Viernes creativo: escribe una historia

 

Si la semana pasada os proponíamos una imagen «a la sorolla», hoy os traemos una foto «a la hopper» de Richard Tuschman.

¡A escribir!

 

©Richard Tuschman

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23 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. La musa

    —Mira que eres rarito querido. Lo normal después de tener sexo es fumar. O en el caso que haya amor, abrazarse. O simplemente quedarse tumbado en la cama y disfrutar del relax que proporciona un buen orgasmo.
    —¿Por qué piensas que ha sido bueno?
    —Porque hablo de ti y en tu caso sé que ha sido bueno. Conozco perfectamente mis habilidades en la materia, por eso las cobro tan caras y por eso siempre vuelves a buscarme.
    —Vuelvo a buscarte porque eres la única que me inspira después de correrme. Lo he probado con otras y no me pasa con ninguna. Tú eres especial, y por eso te pago el doble y ahora calla que me distraes y tengo que seguir escribiendo…

  2. DESNUDOS SIN ALMA

    Vivían encerrados en aquella casa bajo un silencio ensordecedor.
    Un silencio solo roto por el paso de una hoja de periódico o por la calada de un cigarro.
    Su desnudez de cuerpo les impedía ver su desnudez de alma.
    Sus ganas de amarse, sus te quiero, eran historias del pasado.
    Ahora era solo sexo, solo placer carnal, sin sentimiento, sin amor.
    Él tras leer la noticia más horripilante era capaz de follarla fríamente, y ella, como una estatua griega, mientras, mantenía el cigarrillo encendido
    Eran cuerpos desnudos sin vida.
    Eran simples cuerpos sin alma.
    Eran recuerdos de un ayer sin mañana.

    @xokotonto

  3. TARDES FURTIVAS
    Antes, la tarde de los viernes era la suya; ella iba a su casa y se entregaban con la desesperación que regala la clandestinidad. Desde que son libres para amarse, sin embargo, esas tardes han tomado otro cariz: él la espera solo para dejarla entrar, luego ella se desnuda en silencio, sin molestale; cuando termina se viste y se va. Sus miradas solo se cruzan un instante para decirse que voverán a verse, un viernes más.

  4. MEJOR ASÍ

    No le iba a comentar nada de las erecciones incontroladas ni de la cantidad pajas que se había hecho pensando en ella, criatura perfecta e imperfecta al mismo tiempo. Tampoco haría mención de lo exhausto que estaba ahora que había terminado la historia. Sólo hablaría de lo que suele gustar: de su belleza, de su sensualidad y de lo que atrae y libera esa desinhibición muchas veces inexistente en las demás. Por supuesto, obviaría todo lo que se quedaba al margen: los sonoros e incontrolados eructos y ronquidos, la fetidez de esos pedos que no suenan, el hilillo de baba pestilente que dejaba lamparones sobre la almohada tras dormir con la boca abierta, las manchas en las bragas, o el fuerte olor de sus axilas. Estos trazos de cotidianidad sucia, casi escatológica, causan repulsión y hasta rechazo, y su editor los eliminaría con toda seguridad, si se los encontraba, pues no venden tanto.

    *L*

  5. Verano en Nueva York

    Aquella tarde de domingo de mes de agosto el calor era insoportable en Nueva York. Por las ventanas y puertas abiertas no corría ni una pizca de aire. Tom y yo andábamos desnudo por el apartamento. Él sentada a la mesa del comedor seguía trabajando con su portátil, yo tumbada en la cama fumaba mis mentolados y esperaba, mirando por la ventana, a que dejara de apretar el calor.
    Desde la habitación le grité a Tom:
    –No pasó un fin de semana más así; mañana mismo compramos un aparato de aire acondicionado o por lo menos unos ventiladores potentes.

  6. Odio a los escritores. Tienen a la mujer más hermosa esperándoles desnuda en la cama y prefieren enredarse con su musa imaginaria, para que a la postre acabe dejándolos por ese otro escritor al que envidian. Les encanta sufrir con ese tipo de mujeres, tempestuosas e infieles, esas que les hacen sufrir, que solo existen en su cabeza y que hacen que siempre nos vean a las mujeres de carne y hueso más gordas, más feas, menos inteligentes y brillantes que sus adoradas amantes imaginarias. Pero espero, fumando espero, como decía la canción, y estoy pensando en quemar el colchón para que se despegue de ese ordenador portátil y venga a mí, a salvarme, a acariciarme, aunque sea bajo una manta en la UVI móvil de los bomberos.
    Ningún hombre permanece impasible ante una mujer desnuda, soy yo la odiosa escritora que imagina que un hombre puede enrollarse con su musa y olvidarse de lo que tiene a su alrededor, incluso de esa mujer que le espera en la cama. Todo eso es mentira, eso solo ocurre entre tú y yo, entre tus ojos leyendo estas líneas y tu voz susurrándolas en tu interior.

  7. Me dejó en medio de la acción porque le inspiré un poema, eso dijo. Lo bueno es que ya me pagó. Yo si soy paciente: esperaré a que termine su escritura y cuando vuelva verá que yo soy capaz de inspirar más que un poema, sobretodo cuando tengo hambre y él es de sangre caliente…

  8. Mientras yo finjo escribir en mi mesa, ella me llama a gritos desde la alcoba, completamente desnuda.
    Yo la ignoro: sé que si entro en esa habitación, no podré contenerme. La haré mía, sin importarme nada.
    Pero no sabría que decir cuando tenga que volver a dejarla en el asilo.

  9. “Mientras yo finjo escribir en mi mesa, ella me llama a gritos desde la alcoba, completamente desnuda.
    Yo la ignoro: sé que si entro en esa habitación, no podré contenerme. La haré mía, sin importarme nada.
    Pero no sabría que decir mañana, cuando tenga que volver a dejarla en el convento.”

  10. El duro oficio de proporcionar placer

    Se encontraron en el ascensor. Se saludaron. El vaivén del bolso de ella y el maletín de él provocaron que sus manos se rozasen. Ninguno de los dos se retiró del juego placentero. Se miraron a los ojos. Ella le sonrió. Él le devolvió el gesto y subió la apuesta: abrió la puerta del ascensor y tiró de ella hasta introducirla en su casa. Como posesos, se besaron hasta llegar al dormitorio principal. A los pies de la cama, se desnudaron como salvajes. Él la desmelenó y ella le tatuó su dentadura en el hombro. Se tendieron en el colchón. Ella utilizó su lengua para lamerlo por entero. Él la colocó para poder saborear su sexo. 69 segundos después, sus movimientos eran rítmicos. Ella devoraba el miembro viril y él buscaba agigantar el clítoris. Extasiados, ella se sentó sobre él y empezó a cabalgar. Cada embestida era más violenta que la anterior y sus jadeos se intensificaban. El cabecero de la cama temblaba más de siete puntos en la escala Richter. Los muelles del somier gritaban más, más, más. Al mismo tiempo, los dos llegaban a…

    —Cariño, no te olvides de incluir que “se prometieron amor eterno” y, por favor, regresa a la cama, que aún no hemos acabado y me estoy enfriando.

  11. CALADAS DE DELIRIO

    Se postró en la cama deseosa de caricias. Comenzó a desprenderse de cada tela que cubriera su cuerpo. La blusa resbaló por sus hombros hasta caer al suelo, la falda osó deslizarse por las piernas y estrellarse a los pies desnudos de calzado. La ropa interior le quemaba la piel como un fuego húmedo que deseara calmar su ardor con la fresca saliva de unos besos.
    Y ahí, expuesta, y envuelta en mutismo, esperó el cuerpo desnudo de su amante.
    Sus dedos comenzaron a sentirse fríos y su tibia boca a exhalar el humo de un cigarrillo prendido para templar la densidad de sus senos. Un almizcle de aroma y sudor comenzó a bañarla entera.
    Al otro lado de la puerta, tecleando sin pudor, se hallaba el amador virtual de muchas y de nadie.
    Todo un despropósito para una realidad que le espera ansiosa y se iba esfumando igual que una arrogancia de hollín en una calada tras otra que no conseguía llenar ni sus pulmones ni el abismo de sus caderas.

  12. “Chesterfield”

    Ella, que parece bella y aparentemente decidida y juguetona, tú me entiendes, hace como que fuma, dando a entender que está esperando a que él entre en la habitación para hacerla el amor, o lo que sea. Él, haciéndose el interesante, está en el otro cuarto en plan intelectual, echando cuentas, para ver cuanto dinero les queda en la cuenta, valga la redundancia. Pero es inútil. Podrían quedarse así el resto de sus respectivas eternidades. A él las cuentas no le saldrán jamás y ella, aunque aún no lo sabe, se está fumando su último Chesterfield..
    De ahí ésta ilustración, donde aún queda algo entre el sarcasmo y el romanticismo: si se hubiese dibujado un par de horas después, estaría teñida de rojo sobre fondo negro, que tampoco es plan.

  13. FRUSTRANTE ESCRITOR
    Instantes después de haber localizado el punto G, y con el trabajo a medias, se levanta sin decir una palabra y regresa a su ordenador. Le espero, recostada sobre la cama con un cigarro encendido, y mientras tarareo mi canción, lo observo a través de la puerta. Cuando vuelve, tras medio paquete, me ve cabreada, me dice: -cariño, tengo que terminar el libro -, y yo, mientras enciendo de nuevo otro cigarro, me maldigo por ser la musa del universo que lo inspira.

    • FRUSTRANTE ESCRITOR
      Instantes después de haber localizado el punto G, y con el trabajo a medias, se levanta sin decir una palabra y regresa a su ordenador. Le espero, recostada sobre la cama con un cigarro encendido, y mientras tarareo mi canción, lo observo a través de la puerta. Cuando vuelve, tras medio paquete, me ve cabreada, me dice: -cariño, tengo que terminar el libro -, y yo, mientras enciendo de nuevo otro cigarro, me maldigo por ser la musa del universo que lo inspira.
      Modificado

  14. SOLEDAD COMPARTIDA
    -¿Otra vez escribiendo? La puñetera inspiración y tú… Ni siquiera te vistes…Por eso has terminado tan pronto, dejándome a medias.
    -Mujer, eso no es verdad. Lo hemos hecho al modo y velocidad de siempre. Deja de quejarte y para ya de fumar, que impregnas todo con tu apestoso olor.
    -Algo he de hacer, digo yo, mientras tú imaginas otros cuerpos y otras vidas. Es duro saber que mis enemigas son mujeres irreales, a las que no puedo coger por los pelos y arrastrar. ¿Me estás escuchando?,,, no, claro, ya has desconectado. Tranquilo, saldré a buscar a alguien que no me comparta con sus musas, que me quiera por mí misma.
    -Eso, eso, vete. Y tráeme unas cervercitas, cuando vuelvas.

  15. La locomotora en el páramo

    Él es un hombre de silencios tristes, de pensamientos inaccesibles. Podría decir que vive en otro sitio, en un lugar lejano dominado por las nubes, donde nada es sencillo, poco es limpio y duele hasta pestañear. Siento que es, a veces, un sheriff recién llegado a un pueblo sin ley, empeñado en implantar justicia entre asesinos implacables, derrochando todas sus fuerzas en una labor yerma e ingrata. Desde la cama lo veo teclear su portátil con pasión, con frustración, con ira, prisionero de ese mundo hostil del que apenas escapa.
    Cuando lo hace, acude a mi cuerpo y lo trata como un niño a un juguete nuevo, explorando cada uno de sus rincones, tratando de terminárselo todo el primer día. Feliz y exhausta, consumo un cigarrillo, intentando averiguar por qué esos ojos tan tiernos tienen que volver tan pronto al lugar donde habitan siempre.
    El humo sube y se acumula en el techo, sin apenas moverse. Pienso que soy una locomotora detenida en un páramo sin viento, esperando que la asalten los indios, camino de una estación que nunca alcanzará. Pero por aquí solo aparece un llanero solitario, de vez en cuando, camino de otra parte.
    El tabaco está a punto de agotarse. Noto el calor próximo a mis dedos. Pronto se diluirá el vapor blanco por toda la habitación y comenzaremos a sentir frío. Yo me vestiré deprisa y abandonaré el cuarto. Él seguirá desnudo, luchando contra enemigos cubiertos de corazas, hasta que sienta de nuevo la necesidad de encontrar calor fuera de su país de brumas.

  16. Pareja
    Hace dos horas que Marcelo me dejó para escribir un microrrelato de cien palabras que debe entregar urgentemente. Sigo esperando que acabe. ¡Cuánto tarda! En dos horas, yo habría escrito por lo menos cuatro o cinco páginas, casi un capítulo. Marcelo, sin embargo, necesita una eternidad para terminar cada uno de sus dichosos microrrelatos. Y lo peor es que luego me los lee. Estoy temiendo que termine éste. Nunca me entero de lo que van. No comprendo qué gracia tienen. Mi editora tenía razón cuando me lo advirtió: una novelista y un escritor de microrrelatos nunca harían una buena pareja.

  17. Fantasía entre cuatro paredes

    En cada mente hay una habitación secreta. Hay quien la ocupa con la última tecnología y quien tiene un harén, las hay llenas de tornillos, ordenados por tipos y tamaños; en otras se podrían encontrar cuadernos y bolígrafos que escriben a la primera, también hay estancias con libros viejos, amontonados, que huelen a polvo. Yo tengo un escritor que lee todo lo que yo querría; él tiene una mujer desnuda que espera a que termine. Tan real todo, tan imaginado.

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