Viernes creativo: escribe una historia

¿En qué problemas se ha enredado esta chica fotografiada por Julia Fullerton-Batten? Me han dicho que tú me lo puedes contar.

 

Julia Fullerton-Batten

 

 

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21 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Cuadro de añoranza

    He destejido tus palabras, las últimas, una a una, me he desnudado de ellas. Y, aunque he intentado tocarlo, hasta tu piano está mudo. En esta casa ya solo habla el silencio de tu ausencia.

  2. El secreto de un periodista

    ALMA CHADLER ME CONCEDIÓ UNA ENTREVISTA EN LA HABITACIÓN del Ritz donde se hospedaba, después de que la bombardeásemos a preguntas en la rueda de prensa. Me recibió sonriente y muy atenta. Se interesó por mi nombre, por el medio en el que trabajaba, por mi edad y me invitó a sentarme en el sillón estilo francés que decoraba la suite, mientras que ella se acomodaba a mi lado. Extravagancias de las estrellas, pensé. «¿Y bien?», me dijo, «soy toda tuya». Aturdido y nervioso, debió ser eso, la primera cuestión que le formulé buscaba averiguar el porqué de la exclusiva que yo no le había solicitado. «¿No lo sabes? Tendrás que averiguarlo», me susurró y, coqueta, repitió su famosa escena de Amor eterno, al posar su dedo índice en sus labios y jugar con ellos, recorrer su cuello en pequeños círculos dirección al tirante de su vestido y dejarlo caer. Entonces, sentí vértigo y me paralicé al intuir lo que vendría después. Aun así, me dejé hacer. Me desnudó. Me llevó a la cama. Me besó, me acarició, me lamió por entero, me mordió en la oreja, me ató como en su famosa película… Y hasta aquí, Olga. El resto de lo que sucedió esa noche, tendrás que sonsacármelo tú. ¿Otra copa?

  3. El mensaje

    Me gusta esperarte hasta que terminas el concierto, me voy desnudando mientras acaricio las teclas del piano, impregnándome de tu esencia a través de ellas. Hoy el visto el magnetofón sobre la mesilla y una nota sugiriéndome que escuchara unas pocas palabras que habías grabado. He pasado horas esperándote, atenta al decurso de la cinta hasta el final, hasta que te has dignado decir adiós. Y aquí me tienes, desgastada, derrotada y desnuda. Menos mal que funciona la calefacción.

  4. Acumulo palabras al borde de la inocencia. Desnuda. Así parece que me dueles menos. Y las he enredado. A conciencia. Tratando de organizar un discurso. Distinto. En el que me digas que quizá te importo. Que regresarás algún día. y que sí, que me quieres.

  5. A veces la belleza se sale,
    se sale de los cuadros,
    de las cintas de cassette,
    del metrónomo, del tiempo,
    de la ropa,
    se sale incluso del cuerpo.
    La belleza se sale de época,
    de las miradas de soslayo,
    de los pensamientos tristes.
    La belleza se sale de las posturas,
    de la moda, de los convencionalismos.
    La belleza no tiene límites,
    ni edad, no cabe en los libros,
    ni en las notas de un solo piano.
    No puedes apresarla,
    la belleza es libre y está donde tú
    la quieras ver,
    y se sale.

  6. Opus 111
    Friederika estaba obsesionada con aquella música. Con interpretarla a la perfección. Cuando la incluyó en el programa, pensó que estaba preparada para tocarla. Sería la apoteosis. Su profesor de piano le había dicho que no llegaría a la cumbre si no la dominaba. El concierto –el que tenía que ser el concierto de su consagración– se celebraría en unos días. Muy pronto. Quería impresionar a todos los que habían confiado en ella, quería demostrarles que poseía ese talento que todos ponderaban.
    Ensayó y ensayó, pero Friederika sólo lograba sacarle al piano ridículos sonidos. Todo muy lejos de lo que soñaba. El Opus 111 era inalcanzable, imposible.
    Su profesor le había dejado cientos de cintas, viejas grabaciones conseguidas de mil maneras distintas. Friederika buscó la Sonata nº 32 casi esperando no hallarla. Allí estaba. La introdujo en el reproductor. La habitación se llenó de una música maravillosa. Las notas que había logrado arrancar el pianista –¿quién era?– superaban sus mejores ensayos. No se veía capaz de ascender a esa cima de virtuosismo. Friederika perdió la cabeza. Se volvió loca.

  7. Enredos

    La chica decidió hacer todo tal cual le indicó la profesora. Desnudarse para sentirse libre y grabar la ejecución de la pieza.
    Le costaba soltarse, entregarse a los sonidos, dejarse llevar por la melodía envolvente de la música. Sola y desnuda le sería más fácil. Luego, la profesora podría escuchar la grabación.
    Pero esas malditas casettes y esas horribles grabadoras enredan la cinta cada dos por tres, y la enredan a ella cuando trata de desenredarla.
    ¿Cómo tocar la maravillosa música de Mozart? ¿Cómo dejarse llevar al siglo XVIII si se ve derrotada por un aparato del XX?

  8. Las teclas se negaron
    a sus manos
    Entonces trazó
    estrategias
    para la conquista.

    Poco a poco deslizó
    su esmero,
    su figura rotunda,
    su desparpajo
    hacia el vientre pálido del suelo

    La cinta envolvió
    su desnudez
    como regalo.

    Entregó la música en
    su cuerpo.
    Innecesario.
    Prefirieron el amor
    en otros brazos.

  9. El medio es el mensaje

    Les presentaron, él dijo «encantado» con su timbre envolvente, embriagador y turbio, y ella supo en ese instante que aquella voz le haría creer cualquier cosa y que todo lo perdonaría con tal de seguir escuchándola. No a él: a su voz.
    Muchos años después, por primera vez, ella no se creyó aquel «siempre te querré» que él, con letra apresurada, dejó escrito en la nota de despedida.

  10. Más que nueve mil imágenes

    Resuenan tus palabras, como un eco, como grabadas en el viejo magnetofón. Se me repiten, me envuelven cálidamente, me acarician los oídos, son música para ellos, reconfortan. Me visten, me abrigan. No necesito más, solo esas palabras, las últimas: “¿Por qué, cariño? ¿Por qué? No, por favor. ¡No!”

  11. Tocata sin fuga
    Encontré en el altillo de un armario una caja con cintas de casete. Las fui escuchando curiosa por saber qué tenían grabado. Lo que encontré me dejó sin pulso.
    Música de órgano mezclada con palabras cavernosas, se adivinaba en todas ellas. La melodía que más se repetía era Tocata y fuga en re menor BWV 565 de Johann Sebastián Bach.
    Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
    Desconecté el radiocasete. La música siguió sonando. Arranqué las clavijas del enchufe de la pared. Las voces aún se oían.
    Yo vestía un ligero camisón que voló como un fantasma al compás de las notas; siguiendo el ritmo, las cintas salieron de su prisión y me hicieron prisionera a mí… y las notas y voces siguieron repitiéndose.
    Me rendí. Aquella tocata no acababa nunca. De pronto una voz salió desde el aparato desconectado y dijo: “espérame, llegaré a rescatarte”

  12. No lo aguanto más. Mira que su barba perfecta, su tupé construido sobre su egocentrismo y sus fantásticos tatuajes grafiteados sobre sus músculos de gimnasio me atrajeron y me enloquecieron. Pero no lo aguanto más. Quiero mi iPod, mi iMac, no quiero volver a salir nunca más con un loco de la tecnología de los setenta. ¿Cómo demonios se le da la vuelta a esto para volver a escuchar la canción que yo quiero?
    No puedo más. En cuanto recoja todo esto, me visto y me voy.

  13. La musa ya no tiene quien le pinte. Ha escapado de un cuadro de Rubens y se anuncia en las últimas páginas de un periódico gratuito. Espera sentada en el diván a que suene el teléfono. Los días pasan despacio y la seguridad con la que contaba al principio se va desmoronando. Comienza a pensar que es fea, que está gorda, que su belleza ya no cuadra con los cánones actuales.

    A la musa que nadie pinta le ha dado por escuchar música mientras espera, para llenar todos esos espacios llenos de angustia, de timbres de teléfonos sonando en su imaginación, reverberando, sin que ella sea capaz nunca de llegar a tiempo para descolgarlos. Empieza tocando el piano, una sonata de Bach, cuya partitura reposa sobre un atril; pero pronto se cansa de que suene la misma melodía dentro de su cabeza. Entonces decide utilizar el magnetófono y descubre canciones que no sabía que existían. Por un tiempo, la obsesión de la llamada se disuelve en la fascinación que le producen los nuevos sonidos. Ya no oye el timbre ni las teclas del piano, nada retumba. Solo piensa en escuchar una y otra vez la nueva música. Apretar la tecla del play, esperar a que termine la cinta y darle la vuelta. Rebobinar los temas que más le gustan.

    De tanto escucharlos, sus casetes preferidos se enganchan. Trata en vano de repararlos, esparciendo metros de música sobre el suelo de mármol, mientras que los otros, los menos valiosos, permanecen mudos. Las voces imaginarias vuelven. Se mezclan unas con otras. Suena el timbre junto a Bach, Leonard Cohen se confunde con AC&DC, Golpes Bajos con Queen, U2 con El Fary. Rosendo Mercado canta con Janis Joplin “La Fina”.

    Tirada sobre el suelo, atrapada por sus propias cintas magnéticas, Gracia, la musa prófuga del cuadro, no se da cuenta de que su sueño se ha cumplido. Frente a ella se encuentra una chica joven, que la mira a través de un extraño objeto.

    Entonces, suena un click y algo le deslumbra.

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