Viernes creativo: escribe una historia

¿Nos ponemos epistolares este #viernescreativo? ¿Qué cuentan las cartas a las que se aferra esta chica de la foto de Jamila Clarke? ¿O no son cartas y son páginas de la novela que ha escrito? Sean lo que sean, los espacios en blanco los rellenas tú.

 

©Jamila Clarke

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

Anuncios

17 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Estuve aferrándome al pasado hasta que el viento me trajo una voz que me susurró al oído: “Déjalo ir”. Y lo dejé marchar. Al principio fue difícil. A veces, cuando decides avanzar, dejar atrás todo lo tóxico, parece que pierdes parte de ti, de tu identidad. Luego poco a poco empiezas a reconocerte. Tras una dura etapa en la que nadas entre dos aguas alcanzas la nueva orilla. Allí te recibe el viento con un secreto: “Lo lograste”.

  2. El sol no brilla fuera,
    tampoco dentro.
    Quizás por eso Soledad
    se agarra con fuerza
    a esos papeles donde las palabras
    “te amo” iluminaban sus días.
    Se aleja, huye.
    Y en la maleta,
    sólo lo imprescindible:
    retazos de pretérito muerto
    a los que sus labios darán vida.

    Ya no.
    El viento- favorable a su presente-
    se ha encargado de esparcirlos.

    El pasado,
    ha volado.
    Le espera el futuro.
    Y a Soledad
    la llamarán Sol.

    http://www.pulgacroft.blogspot.com.

  3. Sobreviviente

    A OLGA KORINKOVA LA CONOCÍ MUY BIEN Y POR ESO SE MERECE UN HUECO EN LA HISTORIA, aunque sea tan pequeño como el que va a ocupar en este relato. Si me lo permiten, antes me quiero confesar: yo no soy real y todas las palabras que utilice las he robado de una biblioteca. Más ligero de equipaje, ahora sí, empezamos.

    Olga Korinkova no era escritora ni jamás se enfrentó a una página en blanco, pero era una soñadora que vivía urdiendo en su cabeza amores imposibles, tramas negras o enredos de ricos y pobres. De su imaginación nacieron infinidad de héroes, desdichados, mujeres fatal o chantajistas, de estos últimos tuvo que renegar más de una vez. Y de entre ellos, una noche nací yo. Me creó para abrigarla en su cama durante el invierno y, como aquel año se extendió hasta mayo, intimamos y me convertí en su amante. Luego ya no quisimos separarnos y me llevaba a todas partes bien dobladito en un hueco secreto de su cabeza. Cuando se aburría o lloraba porque el pan volvía a estar por las nubes, ahí aparecía yo para arrancarle una sonrisa y, si se prestaba, para provocarle un suspiro impúdico. Fuimos felices, mucho, hasta enfermar porque en realidad nadie podía comprendernos. Y la encerraron en un manicomio por su empeño en compartir nuestra alegría, tratar de presentarme como su alma gemela, buscando la forma de que me escuchasen como ella, sin sospechar que tan solo los soñadores somos capaces de entendernos. Durante una larga temporada nos separaron debido a esas pastillas azules que le suministraban cada cuatro horas, que la adormecían y a mí me envenenaban la sangre. El infierno que tuvo que sufrir. Tres, cinco, siete años después, no sabía precisar; nos reencontramos. Era una sombra de lo que fue y ya no era capaz de sonreír. Portaba una maleta de madera y nos convocó a todas sus creaciones en un precipicio. Allí sin bienvenidas, sin tiempo para nostalgias ni alegrías, con el abatimiento de su estado, reclamó nuestra atención. “Olga Korinkova es historia. Ahora abriré esta maleta, la vaciaré de sueños y todos vosotros, junto a ella, desapareceréis para siempre de mi vida”. Y así ocurrió, lo juro. Todos salimos volando para protagonizar una escena dantesca en aquel desierto de los Monegros, donde hubo mutilados, agonizantes o estrellados entre miles de bajas. Quizás porque me quería, días después, por un instante, la que fue en otra época Olga Korinkova, me volvió a soñar e, intacto, me devolvió la vida.

    • Punto final
      Como cada hoja que pierde un árbol en otoño, se fueron, animadas por el viento huracanado de tu adiós, las promesas que me hacías en tus cartas de amor.
      Yo intentando aferrarme a los momentos dichosos que gozamos en un pasado aún no lejano, busqué metáforas, leí entre lineas, compuse versos, encripté sílabas…
      Tarde comprendí que ya te habias encargado de poner a nuestra historia el punto final.

  4. El viejo baúl

    Recuerdo que pensé todas aquellas palabras, pero también que nunca las escribí, que me negué a dedicarte una sola letra. Tú te habías ido, eso era un hecho, y siempre creí que no merecías saber qué había sido de mí, si pensaba en ti, si mis sueños caían en tu lado de la cama. Para qué, me decía, si no le importa, si no las vas a enviar, para qué gastar tinta, tiempo, manos, dedos. Y no lo hice, ni una sola de mis letras tenían que ver contigo.
    Por eso me ha sorprendido tanto encontrar este viejo baúl en el trastero que nunca tuve, lleno de cartas sin destinatario ni remite, que hablan de todo lo que yo callé. Por eso voy a tirarlas a la basura, a desquitarme de todo lo que ya no siento, no vaya a ser que un simple recuerdo abra una grieta que ya, a mi edad, no sabré cerrar.

  5. Blancanieves
    Su madre la sorprendió.
    –¡Otra vez perdiendo el tiempo!
    No soportaba que la princesa pasara horas y horas escribiendo.
    –No llegarás a nada –le gritó–. Nadie te querrá. Vas a desfigurarte de tanto estar sentada. Tendrás que ponerte gafas.
    Un día, Blancanieves se encontró con que su madre le había metido en una maleta todos sus papeles, sus relatos, sus historias, sus poemas de anhelos y soledades. La llevó al campo y la obligó a tirarlos. Blancanieves lloró. En cada página se iba un trozo de ella, su vida, sus sueños.
    –Ahora serás como todas las princesas –le dijo su madre.
    Esa noche, Blancanieves en su habitación, aunque le habían quitado las plumas y los lápices, aunque no tenía papel, imaginó un bello cuento.

  6. Leo una y otra vez cada letra. Lentamente las junto y se convierten en palabras, despacio las encadeno hasta que se convierten en frases. Saboreo cada párrafo. Eres tú, en estado puro. Tan canalla, tan brutalmente mordaz y pasional. Nada me queda de ti, salvo tu novela inacabada. Suspendida en el tiempo como nosotros. Nos leo entre líneas y el dolor es tan desgarrador que me fallan las piernas. Los médicos me aconsejan con fervor que deje de hacerlo, que coja la novela y la guarde para siempre o mejor aun, que queme sus hojas, pase mi duelo y siga adelante. ¡Qué sabrán ellos! Quemar sus hojas sería matarte de nuevo. Estás ahí, vives en los silencios, ríes en el prólogo, amas en cada capítulo. Donde quiera que voy, vienes conmigo. ¡Qué sabrán ellos! Dicen que voy a perder el juicio. Inútiles, amor, pues el juicio ya está perdido. Pues sin ti, nada tiene sentido.

  7. Olvidar

    Su diario había sido escrito siguiendo un orden lineal. Cada uno de los acontecimientos estaba acomodado en la línea de tiempo para que se entendiera a la perfección el derrotero de la protagonista; o sea, la autora. Pero el viento voló las hojas, y al juntarlas se había alterado ese orden. Entonces sucedió.
    Al ir leyendo las breves anécdotas que componían un todo, se percató de que así como se había perdido una de las hojas en que hablaba de él, podía suceder algo igual en la vida real. Involuntariamente, ese percance le estaba recordando una frase: “Barajar y dar de nuevo”.

  8. Sin carta de adiós

    Durante años las cartas, sin remitente, aparecen cada día en su buzón. “Buenos días, amor. El sol sale por ti”. Cuando llega de trabajar, se asoma al rectángulo abierto, introduce la llave en la cerradura y toma el sobre entre sus manos. “Hoy te he visto pasar deprisa, parecías preocupada, pero estabas tan hermosa”. Lo acerca a sus labios y lo besa. Entra en casa, deposita la carta sobre la mesita y prepara la comida. “Te he seguido unos momentos con la mirada”. Come deprisa con las noticias de fondo. “Y he creído percibir tu perfume entre la multitud”. En la vieja cafetera prepara café. Lo sirve en una taza de porcelana, lo lleva hasta el salón, recoje la carta y se sienta. “El viento ha arremolinado la falda en tus muslos y esa visión me ha excitado”. Suspira y abre la carta. Da un sorbo al café, negro y amargo, y empieza la lectura. “Hasta mañana, amor”.
    Toma papel, bolígrafo y escribe su respuesta. “Como cada día te he buscado entre la gente. Como cada día he creído sentir tu mirada subiendo por mis piernas. Como cada día” . Dobla la hoja, la introduce en el sobre y la guarda junto con todas las demás.

  9. Yashira Martinez

    ¿Dónde ocultamos lo que no queremos ver?

    Necesitaba unos días de descanso, alejarme de todo. Dudé hasta última hora si irme en coche o tomar un tren, ganó esta última opción, la idea de desconectar atada al volante no me seducía. Pero el trayecto se complicó desde el principio, el viajante que me tocó de compañero roncaba, no un simple ronquido, no, un ronquido de oso. Sobresaltada cambié de vagón. Encontré un asiento junto a una anciana, pensé que sería mejor compañía y sonriéndole me acerqué, al no hallar respuesta, rocé su mano y estaba fría, helada, no pude ni articular palabra, caí al suelo y perdí el conocimiento.
    Debieron recogerme y trasladarme a un compartimento privado porque al despertar estaba sola, cerré de nuevo los ojos, agradecida por esa soledad tan oportuna. Pasadas unas horas sentí hambre, me incorporé y reparé en la maleta, era de esas antiguas de madera. Curioso, pensé, no debo estar tan sola aquí. Pero no tardé en averiguar que el lugar no era el esperado, una habitación tras otra se iban desgranando por un largo pasillo, con inquietud busqué la salida. Me senté en un banco, a mi lado una maleta olvidada, de madera…
    Cuando un taxi paró frente a mí corrí hacia él. Por favor, acérqueme a la estación.
    Fui a comprar un billete y reparé en que no sabía dónde estaba, alguien tocó mi hombro, giré la cabeza y ahí estaba el taxista que traía la maleta en su mano, me la tendió y la rechacé. No, disculpe pero no es mía, gracias. Un guardia de seguridad se acercó a nosotros, me miró, miró la maleta y nos pidió que lo siguiéramos. Las horas siguientes fueron eternas, no sabría decir cuántas veces me interrogaron, siempre la misma cantinela: ¿Cuándo había recogido el maletín? ¿Dónde lo había encontrado? ¿Por qué razón lo llevaba conmigo? ¿Sabe lo que contiene?
    Esta maleta no es mía, repetí por centésima vez. No sé de dónde ha salido y en ningún momento la he tocado. No, no sé qué contiene.
    Alguien la abrió y una bocanada de aire frío me empujó hacia la ventana. Envuelta en un torbellino aparecí en la granja de mis abuelos, aquella granja de mi infancia donde el tiempo se detenía en verano. A mis pies, blancos folios revoloteaban, recogí uno al azar ¡No puede ser! El siguiente aún más inquietante y aturdida me senté junto a la maleta y descubrí mi pasado, cada una de las cosas que había olvidado, cada uno de los errores que había cometido, todos los deseos que no se habían cumplido, todo, todo estaba ahí. Cada hoja era parte de mí y habían estado todo este tiempo siguiéndome en este viaje de huida. Cerré los ojos para no llorar.
    Un ruido sordo me sobresaltó, de pronto comprendí que seguía en el tren, todo en su lugar, el señor de la corbata seguía durmiendo y ¡Roncando!. Pero… Algo había cambiado, tenía la certeza de conocer algo importante, algo decisivo. Me bajé en la siguiente estación para tomar el próximo tranvía de regreso. Me esperaban unas cuantas cosas que resolver, unos cuantos pasos que dar y sobre todo, unos miedos que enfrentar.

  10. Quiero contarte mi historia pero no me atrevo a mirarte a los ojos. Quizá porque tus ojos, tu boca, tu cabello, se parecen demasiado a los del hombre que amé. Aquel hombre me escribía versos, cada hora, cada día, me cubría de versos. Yo los guardaba en una maleta pequeña y cuando casi la llené decidí fugarme con aquel genio literario que me llamaba musa y sirena, que me acariciaba en sus poemas con la misma pasión con la que me amaba en la cama. Solo añadí a la maleta mi neceser y una muda limpia, y con eso dejé mi casa, pues entonces creía que no necesitaba nada más: ¿para qué quería vestidos, ni chaquetas, si sus palabras me arropaban?; ¿para qué quería libros si sus letras eran las más hermosas que jamás había leído? Al principio, nuestro hogar era el jardín del edén, siempre cálido, rebosante de placeres, me alimentaba de caricias y palabras hermosas. Yo le adoraba, le cuidaba, vivía solo para mi amante. Con el tiempo, los versos se espaciaron, las caricias se secaron en sus manos, y una marea de ginebra lo retenía hasta la madrugada en bares de mala muerte, insonorizados contra los cantos de sirena. ¿Y la musa, te preguntarás, qué fue de la musa? Todos los artistas saben que una musa se apaga si no la miran a los ojos. Un día rehice mi maleta, metí mi neceser y sus versos, y me marché de esa casa donde la indiferencia me acosaba en cada rincón. ¿Los versos, dices? Me costó librarme de ellos, una y otra vez los leía, y mis lágrimas corrían la tinta en el papel, pero desgraciadamente, me los sabía de memoria. Por eso los arrojé en el puerto, donde las gaviotas se encargaron de sacarles los ojos, picotearles las tripas y arrancarles mis entrañas envenenadas por su amor.

  11. He pensado que…

    No pasa nada si un día decides escalar el miedo donde te encuentras; el mundo reclama a los valientes. Y que el dolor irrumpa en el pecho como dos vagones estrellados. Y abraces la tristeza como salvación de lo nuestro. Y cuando cese la agonía, el vacío será vacío y volveremos a intentarlo. ¿Por qué no amar a olvidar?

  12. Habíamos decidido presentarnos los dos al mismo concurso de novela. Con nuestros ordenadores pegados nos vigilábamos. Cuando por fin terminamos nuestras obras a la vez, me mostró la suya con orgullo, su pequeña. Me ofrecí a llevarlos a Correos con una sonrisa falsa pintada en mi cara, pero no se fió. Caminamos juntos sin dejar de observarnos: él con su maletín y yo con mi sobre cerrado. En un descuido le robé su más preciado tesoro. Al abrirlo, el viento, curioso, esparció su manuscristo por doquier.
    Fui corriendo a Correos y regresé sofocada a casa. Debía hacer algo con su archivo. Una vez destruido, tendría más oportunidades.
    No percibí la sonrisa que afloró a sus ojos cuando me vio huir. Cogió el sobre del fondo del maletín y siguió su camino.

  13. Mi batalla de San Jacinto

    Me contaron una vez que en una pradera como esta el general Houston encontró el escenario ideal para derrotar a Santa Anna en la guerra de independencia tejana. Estuvo algo más de un mes retirándose del ejército mexicano, huyendo, con sus tropas desmoralizadas, hasta que encontró el lugar ideal para lograr la victoria.
    El escenario que el destino tenía asignado para el Waterloo del Napoleón americano era un campo abierto, rodeado de un bosque que se asomaba a la ribera del río San Jacinto. Una encerrona perfecta.

    Llevo tanto tiempo huyendo de ti que ya no puedo contar el tiempo en semanas ni en meses. Durante esa larga retirada, he leído y releído todas tus cartas. Las sé de memoria, así que sería inútil quemarlas. Teniéndolas en casa, tan a mano, no puedo evitar pedir cuentas, y cada uno de estos episodios es una batalla perdida más. He revisado todos los armarios, todos los cajones, hasta el último rincón de la casa. Cualquier documento que me habla de ti está dentro de esta maleta. Ahora te tengo acorralada sin que lo sepas y ya he escogido el escenario para tu derrota definitiva. Abriré la maleta y dejaré que tus letras las rapte el viento. Se llevará toda constancia de tu amor y de tu rencor más allá de los árboles que circundan este prado. Algunas palabras se ahogarán en el río que escucho próximo, otras volarán lejos, y quizá las recoja alguien deseoso de imaginar historias, de componer su puzle a partir de estas piezas sueltas.

    Escuché también que los tejanos capturaron al arrogante Santa Anna cuando huía, poco antes de cruzar las aguas. Que las tropas tejanas quisieron ejecutarlo de inmediato, como venganza de lo sucedido en El Álamo; pero Houston se opuso. Sus argumentos los resumió en una sola frase: “Ustedes desean sangre, yo quiero Texas”.

    Estas cartas que abrazo son el último vínculo que me une a ti. No voy a arrugarlas con rabia, no las haré pedazos. Tampoco las someteré a un fuego justiciero. Así solamente conseguiría destruir el papel, pero tú seguirías para siempre. Cuando extienda los brazos, el viento hará su trabajo y yo daré la vuelta, entraré en mi propio estado independiente. Contigo, como mucho, crearé fronteras y estableceré relaciones comerciales.

¿Qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s