Viernes creativo: escribe una historia

 

Todos tenemos dos caras. ¿O no?

Foto de Laura Ferreira

©Laura Ferreira

 

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21 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Los meses oscuros

    La primera vez que vi tu otra cara fue un lunes en que corrimos a refugiarnos a la sombra de un edificio de oficinas, porque había demasiada luz para ser abril. Yo reía y respiraba fuerte por la carrera y cuando te miré tú no eras tú, sino esa que aún no conocía, llena de miedo porque habías visto lo visible.
    Porque no estábamos acostumbrados a salir más que en los meses oscuros y nos pilló desprevenidos. Y tardamos demasiado en volver a casa, en apagar las velas, en dejar de ver. Y desde entonces ya no te miro, por si tienes más caras y me asusto.

  2. Dos caras

    Abre el frigorífico. Cuatro huevos solitarios le saludan desde las baldas vacías. No queda leche para el café. Suspira y decide prepararse un té. Mientras el agua hierve, se coge los brazos en un abrazo cálido. Cierra los ojos y siente los suyos, los echa de menos, tanto que duele. El agua gorgotea en el fuego. A veces, también, echa de menos el ajetreo de las comidas cuando la casa se llenaba de olores y risas. Ahora sólo le recibe el silencio. Un silencio agujero negro que todo lo engulle. Pega un sorbo al té, ha olvidado ponerle azúcar y amarga, pero no tanto como su vida. Mira el montón de pastillas dispuestas sobre la mesa de la cocina, las hay de todos los colores, aunque le parecen todas iguales, no hay diferencia. Sólo sirven para alargarle la vida. Pero ¿es eso lo que realmente quiere? Se pregunta todos los días. Va al baño y ante el espejo ensaya sonrisas, ensaya otra cara. Esa otra cara que muestra todos los días y que le dice al mundo que no va a poder con él, que piensa seguir en la lucha, aunque duela, aunque amargue, aunque le engulla.

  3. Elisenda, tanto me disfrazaste con tus bragas; tanto me violaste después de travestirme con tus sujetadores; tanto te excitaba verme en tus trajes. Tanto, que terminaron por salirme tetas. Tanto, que se perdió mi pene entre mi vello púbico y se convirtió en un clítoris mal formado. Tanto me anulaste, Elisenda, que mi rostro ahora se difumina en mi espalda. Y después de tanto, lo único que me dices es que no soportas que tu ropa me quede mejor que a ti. Que no consientes, Elisenda, que ahora me silben los hombres cuando paseamos juntas. Y te provocas metiéndome mano bajo tus faldas, que ya son mías. Ya no aguantas, Elisenda, que sea más femenina que tú. Y quieres que todo vuelva a ser como antes. Que me vuelva dócil, pero masculino y velludo y de voz grave; y que recupere mi rostro afilado y serio. Quieres que mute de nuevo. Y sólo pienso, Elisenda; tú, ¿cuántas caras tienes?

  4. HAZ Y ENVÉS

    De puertas para afuera él se mostraba como un cabrón en toda regla: arisco, intratable, déspota con sus empleados e incluso violento, cuando algo le enfadaba. Ella, por el contrario, era dulce hasta el empalago, afable, y tan bondadosa que uno podría imaginar que cualquier día le acabarían saliendo alas. Todo el mundo se compadecía de esa chica. Todos, menos él y su médico de familia cada vez que le recetaba el antiinflamatorio para los hematomas que le causaba ella con la fusta.

    *L*

  5. TURBADA MIRADA

    En su mirada se veía todo. Deseos, sueños, esperanza, sufrimiento, angustia, tormento… Cada uno de sus ojos reflejaba dos mundos distintos. Cuando de uno brotaba llanto del otro lágrimas de risa. Cuando uno cerraba sus párpados para soñar, el otro ardía en pesadillas. Y así día tras día, momento tras momento hasta alcanzar casi la demencia. Ante él se mostraba sometida y entregada, temerosa y confiada; y tras él avergonzada y orgullosa, traicionada y amada. Quizás por ello en un segundo de locura se arrancó aquel que más angustia le causaba, se pintó el rostro con pinturas confusas para que solo un sentimiento pudiera ser alcanzado, y después, lo miró reflexiva, delicada y pausadamente. Clavó su pupila en la suya y le desangró toda esa desleal, hipócrita, adultera e ingrata vida que le estaba dando.
    Una sonrisa desdibujada se asomó a la comisura de sus labios, está vez su mirada mostraba equilibrio.

  6. LA CARA OCULTA DE LA LUNA

    Incapaz de aceptar su belleza y superar sus inseguridades, se despojó de su ropa, se dio un buen baño caliente y frotó fuerte para borrar cualquier rastro de si misma. Pintó en el lado derecho de su cara el rostro que le gustaría que los demás viesen al mirarla y decidió ocultarse tras su pelo.
    A partir de ahora viviría en su cara oculta, como la Luna.

  7. Cuando los cojones me sabían a gasoil

    Les daba mil pesetas los chicos para que se fueran al cine y mi mujer y yo nos quedábamos en casa echando un polvo. Después me duchaba mientras ella me preparaba una tartera con la cena. ¿Te tienes que ir con tanta prisa? Sí, que Barcelona está lejos y luego la nacional se pone de bote en bote. Bueno, bueno, pero no corras. Cómo voy a correr con este camión, a ver si lo jubilo un día; además llevo el papánocorras que me regalasteis. 
    Era imposible pasar de setenta con aquel camión. Era un barrieron con una visera azul con un La Virgen me guía, pero ni eso me salvaba de que a mitad de camino se partiera un manguito, se jodiera el carburador o reventara una rueda. Y yo acababa con el mono y hasta los calzoncillos empapados de gasoil, aceite o grasa.
    Ah, pero cuando me acercaba Igualada el pijo se me ponía tan duro que me alcanzaba el volante y antes de llegar a Barcelona ya tenía que parar en un puticlú. Dejaba el camión aparcado detrás del edificio para que no se viera. Tomaba un anís y subía con una chica. Qué cosas, enseguida sabían que era camionero y yo nunca supe por qué.

  8. Caras y caretas

    La chica se cansó de ser la misma de siempre. Se hartó de ver esa cara en el espejo día tras día. Decidió que tenía que comenzar una nueva vida, ver las cosas desde otra perspectiva.
    Una amiga experta en bodypaiting le pintó otra cara al costado, la original la cubrió con su cabello negro, tan negro como el luto de un duelo. Cuando se cansara también de su nueva cara, volvería a (re)descubrir la original.

  9. TRAZOS

    Esta mujer, básicamente, tiene un problema: exceso de tiempo libre. Cuando no sabes qué hacer con tu tiempo sobrante, puedes terminar así: pintándote un ojo en la sien, una nariz en el pómulo y unos labios en la mandíbula. Hacer arte de la bipolaridad es lícito. Esta mujer, en resumen, lo que necesita es una ocupación. Pero claro, con contratos de dos horas semanales, es comprensible que mate las horas libres con dibujitos. Casi mejor: dicen que Jack el Destripador se dio a los cuchillos cuando dejó de percibir las prestaciones por desempleo. Casi mejor lo de esta mujer, que tan solo utiliza un par de rotuladores para impresionarnos: nada que ver con Jack.

  10. El último beso

    Debí haberlo sospechado cuando te conocí, parecías una muñeca, con esos ojos azules fijos como de cristal y la piel pálida de porcelana. Si te besaba en la mejilla estabas fría, si estrechaba tus manos me paralizaba el hielo; al hablar, tu expresión distante, sin emociones, congelaba mi corazón. Ese desapego te hacía por otro lado arrebatadoramente atractiva, de una elegancia lánguida, de tintes románticos. Además estaban tus labios, con ese carmín rabioso que atraía a los míos. Eran lo más carnal de tu persona y nunca me rechazaban sino que deseaban más y más, como si quisieras comerme por dentro. Y yo cada vez más sediento de tu boca, de esos labios ardientes que me robaban la vida y me ofrecían el paraíso… Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, sobre nuestros labios fundidos descubrí el brillo cruel y por fin vivo de tus ojos, y, antes de morir, supe que habías absorbido toda mi alma en el último beso.

  11. Me encuentro encarcelada entre la forma y el fondo, mi ojo se resiste a ser tan sólo una imagen y mi imagen pesa tanto que engaña a mi ojo. Soy quién permite desahogarte desde el fondo para dar forma a la vaga idea que tienes de ti cuando me interpretas, y si todavía te preguntas quien soy, terminare por decirte que soy Arte.

  12. Invisible
    Siempre me gustó maquillarme, lucir bonita ropa y andar con soltura y contagiar mi alegría a los demás. Cantaba mientras hacía las cosas de casa. Iba al gimnasio, salía a tomar un café con las amigas…
    En el trabajo tenía compañeras que imitaban mis peinados o mi forma de vestir. Yo gustaba. Sí gustaba y a mí me gustaba gustar. Y llegaste tú y también te gusté.
    Pero un día descubrí que ya no era como antes. Y me fui difuminando. Se acabó mi alegría, guardé en un cajón los vestidos bonitos y me fui oscureciendo tanto, tanto…
    Tú empezaste a crecer y me tapaste, yo quería seguir siendo yo, pero tu sombra era tan alargada… hasta que un día descubrí que me estaba volviendo invisible.
    He intentado pintar mi sonrisa, como antes, pero eso es imposible. Y mis labios ya no son fresa fresca.
    Intentaré plegarme y me esconderé en el cajón donde guardé los vestidos… los recuerdos… los años… la alegría… mi vida.

  13. EL CARICATURISTA
    Decía estar enamorado y los amigos solían gastarle bromas pesadas a costa de su amor, pero cuando fueron a conocer a su recién nacida (la que él consideraba su mejor obra) y vieron los rasgos de su rostro, no tuvieron dudas de que fuera suya: su estilo, al dibujar, era inconfundible

  14. EL OJO QUE TODO LO VE

    Con un santoral del día, un lápiz de ojos y carmín, cada día tiene un nombre y un rostro diferentes. A veces se pinta una sonrisa, pero el triste azul de su único ojo se mira al espejo y duda de lo que ve. Intuye que a pesar de todo ella sigue siendo la misma.

  15. Jackson Pollock
    Cuando abrimos nuestra clínica de estética, creímos que la gente vendría a ponerse caras de Rafael, de Tiziano, de Guido Reni, de Vermeer, de Watteau, de Goya. Desde luego, no nos asombró que un emir árabe quisiera que su mujer tuviera un aspecto rubensiano. La sorpresa llegó cuando un adolescente nos dijo que quería un rostro de Gauguin. Creímos que las excentricidades no llegarían mucho más allá. Sin embargo, una mujer apareció el mes pasado pidiéndonos una cara de Matisse. Fue fácil satisfacerla. Ahora nos aterra que alguien nos pida un rostro de Jackson Pollock.

  16. Creación

    La mujer sin rostro
    sin reflejo
    sin identidad,
    robó los ojos
    de un perro ciego,
    los labios
    de un camionero,
    los oídos
    de un viejo chivato.
    Ahora lleva una máscara,
    de mirada turbia,
    palabras agresivas
    y escucha expiatoria.
    Completando un rostro nuevo,
    una burda sinonimia.

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