinas

    Harto estoy de esta lluvia empaquetada. Esta lluvia que no moja. Profiláctica y estéril, que ni fecunda, ni resfría. Que no huele al tocar la hierba. Que no vuele a la nube cuando el sol se alza. Que de nada sirve, pero da bien en las fotos. Ni soñar que cale hasta los huesos, como una buena idea; apenas roza y se tambalea, la mece el viento que más conviene. Lluvia que no hace charcos en los que meterse. Esta lluvia que no es lluvia, ni es nada.

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