Viernes creativo: escribe una historia

 

¿A qué saben los #viernescreativos? ¿Pinchan o son rugosos? ¿Suenan a cristales azules?

Sinestesia, un viudo de Cultura colectiva.

 

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14 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Asordan con sus dúctiles voces el tañer de la marmolea campana. Torpemente, vislumbran con sus manos las retinas que protegen la madera. No hablan, escuchan. Exhalan de sus cuencas las tiernas palabras que zahieren. Meneando sus narices, desgarran, sin esfuerzo, los terrores que atosigan su sosiego. Son poetas.

  2. Oigo miradas a través de la pared, siento el olor de clavos en el suelo movedizo, me acerco al abismo para tocar las nubes, soplo con fuerza el odio que me rodea… Escucho el silencio ruidoso que me abruma, que me embelesa…

    Despierto. La realidad que me circunda me aplasta y decido volver a dormir. Volveré a sumergirme en el sueño. Es la mejor elección.

  3. Marcha

    Me he dado cuenta de que ya no pinto nada aquí. Antes hablaba y llenaba de rojos el viento, mientras tú bebías zumos imposibles que me erizaban el pelo. Pero ahora de tu boca sale ese olor a armario cerrado que no me deja oír nada. No tengo ropa nueva que meter en tus oídos para cambiar las voces. No sé escribir pájaros ni matar relojes. He olvidado como vomitar los macarrones desafinados y ya solo me queda esperar, rezar a los brotes de invierno para que no me dé otro ataque de pudor que me impida irme.

  4. SENSACIONES CRUZADAS

    Lo primero que saboreé fueron sus palabras; dulces, escarchadas y algo tímidas. Después pude oler sus caricias; acompasadas, frutales y con un poso sonrosado.
    Pude ver la música que salía de su mirada y como cada nota de sus parpadeos resonaba en la coraza de mi piel.
    Era extraño, sentía un mundo inexplicable que gritaba a ojos ciegos la apertura de mi ser. Y yo…ahí sentado e irremediablemente desconcertado me deja hacer…

  5. Con otros ojos

    Me enteré de que Virginia no veía su nombre color verde, cuando se rió en mi propia cara al comentárselo. Coincidimos en eso, le dije. El mío también es verde, aunque un poco más claro. ¿Verde? ¿Cristian es verde? preguntó con mofa. Y yo asentí sin entender por qué se extrañaba.
    Lo de Virginia no pudo ser, menos aún cuando le expliqué que las vocales tienen cada una su color, y que con ellos tiñen las palabras. Las ies son verdes, las aes blancas, nuestros nombres tienen el color de la hierba, de los pinos… Se rió con tantas ganas que no tuve otro remedio que guardarme las palabras blancas como son todas ellas, dobladas una sobre otra contra el paladar.
    Me bastó con comentar este fracaso con mi amigo Juan, para entender que había algo que no estaba bien en mí. ¿Y de qué color es mi nombre?, preguntó él incrédulo. Marrón, por supuesto. Tiene una u…
    Lo intenté con un par de personas más, para terminar de convencerme. Las vocales no tenían los colores con que yo las veía. Y no es que tenían otros. No, era peor aún. No tenían colores.
    Con el tiempo aprendí a no mencionar determinadas cosas, como la tonalidad rosada de los sábados, o la ironía que supone que la palabra verde sea azul. Nadie lo hubiera entendido.
    Hasta que conocí a Esteban. Ese nombre azul celeste, que tan bien combinaba con sus ojos. Esa forma de elegir las palabras para conseguir que se amalgamaran a la perfección. Adoraba escucharlo hablar, o debería decir, ver sus palabras, trazos precisos pintados sobre un lienzo.
    Cuando me confesó que veía mi nombre color anaranjado, aunque para mí es evidentemente verde, supe que había llegado a mi vida para quedarse.
    Llevamos bastante tiempo juntos. Lo que más me gusta hacer con él es hablar hasta quedarnos dormidos. En el aire quedan flotando los colores entremezclados de nuestras voces. Y por la mañana, cuando me levanto, me salen al encuentro para llenarme de lavanda la nariz, o de menta, o de manzanas con canela. Esteban dice que no huelen, pero que se le clavan en los pies descalzos, o le hacen cosquillas de pluma. Cada loco con su tema.

  6. CON LOS CINCO SENTIDOS
    Tú siempre dices que se me ve venir (Yo te huelo llegar, pero nunca te lo he dicho: “oler” es un verbo que casi siempre se malinterpreta y no quiero líos) Luego hago un amago de tocarte, pero me reprimo, porque nunca sabe uno como le sabe al otro que le toquen. Total, que te toco de oído, me miras de reojo y te oigo al tacto, como si te escuchara con los dedos. Y así vamos tirando. Y eso que tú siempre presumes de tener un sexto sentido: supongo que por eso lo nuestro fue un amor a segunda vista.

  7. Padre e hijo

    Jamás me lo perdonaré. Cuando mi padre cumplió los 65 años empezó a lamer la radio porque le sabía a ajo, a poner la oreja en los melones flamencos de Almería o a departir con el espejo del baño. La soledad y la jubilación no casan bien, pensamos mi esposa y yo. Al principio, intentamos ayudarle. Lo instalamos en casa y cada tarde salíamos al parque con él hasta que resultó imposible. Sus extravagancias continuas nos obligaron a internarlo en un sanatorio. Yo firmé su reclusión. Ahora, con su misma edad de entonces, no sabes cómo lo entiendo, mi Telescopio.

  8. El besugo y la salvaje

    Al tercer día de arribar a la isla, algunos nativos se nos acercaron. Venían, al principio, con mucho recelo, sujetando con fuerza las lanzas, que no dudaban en apuntar a nuestros corazones, al menor movimiento brusco. Poco a poco fueron perdiendo el miedo y demostrando que no les sobraba vergüenza. Sin el menor rubor, tiraban de nuestras barbas y acariciaban los ropajes, como si de piel se tratara. Se comportaban como niños que, de repente, descubren un sabor nuevo, con asombro y sorpresa por la menor cosa.
    Al vernos hambrientos, nos trajeron una amplia fuente de berberechos. El capitán gritó el nombre del molusco y los indígenas prorrumpieron en carcajadas. Le hicieron repetir varias veces esa palabra y cada una de ellas provocó un estallido de risas. Al marcharse del campamento, iban diciéndola unos a otros y, de vez en cuando, nos llegaba el eco de la algarabía.
    En las siguientes jornadas, descubrimos que se les iluminaba la cara al oirnos pronunciar algunos vocablos y, en cambio, se les ensombrecía con otros, como si las vocales tuvieran por sí mismas una luz diferente. Las consonantes no les producían ningún efecto, salvo la che, que les ponía siempre de buen humor y por eso aprovechábamos para llamarles mamarrachos, dicharacheros, chascarrillos o cachivaches, con el menor pretexto . A ellos les encantaba que habláramos y nosotros disfrutábamos de ver sus caras encenderse y apagarse con nuestro vocabulario. A la semana, se acercó una hermosa joven. Tenía una esbelta figura, el pelo corto y largos dedos de pianista. Desprendía un suave olor a almizcle que se me metía entre la nariz y los ojos. Cuando los cerraba y me llegaba aquel perfume, sentía como si estuviera tocando un pedazo de seda, aunque estuviera asiendo, en ese momento, un trozo de madera. El día que me descubrió, abrió mucho los ojos y, con gran sorpresa, gritó el nombre con el que me conocieron, a partir de entonces, extranjeros y foráneos: ¡Besugo, besugo! Cogió una pluma de ave y la enganchó en mi pelo. En aquel instante supe que nunca abandonaría la isla.

  9. EL HEDOR DE MI AMOR

    Todos piensan que el color rojo indica pasión; que es negro el dolor por la muerte de un ser querido y que el amor es rosa, sabe a miel y que su tacto es de seda. Nada más distinto a la realidad.
    Desde que la gente sabe que soy sinestésica, suelen preguntarme cosas como qué tonalidades tiene una canción o cómo suena el primer frío del invierno. Creen que esta especie de “sexto sentido” es algo muy enriquecedor y divertido que hay que potenciar y por supuesto, agradecer.
    Ni se imaginan qué se siente cuando encuentras al hombre de tu vida, atractivo, inteligente, tierno, pero no tienes más remedio que dejarle ir. Porque la asombrosa mirada de sus ojos azules, incluso en las fotos, viene acompañada de un nauseabundo e insoportable hedor a vísceras de pescado podrido. Algo que él no puede evitar y que yo jamás podré dejar de sentir.

  10. LA VIDA SIN ANESTESIA
    Lo vi de espaldas, y fue mi olfato el que, al pronunciar su nombre con la mirada, me sugirió que podría ser el elegido. Al escuchar el roce de su piel, estrechándolo entre mis manos, estas quedaron prendadas de su lomo robusto. Lo giré hacia mí y, desvistiéndolo del estéril tul de letargo en el cual lo había sumido, me deshice de la argolla a la cual me había encadenado, en el estertor de las letanías de Morfeo: mis ojos, dando bandazos, dejaron de revolotear y mi voz, recuperando el oremus, cesó sus trinos; tras paladear, y posarse ensimismado, en las páginas del libro.

  11. Sinestesia

    Ella veía el mundo con otros ojos
    Los problemas tenían solución
    Los errores eran algo del pasado
    Las ventanas se abrían con nuevas oportunidades
    Inundando las salas de colores
    Abrazos, sentimientos encontrados
    El sonido, el azote ligero que movía su espíritu
    Hacia la aventura
    Lo prohibido
    Una nueva visión
    Para todos los sentidos
    Que a veces creíamos perdidos
    En un mundo caótico
    Donde la belleza esta manchada por el capital
    Generando odio por lo desconocido
    Miedo por lo nuevo
    Angustia de vivir
    Su mirada
    Se dirigía hacía un horizonte lejano
    Claro, lleno de matices sentidos
    Y besos furtivos

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