Viernes creativo: escribe una historia

Se acaba junio. Por delante, tenemos dos meses de verano en los que no habrá viernes creativo, pero no dejéis de escribir. Por el momento, podéis ayudar a esta niña a planificar sus vacaciones.

¡Felices vacaciones!

 

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34 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Tim burton, Tim Burton.
    A ti me gustaría verte aquí.
    Mucho recrear ambientes góticos, muchos sufrimientos de vivos y no vivos pero ya lo creo que me gustaría verte aquí: Mamá discute con su novio; papá dice que, de mí, no se hace cargo estas vacaciones; que ya le tocó en diciembre y en abril. La abuela, que pasa; que ya crió a los suyos y, para cómo lo hizo… Y el abuelo, desde que descubrió la política activa, no quiere saber nada de negociaciones banales.
    Así que, Tim Burton, me han dejado plantada, con mi traje de horrendos gatos negros, para que haga la típica payasada de niña triste y solitaria que tanto te gusta retratar. ¿Sabes lo que te digo, Tim Burton? Que te vayas a la mierda. Que estoy hasta el tope de mis nueve años de esta vida en la que sólo sirvo de moneda de cambio, en la que nadie se preocupa de mí. Que sólo quiero ser una niña normal. Que por estar aburrida de todos, no me voy a hacer pastelera asesina, pianista adicta a las melodías de Bach o vendedora de Avon. No, Tim Burton. No.
    Lo único que voy a hacer es buscarme una amiga para este verano, a ser posible del barrio, y nos vamos a dedicar a jugar y a ser felices. Sin más, Tim Burton.
    Sin nada más.

  2. Adiós

    El punto de inflexión es una bicicleta demasiado rosa y pequeña en el jardín. Es un vestido gastado, es la piedra que esconde una niña en la mano para decirle adiós a su infancia. Pero empieza el verano y un vecino nuevo tirará antes su piedra contra la valla. Acertará en la rueda delantera, se pinchará y tendrá que entrar a ayudar a ponerle un parche, después probarán la bici con las piernas muy dobladas o levantadas en el aire. Reirán a carcajadas. El punto de inflexión tendrá que esperar un año más.

  3. Partida

    Y aunque el sol estaba a punto de desplomarse, la niña miraba al cielo, con los ojos cubiertos de lágrimas y una absoluta endereza. La vida se le escapaba y ella no había llegado a ser mayor, a ser como su madre, como su padre, como sus abuelas… no llegó a besar a ese chico que tanto le gustaba, de ojos claros y sonrisa afable, tampoco pudo hacer su ruta en bicicleta con su amiga imaginaria y su gata Cascabel en la cesta. A pesar de tener miedo, una extraña sensación la envolvía. El mundo moría, pero ella sentía que su camino solo hacía que empezar. El sol parecía sonreírle mientras le secaba las lágrimas con rayos de fuego.

  4. La hora

    Es viernes, el último de la temporada o el primero de las vacaciones, según se mire. La bicicleta rosa en el jardín, el sol despuntando en el cielo, la hierba cubierta de un rocío aún primaveral. La niña de nuestros ojos de pie junto a la verja, entre el poste de la luz y el buzón, a punto de partir. Es la hora. A su espalda, dentro de la casa y desde la ventana, lloran su marcha Anita, Belén, Luciano, Plácido, María, Gloria, Sergi, Juancho, Margarita, Virtudes, Puri, José Luis, José Manuel, Rafa, Javier, L, Pulga, FSusano… y tantos otros que están y que, por temor a que se me olviden, no nombraré, pero que están, repito, están; ah, y también un tal Nico, de Nicolás. Porta la niña una maletita destartalada de donde se escapan mariposas de colores, postales en blanco y negro, fotografías surrealistas o notas de jazz que provocan suspiros resignados entre los que contemplan la escena. Al final de la calle, ya se vislumbra el Mustang melancólico de Fernando, su papá, que viene a llevársela a la playa para que descanse de tanto cuento, de tanta historia, de tanta creatividad. En unos segundos, la niña se acomodará en su asiento y, antes de que zarpe al Mediterráneo, «un vuelve pronto, te esperaremos» saldrá de la casa para subirse en el coche como uno más de los pasajeros y, con el adiós de la pequeña, el mundo que deja atrás empezará a arrugarse como una desatinada bola de papel.

  5. EL PASO DE UN INSTANTE

    El tiempo se paro un instante, el justo para que los árboles respiraran la última brisa, la hierba acogiera la cálida luz del día, el cielo se pintara de nubes blancas y María fuera por una vez más una niña.
    La bicicleta la contemplaba, con la tristeza de saber que a partir de ahora quedaría arrinconada, junto al sonajero, el peluche, la comba y su descolorida muñeca.
    Se esperaba una nueva etapa, una era diferente de vivir y de sentir. Quizás por ello el tiempo se tomó ese instante y saboreó las nítidas imágenes que iban pasando por la retina de su recuerdo. Todo un mundo de rosados colores y malvas, toda una historia de inocencia.
    Exhalo un aire de libertad y comenzaron a moverse los árboles, la hierba, la luz, las nubes… María dio su primer paso y sonrió.

  6. El último anochecer

    Sabía lo que necesitaba, percibía cuándo iba a ocurrir, conocía los detalles al dedillo ya que su abuela le había contado aquello más de mil veces. Así que apretó el puño con fuerza para impulsarse y poder salir corriendo con aquella bicicleta al refugio programado, antes de que el último sol de junio desapareciese y ellos vinieran a buscarla.

  7. Vacaciones soñadas

    La bicicleta estaba ahí frente a ella. Más allá, árboles, la puesta del sol y la línea del horizonte. Pese a su corta edad, la niña comprendió que era el final del día, pero cada final es un comienzo, porque el tiempo es cíclico. Fue entonces que lo planeó todo: si sus padres no podían llevarla de vacaciones, al día siguiente ella viajaría sola en su bicicleta. No necesitaría pedalear mucho, contaba con la herramienta más poderosa que tiene un niño: la imaginación.

  8. Por supervivencia, por eso fue…

    Mis oídos cerrados al miedo, a la desilusión, al terror de los últimos años. Hoy no es un viernes cualquiera, es el día en el que comienza mi nueva vida, con la maleta preparada y el corazón en un puño, encaro mi futuro. Ahí quedan los últimos años bañados en penumbra, el ocaso de la niñez que nunca floreció y aquellos momentos cargados de promesas incumplidas.
    Hoy, por primera vez en años, camino sin dolor. Mi hogar es el mundo y tú yaces bajo mis pies. La niña que fui contempla aquella bici rosa que nunca me regalaste, piso la tierra que cubre tu cuerpo mientras rememoro las últimas palabras que fui capaz de escuchar: “Si Carmen no viene a casa, irá a la cárcel”. Tus últimas palabras antes de la explosión. “Un terrible accidente”, publicó la prensa, “el padre falleció en el acto y la niña milagrosamente sobrevivió”. Yo nunca lo hubiera hecho. Eran tiempos en los que una mujer pertenecía a su marido y éste la podía golpear hasta la muerte, no la hubieras dejado marchar. Los ojos de mamá miran de frente y ha vuelto a sonreír.

  9. Se alejó de allí sin remordimientos, jamas volvería, por lo menos hasta que hubiera olvidado todo lo que sucedió aquel infausto día…la bicicleta, apoyada contra la cerca, era el mudo recordatorio de la tragedia…así que la llevó hasta lo alto de la colina.
    Cuando la luna estuvo alta en el cielo, se deslizó sin vacilación, pedaleando agilmente, cada vez mas abajo, Tal vez así lograría alcanzarlos, aunque este fuera su último salto…cuando por fin alcanzó la cuesta, sonrió, confiada, imaginando sus alegres rostros…ellos aun estarían esperándola…

  10. El último día
    ¿De dónde ha salido esta foto?
    ¿Quién me la haría?
    Entre los papeles olvidados en el trastero a aparecido y no puedo imaginar quién accionó el disparador de la cámara.
    “Yo, cazada en plena tarea. Buscando a esa niña que se escapaba entre los árboles, que se escondía bajo la mesa, que se reía sin parar de mí.
    Al fondo mi bici esperando a que suba pero cuando estaba a un palmo de ella, la niña llegaba y se la llevaba. Y se reía y se reía y yo me enfadaba y cogía una piedra…”
    De nada servía que se lo dijera a mis padres. Ellos no podían verla y no me creían. La foto es del último día en esa casa. Lo recuerdo bien porque yo iba vestida así y… porque después persiguiendo a la niña caí en la alberca.
    Mis padres jamás han vuelto a esta casa. Yo sigo aquí buscando, sigo el sonido de sus risas que me llegan de todas partes.

  11. A pesar de que he hecho todo lo posible para que me llevaran con ellos, me han dejado aquí. He llorado y gritado. He intentado evitar que hicieran las maletas tirando al suelo la ropa, escondiéndola. He ocultado sus documentos en una esquina del desván que nunca visitan. Sin embargo, no he podido evitar que se vayan. Me han dejado sola con ese fantasma travieso que, aseguran, habita la casa.

  12. La niña
    ———
    El sol brilla en lo alto, la niña miraba el atardecer extasiada, aquellos matices de colores la hipnotizaban no podía apartar su mirada del cielo.
    Cuando el sol saliera de nuevo comenzarían las ansiadas vacaciones, esas que todos los niños desean con gran expectación, que esperan a lo largo del año y van contando los días. Las vacaciones de verano.
    La niña se despierta como cada día, pero hoy con mayor alegría, pues en el patio le espera su mejor amiga, su bicicleta rosa que le regalo su querida abuela el verano pasado, su abuelo le enseño a montar sin ruedas supletorias, aunque se cayo en varias ocasiones, no cejo hasta que aprendió, mientras el abuelo la vigilaba con disimulo y con gran satisfacción, pues la niña, era la niña de sus ojos y no quería que nada le pasase mientras el estuviese, cerca la cuidaría y la protegería, si llegara caerse la consolaría como había echo siempre, la premiaba con bonitas palabras para que el miedo no le impidiera montarla de nuevo, pues de todos es sabido que si le coges miedo a montar en la bicicleta al principio luego te cuesta mucho más aprender.
    Con bicicleta la niña que corre que vuela por los caminos cercanos a su casa, pero ella sabe que debe tener cuidado por que el río pasa cerca y no debe ir deprisa cuando pase por el puente para no caer al agua. El puente de madera ya es viejo y cuando pasas por encima le crujen todos los travesaños, aún así es robusto lleva aguantando más de cien años el paso del tiempo y sus inclemencias.
    La niña se encontraba ansiosa por empezar a pedalear en su bicicleta rosa recorrer los camino y campos como si a lomos de un pony se encontrara, por fin acabo con las tareas que le había impuesto su mama, salio al patio y cogió la bici salio al camino, mientras su mama le advertía que fuera despacio y tuviera cuidado de no caerse y hacerse daño.
    Ella no miro atrás, salió pedaleando mientras reía a carcajadas y miraba hacía arriba al cielo, imaginado que volaba entre ellas, saltando de una a otra mientras el viento alborotaba su pelo rubio.
    Tal era la emoción que sentía la niña que no vio que estaba encima del puente, ese puente que tantas veces le habían prevenido que debía tener cuidado al pasar por lo peligroso que era.
    Tal era la emoción que sentía la niña que no vio como pasaba por encima del borde que tantas veces le había dicho al cual no debía arrimarse. Noto que flotaba, noto como las ruedas de la bicicleta dejaban el suelo y aunque seguía dando a los pedales ya no le costaba impulsarse, noto como caía y oyó como crecía el ruido del agua, pero estaba feliz,
    Feliz de haber empezado sus vacaciones, feliz de correr con su bicicleta rosa, feliz de volar y sentir el aire en su cara.
    De repente todo se quedo negro, muy negro y sintió que alguien la zarandeaba con delicadeza, abrió lentamente los ojos y vio a su mama y escucho como le decía. – Despierta cariño que ya es de día y empiezan las vacaciones de verano, despierta mi sol.

  13. Claudia

    Claudia esperaba cada tarde el regreso de su padre. Vivían en la gran ciudad, aunque en verano se mudaban a la casa de la abuela en el campo. Ella sabía que después de comer, tenía que coger la bicicleta recorrer el camino que pasaba junto a la casa, ir a la carretera y contar hasta veinte. Entonces a lo lejos, dos faros la deslumbraban por el sol. ¡Allí estaba! Con su reluciente coche rojo, su sombrero y el humo del cigarro saliendo por la ventanilla.

    — ¡Claudia! ¿Qué aventura has vivido hoy?— Le preguntaba mientras se bajaba del coche y le daba un abrazo.
    —¡He visto una rana! Verde y gorda, ¡Papá!

    Cada día algo diferente, para Claudia. Para su padre cada día era más de lo mismo. Un trabajo gris, cientos de kilometros y una mujer que le recibía en casa con cara de asco. La misma que ponía su suegra. Eran tal para cuál. Pero hacía lo que fuera necesario para que su pequeña no se diera cuenta. Soñaba con el día que su hija fuera mayor y pudiera salir de aquel infierno. Su mujer soñaba con lo mismo. Y Claudia soñaba con ser bailarina y vivir con su padre en París. Pero ninguno se atrevió a decírselo al otro. Los años les fueron consumiendo hasta que el asco se convirtió en ira y poseída por el despecho, la madre de Claudia descargó el cargador de un revolver en el pecho de su padre, mientras le gritaba que le había arruinado la vida.

    Los años pasaron, Claudia jamás perdonó a su madre que terminó sus días en un centro psiquiátrico. Se mudó con un novio a París dónde consiguió ser bailarina.

    De aquellos veranos recuerda la bicicleta rosa y la sonrisa de su padre…

  14. REMAKE
    Como cada noche desde hace treinta años, doy una vuelta por la Casa de la Pradera antes de dormir y me reúno con la niña que un día fui. Siempre sale a recibirme y, después de abrazarme, entre besos y risas me habla sin parar de todas sus aventuras con Laura Ingalls y los demás. Y así, con su voz cantarina llena de historias, me sumerjo en un sueño apacible y reparador.
    Pero hoy he despertado angustiada en mitad de la noche. A mi lado, temblorosa, la niña se refugia entre mis brazos. Ninguna de las dos sabemos quién ha dejado esa bicicleta allí.

  15. Mi bicicleta.
    Todos los días del verano me gusta pasear en mi bicicleta y visitar a mi amiga
    Azucena. Por el camino paso por la casa de la Sra. Mónica, ella siempre me
    regala un pastelillo. —Qué niña tan agradable eres—, me dice y yo muestro mi
    mejor sonrisa. Luego voy a la tienda de Don Simón y como le caigo bien me
    regala unos dulces, siempre le pongo una mirada tierna de agradecimiento.
    Por último voy con Doña Concha, me dice que soy muy dulce y me regala fruta, a
    ella le muestro una cara tímida que le agrada. De regreso a mi casa, paso con
    Doña Asunción que me da dulces confitados y yo siempre bailo de contenta
    frente a ella. Luego voy con Don Francisco que me obsequia tartas tan solo por
    hacerle caricias a su horrible gato.
    Azucena siempre me dice que le da envidia lo que me regalan. —Qué bonita es tu
    bicicleta, cómo me gustaría tenerla para poder pasear también y que me den
    cosas—. Tantas y Tantas veces me dice eso. En sus ojos veo que realmente la
    desea. Por eso, cada atardecer, le aguardo con una piedra por si se acerca
    a ella.

  16. Se ve. A si misma. En un espejo. Su cara una cordillera tallada por los años, la soledad y los sueños que limaban su alma, mientras el tiempo que le quedaba para hacerlos realidad caia por el pequeño agujero del reloj de arena.
    Sus brazos cansados colgaban casi sin vida, cada dia le costaba mas levantarse.
    Se fueron todos los amantes, los dejo ir confiando en la llegada de algo mejor que nunca termino de alcanzar, algo de cuya existencia nunca tuvo la certeza, solo un deseo insaciable y la decision de no conformarse con menos que su imaginacion plasmada en la realidad.
    El espejo la miraba, tras el una bicicleta, sus diez años y el miedo. El destino la acechaba tras aquel arbol sin que ella lo supiera.

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