Viernes creativo: escribe una historia

A ver si podemos sacar algún cuento de este video del estudio creativo Mothership. Se titula Memento mori.

 

 

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8 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Hormigas y pedos de lobo
    Volvemos a casa después de una tarde de juegos en un terreno contiguo a la urbanización.
    Es un sitio en el que uno se puede encontrar aún con ovejas pastando entre encinas y retamas, pero también con tablones, ladrillos, alambres, trozos de tubería… ¡Valiosos tesoros para la construcción de una nave en la que surcar los mares del Sur!
    A mi lado, en la luz inconfundible de un atardecer de Castilla, los dos piratas que me acaban de rescatar –a mí, la princesa– de miles de enemigos están agotados y van arrastrando los pies por el camino polvoriento de vuelta a casa, en el que siguen afanándose las hormigas.
    De repente, Nic se agacha para observar más de cerca la entrada de uno de los hormigueros, mientras Hugo huele, escéptico, un pedo de lobo. Por encima de esas dos cabecitas noto que revolotean unas preguntas y temo que mis conocimientos sobre hormigas y setas no estén a la altura.
    –Abuela, ¿tú crees en Dios? –me pregunta Nic sin levantar siquiera la cabeza, mientras hurga con un palito en la entrada del hormiguero.
    –Bufff… ¡Vaya preguntita! –le contesto–. Si existe, nadie le ha visto.
    –¡Pues claro! –clama Hugo poniéndose de pie y encogiéndose de hombros–. Es como los pedos de lobo.
    (De mi libro de relatos “No te quites la costra que te quedará marca”)

  2. LUCHA DE GIGANTES

    Dos colosales hormigas soldado subieron desafiantes al ruedo de arena y cemento. Ellas no se amedrentaron ante la muchedumbre, todo lo contrario. Preparadas para la batalla más feroz, las gladiadoras enseñaron sus negras y relucientes corazas, alzaron sus antenas como arpones, esgrimieron sus patas como múltiples lanzas. Un niño pequeño las observaba divertido. Desde su altura se sentía gigante, poderoso. Primero las sentenció señalándolas con el dedo. Luego las ejecutó, aplastándolas.

  3. La cabeza

    Después de una larga noche dedicada a la bebida, me derrumbé sobre mi cama. Rápidamente me quedé dormido y soñé. El sueño fue una pesadilla llena de insectos y situaciones imposibles de entender.
    Mi cabeza estaba en ese lugar, literalmente. O sea, mi cráneo se encontraba rodeado por esos insectos, y recibía flechazos disparados no sé bien por quién.
    Al despertar me dolía la cabeza.

  4. Postal del porvenir

    Como reza la leyenda
    —y proclaman nuestros gurúes—
    el final será un génesis.
    En la versión corregida
    no habrá humanos

    A modo de ensayo,
    —en el salón—
    Ellas
    obreras, impolutas
    militares y espartanas
    marchan hacia la guerra.
    Tras punzantes armas primitivas
    se encolumnan.
    Vuelan flechas.

    Florecen en conciencias.

  5. El pasillo vacío e infinito

    El hombre acerca un fósforo encendido al saquete de pólvora que atrapa en su puño y prende la mecha. Mira directamente los ojos de la mujer que está frente a él. Segundos más tarde, la explosión le revienta la mano y le desplaza el brazo hacia atrás como un resorte, pero ni un solo músculo más se le mueve. La pólvora le ha quemado la carne, astillado los huesecillos de los dedos, reventado las venas. «No me impresiona», dice la mujer, que ciertamente no se ha inmutado. Las gotas de sangre caen sobre el suelo de mármol blanco y, en la reverberación del corredor vacío, suenan como un aguacero de otoño. El hombre no deja de mirarla, desafiando su mirada altiva. Saca una navaja automática del bolsillo trasero de sus vaqueros, la abre y se saja la garganta de izquierda a derecha. La sangre se le desborda cuello abajo, pero se mantiene firme hasta que su cráneo se vacía y cae de bruces a los pies de la mujer. Sus labios hacen un esfuerzo por conmoverla diciendo versos de amor que burbujean en sangre. La mujer lo observa hasta que muere y se marcha por ese pasillo vacío e infinito en el que jamás se volverá a cruzar con nadie.

  6. Continuará…

    DIEZ MINUTOS DESPUÉS DE RECIBIR EL AVISO TELEFÓNICO, nos presentamos en el último adosado de la frontera entre el Bien y el Mal para toparnos con una escena dantesca. Sobre el parquet del piso, yacía el cuerpo ensangrentado de su propietario, el escritor Roberto Sario, con la cabeza abierta, de donde correteaban, como si se tratase de una marcha militar, miles de hormigas cargadas de sueños, ilusiones, miedos, tramas, relatos, poemas… Que se perdían por las grietas de la realidad. Fijándome en uno de los pequeños insectos, pude leer el nombre de Olga, Olga a secas, sin apellidos, sin dirección, sin rostro, sin alma…, tan solo Olga; y la seguí hasta que me condujo a un dormitorio. Entonces, descubrí a una rubia fatal, de novela negra, que agonizaba sobre la cama. Me acerqué a ella y me susurró: «Chandler, Jeremías. Jeremías Chandler», para luego desvanecerse entre mis brazos como si nunca hubiese existido. Desconcertados, escudriñamos todos los rincones de la casa y en cada habitación de la misma, nos encontramos con pistas asombrosas, que aún hoy no sabemos explicar. A modo de ejemplo, en la cocina hallamos restos de sangre azul impregnados en el chapado y un patuco de bebé. En el garaje, una silla rota, una soga y vómitos verdes y amarillos. O en el baño, dos globos oculares adheridos al espejo junto al mensaje «Ficción o muerte». Desde entonces, cada semana, desangran a un escritor nuevo, sin que podamos evitarlo y, aunque parezca increíble, todo parece apuntar a que su autor es Jeremías Chandler, el psicópata de la novela incompleta de Roberto Sario.

  7. Una explosión de luz y un estruendo me cerraron los ojos sobre el asfalto.
    Desperté con manos y pecho escarlata y un nido de flechas en la memoria. Solo recuerdo una cosa: el cosquilleo en mis labios como un ejército de hormigas recorriendo cada centímetro de mi piel. Y encontraré a su dueño, lo único que conservo de mí.

  8. Las hormigas inmortales
    –Son cuarenta euros –dijo la mujer.
    El hombre sacó la cartera y le dio un billete de cincuenta. La empleada lo revisó antes de darle dos billetes de cinco.
    –¿Quiere una bolsa? Tenemos una de tamaño grande.
    El hombre no dijo nada. De hecho, no había dicho nada desde que entró en la tienda. Se había limitado a entregarle a la empleada un trozo de papel con lo que quería. Ella pensó que era extranjero. De algún país del Este.
    Cuando salió de la tienda, el hombre entró en el metro. Ya lograba orientarse en aquel galimatías, aunque le seguía costando interpretar el mapa. Tendría que tomar dos líneas para regresar a su casa. Afortunadamente, encontró un asiento: el viaje sería largo.
    Le gustaba el metro. Nadie le hablaba allí. Era más probable que encontrara a alguien que quisiera entablar una conversación en trenes o bares. Algunos pasajeros miraban curiosos el terrario, pero no le dijeron nada. Él sí que prestó atención a las conversaciones. Muchos años atrás, había vivido en el país. Había llegado a hablar bien el idioma. Pero se le había olvidado. Ahora había muchos más extranjeros.
    Se bajó en la penúltima parada, en los límites de la ciudad. Caminó por la calle desierta y subió a su minúsculo piso. Puso el terrario en el suelo y se quedó mirándolo. Hacía años que había descubierto que le gustaba mirar a las hormigas. Ellas, de alguna manera, también eran inmortales. Pasó varias horas observándolas. Se afanaban, recorrían las galerías. De repente le invadió una tristeza inmensa. El hombre, que había tenido cientos de nombres a lo largo de los años, deseó estar muerto. Pero nunca moriría. Lázaro de Betania sabía que su maldición sería eterna.

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