Viernes creativo: escribe una historia

 

Silvia Grav es una artista con unas obras sugerentes y metafóricas. ¿Por qué camino nos lleva esta foto?

©Silvia Grav

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28 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Vida efímera, desintegrada en minúsculas partes, apenas perceptibles al ojo humano, está esperando, sentada, a que recapacites, a que vuelvas a su lado. Quizás nada llegue a ser como antes pero, si decides regresar, sé que esas cenizas de ahora revertirán el tiempo y aquel cuerpo que tu ausencia arrebató, muy poco a poco, se levantará de la silla para correr a abrazarte y besarte. Todavía hay tiempo. Mis piernas y mis pies están intactos.

  2. Estados

    No siempre has sido de humo, ya no te acuerdas, pero hubo un tiempo en que eras agua y lo encharcabas todo al pasar. Yo iba siempre detrás, con la fregona; con tal de tenerte cerca no me importaba secar la vida una y otra vez. O cuando te dio por la tierra y lo sembrabas todo de mantillo, las flores crecían sin que te dieras cuenta. Menudas sopas de pétalos nos comimos, qué tiempos. Recuerda, también, que fuiste cielo estrellado y llovías fugaz, pringabas el dormitorio de meteoritos brillantes. Qué boquetes en las paredes tuvimos que arreglar, como si hubiéramos vivido una guerra. Y ahora quieres ser humo, pero a mí no me extraña, verte huir por la chimenea, por las ventanas, que te deshagas en cualquier momento, que te fundas en negro. Lo único que te pido, por favor, es que limpies tú este hollín, que yo estoy ya cansada y mañana viene tu madre.

  3. El día en que te perdí habían prevenido a todo el mundo para que se preparara para la extraña e inusual tormenta eléctrica de vientos huracanados que se nos venía. Cómo sospechar que la única nube negra que iba a ver de cerca en mi vida iba a ser tu ausencia.

  4. SE ESFUMO

    Su vida se le escapaba literalmente entre las manos como el humo. Por eso cuando llego aquel día a las urgencias del hospital les dijo atiéndanme rápidamente o me desvanezco, solo recibió por respuesta espérese en la sala, ya le llamaremos, todos tienen prisa y estamos saturados.
    Por fin al cabo de 6 horas su nombre apareció en la pantalla, pero en la sala de espera nadie se movió. Lo llamaron por megafonía, pero tampoco hubo respuesta, pensaron que se había marchado.
    Al llegar la limpiadora de la noche, sobre la silla del rincón de la sala de espera encontró una cartera y bajo la misma recogió un montón de cenizas.

  5. Oculto

    Solo aparecía ante los ojos de incrédulos en forma de bruma, humo negro e incluso, algunas veces, niebla. Su corporeidad quedaba relegada a un segundo plano para confundir aún más a aquellos que lo visualizaban. Su identidad era clara, pero nadie se atrevió a preguntar. Su condición camaleónica le impulsó a introducirse en lugares jamás imaginados. Observo la realidad de muchas vidas. Desde ese día decidió seguir su camino fundiéndose con el aire, elemento atrozmente desprestigiado.

  6. EN LISTA DE ESPERA

    Cuando Gustavo llegó al viejo y decrépito ambulatorio, la enfermera que le atendió le señalo la única silla que quedaba libre.
    —Le llamaremos cuando sea su turno.
    La silla era un tanto incómoda y para matar el tiempo se fijó en las grietas de la pared de enfrente. Parecían dibujar un mapa que él seguía con la mirada inventándose países exóticos.
    Cuando por fin la enfermera le llamó, Gustavo no reaccionó. Al ver que no se inmutaba, ella se acercó, le zarandeó un poco; entonces se dio cuenta, al ver su mirada fija en la pared y la sonrisa boba que se dibujaba en su rostro que Gustavo ya no estaba allí.

  7. Siempre había oído decir que la cara es el espejo del alma. Por eso me sorprendí al ver esta foto que me había sacado Edith, aquel lejano 11 de septiembre, en la terraza de su piso de Brooklyn, donde aireábamos nuestra angustia esperando alguna noticia de Bobby. En este caso fue la infamia la que se reflejó en el espejo de mis lágrimas, solapando con su tizne buena parte de mi esencia material.

  8. Más tarde, cuando la policía buscaba su rastro en la sala de espera del practicante, todos los testigos recordaban que al entrar había preguntado si habían echado lejía, que tenía alergia. “¿Qué le pasa con la lejía, caballero?”, le había preguntado con un poco de sorna la recepcionista, “¿le da tos, le escuecen los ojos?”. “No no, mucho peor que eso”, había contestado él. Ella dijo negó con la cabeza y él se sentó a aguardar su turno.

  9. ÚLTIMA VOLUNTAD

    Lo recuerdo con claridad. Comencé a arder un lunes a las ocho menos cuarto de la tarde mientras aguardaba en la sala de espera de Madame Foucault, la pitonisa. La espontánea combustión se inició por la cabeza, concretamente por el cogote, donde aún conservaba algunas hebras de pelo. Ustedes pensarán que cualquiera en mi lugar habría saltado de la silla y sofocado con diligencia y pocas dificultades aquel pequeño incendio. Pero lo cierto, y confío en que me crean, es que la abrasadora sensación me resultaba placentera en grado sumo. Así es que decidí dejarme quemar por completo.
    Hoy es viernes, son las cuatro y veinte. Si no ocurre un imprevisto, calculo que para el domingo solo seré cenizas. Que alguien le diga a mis hijos que ni se les ocurra tirarlas al mar, bastante porquería soporta ya el pobre.

  10. AUSENCIA

    Hace tanto que lucho con tu ausencia, por recordar cada gesto, cada mirada, incluso el sonido de tu voz
    .
    Tu espera, sentado junto a la puerta, hasta mi regreso para darme las buenas noches e irte a dormir tranquilo sabiendo que yo estaba bien.

    Pero el tiempo, que todo lo devora, me va robando tus recuerdos. ¡Me resisto a perderte!

    Con impotencia siento que te diluyes como el humo que el viento eleva y desapareces.

    Siempre serás mi padre… estás en mí.

  11. La cuarta pared

    —¿Cuánto tardas en evaporarte después de muerto?
    —Compleja pregunta de fácil respuesta. El tiempo que dura tu recuerdo. Mientras haya alguien en el mundo, no importa de qué tiempo, que guarde tu recuerdo, tu esencia se mantiene intacta y puedes seguir viviendo. En esta dimensión, claro.
    —Pero entonces somos perecederos.
    —Claro. Como en el lugar del que procedemos. Allí pierdes el cuerpo. Aquí se pierde tu reflejo. Se esfuma.
    —Pero dependemos de otros, de la huella que en ellos dejamos, y todo sin saberlo. Es muy injusto.
    —Así debe ser, de esta forma no manipulamos a los que nos rodean. Nos recuerdan porque de verdad lo merecemos.
    —Pobre Paul, le echaré de menos. Es una lástima que nuestros recuerdos no sirvan.
    —Sirven, para seguir viviendo. Para entender que solo disponemos de un tiempo y lo aprovechemos…

  12. CAPRICHO CALCINADO

    Te esperé sentada, sumida en los pensamientos de aquellos días en los que ardían nuestros estrenados cuerpos. En aquellos que la locura se desataba al roce de unos labios y se fundían en un encuentro acalorado e incandescente. En los que lo de menos era mirarnos y lo de más hervir nuestras impetuosas lenguas ávidas de llama, para calmar la fogosidad de nuestro capricho.
    Tórridas tardes entre sábanas ignífugas, noches crepitantes y auroras humeantes de un café con leche y unas tostadas.
    Fuimos pasto de un calcinante idilio, que se consumía como la retorcida mecha de un candil de aceite. Ferviente piel algodonosa que se iba quemando en cada caricia hasta quedar solo unas brasas desleídas en sudor.
    Te esperé sentada, evaporada, ahumada, tiznada de recuerdos. Te esperé hasta que se esfumó la esperanza.
    Y ahora aquí me tienes, condesada en una nube que tiende a disiparse entre el aire viciado y las rendijas de unas baldosas pasivas, frígidas y frías.

  13. El Gran Viaje

    Desde niño se había preguntado cómo sería ese momento. Se lo había imaginado liberador, pero no podía tener certeza de tal imagen. Más bien era una expresión de deseos. Él quería que fuera así. Además, las ficciones que leía y veía al respecto, lo inducían en ese sentido.
    Pasó la vida esperando vivir esa experiencia. En el fondo la vida no es mucho más que eso, un camino hasta esa meta. Alguna vez leyó un libro tibetano sobre el tema.
    Llegado el momento, sintió que se evaporaba. Dicen que el Gran Viaje se inicia por partes. El de él comenzó por la cabeza y fue bajando. Le quedaban las piernas para escapar, pero no quería: una parte de él ya estaba libre entre las nubes.

  14. Extinción

    Cuando lo contaste no te creímos ¡Tan fantasioso como siempre! Pensó la mayoría. Quién podía imaginar que realmente habías tomado aquello. Días antes apareció algo extraño en el cielo casi vacío de nuestro pueblo, conjeturamos mientras tomábamos café sobre su posible esencia, su origen, su destino, llegamos a la conclusión de que no había sucedido, ninguno pudo verle de cerca. Solo tú dijiste verlo, tocarlo y con aquella especie de jarrón en las manos sorprendías, es cierto, quisiste mostrarnos el contenido y nadie te atendió, las mentes volaban ya por el cuarto o quinto combinado a esas horas. Hoy cuando la resaca me ha permitido abrir los ojos he comprendido que intentabas compartirlo, tarde, no quedaba casi nada de ti, ni cuerpo, ni manos, apenas tus pies aún se mantenían en el piso, te has deshecho como si nunca hubieras estado y sólo ha permanecido en mi ropa ese olor acre, profundo, el olor que desprendía el jarrón que tan celosamente sujetabas. Mientras todo comienza a desdibujarse en mi entorno me pregunto por él, dónde está, qué ha sido de su contenido y entre sueños te recuerdo incitándonos a mezclarlo con la bebida.

  15. Fumar mata

    Exhala unas palomas mensajeras que aterrizan sobre su café ardiente para confirmarle su interés. Ella sonríe e, inocente, continúa con el juego. Con una nueva calada a su pitillo, traza una flecha sobre su cabeza que recibe la respuesta de un perfecto “hola” de humo. Excitada, replica con un aro de admiración sobre su cabeza. Ya no hay marcha atrás. Él utiliza su destreza con el cigarro y escribe de manera sucesiva “guapa”, “me gustas”, “¿nos vamos?”. Ella naturalmente no se lo piensa y acepta. Yo que, salgo tras ellos para seguirles, ya sé cómo titularé mi informe: «Fumar mata».

  16. La dulce espera

    Aarón esperaba a los agentes de las SS, como todos los días, con una angustia que le encogía el estómago. Sabía que si mostraba debilidad, lo llevarían a la enfermería, en donde alguien le había asegurado que se disolvería como la niebla en un día soleado. Llevaba días sin dormir bien, a causa del frío y la disentería, le temblaban las piernas y tenía que apretar los glúteos fuerte para no irse patas abajo. Esa mañana estaba convencido de que los militares no pasarían de largo. Lo expulsarían de la fila y lo conducirían a la habitación sin salida, de la que nada se sabía con certeza. Él solía imaginarla como una sala amplia, blanca y fría, con camillas cómodas, donde una enfermera le sonreía mientras le inyectaba un líquido acuoso con una aguja interminable. Entonces, su imagen se volvía borrosa y cesaba todo su sufrimiento, igual que debía ocurrir con esas nubes calentadas por el sol de mediodía. Acababa su tormento. Era lo único que deseaba en ese instante, que terminara todo. Entrar en una fase de insensibilidad perfecta, lo más parecido a la felicidad que podía idear. Sin darse cuenta, se descubrió sonriendo, ya no sentía dolor en el vientre y un líquido ácido y pegajoso comenzaba a resbalarle por las piernas.

  17. Firmamento

    Por el sendero que lleva a la fuente han dibujado estrellas. Intento no pisarlas aunque pronto sucumbo a su magia. Ruedo por planetas y lunas, constelaciones y un cometa. Imagino haber entrado en el cielo de la rayuela. Abro las puertas.

  18. Ensayo y acierto
    – Esta cerradura es demasiado compleja para un baño – dice el cerrajero. Lleva casi media hora intentando forzarla sin conseguirlo. Mi madre se encoje de hombros.
    El primero que se quedó encerrado en el baño fue el abuelo. Salió sin una pierna y sin una oreja. Como es sordo y cojo, tampoco importaba.
    Luego fue la chica que limpia, que salió sin la mitad izquierda del cuerpo. Mi madre se disculpó despachándola a casa con paga doble.
    Ahora es el turno de mi padre. Cuando el cerrajero consigue abrir, es tarde. No queda nada de papá allí.
    Mamá le paga religiosamente enjugándose dos lágrimas. Pero cuando el hombre se va, tiene que hacer grandes esfuerzos para ocultarme su sonrisa de satisfacción.

    http://laletradepie.com/ensayo-y-acierto/

  19. Espera, no deja que lo veas. Se insinua a veces y juega. Cuando se muestra y vas a atraparlo hace una finta y desaparece; durante meses. Se oculta en las sombras y no sabes ni cómo es, si es él o es ella, si pirata,si soldado o rey. Lo agarras, se te escapa de las manos; le das forma, lo imaginas, lo creas.

  20. PERSEVERANCIA

    “No me muevo de aquí hasta que me digas que me perdonas”, le había dicho Karlson M. Junior a su novia, Peggy Sue Peltentton en abril de 1929, cuando la Gran Depresión estaba apunto de estallar. Peggy Sue se excusó para ir al baño, entró por la puerta blanca que hay al fondo y se largó por la ventana. Y hasta la fecha. Lógico, porque no se puede esperar mucho de un tipo que te hace presión psicológica sentado en una silla de tijera. En cuanto a Karlson, ahí sigue, 87 años después, perseverando mientras se esfuma poco a poco. Si aguanta un poco más, terminará en la exposición permanente de algún museo de arte moderno. Eso sí, hay que reconocer su buen gusto: después de casi un siglo, mantiene casi intactos ese par de elegantes zapatos italianos.

  21. VIVIR SENTADA
    Fumando, a su edad, la gente está muerta, calcinada. Nuestra tatarabuela siempre ha sido muy coqueta, y un siglo más tarde, continúa en el firmamento, como una estrella a la que ya no le queda polvo por echar, resistiéndose a apagar su luz. El alzhéimer le ha hecho olvidar parte de la letra de su gran hit, que, como una metástasis, continúa por youtube. Además, ya no oye bien, y aunque la corregimos, enraizada a la silla de este inframundo, canta: -antes muerta, que sin silla -.

  22. Abrí la ventana
    –Señora, ¿puede repetirlo?
    –Ya se lo he dicho, inspector. Estábamos comiendo y mi marido se esfumó.
    –¿Se fue?
    –No, no. Se esfumó. Se convirtió en humo.
    –Perdone que le diga, señora, pero eso suena extraño.
    –Pues será extraño, pero es lo que ocurrió. Le puse la cena encima de la mesa. Comenzó a protestar…
    –¿Qué cenaron?
    –Preparé unas empanadillas en el horno. Me salieron tan ricas que me las acabé comiendo todas.
    –¿Qué pasó antes de que su marido… desapareciera?
    –Nada. Ya se lo he dicho. Comenzó a protestar por la comida. Siempre estaba lo mismo. Yo le decía: Si no te gusta, prepara tú la cena. Pero, claro, él no sabía ni encender la vitrocerámica ni programar el horno…
    –Cuando desapareció, ¿qué hizo usted?
    –Mire. Ya le he dicho que se esfumó. Lo que hice fue llamar al 091. Y luego abrí la ventana para que se saliera el humo.

  23. EL CASO DEL INQUILINO

    Esa noche el arrendatario llegó muy tarde y más ebrio que en otras ocasiones. Es posible que también consumiera estupefacientes, ya que se sospechaba su incursión en el mundo de los narcóticos. Mi padre pensaba decirle al día siguiente que desocupara su habitación y se marchara.

    El delgado y diminuto hombre se tambaleaba y sus zapatos no le ayudaban, ya que usaba tacones más altos de lo común para disimular su baja estatura. Esta vez no fue directo a su dormitorio, sacó un extraño frasco de su mochila y lo consumió en su totalidad. Luego se sentó con dificultad en una de las sillas de madera y pronunció varias incoherencias. Mi hermana comenzó a gritar porque notó que varias partes del cuerpo del sujeto estaban desapareciendo, y de su piel brotaba un gas oscuro y maloliente que se disipaba con rapidez. No sabría explicar en cuanto tiempo se evaporó por completo. Lo cierto es que todos estábamos aterrados y, durante más de diez minutos, no sabíamos si llamar a la policía o tomar otra medida.

  24. EL CASO DEL INQUILINO

    Esa noche el arrendatario llegó muy tarde y más ebrio que en otras ocasiones. Es posible que también consumiera estupefacientes, ya que se sospechaba su incursión en el mundo de los narcóticos. Mi padre pensaba decirle al día siguiente que desocupara su habitación y se marchara.

    El delgado y diminuto hombre se tambaleaba y sus zapatos no le ayudaban, ya que usaba tacones más altos de lo común para disimular su baja estatura. Esta vez no fue directo a su dormitorio, sacó un extraño frasco de su mochila y lo consumió en su totalidad. Luego se sentó con dificultad en una de las sillas de madera y pronunció varias incoherencias. Mi hermana comenzó a gritar porque notó que varias partes del cuerpo del sujeto estaban desapareciendo, y de su piel brotaba un gas oscuro y maloliente que se disipaba con rapidez. No sabría explicar en cuanto tiempo se evaporó por completo. Lo cierto es que todos estábamos aterrados y, durante más de diez minutos, no sabíamos si llamar a la policía o tomar otra medida.

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