Viernes creativo: escribe una historia

 

¿Es un cuadro o una foto? Por suerte para la niña, o quizás para los depredadores, es una ilustración de Kevin Peterson.

Veamos si podemos escribir un relato que mezcle realidad e imposibilidad de la misma manera. ¡Seguro que sí!

©Kevin Peterson

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19 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Y Caperu se hizo con el control de la manada. Con frialdad adulta permitió que se atacara a todos los que, al amparo de la oscuridad, se dedicaban a contar mentiras sobre ellos. Por fin, el Reino de los Cuentos triunfó sobre la Realidad Cruel y vivieron felices y comieron padres.

  2. Hambre

    Una jauría de hombres entró por la puerta de su vida. Venían dispuestos a acabar con lo que quedara pero ella hacía tiempo que se había convertido en un animal feroz que no se amedrentaba ante el hambre. Se los comió a todos que, aburridos, tuvieron que esperar a que les tocara su turno. No quedó ninguno con vida para dar la voz de alarma, para llamar a los otros, para que nadie se lo perdiera, pues fue un espectáculo digno de admiración.

  3. BAILANDO CON FIERAS

    A Carlita no viene nadie a buscarla a la salida del colegio, regresa sola a casa y en la esquina siempre la esperan unas cuantas compañeras de clase que se meten con ella insultándola, zarandeándola, esparciendo el contenido de su mochila. Cuando han acabado, Carlita recoge sus cosas aguantando las lágrimas. Por la noche no quiere dar disgustos a su madre y no le cuenta nada. En su cama se agarra a su conejo de peluche y se refugia en sus sueños donde corre en el bosque con osos y lobos.
    Aquel día alguien la espera a la salida y se alegra, son sus amigos de la noche. Al llegar a la esquina Carlita extiende el brazo señalando aquellas que tanto la molestaban.

  4. Depredador

    Ella era especial y todos lo sabían pero por motivos diferentes. La gente corriente se fijaba en ella por su belleza infinita. Su pelo rubio y esos dulces ojos azules como el mar. Pero ella era más que eso, pues escondía un don. Un poder. Una bendición. Era capaz de dominar a las fieras. Y que bien le vino aquella noche, cuando el depravado del marido de su tía Jen, tuvo la mala idea de entrar en su cuarto, en su mundo. Un silbido bastó para avisarlos. “Ha sido él, ha intentado hacerme algo malo”
    Pobre marido de la tía Jen…

  5. Sara no le temía a nada: no se asustaba al escuchar el sonido del despertador, por las mañanas, ni sufría cuando tenía que pasar horas sentada en clase, pues escuchaba, por momentos, a la “Seño” y, casi todo el tiempo, se distraía mirando por la ventana, imaginando mundos fantásticos, repletos de fieras dóciles, unas verdaderas amigas para la niña. Así, se imaginaba paseando con el oso, el lobo, el leopardo, el león… Con todos ellos, compartía aventuras y sueños.
    -¡Sara!, ¡baja de la nube! Será posible contigo… siempre estás pasmando, hija. Hace media hora que tenías que haber hecho el problema de matemáticas. Desde luego, está claro que no vas a ser una experta en ciencias exactas. Mucho me temo que, más bien, tendrás un lugar destacado en el País de Nunca Jamás. ¡Diablos de criatura!

  6. Blancanieves

    En este precioso momento de mi vida, así es como me veo en el espejo. Pequeña, como tú querías que fuera siempre.
    Para ti yo era Blancanieves y tú mi príncipe azul. El palacio, tu lecho. Tu lecho, mi prisión. Yo era una niña dulce, cariñosa y dócil a quien contabas una noche tras otra los cuentos de tu infancia. No importaba mi edad, ni la tuya.
    A tu lado, escuchando el gorgoteo de tu respiración, aquella niña rubia ha regresado rodeada de sus monstruos, de todos los fantasmas que me acompañaron en la niñez, que pervirtieron mis sueños, que alejaron mi infancia, acurrucada entre aquellas sábanas, año tras año.
    A esos fantasmas, a esos mismos monstruos los domino yo ahora y te van a acechar hasta tu último suspiro. Te lo aseguro.

  7. MÁS ALLÁ DEL JARDÍN

    María nunca tuvo amigos, siempre estuvo sola.

    En sus juegos participaban su osito Ben y su lobito Rex. Sus peluches más queridos.

    Cobraban vida, siempre que su imaginación traviesa jugaba con la fantasía y hacía que todo fuese posible, con solo desearlo.

    En una de sus aventuras por el barrio decidieron ir un poco más allá de su jardín.

    Se quedó boquiabierta cuando descubrieron un parque lleno de niños que se divertían juntos.

    María nunca se había divertido como ellos, con sus risas y gritos, y deseó ser una más del grupo.

    Acompañada por Ben y Rex se acercó temerosa.

    Todos la aceptaron de inmediato, acogiéndola junto a Ben y Rex, como a una más.

    Jugaron y jugaron sin descanso hasta que María despertó de su sueño tremendamente feliz…

  8. La hija del domador

    La pequeña Su era indomable y lo mismo se refugiaba en la plataforma de los trapecistas como en el baúl del mago Fumanchú, siempre huyendo de la sombra de su padre. De él solo admiraba su capacidad para domar fieras. Se pasaba horas contemplando sus ejercicios circenses a escondidas. Pero por las noches, mirarlo a los ojos, contestar que sí en vez de un no o llamarlo papá era jugársela al bofetón o al beso apestado de bourbon. Con su madre era peor y todos los días el salvaje la molía a palos. Hasta que aquella tarde que se excedió en su saña, la pequeña abrió la jaula del lobo, del oso y del tigre, y utilizando la destreza de sus genes, les ordenó a las fieras «ataque» cuando su padre salía de la caravana familiar.

  9. La enviada

    «Entiendes mucho más que yo a este mundo y sus criaturas». Obsesión – Miguel Mateos

    La niña de aspecto angelical llegó al mundo rodeada de un halo de realeza. Pronto se destacó por su belleza y por su precocidad para entender la sociedad en la que vivía. Pero eso no fue lo único: aun los animales le obedecían.
    Fanáticos milenaristas la consideraron una profeta; otros, una enviada de Satanás. Esos otros planearon su exterminio.
    Ella no se asustó, después de todo, sólo aceleraban su tiempo. El oso y el zorro obedecieron; ellos recibieron el privilegio de ser elegidos para iniciar el trabajo.

    • Me acabo de dar cuenta que es un lobo, no un zorro. Aquí va de nuevo:

      La niña de aspecto angelical llegó al mundo rodeada de un halo de realeza. Pronto se destacó por su belleza y por su precocidad para entender la sociedad en la que vivía. Pero eso no fue lo único: aun los animales le obedecían.
      Fanáticos milenaristas la consideraron una profeta; otros, una enviada de Satanás. Esos otros planearon su exterminio.
      Ella no se asustó. Después de todo, sólo aceleraban su tiempo.
      El oso y el lobo obedecieron. Ellos recibieron el privilegio de ser elegidos para iniciar el trabajo.

  10. HOGAR SILVESTRE

    Adela, siempre quiso ser mascota, adoptada o mera invitada de un hogar en orden. Con el tiempo percibió que los humanos no estaban preparados para su salvaje comportamiento. Por ello se escapó al bosque. Las endrinas le dieron aliento y las aves un canto. Se acurrucó entre los zorros y se alimentó de la miel de los osos.
    Tras un tiempo encontrada en esa naturaleza agreste, volvió a la civilización señalando cada hogar que le fue negado.
    Ahora reposa entre madrigueras, nidos y oseras que albergan su inocencia y su estar silvestre entre una fauna humana que no la entiende.

    Hoy, sonríe y se despereza de una forma animal que encandila.

  11. CAUTIVA DE LOS ANIMALES

    Cuando era un bebé, Conejito fue mi primer amigo; aquel que, por las noches, me protegía de los monstruos. Pájaro Cardenal fue mi segundo aliado; posado sobre mi cabeza, siempre me protegió de las liendres, y mosquitos de toda clase. Más tarde, Loba, me dio ese instinto y coraje de madre que, por circunstancias de la vida, no había conocido. El penúltimo, Oso, aunque tenía pereza de ayudarme a recoger los juguetes, me dio la fuerza de un padre, ese último impulso que necesitaba para, señalando con el índice, indicar a la policía la alimaña que había abusado de mí.

  12. Chantaje

    Y ellos querían dejar de ser los malos, los villanos del cuento para siempre. Y Violeta prometió ayudarles si se convertían en sus sirvientes. Y cada uno a su manera vivió el resto de su vida en la más absoluta libertad.

  13. Osonegro y Lobogrís
    Mi madre me decía que cuando fuera mayor me cansaría de jugar con Osonegro y Lobogrís. Siempre he tratado de llevar la contraria a mi madre. Fue por eso que decidí no crecer. Los que se han convertido en adultos han sido mis mascotas. La gente se asusta cuando las ve por la calle. Menos mal que Conejorrosa sigue siendo el muñeco de peluche de siempre.

  14. Fanfa y yo
    Un buen día se esfumó y no supe más de ella en diez años. Era mi mejor amiga, que no por nada se había ganado el apodo de Fanfa en el instituto, y si por una parte su desaparición me dolió, por otra fue una especie de liberación; en aquella época yo no tenía nombre propio, todos me llamaban « la amiga de Fanfa».
    Trabajo de cajera en un supermercado y, aunque los jefes nos manden ser amables con los clientes, nos recuerdan que lo único que nos debe importar de ellos son sus manos; una vez comprobado que tienen los dedos necesarios para el trajín ese de sacar, colocar, recoger, buscar, abrir, cerrar… ¿para qué querer saber más?
    Y por esa razón no me fije en Fanfa, hasta oírla decir al que la acompañaba «yo lo suele comprar en otra tienda mucho mejor»; de la emoción tuve que sentarme en esos taburetes altos que tenemos las cajeras, pero que solo podemos utilizar en caso de cansancio extremo.
    Después del montón de estupideces, que se suelen decir en esos tipos de reencuentros, quedamos —o quedó ella, no lo recuerdo— en vernos al día siguiente.
    —En el bar de siempre —me dijo.
    —Se quemó hace ya cuatro o cinco años —le contesté.
    —Pues en el de al lado —me dijo.
    —Vale —le contesté.
    —A la una —me dijo.
    —Vale —le contesté.
    Diez años son muchos años según y cómo se mire, y sentada frente a Fanfa y a una cerveza «de importación riquísima» que me estaba sabiendo a rayos —yo prefiero las claras con casera—, tuve la extraña sensación que se me iban encogiendo las piernas, los brazos, los dedos… a la vez que encogían también aquellos diez años.
    Mientras tanto Fanfa hablaba, hablaba… dándose humos como siempre lo había hecho y, cuando me quise dar cuenta, ya tenía ante mi al camarero presentándome la adición como un cura la ostia. Otra vez lo había hecho la muy puta y me tocaba pagar.

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