Viernes creativo: escribe una historia

¿Cómo ha llegado a esta situación esta pareja dibujada por Albert Arrayás? No puedo esperar a que me lo cuentes…

©Albert Arrayás

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16 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Es exactamente esa sensación. Hacer el amor con la persona a la que quieres. Desvestirte, ser desvestida, desvestirlo y lanzar la ropa allá donde ella tenga a bien caer. No pensar ni siquiera en si el calcetín saldrá volando por la ventana o si las braguitas acabarán colgadas de la lámpara del dormitorio ¿qué más da?. Cuando la pasión llega, y me refiero a la PASIÓN, nada importa. Todo deja de tener el sentido que habitualmente le damos. Un cuerpo no es un cuerpo, son dos, o uno solo formado por dos. Y tampoco eso. Es piel, olor, sabor y placer.
    De igual forma una cama no es una cama, sino un recipiente. Y el suelo se vuelve lecho, la pared un soporte y una silla es todo un mundo de posibilidades.
    Y así acabamos luego: el pelo alborotado, las vestimentas tapizando el suelo y el te derramándose por todas partes, porque durante un instante, entre esos minutos de complicidad advertidos por el leve roce de nuestros pies desnudos, el mundo se nos ha vuelto del revés.

  2. Puntualidad

    Nunca debimos quedar a las cuatro para conocernos. A quién se le ocurre. Que sí, mujer, insistías, que podemos hablar un rato, que me viene mejor. Una hora, una simple hora, con lo rápido que pasan a veces, que cuando empieza y termina parecen lo mismo. Y te creí. Fui a tu casa una hora antes, según lo acordado, pero nada salió como esperaba. Empezaste a preguntarme cosas tontas de mi vida, mientras me contabas de la tuya, y los temas pasaron de genéricos a específicos, de la vida en abstracto a nuestra vida en concreto, me abriste en canal con tus preguntas, sentí cómo me desnudabas por dentro. Cuando faltaban apenas diez minutos, pusiste a calentar el agua y entonces te miré fijamente y empecé a quitarte la ropa con urgencia, tú también hacías volar la mía por el salón, y todo sin dejar de mirarnos a los ojos. Tuvimos que hacerlo allí mismo, sobre la mesita baja. Incómodo pero alentador, mi cuerpo aún respondía al calor humano, el tuyo todavía recordaba cómo se hacía. Por fortuna, terminamos a tiempo para el té de las cinco.

  3. Sorbo tras sorbo. Juntos y desnudos ideamos una ventana con divertidas cuadrículas que le dan juego a nuestro cielo ornamentado. Compartiendo los latidos observamos un día con sus sendos crepúsculos: los albores humedecidos y el calor sentimental de los nocturnos. Desentendidos completamente de vestimentas superficiales… Una tetera se nos ofrece como ritual delicioso, sumándose al aroma de complicidad.

  4. CALIENTE, CALIENTE
    Quedamos en tu casa para tomar el té. Calentito, muy calentito como a mí me gusta. Lo preparaste tú ¿De qué clase era? ¿Té verde, rojo, negro? ¿Algún tipo más exótico? Lo cierto es que al momento yo empecé a sentir un calor agobiante y sin pensarlo me quité el vestido. Tú también sudabas, fuera el jersey.
    –¿Te pongo otra taza de té?– preguntaste.
    –Vale– y la infusión seguía quemando y yo ardía por dentro. Tenía un sabor a canela y clavo que me invitaba a volver a tomar otro sorbo… y a quitarme otra prenda de mi cuerpo. Tú te comportabas como si fueras mi espejo.
    Al final nos encontramos desnudos de falsas pieles, tan a gusto y tan fogosos que decidimos tomar la tercera taza de té. Y así, poco a poco, finiquitamos el líquido de la tetera y nos reímos tanto y lo pasamos tan bien que hemos decidido repetir la experiencia.
    La semana próxima tomaremos un chocolate. Acuérdate muy calentito.

  5. Desnudar el alma

    Estaban fascinados por la cultura oriental. Prescindir del cuerpo, disfrutar la ceremonia del té.
    Escuchaban discos de John Lennon, para imbuirse de toda esa onda pacifista de él y Yoko Ono.
    Las ropas iban quedando en el piso. Es que, una cultura que prescinde del cuerpo, lo muestra sin pudor.

  6. Combina-Dos

    Cuando entré hacía frío. El local estaba casi vacío y solo había una parejita al fondo, tranquilos, degustando su té. Me dirigí a la barra y pedí un Gin-tonic. Aún faltaban tres largas horas hasta la salida de mi tren. El reloj parecía parado y me empecé a impacientar.

    __Realmente bueno, el combinado está bueno__

    Me habían aconsejado no marcharme sin probarlos y al final iba a ser cierto. Pedí una segunda bebida. Miré al rincón y todo había cambiado, el suelo estaba lleno de ropa y la pareja seguía sentada con sus tazas en la mano ¡Desnudos! Dejé la copa en el mostrador, me vestí y abandoné el caldeado lugar para respirar el frío de la realidad.

  7. SOMBRAS

    El día que el único superviviente del fatídico accidente de tráfico decidió que ya no podía soportar más aquella dichosa suerte, esperó a que cayera la noche. Se emborrachó como nunca y empezó a despojarse de su vestimenta. La dispuso como pudo en el viejo perchero de seis brazos del recibidor, colgó la gabardina y los pantalones, y arrojó el amasijo de las demás prendas en la parte superior, modelándose fortuitamente un capirote ovalado. Su estado le permitió ver en las dobleces el inconfundible perfil de su querida esposa. La contempló esperanzado. Y tras el disparo, ya estaba con ella.

  8. BEST SELLER
    Al ser expulsados del paraíso, Adán y Eva descubrieron su desnudez y por primera vez hicieron el amor. Copularon hasta quedar exhaustos, vistieron sus cuerpos con ropas que causaran buena impresión y salieron del Edén, a vender su historia.

  9. Estábamos tan tranquilos en el salón, tomando nuestro té de las cinco de la tarde… Cuando llegaron los ladrones y lo pusieron todo patas arriba. Sí, gente maleducada los ladrones. Pero nosotros sabemos guardar siempre la compostura y, pase lo que pase, siempre nos terminamos el té.
    Aunque pillemos un resfriado (o dos).

  10. Mañas de una pareja

    Vienes hacia mí hecha una fiera. Dónde están las llaves de casa, me dices.
    Yo y mi manía de echar el cerrojo por las noches. Y luego mi desorden, con las llaves, con la casa, con mi vida.
    Un magnífico día se cuela por la ventana encendiendo tu ira prisionera y mi necesidad de huir. Te me abalanzas y me tomas por el cuello, me arrastras hasta el salón para colaborar en la búsqueda. Removemos cajones, chaquetas colgadas, ceniceros vacíos. Vuelvo del revés los cojines del sofá, el sofá mismo. Tú trajinas por detrás las cortinas.
    A estas alturas todo el apartamento está patas arriba, apenas quedan un par de sitios donde se puedan esconder. Tus manos palpan en los bolsillos de mis pantalones. Las mías se pierden en tu blusa. Nada. Fuera los zapatos. Nada detrás de mi oreja, nada en tu nuca. Me arrancas la camisa, pero debajo tampoco están, ni en la corbata, ni en el reloj, ni en el breve pelo de mi pecho. Busco dentro de tus bragas, sin suerte. Buscas detrás del almohadón al que te amorras cuando te busco por detrás. Nos buscamos dentro, nos buscamos fuera, dentro y fuera, dentro y fuera. Me clavas finalmente las uñas buscando desesperada debajo de mi piel.
    Sobre los restos de la tormenta, una tetera que hierve y yo mirando por la ventana, intentando recordar, a quién le tocaba la próxima vez esconder las llaves.

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