Viernes creativo: escribe una historia

Secretos, silencios… ¿Existe mejor material para una historia?

La imagen es de Arthur Tress.

 

©Arthur Tress

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25 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Regreso al pasado

    Siempre recordaré la expresión de derrota de mi padre aquel día. Un huracán había destruido la casa donde había pasado los mejores años de su infancia. Dicen que no debemos apegarnos a las cosas materiales, pero aquellas paredes contenían los recuerdos de la felicidad que otorga la inocencia.

    En aquel momento no me di cuenta pero ahora con el paso de los años, puedo sentir su dolor. La desesperación que sentía cuando intentó ocultarme que estaba llorando como un niño. Mi padre pertenecía a una generación de superhombres que jamás mostraban en público sus debilidades y menos delante de sus hijos. Fue un hombre autoritario y a su manera cariñoso. Ya no le tengo conmigo. Ahora soy yo, el que se esconde detrás de la pared para llorarle cada día…

  2. Quise oír mi parte futura y mayor -por inercia soy curioso-. Desde que abandoné el jardín, no ceso de intentar comprender estancias y recorrer los pasillos. Camino entre partituras, tierra derrumbada y tierra crecida y folio repletos de notas. Afano deseos ante un cielo que sabe siempre a desnudo.

  3. Mejor no preguntar

    Las paredes hablan. El problema es que casi nunca saben contestar a lo que les preguntas. Y lo mismo que hablan, mienten, o cuentan historias del pasado como si fueran de ahora mismo. Y claro, uno les cuestiona el devenir de los últimos acontecimientos, por qué se nos cayó la casa encima justo cuando la tía Rita iba a empezar a tocar la Sonata 32 en do menor de Beethoven y las paredes no saben. Pero tararean, eso sí, la misma melodía que silbaba el abuelo en los días aciagos. Y ante eso, qué quieres, solo queda recoger e irse.

  4. MALDICIÓN FURTIVA

    Un furtivo huracán devastó la única morada en la que sus vidas se habían acomodado tras largos meses de trabajo, remordimiento y esfuerzo. Una maldición profana que les hundió sus ilusiones y su comienzo.
    Irrisorios periódicos llenos de noticias banales alfombraban un suelo que ni siquiera era ya eso. Tierra, solo tierra polvorienta e infértil.

    Sus vidas comenzaron a teñirse de un blanco y negro yerto y sus palabras en un lenguaje de silencio. Todo parecía devorado por una soledad que insistía en quedarse entre ellos.

    Azotados por la desgracia y el sentimiento de culpa decidieron desenterrarla y acomodarla en ese rincón en el que ella hacía de sus vidas un infierno. La arroparon y esperaron que de nuevo con su presencia al menos volviera el color, las paredes y la cosecha a la casa, aunque también con ello el peso de los insultos, las amenazas y los desprecios.

    Parece que despeja en el margen izquierdo del firmamento…

  5. AMOR HURACÁN

    Aquel vecino escritor… Se volvió loco abandonado por una mujer que se sentía desatendida.
    Sus cimientos estaban resquebrajados por completo.

    Mi padre muy amigo de Ramón me pidió que me acercase para invitarle a ver el partido.
    No hizo falta ni que tuviera que llamar a la puerta porque literalmente su mujer se había llevado los cimientos con supongo… su corazón.
    Me adentré en la casa de Ramón silencioso viendo toda su dedicación tirada por los suelos.
    Recordando con cariño algún cuento e historias relatados por el cuando era más pequeño.
    La tinta de su brazo se había agotado para cubrirse de lamentos.
    Escuche su abatimiento por un fino tabique destartalado, se le oía sollozar como un niño.
    Fui incapaz de decirle nada solo pude escucharle en silencio y sentir que se encontrará así.

  6. Derrota.

    Ahora ya mayor, vuelve a la casa familiar, está destruida, igual que él.
    El recuerdo de cuando era niño lo acecha detrás de una pared a medio derruir.
    Está ahi, rodeado de las cientos de páginas que un día se prometió escribir.
    Y viene buscando esa niñez en la que fue feliz, pero…sólo encuentra el caos, el mismo que dirige su mundo.
    El niño que fue sigue tras la pared.

  7. Lo que tiene el coleccionismo, como casi todo en esta vida, son efectos secundarios. Cualquiera que vea la foto de arriba diría que en esa casa acaban de lanzar un misil, pero nada más lejos de la realidad. La propietaria de ese inmueble, sencillamente (o complejamente) padecía un TOC (Transtorno obsevivo compulsivo), en este caso el conocido como “Síndrome de Diógenes”, y que consiste en la acumulación compulsiva de objetos. La señora N. D. S. hacia acopio de todas y cada una de las ediciones del periódico ABC. desde hace más de 60 años. Falleció la semana pasada, que en paz descanse. El peligro que tiene el ABC es que lleva incorporado una comodísima grapa. Y claro, una grapa por sí misma resulta un objeto inofensivo, pero cuando tienes en tu casa un par de toneladas de periódicos, el peso acumulativo de las grapas aumenta considerablemente y pasa lo que pasa.
    En cuanto a los dos personajes que aparecen en la fotografía, su presencia es meramente testimonial. El tipo del fondo acaba de heredar el inmueble de su madre, N.D.S. y está tanteando la posibilidad de construir una escalera de caracol entre el sótano y el primer piso, porque las escaleras de caracol están muy de moda , ahorran espacio y resultan sumamente prácticas. En cuanto al niño, es su hijo y se está rascando la oreja contra la pared, así de claro, sí, no me mires así: a veces, las cosas son tan evidentes como aparentan

  8. Tras la pared

    El niño apoyó una de sus orejas contra la pared. En ese ambiente en que estaba tenía muchos papeles que leer, y también podía ingresar al otro ambiente dando unos pocos pasos. Sin embargo, prefería escuchar a escondidas.
    ¿Qué estaría haciendo el hombre tras la pared? La única manera de saberlo era escuchando, ya que yendo allí él no se mostraría como creyéndose solo.
    La tempestad se había llevado casi todo. Ese “casi” le daba un poco de esperanza. Habían quedado las paredes para la reconstrucción. Dependía de lo que decidiera el hombre tras esa pared. Por eso lo escuchaba: quería descubrir el estado de ánimo de quien constituía el pilar sobre el cual se sostenía su familia; ya no la casa, sino su familia.
    Ese hombre era su padre.

  9. DE LA NOSTALGIA Y EL VIENTO.

    Tan solo soltó su mano un instante, pero su hijo era tan pequeño y frágil que el vendaval lo llevó.
    Ahora sale al porche, como los demás padres, para verlos pasar en bandada cuando se levanta el cierzo. Algunos muchachos todavía gritan. Otros, apáticos, se dejan mecer por la brisa. Adrián ya doma las ráfagas y revolotea sonriendo tras unas chiquillas que piruetean a lomos de algún torbellino rebelde. A veces aún lo busca y aterriza en el zaguán unos instantes, pero ahora es un pájaro extraño y él prefiere encerrarse de nuevo, en su casa arrasada por el viento y despojada de infancia, para seguir recordando a su niño perdido. Y aunque sospecha que Adrián permanece al otro lado de la pared escuchando sus pasos y echándolo también de menos, insiste en derramar sus lágrimas sobre los escombros de juguetes esparcidos, la vieja enciclopedia de dinosaurios y las partituras de piano abandonadas, mientras jura y perjura que al próximo lo agarrará más fuerte. Más tiempo. Más.

  10. EL PRECIO DEL ÉXITO

    Infancia de horas de esfuerzo y estudio ante partituras imposibles en la soledad de su habitación.
    Le auguraban un futuro lleno de éxitos si trabajaba duro.
    Han pasado los años y ahora que ha llegado a la cumbre de su carrera, vuelve una y otra vez a buscar en su alma en ruinas, su infancia perdida y al niño que quedó atrapado junto a las partituras entre las cuatro paredes de su habitación.

  11. EL PRECIO DEL ÉXITO

    Infancia de horas de esfuerzo y estudio ante partituras imposibles en la soledad de su habitación.
    Le auguraban un futuro lleno de éxitos si trabajaba duro.
    Han pasado los años y ahora que ha llegado a la cumbre de su carrera, vuelve una y otra vez a buscar en su alma en ruinas, su infancia perdida y al niño que quedó atrapado junto a las partituras entre las cuatro paredes de su habitación.

  12. Astillas
    Cuando nuestra casa fue blanco del primer bombardeo, mi padre estaba tocando el piano junto a la ventana, encerrado en su sala de ensayo. No pensó en mi madre, que murió en la cocina atravesada por las esquirlas, ni en mis hermanos y yo, que en el cuarto de las partituras, hacíamos los deberes. En cambio, se abrazó a su tesoro, el piano Steinway & Sons, intentando protegerlo del desastre. Y lo consiguió. Pero a cambio de salvarle la vida, se quedó sordo a causa de las explosiones.
    Los niños, como cucarachas, sobrevivimos a todo. Y más allá del susto, resultamos ilesos. Ilesos si no se tiene en cuenta que perdimos a nuestra madre y fuimos testigos del ataque de locura que sufrió mi padre cuando se dio cuenta de que estaba sordo.
    Las lágrimas con que no lloró a mi madre, las vertió todas mientras se golpeaba los oídos contra la cola de su piano y la frente contra el teclado.
    Sobrevivimos a que permaneciera encerrado en su sala de ensayo y no nos diera ni una palabra de consuelo. Porque así como dejó de escuchar, dejó de hablar.
    Los bombardeos, como todos sabéis, se han convertido en cosa de día sí y día también. Mi tía, que es quien nos cuida, insiste en que permanezcamos en la sala de partituras cuando las sirenas empiezan a tocar, más por superstición que por seguridad. Como la primera vez nos salvamos, no es cuestión de intentar desafiar al destino.
    El bombardeo de ayer destrozó el tejado por completo, hizo estallar puertas y ventanas y echó a volar las partituras de mi padre desde los desaparecidos estantes. Los niños quedamos cubiertos por ciento de páginas plagadas de notas musicales. Y parece que eso, una vez más nos salvó. Mi padre no salió de su sala de ensayo ni siquiera después de que su adorado piano quedara destruido por completo y la puerta cediera. Con su traje de gala, como si fuera a dar un concierto de un momento a otro, se pasea entre los restos de madera murmurando palabras que no llegamos a comprender. No quiere vernos, por eso procuramos escucharle a escondidas, por si estuviera diciéndonos algo importante. Pero creo que no. Creo que simplemente le está hablando a su piano, confiándose a él.
    Y lo cierto es que esas astillas desperdigadas nos están dando un poco de celos. Pero no hay tiempo ni de ponernos celosos. Las sirenas vuelven a sonar.

    http://laletradepie.com/astillas/

  13. La búsqueda

    Padre e hijo jugaban a ser magos, cuando un abracadabra mal pronunciado y un golpe de varita en una chistera provocaron un fuerte temblor y la formación de un gran torbellino que se llevó todo a su paso, desnudando la casa de muebles, puertas y ventanas y, también dejándoles sin la pequeña Su y su mamá. Desde entonces, padre e hijo tratan de restablecer la normalidad, pero por más abracadabras que pronuncian y trucos que intentan, nada sucede. Mientras las paredes de la casa, de tanto en tanto, parecen susurrar sus nombres como si al otro lado los estuviese buscando.

  14. SINFONÍA ADOLESCENTE
    Desde que mamá se fue con el saxofonista, papá va con su traje chaqué por casa, como un pingüino en duelo. Como un huracán, su separación arrasó con todo: de la palabra hogar, solo dejó cuatro paredes en pie, no tenemos lecho ni techo donde dormir; de las vibrantes partituras, que antes nos daban de comer, solo quedan unas notas esparcidas; un muro infranqueable nos separa, y si no toma la iniciativa, aunque aún estoy aprendiendo a tocar la vida, tendré que llevar la batuta.

  15. El precio de la ira
    Es inútil que te escondas. Sabes que estoy ahí, a tu espalda, aunque no me veas. Me presientes porque giras la cabeza cuando escuchas el crujido de las paredes, el susurro del viento entre las vigas, las palabras que se desprenden de los papeles que devoran el suelo. Vuelves a sumirte en ese silencio opaco que te acompaña desde que todo terminó.
    Cada cierto tiempo regresas a las ruinas que dejaste porque, en el fondo, no quieres desprenderte de ellas. Necesitas el dolor para sentirte vivo. Y yo te acompaño para que no olvides el mal que causaste. Me meto en tus pensamientos, te incito a que remuevas el pasado, a que escuches el incesante golpeteo de tu corazón, el murmullo de tus recuerdos al acariciar las paredes, al pisar las maderas del suelo, la voz de ella o la mía. A que sigas recordando el pasado, querido padre.

  16. Lo que llamábamos hogar

    Papá ha vuelto. Siento de nuevo sus pasos sobre la casa, los dedos que se retuercen entrelazados en la espalda, su mirada severa, los hombros vencidos por la culpa.
    Ha llovido mucho desde que se fue. Las noticias han caído con cuentagotas durante meses y a mares en los últimos segundos. Demasiado peso para un techo con vigas de hojaldre.
    Ahora el padre que regresa ya no es un padre. Es solo un hombre. Nada más que un tipo triste que pasea cabizbajo por una casa, que ya no es su casa. Que tampoco es la mía. Es solo una construcción sin sentido, con una cubierta de niebla y las paredes manchadas por las dudas. Un templo derruido, olvidado por los dioses.
    Las pisadas errantes, el silencio espeso, son las últimas hojas que caen de este otoño, un teletipo dormido en las páginas de un periódico amarillento.
    Me tienta decir adiós a esa sombra, pero ya lo hice el día que descubrí que los muros eran demasiado altos y grises. Y que, además, no nos protegían de nada.

  17. DE OTRA PASTA

    Lleva más de una semana cenando revuelto de lágrimas en desazón. En cualquier otro organismo este menú acarrearía un sinfín de somatizaciones catastróficas, contracturas cerebrales, estados oníricomatosos o muerte vital, si te descuidas. En el suyo no. A él le inspiran los dramas, exprime el caos, lo transforma a su manera y se siente más niño que nunca. Artista le llaman algunos; otros loco, o rara avis. Pero no está solo. Por ahí hay más.

    *L*

  18. SCHERZOS FRIOS
    Alguien lanzó al viento un guijarro con mi nombre escrito, que atravesó, sin estridencias, el vano de una puerta rota, huérfana de vidrios. Rodó en un mar de partituras, polvorientas, preñadas de arias tristes que cantaban quebrantos, que lloraban olvidos. Corcheas que erigieron preludios de hambre, scherzos fríos. Quisiera huir a zancadas largas de la soledad que nos acompaña, que va conmigo y contigo. Pero aquí yazco transformado de piedra, aguardándote, detenido.

  19. La composición

    Lo vi llegar a la ciudad, era el más grande compositor del momento. Me le acerqué y le comenté que de grande quería ser un gran compositor, como él. Esbozó una ligera sonrisa, preguntó mi nombre y de dónde venía. Soy Juan, grité con gusto, y vengo del barrio de San Andrés, dije en un tono más calmado. La ligera sonrisa desapareció de su rostro y me preguntó consternado: “¿Cómo está el barrio hoy?” San Andrés era un barrio tranquilo de clase media hace años, pero la violencia del país lo ha cambiado, ya casi no hay lugar seguro. El gobierno hace eventos como en el que usted participo para engañar al mundo de que todo está bien, respondí.
    Él lo sabía, cuando comenzaron las revueltas huyó, pero quería regresar a su tierra, los recuerdos lo obligaban. Después me pidió que fuéramos juntos al barrio. Encontró las casas y calles devastadas. Preguntó que donde vivía y respondí que en la calle con unos amigos. Mi madre, que era pianista, fue asesinada por el gobierno en una manifestación en oposición al régimen. Después, el ejército destruyó las casas del barrio, entre ellas la mía. No la habito por los malos recuerdos, le dije. El siguió caminando por las calles maltrechas y se detuvo justo en mi casa. Entró y vio las partituras de mi madre tiradas en el suelo. Entonces le pregunté que cómo supo que esa era mi casa. Sorprendido preguntó: “¿Tu madre se llamó Carmen?” Yo lo confirmé con la cabeza. Me dijo que la amó profundamente, que quería que huyera con él, más ella no quiso. Me pidió que me fuera con él para que tuviera una mejor vida y después fue a la habitación de al lado. Puse mi oído detrás del muro y lo escuché llorar amargamente. Juro que ése lamento fue la melodía más triste pero dulce que jamás había escuchado.

  20. El piano
    Papá está hundido. Los invasores destrozaron nuestra casa, desordenaron todas las partituras y se llevaron el piano. Papá no para de preguntar para qué demonios quieren esos salvajes un piano. Era toda su vida. Nunca le había visto llorar hasta que subieron el piano a un camión. Se puso de rodillas para rogarles que no se lo llevaran. Ni siquiera a mí me dejaba tocarlo. De hecho, yo odiaba ese piano. Siempre que mi padre lo tocaba, salía de casa para no oírlo. A mí no me preocupa que se lo llevaran. Yo lloro por mamá, a la que también subieron a un camión. Papá no parece echarla de menos.

  21. Karma

    Recuerdo cuando jugábamos en la casa abandonada. Recreábamos el incendio que había matado a esa infeliz familia hacía solo un año. Mamá siempre nos decía que era de mal gusto. Nosotros lo pasábamos en grande. Éramos los valientes bomberos que sacaban los cuerpos calcinados. El único que sobrevivió a esa horrible tragedia fue el gato. Uno de color anaranjado, arisco como él solo. Ahora me encuentro entre los escombros de mi propio incendio personal. Supongo que el karma siempre las devuelve todas, aunque fueran juegos de niño sin sentido alguno.

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