Viernes creativo: escribe una historia

 

¿Y la foto? ¿Dónde está la foto?

La semana pasada leí este artículo sobre trastornos visuales que me hizo pensar acerca de lo mucho que dependemos de que nuestros ojos no nos engañen. Y se me ocurrió que tal vez podríais escribir historias relacionadas con alguno de estos trastornos:

  •  akinetopsia o incapacidad para ver el movimiento: las personas que la sufren perciben el movimiento como una sucesión de imágenes fijas.
  • síndrome de Capgras o de los dobles: quien lo padece es incapaz de asociar el rostro de un ser querido con dicha persona y lo considera un impostor.
  • micropsia: percepción de lo que te rodea como más pequeño de lo que en realidad es.
  • negligencia hemisférica: incapacidad para ver nada lo que sucede en la mitad izquierda de tu campo de visión.
  • síndrome de Charles Bonnet: los que lo sufren, ciegos o personas con visión mermada, experimentan alucinaciones visuales que les hacen “ver” con todo detalle imágenes lógicas (gente, lugares…) o totalmente disparatadas.
  • visión ciega: el cerebro no es capaz de interpretar parte de las imágenes que los ojos le transmiten por lo que el paciente no ve algunos objetos de su campo visual. Sin embargo, si debe esquivar esos mismos objetos, el cerebro los “verá” y ordenará al cuerpo que los sortee.
  • agnosia visual: la persona es incapaz de reconocer o comprender estímulos visuales. Puede ver con normalidad,  pero es incapaz de interpretar25 lo que está viendo.

Reconozco que esta semana os lo he puesto difícil, pero, si lo pensáis, un protagonista con alguno de estos trastornos os dará mucho juego.

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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26 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS ELEFANTES

    El primer problema de ese tipo que padece agnosia visual no es que no vea, sino que no reconoce lo que ve. Y su segundo problema (derivado del primero) son los elefantes. A los elefantes, lo que menos les gusta es que les señalen por la calle, lógico. Por eso todos los elefantes se acercan al tipo de la cara plana y redonda (A quien a partir de ahora llamaremos Solomon) sabiendo que jamás les señalará con el dedo diciendo: “Mira, un elefante”. Claro, la voz se ha corrido entre los elefantes y ahora Solomon va por la calle rodeado de una manada de cientos de ejemplares. Lo malo es cuando va a la oficina y los elefantes tienen que esperarle ocho horas en el portal de la calle, con las molestias que eso supone para los viandantes. Si fueran ratas, sería mucho más fácil, pero entonces, en vez de Solomon se llamaría Hamelin, lo normal.

  2. El síndrome de Charles Bonnet

    Lo bautizaron como Charles, de apellido Bonnet. Rápidamente su vida se plago de un espiral inmenso de caos. Su visión desgastada, en unos ojos claros y de tierna edad, fueron los causantes de su ingreso en el viejo hospital del condado. Sus pupilas se mostraban ausentes ante lo que acontecía. Su mirada de la vida era distinta y por eso lo tildaron de loco. Sus luceros registraban imágenes que nadie más podía ver, ni los gatos negros que dormitaban en los parques del psiquiátrico. Un día castro a su médico y degolló a una enfermera. En el juicio fue claro, el vio como un enorme monstruo entraba en su habitación y tuvo que defenderse ante tal barbaridad humana. Cogió unas tijeras y le amputo los tentáculos que colgaban bajo sus piernas. El monstruo cayó rendido al suelo, entre sollozos y alaridos. Entonces entró una sirena, que con sus cantos intento embaucarlo y convertirlo en monstruo, como ese que yacía muerto en el suelo de su mazmorra. Cogió las mismas tijeras con las que había cortado esos gelatinosos tentáculos y rajo la garganta de la nereida que, lentamente, apago su voz. De su cuello salieron hadas, que bañaron sus retinas, con polvos nacarados.

  3. SÍNDROME DE CAPGRAS / SÍNDROME DE CHARLES BONNET

    – ¿Dónde está mi marido?
    – ¿Qué ha hecho con él?
    – Me tiene secuestrada en mi propia casa y seguro que a él lo ha matado.
    Esta conversación se repite cada día cuando le llevo el desayuno a mi esposa y le doy los buenos días.
    Desde que su enfermedad le ha afectado a la visión, ya nada es igual. Yo no soy quien soy para ella, y ella ha perdido su dulzura y cariño, es un monstruo.
    Tengo miedo de que algún día, cuando me este insultando y pegando, me entren a mí mis alucinaciones y piense que este monstruo es real y acabe con su vida violentamente. Tal vez será mejor hacerlo antes, juntos y en paz.
    Hoy el té de las cinco lo tomaremos con algo más que pastitas, y así llegaremos al punto final

  4. NEGLIGENCIA HEMISFÉRICA

    No logré ser aquel asesino en serie con el que tanto había soñado. Pese a las mil trescientas cuarenta y cinco víctimas que apuñalé, su corazón seguía latiendo y latiendo ligeramente a la izquierda.

  5. AGNOSIA VISUAL

    Cada día espero en la esquina de su calle para cruzarme con ella. La miro fijamente y le sonrío esperando llamar su atención.
    No hay respuesta por su parte. Me ignora.
    Mañana vendré con unas flores. Espero llegar hasta su corazón y me dé una oportunidad.
    Tampoco han funcionado las flores. No me deja otra opción que pasar a la acción…

  6. MARGEN

    Sopesó los pos y los contras de su relación. Los trazó en un folio color sepia, dos columnas, dos sentimientos.
    Él nunca comprendió su ausencia tras leer aquella nota cargada con tanto amor.

    Negligencia hemisférica: incapacidad para ver nada lo que sucede en la mitad izquierda de tu campo de visión.

  7. Ver pasar las cosas sin que ocurran, golpe a golpe, hechas y deshechas en un abrir y cerrar de ojos, mariposas clavadas con el alfiler de tu mirada: de eso está hecha tu vida, de instantes rotos, desconexos, que tienes que armar para entender cómo se pasa de uno al siguiente; es así desde que lo viste en la ventana y luego sin saber cómo yacía muerto en la acera. Intentas recomponer su caída y es imposible: su cuerpo sale por la ventana y ya nada más quedan esos ojos, tan abiertos que es imposible cerrarlos cuando te miran sin ver desde la acera asesina. Salto y sangre, sin un respiro. Desde entonces congelas los instantes, no los unes, como si creyeras que es posible detener el tiempo, volver a la foto en blanco y negro donde él te sonríe en la ventana y tú le esperas en la calle, sin prisa, para dar una vuelta.

  8. Akinetopsia

    Él reconocía estar obsesionado con ella. Veía sus imágenes una tras otra y por momentos oía su voz. La observaba en detalle, caminando delante suyo; había algo sensual en eso de verla cuadro a cuadro, cual fotógrafo que ametralla con su cámara.
    —¿Por qué te has ido, Isabel?
    —No me he ido a ninguna parte, Diego. Ahora, además de tu problema visual de verme como en diapositivas, estás loco.

  9. ASOMBRO REINCIDENTE (Pilar Saborit)

    Conducía hacia el hipermercado cuando atisbó a un niño que se había quedado solo en el patio del colegio. Le llamó la atención verle allí de pie con la mochila en el suelo dando patadas a una bolsa de plástico. Los otros alumnos se habían marchado ya con sus padres mientras él permanecía allí esperando a que alguien viniese a recogerlo. No parecía asustado, aunque sí un poco ansioso, quizás porque hacía frío y se estaba haciendo de noche.
    Se fijó en su rostro y le llamó la atención que se pareciera tanto a su hijo. Era tan sorprendente que tenía que detenerse. Dio media vuelta con su coche y aparcó lo más cerca posible de la escuela. Le observó un rato desde detrás de la valla, con disimulo, para no asustarle, pero no pudo evitarlo y poco a poco se fue acercando cada vez más a la puerta principal hasta dejarse ver con claridad. Estaba asombrada; el parecido con su propio hijo era extraordinario.
    —Mamá—dijo él— ¡ya era hora! No entiendo por qué todos los días tienes que ser la última.

  10. Unos extraños

    Todas las tardes, cuando regresaba del trabajo, mi esposa me solía recibir en el salón con un chateau y unas sevillanas. Sentados en el sofá, actualizábamos nuestra intimidad entre sorbos de vino e ingesta de aceitunas. Ella me narraba su jornada en el colegio, rodeada de niños sabelotodos y compañeros infantiles que le sacaban de quicio, mientras yo intercalaba experiencias de mis pacientes, unas reales y otras inventadas como buen psicólogo que soy. De esta forma, cuando nos queríamos dar cuenta, con el puntito ebrio alcanzado, nos bebíamos el uno al otro hasta la última gota de sudor y la luna, escandalizada, se cubría los ojos ante nuestro derroche de amor. Cada mañana, amanecíamos en la cama con la felicidad corriendo por nuestros cuerpos y, si hubiésemos perecido en ese momento, el forense, sin duda, hubiera decretado muerte plácida con la envidia emponzoñándole la sangre. Pero hace unas semanas, mi esposa empezó a quejarse de su vista cansada y acabé por acompañarla a la consulta de un oftalmólogo. Desde entonces, no la reconozco, porta gafas graduadas que le apagan su mirada azul y, sin que ninguno parezca echarlos de menos, se han acabado el chateau y las sevillanas entre nosotros.

  11. OJOS QUE NO VEN…

    Era de envidiar la duración de su matrimonio. La felicidad campaba a sus anchas en aquella relación, al igual que lo hacía el señor de bigote y sombrero que dos veces por semana entraba y salía en paños menores del armario de su dormitorio.

    *L*

  12. Verdades a medias

    José Antonio siempre se ha considerado un hombre de derechas. Criado en una familia de honda tradición católica y costumbres intachables, hubiera sido un disgusto terrible para los padres que su primogénito albergara cualquier tendencia política alejada de la tradición más pura. Para más inri, tiene un defecto, llamado negligencia hemisférica, que le impide apreciar nada en la mitad izquierda de su campo de visión. Si añadimos su escasa capacidad de aceptar argumentos que no encajen al centímetro con su ideario, podemos afirmar que nuestro hombre es incapaz de ver ni oir nada que provenga del lado zurdo.

    José Antonio, hombre de buen gusto, tiene especial predilección por las mujeres de pelo castaño, ojos verdes y pómulos pronunciados. Como María, la primera novia que tuvo, o como la chica que tiene enfrente. Con esta última apenas ha cruzado un par de palabras y ya siente que es la mujer de su vida. Y eso que solo conoce de ella apenas la mitad de cosas: media sonrisa, un ojo de color verde, su pómulo izquierdo sonrosado. Si José no tuviera ese defecto del que os he hablado, podría observar su cara entera, la blusa blanca abotonada, el lado derecho de la cazadora vaquera repleta de chapas, entre las que abundan las de fondo rojo y verde.

  13. Algunos trastornos.

    Hoy te levantaste más temprano y por eso sospeché algo, lo confirmé al ver mi desayuno en menor ración. Aunque utilizaste una vajilla idéntica a la de siempre, me pude dar cuenta que era más pequeña. Sé que has hecho un gran esfuerzo por conservar la misma sonrisa, el tono de voz, los ademanes y hasta la forma de caminar, pero no me puedes engañar. No, no tienes la fluidez de sus movimientos, tu te mueves en pequeños cuadros animados, eso te delató. Sobre todo, me di cuenta cuando dijiste que tenía el síndrome de micropsia mezclado con el de akinetopsia, y es mentira, de hecho mi síndrome de Capgras desapareció. Además, empiezo a ver tu rostro de extraterrestre y no me salgas con la estupidez de que también tengo el trastorno de Bennet. ¡Impostora!
    Y si no me devuelves a mi mujer te degollaré.

  14. ÚLTIMOS AÑOS
    Con la edad aumentaron los achaques del dictador. No pasaba el mes sin que los médicos descubrieran nuevas afecciones. La más extraña enfermedad que sufría era la negligencia hemisférica: el dictador estaba incapacitado para ver nada situado a su lado izquierdo. Sin embargo, cuando recibió el diagnóstico, rebatió a los doctores. Consideraba normal que, después de treinta años de dictadura, todos en su país se encontraran a la derecha.

  15. Engaño zurdo

    No le vi venir, entiéndelo. Avanzó por la izquierda, me habló el oído, suave, con voz ronca, sobre la danza de los estorninos, me dijo cosas que nadie me había contado antes. No sabía que era él, no lo reconocí hasta que estaba totalmente dentro. Porque cuando dije a todo que sí se movió rápido, sabía lo que quería y cómo conseguirlo.
    Y, cuando yo miraba al cielo, una parte de él se colocó en el lado derecho de mi vida, el único que puedo ver. Y en ese momento ya me di cuenta de que era tu marido. Pero ya era tarde, ya para qué parar si el daño estaba hecho.

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