Viernes creativo: escribe una historia

Comencemos el año inspirándonos en este autorretrato de Kyle Thompson.

©Kyle Thompson

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10 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. OLVIDADO

    Empapado de memoria me dejaste olvidado
    en las turbias aguas de aquel río de besos.
    Donde furtivos escondíamos la pasión
    que prohibida nos alimentaba
    el cuerpo y el deseo.

    Y no solo te conformaste con ello,
    si no que pintaste de rojo cada uno de nuestros momentos
    para hacerme sangrar la herida, una y otra vez,
    de verme abandonado, maltrecho, descuidado
    de tus abrazos y tus caprichos,
    de tu apetito carnal y tu voluptuoso pecho.
    Condenado me hallo de no poder saborear, ni degustar tu dulce piel.

    Aquí quedaré ahogado en mitad de las aguas
    esperando que un día vuelvas para liberarme
    de este tormento, que poco a poco me ahoga
    y me sume en la desidia.

  2. Me abandoné, como se abandonan los sueños. Con el agua casi hasta el cuello y sin apenas salidas, cerré los ojos y del agua emergieron globos rojos. Al final de cada corcel un papel enrollado. Cada papel rezaba un sueño perdido. Uno a uno, recordé cada momento vivido sin vida. Abrí los ojos y los globos me invitaron a salir, pero por diferente camino…

  3. El novio

    Abrumado ante lo inminente, lo invadió un deseo enorme de volver a ser niño, de esconderse del mundo. Caminó hasta el lago, y así, con esas ropas que había elegido cuidadosamente, se sumergió en sus aguas; los ojos cerrados imaginando globos de fiesta de cumpleaños, no de casamiento.
    El traje estaba arruinado. Ella lloraría.

  4. Cuando cierro los ojos veo moscas, que atraviesan una pantalla blanca y luminosa. También tengo continuamente los pies fríos, me duelen tanto como cuando los sumerjo en el río de mi pueblo. Me han dicho que lo primero son mis glóbulos rojos que se transparentan tras la propia retina, y que eso no es síntoma de ningún mal; ocurre, simplemente, no hay que darle más importancia. Para aliviar lo segundo me he comprado unas botas forradas de borreguillo, pero solo he conseguido que el frío haya ascendido a mis manos. Me he puesto guantes, pero la helada sensación avanza congelando mis brazos, las piernas, el pecho, me convierto en estatua de hielo. A veces noto un poco de alivio si cierro más rato los ojos, pues sin apenas esforzarme, veo tu rostro: no hay moscas que espantar y el bloque helado de mi cuerpo parece licuarse con tu aliento. Lo malo es cuando los abro, porque ya no estás.

  5. Descompensados

    Sabes qué palabras inflaman mi corazón y gustas de elevar este sonrojo en forma de globos. Te rodeas de mis anhelos flotantes y, cuando tienes ganas de mí, solo tienes que tirar de un cordel; así me tienes pegada a tus zapatos suplicándote que me subas hasta el cielo. Lástima que cuando estalla la pasión y busco que me insufles verdadero amor, el ruido de la explosión te deje aterrado. Esta vez dejaré que te ahogues en tus propios miedos. Yo volaré un poco más lejos. Ya encontraré quien me alcance.

  6. VEO VEO
    -¿Qué ves en esta foto?
    -Globos.
    -¿Qué más?
    -Amapolas.
    -¿Qué más?
    -Sangre.
    -¿Y no ves al hombre?
    -¿Al hombre?… ¿De qué hombre me hablas?

  7. Vasijas

    «Pídemelo y seré tu poeta, pero antes enséñame las tetas». Reía con la boca abierta y enseñaba los dientes torcidos y los huecos de los perdidos en peleas, y luego comenzaba a toser como si los bronquios le reventaran por dentro, pero no dejaba de reír. Era un hombre simple y brutal, al que le gustaban las cosas sencillas, el tabaco negro, el ron madre y los versos tontos. 

    Ella se concentraba en ese recuerdo perdido —quizás falso— de su infancia para alcanzar el equilibrio en sus clases de yoga. Aquel rostro arrugado de barba entrecana le ayudaba a aislarse de la sala de ejercicios de aquella casa diseñada por un estudio de arquitectura de moda y que tanto dinero le había costado a su marido, un intermediario financiero despiadado y homosexual. A su lado, el maestro indio, que en realidad nunca había salido de los límites de Londres. 

    Las mentiras son globos, acaban por explotar o deshincharse. No cruces un río que te cubra por encima de la cadera. No te fíes de quién no ría con cosas tontas. Son verdades simples sobre las que suele reflexionar el anciano desdentado. No cree que a nadie le importen.

  8. La invención de Morel (o, ¡qué Dios me perdone!, Pequeño homenaje a Bioy Casares)
    Mereció la pena echar a perder mi mejor traje. De otra manera no me hubieran tomado en serio. Cuando los de la Comisión de Patentes respondieron por fin a una de mis solicitudes pensé que podría tratarse de una broma o que se habían vuelto locos. Así que, llegado el gran día, me acicalé con el Ermegildo Zegna que me había regalado Purita, la de los Domínguez, cuando todavía pensaba que hubiera podido llegar a ser un buen partido, antes de que hubieran ignorado diseños míos tan originales como el Desinflador de globos o el Pelador de plátanos. Esta vez sería diferente, ante el cortejo en pleno, avancé con paso firme, tampoco me importo sacrificar mis recién estrenados zapatos de suela auténtica y tafilete, para presentar al mundo mi Rehabilitador de cauces. Con un estupendo ramo de globos rojos en cada mano, hinchados con gas metano, con los que parecía que podía salir volando en cualquier momento, procedí con aire ceremonioso y haciendo gala de una estudiada estrategia, a distribuirlos por el cauce seco de aquel río; me situé en el centro y, con los ojos cerrados, empecé a rezar para que su caudal empezara a crecer de forma sutil pero gradual, lenta pero continua. Cuando, acabando de recitar el repertorio de oraciones que conocía, noté cómo la lana de los bajos de mi pantalón empezaba a empaparse, me inundó la sensación de que, por fin, me había convertido en un gran inventor, pero a medida que la crecida se hacía mayor, un gran dilema se planteó en mi mente, no sabía si pensar que aquello confirmaba de forma definitiva la existencia de Dios o que se había reventado la presa.

  9. Proyecto final
    ¿Qué era aquello? ¿Qué demonios era aquello? Se ajustó las gafas. Simuló estudiar el proyecto, concentrado; en realidad estaba dejando pasar el tiempo. Se sentía cansado. Para cada alumno tenía quince minutos; aquel era el número cuarenta y ocho. Se acercaba la fecha de las vacaciones y le apetecía visitar Roma. Otra vez. El Palazzo Altemps. La Galleria Borghese. Seguro que la idea no alegraría a Marc, que querría volver a Ibiza. Otra vez. Simuló apuntar algo en su libreta de notas. En realidad hizo unos garabatos. Pero ¿qué demonios era aquello? A lo largo del curso había repetido una y otra vez que cada obra artística tenía un significado, pero no le encontraba ninguno a lo que tenía delante. Daba igual que le pusiera un sobresaliente o que le suspendiera. Al menos, aquel bodrio le había hecho pensar en Roma. Allí, las obras de arte tenían un mensaje claro, fácil de interpretar. Miró el reloj. Faltaban apenas cuatro minutos para que entrara el siguiente.
    –Puedes salir.
    El alumno parecía desconcertado: normalmente había que discutir el significado de la obra presentada. Se levantó, cogió el proyecto final y salió. Cuando se quedó solo, el profesor dio un resoplido. Todavía quedaban diecinueve.

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