Viernes creativo: escribe una historia

 

A Bill Domonkos le gusta manipular imágenes antiguas para cambiar su significado. ¿Hacemos lo mismo con su trabajo para contar una historia?

©Bill Domonkos

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39 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. PSICOPATOFILOFÓBICA

    Tenía tal desorden que, de vez en cuando, se encontraba a algún novio con el corazón partido colgado del quicio de una puerta, o a algún amante despechado sobre charcos de sangre seca en el vestíbulo, o a fallidos pretendientes con la crisma abierta y trocitos de tiestos alrededor en el porche de su casa. Lo que jamás encontró, por mucho que buscara, fueron los motivos.

    *L*

  2. Cuando se vio en el espejo comprendió que ella era la causante de todos los males de la humanidad. No por la manzana, no por la serpiente, ni siquiera por la belleza, que es subjetiva. Lo era por su mirada. El código de las miradas es universal, infalible, perpetuo.

  3. Sentidos

    Hay personas que escuchan el mar en una caracola, quien evoca su pasado por el olor de las magdalenas y otras que son capaces de sentir que acarician a alguien con solo cerrar los ojos. A mí lo que me pasa es que veo a un hombre en todos los espejos, siempre el mismo, gira en sentido contrario a las agujas del reloj y cae hacia un sumidero invisible. Pero cada vez que miro hacia otro lado está otra vez arriba, al inicio de su debacle, como una mosca en la mirada. Y yo, que tengo vértigo, sufro cuando lo veo caer. Por eso voy siempre tan despeinada.

  4. MARINA

    Marina tiene ese nombre porque cuando nació, su padre cuenta que vio un pecio en el fondo de sus ojos. Después los médicos hablarían de ceguera pero en la familia siempre lo entendieron en términos de océano. A su mayoría de edad, Marina decidió ver y buscó especialistas con jergas propias, alejados del lenguaje de las algas. La intervención fue un éxito al que acudió sola y sola estuvo en el momento de enfrentarse al espejo. Lo tomó del tocador, aún extrañada por la aridez del mundo que observaba, tan distinto al líquido que hasta la vuelta de la luz había habitado. «¿Cómo serás Marina?» se preguntaba. De reojo se asomó al cristal mecido por las olas. Tembló al verse todos los naufragios.

  5. ESPEJITO ROTO

    Todas las mañanas, antes de salir a la calle, se miraba al espejo para realizarle esa pregunta de cuento de hadas que había adoptado como suya: «¿Espejito, espejito, quién es la mujer más guapa, radiante y atractiva del mundo entero?». «Tú, cariño», le contestaba el objeto inanimado con la voz meliflua de los enamorados, a la que a veces acompañaba una música de lira romántica que acababa convirtiendo la escena en delirante. Pero hace unos días, la dueña del espejo se presentó a su encuentro diario con él del brazo de un joven amante, que le dedicaba carantoñas mientras se retocaba. Y por vez primera, su pregunta pretenciosa no obtuvo respuesta. Desde entonces, el espejo guarda silencio y el reflejo que despide de la anterior reina de la belleza es horroroso y tétrico.

  6. Era bella y ponía todo su esfuerzo en serlo. No había nada en su rostro, en su piel o en su vestimenta que no estuviese mínimamente cuidado y acicalado como correspondía. Madrugaba para empolvar su rostro, dormía soportando infinidad de tenacillas enroscadas a su cabello. El tafetán o el algodón en egipcio eran los únicos tejidos que arropaban su lechosa piel. Así que… ¿quién era él para soltarle aquella mañana que ella no era ya la más hermosa del reino?

  7. REFLEJOS

    Apenas rayaba un primer reflejo de luz en sus pupilas, podía ver la realidad que contenían. Por ello no solía asomarse a los espejos, los cubría con espesas telas y caminaba de puntillas cuando pasaba al lado de ellos. En cada uno habitaba una vida, un amante, un deseo y un pasado vestido en blanco y negro.

    Sí, coleccionaba hombres, y los exprimía hasta que no eran nada más que marionetas vencidas y sumisas, luego los olvidaba y abandonaba en pequeños fragmentos de cristal que adornaban los pasillos de su casa. Pero con el último fue diferente, lo acomodó encima de su tocador, junto al cepillo, las perlas y el perfume. Le gustaba mirarse… mirarlo y se recreaba en esa espiral infinita de verlo perdido en el fondo del iris de sus ojos.

  8. Aquella mujer vivía obsesionada con los años veinte, habría matado por poder vivir en aquella loca década para participar en las lujosas fiestas de Jay Gatsby, en las que hubiera bebido champagne francés y bailado el charlestón con un vestido de flecos, un collar de perlas y un turbante a la cabeza. Tendría que conformarse con las revelaciones del espejo. Porque el futuro le quedaba lejos. Inalcanzable.

  9. ESPEJO, ESPEJITO

    Después de lo que llevaba gastado en salones de belleza, ropa de firma, gimnasios, dietistas, botox, masajes, manicura, cremas faciales,… Contempló el fondo del espejo y arrojó dentro a su cirujano, le vio caer lentamente, casi ingrávido, hasta reunirse en lo profundo con su nutricionista, su peluquero, su estilista y el modisto que siempre le cosía una talla menos.

  10. EL OTRO LADO

    Lo bueno —y lo malo— de las fotografías es que nunca vemos la parte de atrás. Aquí por ejemplo: jamás sabremos si la mujer frente al espejo (también ignoramos si es ama de casa o trabaja los jueves en un cabaret) está observando el colorete de su mejilla izquierda o tanteando como atacar un grano que supura pus bajo su mejilla izquierda. Como somos medio románticos, pensaremos que se trata del colorete, y que en vez de acudir al cabaret, tiene una primera cita con su novio de toda la vida, del resto de su vida. Ese es un principio para un final feliz. Lo del grano supurando pus, lo daremos por descartado. Se trata de imaginar: es lo bueno —y lo malo— de las fotografías.

  11. Esperando a Mario

    —¡Qué guapa te has puesto, Renata!
    Renata no contesta. Está de espaldas a la puerta, asomada a un espejo —que sujeta en la mano derecha— como si fuese a una ventana.
    —¡Renata!, ¿me oyes? Soy Ramón, tu terapeuta.
    —Sí, ya te he oído entrar, pero ahora mismo no podré atenderte.
    —¿Tienes un nueva actividad de la que yo no haya sido informado? —dice Ramón algo contrariado.
    —No, no tengo nada que hacer aparte de esperar a que llegue Mario.
    —¿Mario?… ¿Pero qué tontería estás diciendo? ¿No querrás quedarte aquí toda la vida? —la amenaza Ramón a la vez que la coge por los hombros y la sacude como quien sacude una hucha en busca de un «clin clin» esperanzador.
    —No, no me voy a quedar, hoy mismo me iré con Mario, ¡mira, mira, está subiendo las escaleras! —le dice Renata acercándole el espejo.
    Ramón suspira, lo aparta y lo deja encima de la cama. Luego, saca de su bolsillo la llave maestra de todas las ventanas del edificio, y abre de par en par la de la habitación de Renata.
    —Ves, Renata, esto es la calle y por más que miro no veo a Mario. Tu hermano ya no está, no vendrá nunca a buscarte, y si no te empeñas en confundir los espejos con las ventanas tal vez un día puedas salir de aquí y….
    Renata se tapa los oídos. Luego, se abalanza sobre Ramón que cae, que cae, que cae…
    La joven vuelve a cerrar la ventana, se sienta en la cama y se asoma de nuevo al espejo.
    —Cuánto tardas —murmura.

  12. EL ESPEJO

    –¿Qué es eso? –le pregunté al vendedor.
    –Un espejo –me respondió.
    –¿Puedo abrirlo?
    –No –me dijo, arrancándomelo de las manos–. No es un espejo común. En él sólo se ve lo que no se quiere ver.
    Me llamó la atención está respuesta. Le pregunté el precio. Me lo dijo. Le ofrecí la mitad. Después de regatear un poco, acabé comprándolo.
    Cuando llegué al hotel estaba tan cansada después de pasar todo el día en el zoco que lo arrojé sin abrirlo al fondo de la maleta. Luego, regresé a España.
    Al llegar, revisé todos los objetos inútiles que había ido comprando en el viaje. Me encontré con el espejo. La historia del vendedor me resultó de pronto bastante tonta. Estuve a punto de apartarlo para regalárselo a mi cuñada. Sin embargo, acabé guardándolo en el fondo de un cajón.
    Han pasado muchos años. Hoy he encontrado el espejo. Me ha costado recordar su historia. Me he atrevido a abrirlo. He visto lo que no quería ver.

  13. El espejo

    Hace unos días, Jane conoció a una extraña mujer. Se cruzó con ella por la calle, y mirandole con intensidad a los ojos, le dijo:

    —Puedo ayudarte.
    Jane tembló como un papel.
    —¿Perdona?—preguntó en un susurro.
    —Ese monstruo que te atormenta y te daña se merece un castigo. No volverá a tocarte o a amenazarte. Ven mañana a las cinco.
    —Pero…
    —Shhh, está decidido. Ven mañana. No tienes que pagarme, lo hago por placer.

    Jane no consiguió dormir, preocupada. Observaba al monstruo durmiendo. Dolorida se tocaba la mejilla. Está vez solo había sido un bofetón. Venía cansado.

    Al día siguiente, la mujer puntual le dio una caja y un beso. Justo en la mejilla dolorida. El dolor desapareció.
    —Abre la caja en casa. Ni una lágrima. Sé feliz.
    Terminó de hablar y se marchó, desapareciendo entre la gente.
    Al llegar a casa, Jane abrió la caja y dentro encontró un espejo. Al mirarlo se quedó petrificada, sin respiración. Atrapado, el monstruo gritaba, pero no se oían sus gritos. Jane sintió paz. Guardó el espejo en su caja. La caja al fondo del armario del desván. Cerró con llave y se fue a denunciar su desaparición. Caminaba tranquila, saboreando la sensación de libertad…

  14. NAÚFRAGO
    Empezaré por el final. Quizás de esa manera les evite explicaciones prolijas que podrían llegar a aburrirles. Se me considera, con razón, un ser descreído y atropellado. De hacer caso omiso a los consejos, sabios, en este caso, de mis mayores.
    Me dijeron en el pueblo que no anduviera tras Alba. Una mujer hermosa de oscura melena, ojos de un verde tan profundo que al mirarte en ellos creías estar nadando en un lago hechizado. Me aseguraron que en su mirada habían naufragado anteriores navegantes. Comentaban en voz baja que su belleza no era tal. Que era fruto de un encantamiento. Naturalmente, no les creí.
    Ahora me encuentro perdido. Solo sé que existo cuando ella se mira al espejo y veo en sus ojos verdes el reflejo de mi cuerpo nadando en sus aguas.

  15. Obsesión

    La mujer extrajo un espejo redondo y se miró en él. Vio su reflejo algo borroneado y también la imagen de un hombre girando en círculos sobre sí mismo. Desde el día que lo conoció, todo era redondo y circular, la forma de la perfección. Sin embargo, a medida que ese hombre ocupaba más su atención, ella se borroneaba más. No había duda de que si él seguía ahí, ella iba a desaparecer. Tenía que evitarlo.
    Con el arma cargada en la cartera, fue a su encuentro.

  16. ESPEJITO MÁGICO
    La bruja le había explicado cómo utilizar el espejo mágico:
    —Miras primero al hombre que deseas, miras después al espejo, y repites: “Espejito, espejito mágico, atrapa para siempre al hombre que amo”. Entonces tu hombre aparecerá en el espejo. Luego le dices: “espejito, espejito mágico, haz que me dé un beso”, acercas tus labios al espejo y te besará.
    El encantamiento había funcionado a la perfección: ahí lo tenía, hermoso y desorientado, intentando salir. Saboreaba cuando quería sus labios con pasión. Pero si la bruja pensaba que se iba a conformar con besos, no la conocía bien… Su nombre era Alicia, había dejado de ser una niña, pero aún recordaba cómo se pasaba al otro lado del espejo.

  17. Mío

    Te dije que mi amor iba creciendo y que me consumía no saber de ti. Tú ponías los ojos en blanco mientras te vestías y a mí me dolía el frío de tus labios y el eterno adiós hasta nuestro siguiente encuentro a escondidas.
    No soportaba imaginarte en la cama con tu mujer, ardía de furia al no poder tenerte siempre para mí y enfermaba al pensar que algún día tu adiós fuera real.
    Y ahora te tengo, en mis manos, en el espejo de mi alma, en el abismo infinito que la alberga.

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