Viernes creativo: escribe una historia… ¡y 100!

Llegamos muy contentos a nuestro centésimo #viernescreativo: la semana pasada batimos todos los récords de participación, visitas y difusión. ¡Muchas gracias a todos vosotros por hacerlo posible!

Para celebrarlo, hoy traigo una foto muy conocida de uno de mis fotógrafos favoritos: Henri Cartier-Bresson.

No digáis que no apetece escribir de amor…

@Cartier-Bresson

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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89 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia… ¡y 100!

  1. BAJO LA LLUVIA

    El amanecer se muestra tímido y callado. Vestido de brillos intermitentes, que caprichosos juegan con la lluvia y se esconden en el infinito de tus ojos. Lágrimas de nubes, que generosas nos regalan sus últimas chispas bañadas de rubor, empapando tu cálido rostro aún encendido de deseo.
    Belleza en mil partículas de cielo y aromas de primavera enjugando tus cabellos. ¿Qué hay más hermoso que acariciar tu cuerpo bajo la mirada ciega de mis ojos? ¿Qué hay más bello que despertar a tu lado sabiendo que la noche acaba y el día nos espera?
    Promesas y circulo infinito de verbos y besos bajo una ciudad que despierta.
    Mientras… Un apresurado y afortunado amante vuela para saborear su prima cita a ciegas.

  2. Ayer me paseé por París de tu mano.
    El Sena era azul.
    Saludamos a un par de demonios
    que vigilaban la ciudad desde la isla de la Señora.
    En un banco, Borges hablaba con Borges,
    y la carroza de la princesa
    se volvió calabaza en el Alma.
    Una mosca navegaba perezosa
    Campos Elíseos arriba.
    Y vimos una cabeza al pie de un árbol,
    junto al Petit Château.
    Napoleón, triunfante bajo el nuevo Arco,
    espoleaba un caballo.
    En Montmatre compramos un par
    de cuadros naïf.
    Saludamos a Vigny,
    que lanzaba una botella al mar
    desde el Monte de los Olivos,
    mientras aquel triste lobo agonizante lo miraba.
    Un beso escapó de tu boca
    y voló hacia Versalles.
    Baudelaire, en el asfalto,
    plantaba flores malditas,
    Riendo buscamos tesoros bajo la pirámide
    y la dama sonriente
    no dejaba de observarnos.
    Caía la tarde,
    nos sentamos en la hierba,
    a la sombra de la torre,
    para comer un cruasán.
    Pero ahora ya no estoy segura…
    ¿Ayer estuve en París contigo
    o contigo en un trozo de cielo?

    • ¡Qué homenaje tan bonito a París y su historia! Además, como está escrito en forma de versos, cada uno de ellos, se disfruta como un suculento entrante.

      ¡Buen Viernes Creativo!

  3. Olvídome de ti

    Después de que te fuiste, acudí a la clínica del Dr. Howard Mierzwiak para el borrado de costumbre. Se había vuelto cómodo, el amor había perdido el peso, ya no había de qué sufrir. Un borrado de memoria y listo. El Dr. Mierzwiak, como siempre, rápido, eficiente y económico. No como las otras clínicas que habían abierto después, que siempre dejaban rastros por los que caminar para volver a encontrar el recuerdo, el dolor, la piedra con la que tropezar otra vez.
    Como tantas veces, me tumbé en la camilla, Mary me tomó de la mano con cariño, susurró un «si es bueno, volverás» que yo procuraba desoír, y me durmieron. Después, el sueño acostumbrado por el pasado de nuestra historia, todo junto, lo bueno y lo malo. Te podías enganchar fácilmente a los borrados si no fuera porque después no recordabas nada. Pero, al despertar, esta vez, lo recordaba todo, y el doctor me miraba con un peso plomizo que yo no le había visto nunca. Lo lamento, me dijo, ha sido imposible. Te explico, siguió, la lluvia ha creado un cortocircuito en la máquina y, pese a que llevabas paraguas, después apareció París, donde sin duda tú no has estado con él. Podemos borrar recuerdos verdaderos, pero a los que has creado tú en tu memoria no tengo acceso. Esta vez, y me cogió la mano con una ternura que necesitaba, tendrás que hacerlo tú sola.

  4. Primavera

    En mi mente la ciudad se ilumina
    Espero tras el crudo invierno
    Ver retoñar la naturaleza
    Pero olvido dónde estoy
    Olvido que el color abandonó este lugar
    Cuando tú te marchaste

    Hoy en París lloran las calles
    El recuerdo de nuestro amor
    Sigue pegado a su asfalto
    Hoy en la ciudad de la luz
    Se ha puesto el sol
    Y por más que busco
    No te encuentro.

  5. BAJO LA LLUVIA
    Por fin se veían, se conocían, se tocaban, se besaban.
    Tanto tiempo esperando aquel instante, que nada, ni nadie lo podía impedir.
    No les importaba lo que ocurría a su alrededor, lo importante eran ellos dos.
    Sabían que aquel era su momento, su lugar, su ciudad, Paris.
    Por fin se amaban.

  6. Mucho más que sueños

    PARÍS, OOH, LA, LA. La ciudad de la luz, del amor, de los poetas. Su Torre Eiffel, los Campos Elíseos, Notre Dame, el Louvre… Hubo un tiempo que soñaba a todas horas con mi amada capital de Francia. Para alimentar mi fascinación por la ciudad, me agencié todo tipo de mapas, postales, novelas, películas que mostrasen París y su esplendor. Y una vez a la semana, entraba en una agencia de viajes y me dejaba seducir por los encantos que me relataban de tan majestuosa ciudad. Incluso traté de aprender francés, pero solo retuve “merci”, “bonjuor”, “quel est votre nom?” y poco más. Quizás porque mis sueños ya venían doblados al castellano.

    Cada noche, y fueron muchas, recorrí las calles de París. Algunas provisto de una gabardina y otras luciendo una camiseta de manga corta a rayas, siguiendo el rastro de una estrella o el fulgor de la luna, hasta que desembocaba en una plaza, una cafetería o en un museo, que tanto abundan por allí. Y siempre me esperaba al final del trayecto el amor. Unas veces, convertida en una mujer rubia, en otras ocasiones eran morenas, pelirrojas, asiáticas o africanas, que no disponían de rostro ni de nombre, pero sí de un atractivo arrebatador, que me abrazaba primero, me besaba y, cogidos de la mano, proyectábamos un futuro común tumbados a la orilla del Sena. Y aún seguiría experimentado placeres indefinidos, de galán de película, de no ser, porque una noche, cerca del Arco del Triunfo, conocí a Valery. Una parisina de ojos azules, mejillas rosadas, pícara sonrisa, labios carnosos que me cautivó como la primavera se enamora de las flores más coloridas que brotan en los jardines de París.

    Desde entonces, dos años ya, de día trabajo en el centro de Valencia y por las noches comparto una buhardilla con ella en pleno Montparnasse, soñando, a menudo, con visitar Venecia, Nueva York, La Habana, Pekín o Macondo antes de que alguna cigüeña nos deje caer un bebé.

  7. SAVIA

    Mira, acércate y cógela sin miedo. Es una Tillandsia verde; una planta que vive a la sombra y se alimenta únicamente de la humedad del ambiente. Antes la comparaba con mi corazón, pero estaba equivocado. Lo que albergaba mi pecho era en realidad una Anastatica Hierochuntica, esa especie resistente a la desecación conocida también como Rosa de Jericó; una planta de apariencia seca y constreñida, casi muerta. Ya no está así. Mi corazón, digo. Ahora ha recobrado toda su frescura y luce hermoso. Y se debe a ti, que lo has nutrido con tu amor desde que llegaste a mi vida.

    *L*

    FELICIDADES, FERNANDO, hermoso!!! 🙂

  8. FUGAZ

    De París recuerdo la lluvia. Sí, claro, también sus monumentos, el glamour de los edificios, la sensación de libertad, los bateaux-mouche sobre el Sena y tantas otras cosas maravillosas. Pero si hay algo que recuerdo bien, es la lluvia. La lluvia de aquella precisa tarde. Y a ti, con quien me tropecé resguardándome de ella bajo la marquesina de un viejo cine, donde proyectaban una película sesentera de Deneuve y Delon. No sabía francés, pero nos acabamos entendiendo a base de ese inglés elemental que está al alcance de cualquier hijo de vecino. Permitiste que te invitase a un café y tras una conversación ligera, insustancial, desapareciste mientras fui a pagarlo. Cuando más llovía. Lo más extraño de todo es que no sufrí ninguna decepción. Porque fuiste para mí como una de esas estrellas fugaces que a veces ves por casualidad y convierte tu noche en una fiesta. Tal vez por eso me apresuré a pedir un deseo. El deseo de volver a verte.

  9. Curiosa la foto. Un rato estuve imaginándome en ella. Abrazando un amor esquivo, una mujer con el pelo húmedo arqueando la espalda, hipócrita timidez del primer beso. El escorzo de mi cuello y el cinturón de mis brazos: -tranquila, lo he hecho más veces. Este agua no encoge- Y su sonrisa que asiente negando. Un sí pero no, un no pero sí. Y no soy ese abrigo lleno de suerte. Tal vez esa torre me defina mejor. Vigía sin voz que asiste al fulgor de los amantes. Oir sus susurros sin entender el idioma, ese lenguaje tan lejano de mi corazón metálico, esas fotos conmigo de fondo… y tan lejos. Tampoco. ¿Los reflejos perennes en el agua? Quizás. Imágenes temblorosas que abdican de la alegría, saben que en un rato desapareceran para reflejarse en otro charco. No. Definitivamente soy el extraño, el que realmente no estuvo allí, ese que salta a destiempo y sin motivo. El grano de arena en el ojo que escruta la belleza. ¿Por qué si no este charco, testigo fiable donde los haya, no delata mi presencia en sí? Desecho el nudo, desaparezco.

  10. Me gusta mucho todo lo que escribes y este pequeño relato sobre París y su fugacidad es realmente precioso, y tiene todo el sabor de un día lluvioso en París…

    • Te agradezco el comentario María Luisa, es una obsesión, entre otras que tengo, las vidas paralelas, simultáneas, imaginarias. ¿Cuántos besos imaginados, proyectados, ensayados a solas? Esas conversaviones entre dos, donde la respuesta la da el que pregunta. Jugar al ajedrez con uno mismo, ¡jaque!, dar la vuelta al tablero y hacer trampas mirando al tendido. ¡Es que doy cuerda solo! Saludos.

      • Pues te das cuerda muy bien 🙂 Yo me he quedado con lo de que el agua no encoge, me parece muy tierno.

  11. EL ENCUENTRO

    Abrazados, bajo un paraguas roto, alguien volando, un suelo de espejo, la Torre Eiffel inclinada…

    Se encontraban en París o era la cuarta pared de un escenario?.No se lo podían creer.

    El mundo daba vueltas con ellos y una melodía les hizo dar un paso de baile cuando se miraron a los ojos preguntándose ¿es real?

    Entonces todo se detuvo. Se paralizaron los labios,los besos, las palabras, los abrazos. No pudieron regresar y estáticos, así eternamente, la imagen se quedó plasmada en su memoria. Porque la memoria y la imaginación se pusieron de acuerdo para que aquello nunca se les acabara, ni se les sustrajera a los que adoran París y piensan que el encuentro existe..

    .

  12. Abrazados, bajo un paraguas roto, alguien volando, un suelo de espejo, la Torre Eiffel inclinada…

    Se encontraban en París o todo ello era la cuarta pared de un escenario?.No se lo podían creer.

    El mundo daba vueltas con ellos y una melodía les hizo dar un paso de baile cuando se miraron a los ojos preguntándose ¿es posible?

    Todo se detuvo de pronto, se paralizaron los labios,los besos, las palabras, los abrazos. No querían regresar y estáticos, así eternamente, la imagen se quedó plasmada en su memoria. Porque la memoria y la imaginación se pusieron de acuerdo para que aquello nunca acabara.para ellos ni para los que adoran París y sueñan con el encuentro.
    ·#viernescreativo @depropio

  13. Inmunes al mal tiempo, durante toda la noche habían recorrido París celebrando el cien aniversario de la Torre Eiffel. El amanecer les encontró en la explanada de las Libertades, empapados y con los paraguas deshechos, pero encantados de haberse conocido. Ya llevaban un buen rato bajo la lluvia y no conseguían despedirse, alejarse el uno del otro; se echaron a reír cuando apareció aquel bailarín, seguramente de camino a la escuela de baile, ensayando un grand jeté.
    La idea fue de ella: había visto la película Antes del amanecer, y como sus protagonistas decidieron reencontrarse en el mismo lugar, a la misma hora, seis meses más tarde.

  14. BORRASCA EN BLANCO Y NEGRO

    La lluvia cae sin tregua desde hace seis días; la ciudad se ha limpiado de mugre y de turistas; y un viento frío del oeste se bate en duelo contra los paraguas de los pocos valientes que se acercan a la orilla del Sena; locos o enamorados — ¿acaso no es lo mismo?—, para bailar entre los charcos, para gritar que siguen vivos. Me encaro la Leika y disparo, disparo, disparo, pero ninguna de mis capturas me devuelve la locura. Ninguna.
    La lluvia cae, sin tregua, desde que te fuiste.
    http://relatsdearena.blogspot.com.es/

  15. De cine

    “Siempre nos quedará París” rebotaba en mi cabeza cual balón de baloncesto. Frase mítica de aquella película que ahora no recuerdo…Mentira, como casi todo en el cine. El tiempo pasaba y no regresabas, el trabajo te absorbía. Sola, la desesperación se hacía cada vez menos soportable. En tu última carta decías que no volverías, que no era por mí, que por fin habías decidió mirar por ti. Por fin, como si nunca hubieras dejado de hacerlo…En tu trabajo me dijeron que habías abandonado Berlín, que habías renunciado y no sabían tu paradero, pero el sello era inconfundible. Estabas en la ciudad de la luz y a mi me dejabas a oscuras. No sé de donde me salieron las ganas, pero compré el billete para el día siguiente. No te lo iba a poner tan fácil. Quería tus “por ques” mirándome a los ojos. Tonta de mí, pensé que así sufrirías solo tú y no ambos. Al final no me hicieron falta, te encontré como el sabueso encuentra el hueso. Tú olor o mi cabezoneria me llevaron hasta ti. Y allí estabas, en brazos de otra. El tiro fue certero, derecho al corazón. Hubiera sido mortal, si en ese momento, no hubiera conocido al que hoy colma mis deseos. Mientras yo contemplaba mi escena, él contemplaba la suya. Al percatarse de mi dolor y rabia, lo único que se le ocurrió para distraerme fue cantar “I singing in the rain” y dejé de verte. Ya no estabas, solo él. Porque en cuestión de segundos, cambia el plan, el pensamiento, el sentimiento y sobre todo: la película.

      • ¡Gracias! No me da tiempo a comentar, pero os leo a todos y es una gozada. ¡Feliz semana, hasta el viernes!

    • Martina, a veces la vida es como una película, pero por suerte o desgracia con una continuación después del fin de la pantalla. Me gustó que asociases tu historia al cine y ese giro de guión en el último momento, por otro lado, tan fácil de producirse en la vida real.

      ¡Buen Viernes Creativo!

  16. Llovía, como lo hace en abril desde hace más de 100 primaveras. Después de perderte de vista un 14 de julio con tanto tumulto, de verte fugazmente una tarde en el viejo taller del señor Wilson con las manos destrozadas y la cara sucia, de tener que dejar de buscarte mientras el gas mostaza amenazaba mi vida en la trinchera del noroeste, tras nuestro largo abrazo ajeno al asalto del palacio de invierno y tu huida de aquel campo de concentración, pensé que no iba a poder volver a encontrarte nunca más. Pero cuál fue mi suerte cuando a media mañana, el mundo celebraba los 25 años de la caída del muro de Berlín, y yo te encontraba saltando charcos con tu hermano en Paris. Creo que hoy no te me escapas, porque voy a parar el tiempo para nosotros

  17. Gira en París

    La gira en París no fue lo que esperábamos. Las intensas lluvias no permitieron que fuera mucho público al teatro.
    Al día siguiente, por la mañana, y antes de dejar la ciudad, no nos quisimos ir desconsolados.
    Así que, arrebatadamente, Jacqueline la cantante y Manuel el actor quisieron probar la sensación del famoso beso francés en París. José el bailarín deseaba un exquisito café parisino así que dio un espléndido salto para evitar un gran charco que le estorbaba –tiene su ventaja estudiar ballet–. Yo simplemente los admiré sentado en la escalinata del teatro, componiendo en mi mente la melodía más acorde a tal espectáculo.

    Gerardo Rodríguez

  18. Recuerdos

    Imágenes invaden mi cabeza. Una pareja se besa en el fondo, junto a la torre Eiffel. Otra figura danza bajo la lluvia, un poco por delante. El encanto de la Belle Époque. Paraguas y un vestir elegante.
    Me pregunto por qué de un tiempo a esta parte tengo todo eso en mi mente. ¿Soy acaso un alma vieja en un cuerpo joven?
    Siento celos del hombre que está en pareja. No envidia, celos. Como si ella me perteneciera. Tal vez, en algún momento pretérito, mi alma poseyó esa dama.
    Es ella, no lo sé, lo intuyo.

  19. Siempre nos faltó París

    En las tardes lluviosas, la abuela y yo viajábamos a París. Debíamos ponernos las mejores galas: nuestros vestidos elegantes de las bodas, ella, los zapatos de tacón, yo, aquellos rancios de charol. Después, abríamos un paraguas y saltábamos, saltábamos y saltábamos alrededor del patio. Ella con saltos menuditos, pero a mí me animaba a dar grandes zancadas: “Cuanto más lejos saltes, antes llegaremos”. Por eso enseguida lo conseguíamos, en menos de dos vueltas aparecía la torre Eiffel entre la bruma, porque la lluvia no cesaba, siempre la lluvia repiqueteaba sobre nuestros paraguas. Como a mí me encantaba mojarme, cerraba el paraguas y la abuela me gritaba sus consejos: “¡No, hija mía, tápate, que la lluvia parisina hace crecer más deprisa!”. Yo le contestaba trotando alrededor de ella con las palmas hacia arriba: “¡Eso es lo que quiero, hacerme mayor!” La abuela movía la cabeza, condescendiente, y al rato venía a cobijarme bajo su paraguas: “Ay, un día desearás que la lluvia no te moje más”. Contemplábamos en los Campos Elíseos a las parejas enredadas en un beso: “Al abuelo y a mí nos gustaba pasear por aquí”; decía, y yo dejaba escapar una risita tontuela: “¡Ah, veníais a la ciudad del amor…!”; luego, en la adolescencia, mi risita se convirtió en un deseo hondo y silencioso, que se me enroscaba alrededor del ombligo. A la hora de la cena, la abuela terminaba el tour con resignación: “Chiquilla, hay que volver, que aquí es muy caro cenar”. Y solo con un salto, cerrando los ojos, regresábamos al patio de casa.
    Cuando empecé a salir con Luis quise llevarle de viaje bajo mi paraguas, pero él se burló de mí. No quiero dudar de que su amor no fuera verdadero, pero a partir de entonces en sus besos eché de menos el sabor de París.

  20. hola el anónimo es mío, no sé que hice
    ¡Feliz centenario de viernes creativos, con fuegos artificiales y besos y abrazos para todos!

  21. El viajero

    Regresaba a casa después de la fiesta. Aquel viaje en el tiempo estaba siendo memorable. Tan memorable que Roger rogaba al Universo entero que tuviera piedad y le permitiera quedarse allí, por siempre jamás. En cada viaje había procurado disfrutar y, dada su inexplicable condición de viajero del tiempo, se había prometido no enamorarse jamás. Sus relaciones hasta entonces habían sido fugaces, como su presencia lo era en cualquier punto del espacio-tiempo al que aterrizara. Joe lo había guiado desde sus decepcionantes inicios, y sus consejos tenían buenos cimientos tratándose de la experiencia de un viajero del tiempo que llevaba años brincando y cruzando dimensiones. Pero el corazón no atiende a razones. Y Roger se sentía loco de contento. No había sentido nunca tanta felicidad correr por sus venas, aunque fuera a la sombra de una inminente separación de distancias insalvables.
    No quería pensar en ello, no. Sólo quería pensar en ella, en su luz, en el destello de sus ojos, en su risa, en la manera que tenía de andar, en su forma de reprocharle cuando él la miraba sin escucharla.
    Regresaba a casa e ignoraba con angustioso dolor si la volvería a ver. Pero sintió un estallido de alegría: nada podrá romper lo que los había unido, ni arrebatar jamás el amor que sentía por Juliette. Nada le podrá robar el ardiente recuerdo del beso de sus labios bajo la luz de la luna tras un susurro al oído ‘Búscame allí donde vayas…’

  22. Llueve en París

    La lluvia en Paris se dice que es suave, apacible e invita al romanticismo. Lo que nadie podía imaginar es que bajo la torre Eiffel todo cambiara y se convirtiera en “pánico bajo la niebla”. El que parecía un hombre y que pasó saltando bajo su paraguas, resultó ser el insecto en que se convirtió Gregorio Samsa, comenzando a picar a todo el mundo.
    A partir de ese instante, se pudo demostrar que al final salió de aquella horrible habitación donde lo encerró Franz Kafka y que por fin y en un lugar distinto, al menos podía vivir aunque fuera chupando la sangre a quién iba cargado de romanticismo y entusiasmo.
    Nani

  23. El otro París
    Al poco de divorciarse de Hortense, Philippe volvió a París. Para esta visita, preparó un preciso itinerario: pasar un día entero en el Louvre, visitar el museo de Orsay, recorrer Notre-Dame desde la cripta a las torres, rendir homenaje a los grandes hombres enterrados en el Panthéon, subir a la colina de Montmartre y visitar la basílica del Sagrado Corazón, andarrotear el cementerio de Père-Lachaise para rendir homenaje a su admirado Balzac. En realidad, era todo lo que Philippe hubiera querido hacer durante su luna de miel. Entonces, con Hortense, recorrió el Sena en barco, callejeó por el Barrio Latino, escaló ese mazacote metálico que alguien había plantado en el centro de la ciudad.
    El segundo día, cuando se dirigía a Notre-Dame, Philippe vio a una pareja besándose bajo la lluvia; el paraguas se les había roto y se estaban empapando. No parecían darle importancia. Philippe no pudo reprimir una sonrisa: eran unos estúpidos. Sin embargo, esa noche, cuando volvió a la habitación del hotel, se sintió muy solo.

  24. Corazón de mármol.
    Ha llovido, hace frío y la gente se arrebuja en sus casas al calor de los aires acondicionados. En la calle solo algún que otro chiflado se atreve a caminar por esos asfaltos que no han podido trasegar tanta agua.
    Pero ¿Qué veo? Claro, solo podían ser enamorados. Míralos ni se dan cuenta de que ya dejó de llover y se les vuelve el paraguas. ¡Deliciosa juventud! ¿Qué será eso del amor? Yo jamás tuve ese sentimiento. A veces he oído conversaciones muy quedas, a mi lado, de parejitas declarando cuánto se quieren… pero no les he comprendido.
    ¿Y ese? Lo que decía antes, un chiflado. Canta, salta y ríe, Está feliz. Otro sentimiento que jamás conocí. Felicidad ¿Qué será eso?
    Llevo tantas lunas al lado del Sena, el río del amor. Tantas declaraciones de amor a mis pies, tantos besos y tantos suspiros inalcanzables para mí, que si no fuera porque me es imposible derramar una lágrima, estaría llorando toda la eternidad. Es algo que consigo cuando empieza a llover y el agua corre por mi cara, entonces doy rienda suelta al único sentimiento que sí he llegado a comprender: la tristeza.

    • Todos hemos tenido ese sentimiento. Lo expresaste de una forma clara, y sencilla que provoca la rápida empatía. También ocupaste todos los elementos de la foto, inclusive uno que rara vez tomamos en cuenta y siempre esta, El asfalto.

  25. La noche ha caído. El sueño la vence. Él ya se ha ido. Y empieza la hora de los sueños.

    Sueña con dormir con él, abrazada a su cálido cuerpo. Deja que la abrace con dulzura y nota sin verla, su sonrisa.

    Día largo para él. Cansado, se recuesta sobre su vientre y se deja querer. Deja que acaricie su espalda mientras cierra los ojos.

    No quiere, pero se va yendo. Se va… El sueño le abraza y le lleva a París con ella. Pasean cogidos de la mano. Se toman un café en una terraza mirando a los enamorados pasar. Se miran a los ojos. Son ellos. Bajan al Sena y se quitan el frío húmedo abrazándose por encima de la ropa de abrigo. Pasean por Montmartre, admirando la obra de los artistas tocados con sus boinas. Pasan por delante de un Kebab y se miran y rompen a reír a carcajadas. Suben a la Tour Eiffel y notan cómo se balancea levemente con el viento y se mecen a su merced. Se miran, se besan, se aman con las manos. No hace falta más.

    Pero sí hace falta. Hace falta. Se comen con la mirada y se necesitan. Se desean. Sus pasos les guían con descuido a esa habitación de hotel con vistas a Notre Dame. Se abrazan en el ascensor porque tienen amor y deseo de sobra. Y él la lleva en volandas a las sábanas blancas y le dice que la quiere y se aman sin prisas, lentamente, disfrutándose, llenando su cuerpo, llegándo a sus almas y con un corto gemido que sale del vientre se funden como si fueran sólo uno… Alarga su mano y la busca. Entrelaza los dedos con los suyos. “Estoy aquí mi vida, duérmete” le dice… “vente a París conmigo…” susurra…

    Quiero verte mañana…

  26. No es viernes, pero tenía ganas de ponerlo, lo escribí el mismo viernes pero las nuevas tecnologías no me han dejado. Ahí lo dejo. Enhorabuena por estos 100 viernes llenos de letras y creatividad.

    Sin destino

    Era una tarde cualquiera de Abril en París, estaba tan feliz con mi nuevo trabajo que me dediqué a saltar bajo la lluvia y a ponerme perdido entre los charcos. Nunca había saltado tanto, ni tan alto, parecía un bailarín entrando en escena en el Teatro de la Ópera.

    Después de dar un par de saltos y varias vueltas me fijé en la pareja que se besaba bajo la lluvia. Me vino a la memoria la primera vez que nos vimos, allí, cerca de los Campos Elíseos. Tú vendías periódicos en un lugar cercano, yo trabajaba en una imprenta en la otra punta de la ciudad. Nos habíamos visto varias veces en aquel café, yo sabía que me mirabas y tú sabías que te miraba. Casi diluviaba y la lluvia te calaba hasta los huesos, aceleré el paso y te cubrí con mi paraguas, me miraste asustado y después sonreíste, con aquella sonrisa maravillosa que llenó mi mundo durante quince años. El viento fuerte dobló el paraguas y nos dejó sin protección a los dos. Aquél día supe que te amaría el resto de mi vida, por encima de ideas, clases, convencionalismossociales. Supe que te amaría saltando todos los rancios cánones sexuales, la moral, el pudor o las buenas costumbres de aquel tiempo.

    Por aquel entonces teníamos apenas veinte años… Dos hombres sin destino, bajo una lluvia que se llevaba todos los miedos y todas las tristezas.

    Me acerqué a ellos para darles mi paraguas y felicitarles con una sonrisa, pero pensé que serían más felices bajo la lluvia, con aquel paraguas roto, como lo fuimos nosotros aquella tarde y muchas otras tardes…

    Carmen Martagón

  27. Repetir París
    Todas las noches contemplo extasiado la rutina de mi mujer al prepararse para ir a dormir. Primero se desprende de la peluca y la deja cuidadosamente peinada en el soporte, me encanta ver su reluciente cabeza. Después coge una minúscula cajita y deposita el ojo izquierdo, a continuación introduce los dedos en la boca y con varios movimientos extrae toda la dentadura superior. Lo siguiente es lo que más me gusta, es el momento en el que suelta las sujeciones de su pierna derecha y la deja a un lado de la cama. Hecho todo esto es cuando me dirige una sonrisa pícara y empieza a desenroscar su brazo siniestro. Ahí es donde intervengo, acunándola entre mis brazos la instalo en la cama en la posición que a ella le gusta. Me demoro al taparla y sueño con regresar a París y repetir el accidente, así estas rutinas nocturnas se alargarían más. No hay nada como la Ciudad de la Luz para recuperar la pasión.

  28. A la Ville de Paris

    Bienvenidos a la primera jornada de competición de los XII Juegos Olímpicos Postmodernos. Una fina niebla cubre Paris, en una mañana menos fría de lo que aparenta.
    Los primeros atletas ya salen a los Campos Elíseos, a realizar ejercicios de calentamiento. En breve dará inicio la prueba de salto de charco con paraguas y gabardina, dónde los británicos esperan seguir manteniendo su ancestral hegemonía. La lluvia de las últimas horas, evidentemente, les favorece.
    Se espera un gran espectáculo.

  29. Buganvillas (o Delicia[s])

    Buenas tardes, delicia,

    Lo sé, no te saco de mi cabeza, y tampoco lo intento. Es un esfuerzo más grande este olvido que ir amontonando souvenirs e imágenes de nuestro París. La Tour Eiffel sempiterna y omnipresente, les Champs-Élysées trazados con tiralíneas infalibles y perfectos, y tú y yo, con el hambre de mil amantes en los labios y los ojos, que no nos dábamos cuenta de nada ni de nadie. Cualquier rincón era bueno para pararte el paso e invadirte. Siempre nos quedará París, decías con un tono fúnebre y melancólico, cuando el dinero y el entusiasmo escaseaban, debido a este par de malditas crisis. La económica y mundial, y la sentimental y particular. Por unos instantes, olvidé el Pont Neuf, los adoquines y el Sena, la Opéra, el Sacré Coeur, incluso los jardines de Versailles. Al verte con las maletas en las manos y los armarios vaciados de tus pertenencias, la demencia se apoderó de mí.

    Han pasado tres meses de esta última escena y sigo pensándote, a pesar de los dolores de cabeza que me ha provocado tu huida. La policía aún encuentra demasiados puntos oscuros en tus razones, tampoco sé con quien habías hablado de nuestras diferencias. Aún así, todavía guardo todo lo que nos ata a la capital francesa. Y te escribo cada semana. Como si estuvieras lejos pero cercana, como si pudieras leerme… En la libreta y con el bolígrafo que me regalaste, donde se perfila la pirámide del Louvre. Y, noche tras noche, riego las buganvillas mientras rezo por tu alma. En aquel rincón de jardín que nadie ha pensado registrar.

    Tuyo siempre, y para siempre

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