Viernes creativo: escribe una historia

Elicia Edijanto es una artista que pinta unas acuarelas bellísimas. Y esta, además, me sugiere una historia. ¿Y a ti?

Glowing Sun ©Elicia Edijanto

 

 

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21 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Elige el final

    Los libros dejaron de escribirse con palabras: contenían sensaciones. Una tarde de lluvia en una ciudad sin tráfico, perderse en un bosque donde te podías cruzar ciervos, ardillas y un lobo en el claro bajo la luna, un cadáver en el salón de casa, o una excursión escolar en la que todos terminaban lanzándose por un acantilado al mar. La gente dejó de leer y empezó a vivir en las historias, aunque, como todo, fue temporal. Bastó que una tarde ociosa, en lo más profundo del mar, al fondo de su aventura, un buceador descubriera un libro escrito.

  2. El viaje

    Los nosos no conocen la muerte. Los nosos nunca fallecen, simplemente se van de viaje. Cuando, como es natural, uno de ellos muere, varios miembros de la tribu recogen su cadáver y lo portan hasta unos acantilados a media jornada a pie. Una vez allí, arrojan el cuerpo al mar y lo despiden saludando con la mano. Si alguna vez alguien pregunta por el fallecido, simplemente dicen «está de viaje».
    Una vez al año, coincidiendo con la marea mayor, los nosos peregrinan a una playa cercana. Durante todo el día celebran, acampados sobre la arena, una fiesta con música y comida para dar la bienvenida a aquellos que estaban de viaje y han decidido regresar con los suyos.
    Ni los más ancianos de la tribu recuerdan que jamás haya regresado nadie, pero a veces, aseguran, les llegan postales.

  3. CAMINO

    La pendiente no era pronunciada. Apenas me di cuenta de que estaba escalando y sin embargo, con cada palabra tuya, con cada gesto, se elevaba aún más mi camino. A ratos por impulso y otras con prudencia deshacía poco a poco la distancia entre tu y yo. No hubo marcha atrás, no podía descender, nunca traicionaría la senda que tenía ante mí ni la que había dejado atrás. Por más espesa que fuese la niebla que tintaba de plata el infinito no me detuve. Y en un último impulso, que me elevó hasta creer que levitaba, cuando el suelo firme dejo de ser mi sustento, me dejé llevar hacia el abismo en el que aún sigo cayendo…

  4. DAS BLAUE LICHT
    Estuvimos todos allí, en Nuremberg, en el ’33, en el Campo Zeppelin, emocionados, en puro éxtasis místico, casi llorando ante la catarsis que allí se produjo aunque ya se la veía venir de lejos. Mi primo, que trabajaba como camarógrafo para Leni Riefehnstal, nos reunió a todos para el viaje de vuelta. Nunca supimos en realidad qué extraña fuerza hipnótica nos imantaba hacia aquello. Era constante, perseverante, pura droga existencial. Sería quizá la gloria prometida, el escuchar, sonreír, asentir y ver luego a tus vecinos haciendo exactamente lo mismo. Por esa razón aparente, ese 7 de mayo de 1945, no dudamos ni un instante, sólo nos hizo falta mirarnos a los ojos y Ludwig, mi primo, comenzó la marcha. Desde el primero hasta el último, todos seguimos su estela. Sabíamos que el salto iba a ser duro, pero cerramos nuestros ojos al unísono y… fue el fin. Ahora estamos aquí, vigilando vuestros sueños, levantando vuestros párpados cada mañana con estudiado sigilo. Seguimos siendo germanos, os seguimos teniendo bajo nuestro control. Nada os debe preocupar. Que nuestra tranquilidad perdida será vuestra paz eterna; y cuando llegue el momento, no lo dudéis ni un mínimo instante, ¡saltad!

  5. PAJARO O PEZ

    Había llegado el día que llevaba tanto tiempo esperando.
    Lo tenía todo estudiado.
    El lugar mil veces visitado, había descartado otros de condiciones parecidas, pero ninguno como aquel que se adecuaba perfectamente a sus características.
    Sabía los pasos a realizar, la distancia correcta y donde y cuando debía tomar el impulso adecuado.
    Lo había realizado tantas veces en sueños que nada podía fallar, estaba seguro.
    Su única duda era que pasaría después del salto, cuánto tiempo volaría, y como sería su entrada al agua. Debía colocar sus brazos, sus piernas, su cuerpo, de la forma correcta.
    Por fin había llegado el día de dejar de soñar, de imaginar.
    Por fin saldría de dudas y descubriría que era él en realidad.
    Era pájaro o pez.

  6. EL RIZO DE LAS PLUMAS

    Aun recuerdo cuando de niño quería volar. Dibujaba unas alas blancas en sus zapatillas y tras una carrerilla saltaba desde el tercer escalón. Cada año volvía decorar sus nuevas deportivas y aumentaba un peldaño. La última vez llegó hasta la cuarta baldosa. Después de aquel logro, lo dejó durante un tiempo. Los libros, los amigos, el cine, la fiesta…eran su prioridad. Obligaciones y ocio que le ataban al suelo y le privaban de su libertad sin casi darse cuenta.
    Hasta que llegó ella con su rojizo cabello y sus infinitas motas de rubor. Entonces volvió a sentir la sensación de querer volar y volar entre los sueños y la realidad. A la semana se tatuó unas hermosas alas en su espalda y comenzó de nuevo a saltar. Del portal al jardín, de sus manos a sus brazos, de un beso a un te quiero. Seis meses pasó intentando llegar de un salto a algo más en su relación. Pero sus pies quedaron enterrados en la negativa y en un adiós.
    Ahora pasados unos años el plumaje de sus alas se ha espesado, ha logrado combinar robustez, ligereza y flexibilidad. Yo no le digo nada, pero se cada noche corre hasta la cima de la montaña, extiende sus rizadas extremidades y se echa a volar.

  7. SECUENCIA DE UN IMPULSO
    La acuarela refleja la secuencia del que quiere volar, y muestra los distintos movimientos que ejecuta.
    Es un lanzamiento calculado que culmina con el impulso último del que anhela ser pájaro y desprenderse de la gravedad.
    El abismo sobre el mar nos hace pensar que, si no lo consigue, el mar le acogerá con su vaivén de olas inmensas. Pero la persona que ejecuta la acción no lo es consciente. Es tal su emoción que se lanza y abre sus brazos a modo de alas.
    Sol radiante es el nombre de la imagen. Se adivina la intención de la autora parece que aún en blanco y negro el salto está iluminado por la emoción del que lo siente.
    Sol, mar y aire en conjunción para conseguirlo.

  8. El ritual

    SÓLO OCURRIÓ UNA VEZ. EL MAR SE ENVALENTONÓ CON SUS OLAS GIGANTES, el cielo se oscureció, empezaron a llover piedras enormes, los vientos huracanados a llevarse inocentes al más allá y las campanas de nuestra iglesia a tocar a muerto, como si dispusieran de vida propia. El miedo se apoderó del pueblo y todos corrimos a refugiarnos bajo techo, vaciando las calles y llenando las iglesias, los sótanos y las tabernas. Como niños, llorábamos en silencio por no enloquecer, pegados a las ventanas, tratando de hacer oídos sordos a los bramidos cada vez más violentos que provenían del acantilado. Cuando de repente, el pedrisco remitió, los vientos se transformaron en brisa marinera y empezamos a escuchar lamentos en procesión que venían siguiendo la estela de Graciela, la hija de Don Luis, el doctor. Y como si ella fuese una Virgen y nosotros sus devotos, todos los paisanos nos lanzamos también a seguirla junto a su desdichada familia. Sus pasos se detuvieron en el acantilado y las campanas dejaron de tocar y el mar se calmó. Se hizo el silencio más absoluto. Graciela se giró hacia nosotros. Agradeció nuestra compañía y anunció que había llegado la hora, que lo hacía por nosotros. Sin tiempo de reacción, retrocedió tres pasos para agarrar carrerilla y se arrojó al vacío. Dicen algunos, que antes de volar su cuerpo se dividió en tres, cuatro, cinco, pero lo único cierto es que al final solo enterramos un cadáver, el más bello de todo el pueblo. Desde entonces, cada año le entregamos al mar, a modo de ofrenda, una mujer bellísima para contentarlo. ¿Comprendes ahora porque te hemos invitado a nuestra fiesta, Scarlett?

  9. Saltando lastres

    Uno a uno todos mis temores fueron saltando y lanzándose al vacío. El primero que lo hizo fue el propio miedo a las alturas. Fue extraño como corrió hacia su destino final sin mirar atrás ni retroceder. El siguiente en saltar, el miedo al fracaso, incluso parecía que planeaba por el aire mientras caía libremente. El miedo al ridículo se permitió hacer un salto carpado que me dejó con la boca abierta. El resto de miedos, exhortados por sus predecesores, hacía toda clase de saltos inimaginables: doble mortal atrás, doble tirabuzón, triple mortal y medio inverso carpado…
    Poco a poco fui desenredándome de todo lo que me ataba. Verlos caer uno a uno desde allí arriba me produjo tal estado de nirvana que me dejé caer con ellos. Por primera vez me sentí libre y viva.

  10. Hatuey
    Cuando los conquistadores castellanos llegaron a Cuba, los apacibles taínos descubrieron que no sabían guerrear. Tuvieron que pedirle a un cacique de la isla de Quisqueya que viniera a acaudillarles. Hatuey tardó poco en comprender que nunca convertiría a los taínos en guerreros. No por eso pensó que sería imposible derrotar a los castellanos.
    –Reunid todo el oro que tengáis y arrojadlo a los ríos –dijo Hatuey–. Los castellanos sienten adoración por esas piedras amarillas. Se marcharán cuando descubran que en Cuba no hay.
    Los taínos hicieron caso de Hatuey. Fueron por las aldeas, reuniendo todo el oro que había. Luego, lo arrojaron a los ríos. Sin embargo, los castellanos no abandonaron Cuba.
    Desconcertado, Hatuey espió durante unas semanas a los extranjeros.
    –Los castellanos sólo quieren acostarse con vuestras mujeres e hijas. Matadlas y se irán.
    Los taínos, con gran dolor, mataron a esposas, madres, hijas y nietas. Sin embargo, los castellanos no abandonaron la isla.
    Muchos taínos comenzaron a criticar las tácticas de Hatuey. El cacique quisqueyano, empero, estaba convencido de que lograría derrotar a los extranjeros. Se dejó coger prisionero y vivió entre los castellanos más de un año. Así pudo conocerlos mejor. Por fin, al cabo de un año, Hatuey escapó y reunió a los taínos.
    –Los castellanos sólo quieren que seáis sus esclavos –les dijo–. Arrojaos por los acantilados. Ya veréis como entonces se van.
    Los taínos comenzaron a lanzarse por los acantilados de la isla. El cacique Hatuey, de Quisqueya, fue el último en arrojarse por el risco de Baracoa. Antes de hacerlo se detuvo durante un instante para paladear su próxima victoria.

  11. YO SOLO QUERÍA SUICIDARME: Tras 7 horas escalando la montaña por la cara norte (sé que era la cara norte porque me lo dijeron unos serpas que había abajo: yo nunca he entendido de brújulas) me encontré con aquel desolador panorama ¡¡Había que pedir la vez para saltar!! La cola para llegar al borde del precipicio medía casi 5 kilómetros.
    —¿Lleva usted mucho aquí esperando? —, le pregunté al último de la fila, un individuo pelirrojo y malencarado que tenía delante.
    —¡¡Skorniskov!! —, me respondió en un idioma extranjero cuya procedencia, francamente, ahora mismo sería incapaz de localizar mínimamente en el mapa.
    Otro tipo disfrazado de ñú me ofreció su puesto en la cola, situado a tan solo 600 metros del abismo, por la módica cantidad de mil dragmas. La oferta era sin duda tentadora, pero terminé rechazándola porque, sinceramente, me pareció poco ético pagar por tener una posición privilegiada para el suicidio. Desistí de mis intenciones y comencé un pacífico descenso por la cara sur de la montaña (Sé que era la cara sur porque era exactamente la opuesta al lugar por el que había ascendido: yo de brújulas, insisto, nunca he entendido demasiado)

  12. Starcity

    Lloraba. Lloraba de emoción al comprobar que el viaje era real. Días de promesas, caminos escarpados y desconfianza. Todos seguían al extraño gurú que les prometía un día entero junto a sus bebés estrella. ¿Cómo negarse? ¿Y sí era real? Merecía la pena correr el riesgo. El agotamiento físico no importaba. La esperanza y el miedo dominaban la expedición. Nadie decía nada, no hacía falta. Los ojos eran ventanas al alma. Tanto dolor… Al llegar al destino, sólo lágrimas, el grupo anterior iniciaba el viaje. Los emocionados papás ascendían al cielo para cumplir su sueño. Todos corrieron, reían llorando o lloraban de risa. Un día entero contigo, pensaba mientras corría. La ciudad de las estrellas, allí estarás y allí me quedaré. Se decía para sus adentros, nadie lo sabía, pero estaba decidido, nunca volvería…

  13. Fallo mental

    Lo sé, no penséis que me volví loca, a los humanos la evolución no les regaló unas alas como a las gaviotas, pero tenemos algo que aún a ellas no se les ha reconocido: Imaginación y fe. Mi perro que tampoco fue agraciado con ellas lo tiene muy claro, los perros no vuelan, si acaso saltan y no muy alto para no dañarse las patas. Me mira con ojitos lastimeros al verme enfilar junto a los demás el camino del acantilado. Él no puede saber que la fe mueve montañas, ni que cuando visualizas algo con convicción, se hace realidad. Por eso, cuando me ve saltar, resuena con ecos infinitos su doloroso gañido, por eso inicia un recorrido kilométrico para intentar alanzar mi cuerpo. Mi salto es espectacular, digno del mejor trapecista, la caída vertiginosa, tanto que no me da tiempo a imaginar el aterrizaje y ese error fatal, concluye con mis huesos desparramados por doquier.

  14. Había anuncios por todos los rincones del pueblo. Aseguraban que en aquel acantilado se hallaba el tesoro de la felicidad eterna. Sólo había una condición: saltar sin mirar abajo.

    El interés se desbordó en cuestión de días. Muchos, timoratos, se preguntaban qué habría allí abajo que no pudiera ser visto. Se oían rumores de todo tipo. Unos pocos proclamaban un complot de la élite mundial para atentar contra la vida humana. Una pequeña parte hizo oídos sordos y siguió a lo suyo. Muchos se apuntaron a la campaña de la felicidad eterna. Al fin y al cabo, si lo decía la televisión, habría de ser verdad.

    Sólo los candidatos podían acercarse al acantilado. El personal de seguridad de la campaña mantenía alejados a curiosos e intrusos; únicamente los saltadores y su dinero eran bienvenidos. Desde la playa se veían siluetas saltando hacia la felicidad eterna, de uno en uno, sin mirar abajo. Al cabo, desaparecían. Se especulaba con lo que podría pasar después. Algunos decían que morían allí, pero no había rastro de los cuerpos, otros juraban que los enviaban a un paraíso terrenal. Lo cierto es que nadie volvía.

    Para saberlo, tenías que saltar.

  15. Despertar

    Hoy me desperté, salí de la casa de campo, la niebla es espesa, mi perro Roco me sigue… ¡No tengo ningún perro! Entonces estoy dormido.

    Hoy me desperté, y salí de la casa en la montaña, la niebla es espesa, ahí hay un risco donde contemplo la inmensidad del mar… ¡No tengo ninguna casa en la montaña! Entonces sigo dormido.

    Hoy me desperté y me encuentro caminando rumbo al peñasco, la niebla es espesa, las gaviotas comen en la cima y me invitan a volar… Pero ¿cómo llegue al peñasco? Seguramente seguiré soñando.

    Hoy me desperté, me encuentro caminando hacia el acantilado junto al mar, la niebla es espesa, me siento ligero como ave y desde ahí podría volar… ¡Sé que que puedo volar! Pero ahora sí todo parece real. Sólo lo sabré corriendo y saltando.
    O vuelo o muero.

  16. Desencarnar

    El gurú experto en vidas extraterrestres les había dicho que cuando pasara cierto cometa toda alma desencarnada viajaría a otro mundo. Muchas personas, carentes de vidas interesantes, lo siguieron; guardaron su palabra como antaño se hacía con la de los profetas.
    El cometa pasó, y los acólitos del gurú saltaron desde un acantilado con la esperanza de que sus almas emprendieran el viaje prometido.
    Nadie duda que volaron de aquí; nadie sabe hacia dónde.

  17. Trayectoria (o Cuerpo de adolescencia)

    Al cumplir los treinta y cinco, nos dimos cuenta, él el primero y el más perplejo, que los años no sólo transcurrían, sino que se sumaban a ese cuerpo adulto envolviendo un cerebro negado a crecer. Entonces, ya no dudábamos en llamar por su nombre aquel talante irresponsable y narcisista, rebelde y colérico. Él, por su parte, continuaba vistiendo ropa de adolescente, con las zapatillas deportivas de colores llamativos y eléctricos o las mallas de elastano, mientras se teñía las canas, que delataban el paso del tiempo para él.

    Sufríamos en silencio durante cada nuevo encuentro, porque aquella obsesión enfermiza de no querer reconocer que la juventud se marchaba de sus miembros nos parecía tan antinatural como dolorosa. Y lo engatusábamos con halagos y piropos para que no se diera cuenta de la nueva arruga en el rostro o las bolsas azuladas que se le perfilaban bajo los ojos. Hasta que nos propuso viajar a Dover en unas vacaciones conjuntas; así nos juntábamos todos los antiguos alumnos de la Universidad y repetíamos el viaje de fin de carrera de trece años atrás, y rendíamos homenaje al grupo musical que nos acompañaba en las largas horas de estudio y de preparación de las tesis correspondientes.

    Contemplábamos la espectacularidad de los acantilados y la extensión ingente de mar, en pleno Canal de la Mancha, y nadie prestó atención de sus movimientos. Subrepticiamente, se había ido acercando al borde del precipicio y, cuando le separaban de ella una decena escasa de metros, empezó a correr como un poseso y abrió los brazos. La trayectoria descendente nos cogió desprevenidos a todos, también a él mismo, por la mueca de asombro que se le dibujó en la cara. Aquel día aciago vestía completamente de verde, a excepción de las botas de color marrón. Tal como Peter Pan, o como aquel síndrome que se le había apoderado por completo.

    d.

  18. Pintando la libertad
    Cuando pasaron a recoger la habitación encontraron en uno de los armarios un montón de cuadernos de dibujo. Hojearon y en todas las hojas se repetía la misma imagen.
    “Un alto acantilado y un sinfín de personajes intentando, tras la carrera y una vez que sus pies dejaran de tocar tierra, salir volando”
    Ella siempre estuvo ahí, encerrada. Al principio decían que era por miedo. Una fobia que le venía de chica cuando su padre, hombre cruel y posesivo, la tuvo encerrada en el sótano durante meses como castigo a… cualquier chiquillería.
    Fue después de su boda, cuando todo se acrecentó. Tras la luna de miel, se volvió huraña y dejó de hablar con amigas, nunca salía a la compra y tampoco la vieron ni una sola vez salir a pasear con su marido. Él alternaba con los amigos, disfrutaba y se le veía feliz.
    Así pasaron los años. No tuvo hijos, se dedicó a estar en casa y a no dejarse ver bajo ningún concepto. Nadie la visitaba, ni la echaban de menos en fiestas o en tertulias. Pero siempre fue el tema de conversación en todas ellas.
    Una noche quiso hacer realidad lo plasmado en sus dibujos. Llegó hasta las rocas más altas, para dejarse caer. Sintió una sensación desconocida hasta ahora. Suspiró hondo y alzó sus brazos. Tocó la luna, las estrellas, se impregnó de su brillo y se sintió una de ellas.
    Su corazón explotó henchido de felicidad y el sabor salado del agua del mar, fue el icor, la ambrosía, el néctar de los dioses. Salió de su mutismo y gritó, gritó tan fuerte, tan feliz que llegaron del confín del universo todos esos personajes que había ido pintando en sus dibujos.
    Como en una procesión la levantaron y acompañados por el vaivén de las olas, se adentraron con ella en el mar.

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