Viernes creativo: escribe una historia

Hoy nos ponemos más literarios que de costumbre con una ilustración de Rob Gonsalves. Libros que son ventanas abiertas que son paisajes que son lo que tú quieras escribir. ¡Anímate!

The space between words ©Rob Gonsalves

 

 

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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73 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. El poder de los libros

    ¿Fuiste real? Aún hoy, años después de aquel día, no soy capaz de afirmar con seguridad que tus caricias se produjeron en nuestra supuesta dimensión real. Te inventé, te escribí, te moldee a mi gusto o te extraje de las finas y delicadas curvas que formaban las letras, de aquellas palabras, de aquel autor, de aquel libro que me llevó a amarte…No importa, en mi corazón existes, ¿hay algo más real que eso?

  2. Liberado

    De pronto, al llegar a la línea 47 de la página 23 salió un lector atrapado. No era de extrañar, era un párrafo sublime. De hecho, yo había llegado allí de carrerilla, fue abrir el libro y no poder parar de leer hasta esa línea, y si no fuera por el salto que tuvo que dar para salir, que se hizo corriente en aquella sala en la que hasta hacía un momento creía que no había ventanas, me lo termino allí mismo, de pie en la biblioteca. Quise preguntarle qué había sentido, qué palabras le habían enganchado, qué perífrasis, qué metáforas, pero no me dio tiempo. El lector ya estaba con otro libro entre las manos y empezaba a llenarse de letras, a desdibujarse, a desaparecer.

  3. NOTAS DE SILENCIO

    La luz entraba a raudales por los ventanales de la biblioteca. Lo mismo que la brisa marina y el silencio.

    Elizabeth le escribía notas en los margenes de los libros. Con una cuidada caligrafía trazaba sus pensamientos y de manera detallada le dibujaba sus sentimientos en forma de corazón. Él elegía al azar uno de ellos, a veces se guiaba por su aroma, otras por su tacto aterciopelado y las más de las veces por aquel que ella, con disimulo, apoyaba en el extremo de la mesa.
    Después se asomaba al tragaluz y las páginas del libro. Leía pausado cada una de los verbos y los versos, reposando su mirada en los apuntes, notando a su vez como se le aceleraban los latidos y como se agolpaban las palabras en su boca, sabiendo que nunca podría pronunciarlas.

    Se volvió a ella, la abrazó y comenzó a besar sus oídos y su boca, su vacío de sonido y sus enmudecidos labios. Desearía que por un momento le dijera todo lo que sentía a través de su habla, todo lo que sus letras expresaban. Volvió a besarla y sintió como un susurro quedaba suspendido en la nada.

  4. “Farsa”

    La señorita del vestido azul marino se llama Madelain (Y si no se llama Madelain, debería llamarse así) El señor que lee apoyado en el lateral de uno de los arcos se llama —o debería llamarse— Pierre. Madelain parece que está apuntando algo en el libro, lo que nos indica que, o bien sabe escribir, o bien sabe dibujar o ambas cosas a la vez. Pierre, al contrario, se limita a poner la vista sobre el libro, indicio claro —aunque no determinante— de que sabe leer. Así pues, podríamos deducir que una es más dada a la pintura y el otro más propenso a la lectura. Así vistos, hacen una buena pareja. Lo que yo no entiendo es qué hacen así, tan distantes.
    Si ahora nos fijamos más allá de los arcos, veremos que hay un mar, un sol reluciente y arena fina. ¿Qué hace Pierre que no deja el libro, toma a Madelain de la mano y se van juntos a la playa? Tengo para mí que no se aman. Y si ahora observamos a Madelain, veremos que pinta sin mirar lo que pinta, o sea, como una mera excusa. Luego nos fijamos en Pierre: lleva más de media hora sin pasar de página, es decir, fingiendo que lee. Lo que habría que preguntarse ahora es cómo han llegado hasta allí dos personas que tienen tan poco que ver. Si esperamos un rato, no te extrañe que uno de los dos saque el teléfono móvil del bolsillo y finja que habla mientras desaparece por la derecha de la fotografía.

  5. COMUNICACIÓN ESCRITA

    Habían perdido la capacidad de hablarse entre ellos.
    Solo lo hacían por medio de los libros.
    Cada tarde quedaban allí, en aquella sala, destinada para la lectura hasta el más mínimo detalle.
    Pero cuando ambos entraban allí, no se hablaban, ni casi se miraban, se centraban en el libro que cada uno de ellos le había recomendado al otro leer.
    Así sabían lo que pensaba el uno del otro.
    Esa tarde habían coincidido en la autora, la escritora de novela romántica Megan Maxwell.
    Ella leía “Te esperare toda mi vida”.
    Él leía “Ni lo sueñes”.

  6. LA CÚPULA DEL CONOCIMIENTO

    Están separados pero juntos, unidos por su afán de lectura. Se aman y quieren crecer y darse más, compartir opiniones, discrepar, amarse, permanecer juntos o romper su amor. Acercarse a la sabiduría aunque no sea fácil. La vida, en su caos, todo lo cambia.
    En ese lugar imaginario podemos situar miles de historias de personajes como ellos, historias en las que se pueden sentir identificados; pensamiento de distintas doctrinas filosóficas que, al leerlas, cada uno selecciona sin intención; acontecimientos históricos relatados bajo distintos puntos de vista, debates y comentarios, o incluso cartas, que en su día fueron el desahogo del que escribió y hoy emocionan.
    Autores que se ganaron estar con todos para siempre al tratar los temas eternos del ser humano.
    Los contemporáneos que hacen soñar con paisajes de ciencia ficción o con paisajes del momento, o con paisajes que despiertan emociones a través de su poesía. Algunos son poetas muertos pero vivos en su sentir.
    Los ventanales abiertos les harán crecer y les llenarán de fuerza en forma de alas para alcanzar la libertad, la libertad del pensamiento forjado en la lectura.
    No hay tiempo suficiente para leer todo pero sí para leer más porque su práctica hace al lector insaciable y cuando el libro cautiva no quiere que acabe. Buscan libros cautivadores, como el amor que sienten. Desean sentirse cautivados y que su amor no acabe.
    .

  7. La vida

    Buscando la Tregua de Benedetti en una librería del centro, Olga se ha topado con un ejemplar de tapas blancas inmaculadas que ha despertado su curiosidad. Al abrirlo, la curiosidad ha degenerado en extrañeza al comprobar que el libro no contenía ni una sola hoja impresa, todas sus páginas se declaraban vírgenes de letras, desde el principio al final. Segura de que estaba siendo objeto de una broma, Olga ha tratado de localizar al ejecutor de la chanza o una pista que le explicase el insólito hallazgo, pero nada ha encontrado. Y solo cuando se disponía a cerrarlo, las letras han aparecido en las hojas en blanco como bailarinas al subirse el telón. Entonces, en la primera página, el libro se ha presentado como está escrito: Mi vida. Bonito título ha pensado Olga, sin prever el golpe que iba a sufrir en el corazón al iniciar la lectura y percatarse de que albergaba el recorrido que había tenido ese día. Desde que se levantó, habló con su canario, hasta el rapapolvo sufrido en el trabajo, la llamada de su madre y, por supuesto, la entrada en la librería y el asombroso episodio que estaba protagonizando. Desde entonces, el libro se escribe a medida que Olga lo va leyendo y todo sucede alrededor suyo. La librera le ofrece a un joven El último libro de Sergi Pàmies. El muchacho paga el ejemplar y se marcha sin él, desoyendo los reclamos de la librera. «¡Qué raro! La octava vez que me sucede con este chico», dice. Olga sonríe por la ingenuidad de ambos personajes y continúa leyendo. Un ejecutivo de buen porte agarra un ejemplar de las estanterías del fondo y curioso se dispone a inspeccionarlo. A pesar de su sorprendente contenido, se enfrasca en la lectura del libro de forma apasionada. En un momento dado, levanta la mirada y se queda hipnotizado por la belleza de la mujer de traje floreado que lee al otro extremo del local. Es ella y es él. Se miran, sus ojos parecen reconocerse. Y ruborizada, Olga baja la mirada al libro. Las letras no mienten y plasman lo que sucede: el ejecutivo se siente atraído por ella y Olga por él. Entonces, duda en si seguir leyendo, dejarse seducir o salir corriendo. «Me llamo Toni Aparicio y, por favor, no huyas. Soy un buen tipo».

  8. ERROR DE LECTURA
    Buscaban un argumento para su historia sin darse cuenta de que el destino ya estaba escrito en las nubes.

  9. Personaje lúcido

    Encontré a Pedro a punto de quemarse. Estaba sentado bajo un sol sofocante sin apreciar lo que había a su alrededor, ensimismado en su libro no era consciente del riesgo de insolación. Lo tomé de la mano y me lo llevé a la biblioteca, él ni se enteró del cambio de lugar, seguía enfrascado y yo le miraba con inquietud, no sabría explicarles el motivo, aunque cuanto más le observaba más me percataba de que algo no iba bien.
    La brisa que había irrumpido con nosotros en la sala olía a sal. Se preguntarán el porqué de mi sorpresa, nada raro si nuestra ciudad fuera costera, pero aquí en la capital nunca olimos un aire así.
    Mirándolo a él pude ver el mar junto a la ventana, ahora estoy convencida de que no se habría quemado, es más, creo que no había sol, ni tampoco era de día, y esta historia que les estoy contando no es real, ni yo soy tal, solo una parte del libro que alguien escribió y que un hombre con gran imaginación está disfrutando.

    • Yashira, leyendo tu microrrelato, nos has convertido también en personajes que disfrutan de tus letras y que también quedamos a la espera de que ese escritor y ese lector nos imaginen. ¡El poder que tienen los libros, eh!

      ¡Buen Viernes Creativo!

  10. La gran biblioteca

    La gran biblioteca tenía un salón oval desde donde se podían contemplar los cuatro puntos cardinales. Allí dentro estaba albergada toda la sabiduría que explicaba el mundo exterior.
    Había quienes buscaban a Dios en cada letra de esos escritos y en cada nube que pasaba ante los ventanales del salón.
    Ese día, tanto el hombre como la mujer, presentes en el lugar, se asomaban a esa inmensidad del misterio. Él le daba la espalda, como el sol se opone a la luna, pero la tenía en su pensamiento y le nació una inquietud.
    Esa inquietud era tan poco asequible como Dios. Leer El Banquete de Platón proporcionaba un indicio.

  11. La sala de los libros abiertps

    Cada día, cuando entraba en” la sala de los libros abiertos”encontraba una historia contándose.

  12. AMANITA
    Sin duda, se trataba de un caso de intoxicación. Los síntomas eran claros: relajación del cuerpo y plena lucidez de la mente. Solo las gotas de un rocío pegajoso que por las mañanas descubrían en sus dedos, causaban un cierto desconcierto.

  13. Al mar

    Temprano pasas a mi estudio, me insinuas algo con la mirada, vas a decir algo pero no te dejo hablar, quiero presumir un poema que había escrito. Es un poema muy dulce donde evoco la belleza de la naturaleza, también añado seres divinos y alados.
    Noto tu sonrisa, luego, tomas un libro y leyéndolo vas al mar.
    A medio día pasas frente a mi estudio, te llamo, quiero leerte otro poema que había escrito. En el hablo con todo el erotismo, posee frases sugestivas y algunas vulgares. Intento provocar el deseo en ti, pero me importa más la aprobación de mi texto.
    Me besas, cambias de libro y leyéndolo vas al mar.
    En la tarde te cito en mi estudio, creo que he encontrado las frases exactas, el verbo preciso, ya ordené perfectamente cada elemento de la composición literaria, mi estilo es impecable. Espero impactarte con mis escritos. Llegas y te leo una y otra vez infinidad de estrofas. Tu expresión es de eres muy talentosa, asientas con la cabeza que te gustó, pero tomas otro libro y leyéndolo te vas al mar.
    Poco antes del anochecer te vuelvo a hablar, entras al estudio, y digo soy un libro en blanco, luego me callo. Dejas caer tu libro de la mano, me tomas entre tus brazos y escribimos con nuestros cuerpos una poesía frente al mar.

  14. Imposible dar crédito a lo que leía. Levantó la mirada y lo vió.
    Él no podía regalarle tiempo para conocerse, así que huyó por la ventana de inmediato, como un ave de plumas grises y rojas.
    El implacable Cronos sentenció que ya era la hora.
    Hasta ese momento fue un humano, que la había esperado, escondido entre letras. No valió el motivo de la demora: ella había estado ciega, y recién al posar sus ojos en ese texto, donde el autor lo describía en toda su humanidad, recobró la visión.
    Era tarde para los dos.

  15. me gustó mucho el ambiente que encontré y me sentí tentada a escribir. Los felicito a todos por las participaciones que son estímulo para la lectura e inspiración para dibujar letras.

    saludos y me gustaría seguir visitandolos, gracias

  16. BORRADOR 13

    Alto, metrosexual -TACHÓN- buen porte, inteligente -BORRÓN- cultivado, locuaz, simpático, cariñoso -EN MARGEN DERECHO, BIEN REMARCADO-, que adore leer, el arte, la playa, pasear, la música… Y los gatos -DEBAJO, ENTRE EXCLAMACIONES-. Que baje la tapa del wáter y no deje restos de orín por ningún lado del baño -SUBRAYADO DOBLE-. Generoso, que le gusten los besos, que no se enfade mucho, chistoso -GARABATO- divertido…

    Espero que éste me haga feliz. En la estantería aún queda espacio para otro fracaso más en forma de versos. Pero tendría que cambiar de casa. En el jardín ya no hay sitio para más nichos.

    *L*

  17. FIRMADO: TU MUSA
    Lees y relees los apuntes que guardas en tu carpeta, intentas darle forma, hacer que sean coherentes y reveladores. Te faltan enlaces, algo que coordine las historias que vas escribiendo, algo que haga de nexo en ellas. Y yo estoy aquí para proporcionarte cada uno de ellos. Pero tú me das la espalda, te piensas que por ti solo vas a conseguir lo que buscas. Eres un iluso. Jamás podrás salir de ese punto donde te encuentras ahora.
    Date la vuelta. Observa, mira a tu alrededor. Mira los libros que están abiertos; las páginas llenas de historias, unas verídicas, otras imaginadas; libros llenos de cuentos, poesías, recuerdos, sueños, fantasías, anhelos, amor… libros de autores que, en un momento de su vida, me hicieron un hueco, dejaron que les acompañara.
    Y tú sigues dándome la espalda, encerrado en tu mundo, sin hallar la clave, sin poder continuar tu historia, sin encontrar una salida que ponga fin a tantas líneas.
    Pienso que es inútil insistir, cuando alguien no quiere oír, de nada sirve gritar. Voy a dar media vuelta y voy a acercarme a esa chica o a aquel muchacho que empieza a teclear las primeras letras de un relato que aún no sabe que será el comienzo de muchos más.

  18. El Grupo
    Hoy miércoles, el coordinador del Grupo sólo me ha telefoneado una vez. Ayer lo hizo tres veces y el lunes, cinco. Pronto, espero, el coordinador se olvidará de mí. Mientras, yo trato de olvidar a Gabriela.
    Todavía conservo la ilegible novela de Dimitar Stoyanov. Aburrida. Insoportable. Merece el destino que la Biblioteca le tiene preparada. No he podido pasar de las tres primeras páginas. Cada línea es un suplicio.
    Admito que nunca debí entrar en el Grupo. Asistí a la primera reunión más por curiosidad que por otra cosa. Allí encontré a Gabriela. Ella fue la culpable de que me apuntara. Cuando me dijo, con voz acongojada, que la Biblioteca había comenzado a destruir los libros que ningún lector había sacado durante los dos últimos años, estuvo a punto de convencerme. Me convenció. Pensé que era injusto: cientos de libros y decenas de autores no podían acabar en la trituradora de papel. Merecían la oportunidad de seguir en los anaqueles, a disposición de los lectores.
    Gabriela era voluntaria para leer obras de autores rumanos. Yo le dije que me gustaba mucho la literatura búlgara. Supuse que así estaríamos más cerca.
    Estos dos últimos meses, he leído novelas, relatos, poemas de Svetoslav Minkov, de Nikola Delčev, de Yordan Yovkov, de Luben Dilov, de Atanas Dalčev. Dos largos meses. Cada jueves por la tarde, cuando se reunía el Grupo, tenía preparado un cuidadoso resumen de los libros leídos durante la semana. Lo aguantaba todo por escucharla a ella, por estar junto a ella. Hasta que llegué a la novela del maldito Dimitar Stoyanov. Simplemente, no pude más. Me di por vencido.
    El viernes siguiente, el coordinador del Grupo (pero no, ay, Gabriela) me llamó. No fui capaz de confesarle la verdad. Le dije que estaba enfermo. Tampoco acudí a la reunión del siguiente miércoles. Aquí sigo, encerrado en casa, pensando en ella.

  19. Idólatra (o Tenue lámpara)

    ¿Sabes? Hoy he vuelto a soñar que te esperaba, que releía los volúmenes de poemas de aprendizaje que habías encuadernado con cubiertas de color granate, símil piel. Está la fuerza de la rebeldía adolescente en aquellos poemas, y te identifico. Te he esperado con la túnica azul marino, la que tenía que vestir para ubicar mejor los hexámetros que te empeñabas escribir en pleno siglo XX. Pero cualquiera te decía que los tiempos habían cambiado…

    ¿Sabes? Hoy he encendido nuevamente la lámpara tenue en lo alto de la torre, construida con pericia medieval y rocas ancestrales, al igual que la Biblioteca que ampara aquellos libros más mutables. Los que leías en el hermetismo más extremo, en el silencio más sepulcral posible. Como si la quiromancia y la literatura se hubieran hermanado, arracimado con tu alma débilmente resistente. Y, a pesar de saber tu ausencia, los pasos resonaban en sus páginas.

    ¿Sabes? Hoy he contado uno a uno los ejemplares obtenidos en la búsqueda enfermiza del Libro Único, el más perfecto que se haya podido idear e imprimir, esta pesquisa que te lastraba la existencia mientras los estantes se convertían en muros, los libros se metamorfoseaban en escalones para acercarte al vértigo del abismo, el mismo precipicio que supo embrujarte y engullirte, mientras yo me contento en haberme convertido en idólatra tuya, hermano, amigo, Poeta, en espectro.

    d.

  20. Bajo cada arco, un libro abre una ventana a ningún sitio y al mismo tiempo a todos. Tinieblas, aventuras, amor, piratas, poesía, ciencia ficción, sexo, historia, princesas y malvados. Las letras se ordenan a su aire para componer un mundo irreal que te atrapa y se hace real, vivencia.
    Real como este mar que me llama tras la ventana y me engulle fruto del naufragio de la fragata en que viajo, y ansío que las olas me acerquen a una isla desierta donde sobrevivir en compañía de un sorprendente “Viernes” mientras espero que me vengan a buscar; espera inútil pues no era una fragata sino el “Pequod” y ahora floto entre tiburones abrazado a un ataúd.
    ¡Socorro!
    Por suerte puedo cerrar el libro y recuperar mi otro yo, el de cada día: la ola suave y el mar en calma bajo un solo amigo. O no, quizá sea mejor abrir otro libro y dejarme llevar -este vez- hacia el mar de Ulises, en busca de Ítaca.

    (en mi blog Univers madur)

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