Viernes creativo: escribe una historia

Estreno viernes creativos, de los que me haré cargo no sé por cuánto tiempo, mientras Fernando esté de vacaciones.

¿Qué os sugiere un Parque de Atracciones abandonado? En la foto, el de Six Flags, en New Orleans, cerrado después del paso de Katrina.

six flags new orleans

Six Flags, New Orleans

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17 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. A mí, de pequeña, nunca me llevaron a un Parque de Atracciones. Estaba demasiado lejos de mi casa. Sólo sabía cómo eran, por las películas. Muchas veces soñé con montarme en el multicolor tiovivo o en la gigantesca noria. Ahora, siendo ya mayor, he podido visitar aquel Parque, al que no fui de niña: está abandonado. Los caballitos del tiovivo tienen la pintura desconchada y parecen muy tristes. Ningún niño se sentará nunca más sobre ellos y eso les hace sentir abatimiento. La noria sigue desafiando al cielo con su silueta imponente pero, mirada de cerca, está oxidada y gris.
    Al ver este panorama, pienso que mi niñez también me ha abandonado y me ha dejado desamparada, mucho antes de darla por perdida. Quizás pueda, ahora, recuperar lo que nunca he vivido. Me subo a la noria y al tiovivo inmóviles e intento experimentar sensaciones infantiles.
    Una carcajada de inexplicable felicidad se ha escapado de mi boca.

  2. Al releer, veo que se me han colado algunos errores. Escribo: “soñe” en vez de soñé o “inmóvibles” por inmóviles. Pido disculpas por esos y otros que se me habrán colado..

    Por cierto, ¡BIENVENIDA, Anitadinamita! Y gracias por mantener vivo este espacio de creación literaria.

  3. Nel blu

    Domenico Modugno azulea a través de los altavoces mientras el niño juega y se ríe. Como en una película antigua, el sol se destila entre las hojas y teje su cortina con el polvo levantado por los aspavientos del niño. Lleva en la mano un trozo de metal que es el avión que pilota y hace el ruido de las hélices y corre, corre más y deja que el aire empolve su rostro.
    La rueda de caballitos inerte lo observa y el niño ametralla con su saliva la cara sin ojo del caballo azul. Se ríe con fuerza y la piel cenicienta se le pega a las costillas. En pleno estertor un diente se le cae, manzana más que madura en su árbol que se pudre. Sangra por la encía y un punto pardo se le seca en la nariz. Mira el trozo de metal y piensa que ya no le sirve. Lo arroja con violencia al caballo tuerto que lo recibe con un giro sobre su espalda. Grita y se siente poderoso.
    El estómago le ruge. Es la hora. Tiene hambre. Levanta la nariz, olfatea, corre hacia la calle principal del parque de atracciones. Allí, cuerpos en descomposición atados a las atracciones, sentados bajo los árboles muertos, aguardan a que el último superviviente se nutra de ellos. Chilla. Desde el hilo musical, imperturbable, Modugno vuela de nuevo.

  4. LA CALMA

    Después de la tempestad, siempre viene la calma (y después de la calma viene la tempestad, y así hasta el infinito, qué estrés) Después del paso del Katrina, así quedó el parque de atracciones de Six Flags. Todo voló por los aires, y por eso son muchos los vecinos de alrededor que a día de hoy atesoran algún recuerdo del abandonado parque dentro de sus casas. Hay quien se quedó con un caballito del tiovivo y hay quien guarda un asiento de la noria. Yo me encontré a la mujer de “El tren de la bruja” malheridada en el jardín, y desde entonces vive conmigo. Como está tan metida en su papel, lleva más de diez años vestida de negro y con un sombrero puntiagudo. Su obsesión es perseguirme con la escoba por toda la casa y aparecer sorpresivamente cuando menos te lo esperas. Yo, por no desilusionarla, hago que me asusto. Y así vamos tirando…

  5. Física de feria

    La fuerza centrífuga te arroja de mi lado, te lleva a la noria con sus conversaciones de canastilla, a los coches de choque con otros cuerpos. Yo te espero, desnuda, llena de charcos y desconchones. Y cuando el tiovivo empiece a pararse, volverás, te montarás en el caballito de cartón piedra e iremos a la heladería, a los besos, a la vida de algodón de azúcar. Y la gente se reirá al vernos, como si fuéramos payasos. Nos iremos, pero siempre volveremos al parque de las atracciones fatales.

  6. Te pasabas la vida girando y girando sobre ti mismo. Solías ensalzarte y humillarte cual noria humana que eras,con demasiada rapidez e incluso brusquedad.
    A veces, me daban ganas de no acompañarte en esa febril locura de coche de choque en la que sin darme cuenta me veia inmersa. Otras, soñaba con ese cabalgar sobre tus caderas tan de tío vivo.
    Ahora me alegro de que aquel huracán te llevase a ti también,
    Ya no hay giros ni sobresaltos. Ni tíos ni vivos.

  7. Hay algo en esa noria desvencijada que me atrae con la una fuerza animal. Sólo contemplarla me eriza la piel. No por recordar el desastre. Ni la música procedente del mecanismo francés mientras los niños corren despavoridos, tratando de ponerse a salvo. Ni a las madres que lloran buscando con desesperación entre el pánico a sus hijos, quizá aplastados. Muertos. Desaparecidos. No por evocar la devastación. Sino por recordar cómo, sentada sobre el caballito que oscilaba lentamente, mirabas entre mis piernas desnudas cuando mi falda volaba con fragilidad, una vuelta y otra. Y cuando terminaba pesadamente la noria, volvías a pagar otro viaje, tan sólo para mirar.

  8. Mi primer amor

    Nunca me había subido a un tiovivo hasta aquella noche de verano. Olga insistió en que compartiéramos vueltas para afianzar nuestro noviazgo. Uno al lado del otro. Mi caballo era blanco y su corcel de atracción, negro. Con los primeros giros, nos acompañaban las sonrisas bobaliconas y nos susurrábamos te quiero. Planeábamos el futuro. Una parejita de niños bilingües, un perro y un gato para envejecer con María Jesús y su acordeón en Benidorm. Pero en una de las rotaciones, me atraparon unos ojos azules montados sobre un elefante y Olga me lo recriminó. En otro de los giros, fui yo quien la sorprendió con la atención desviada. Aparecieron los reproches, los celos, las malas formas, el silencio incómodo y, en cada vuelta nuestros caballos de cartón piedra se fueron alejando hasta que dejé de divisarla en el horizonte. A veces, me pregunto qué habrá sido de ella y de nuestros niños bilingües.

  9. LA FERIA

    Laura partió una tarde de junio, llevando su pequeña maleta de viaje, repleta de recuerdos de su infancia. Al llegar a casa solo encontré una corta nota suya, escrita de prisa, donde me decía que se iba a la feria, que terminaba sus funciones justo aquel día.
    La busqué toda la tarde. El parque estaba por cerrar y el apurado encargado del tiovivo me contó que una chica con su descripción había estado jugando allí, montada sobre un pequeño potro color azafrán. Que su risa era la de una niña traviesa y sus rubias trenzas volaban al ser movidas por el viento. Yo me resistí a creerlo, pues llevábamos treinta años de casados, era la mujer más reservada y jamás dejó traslucir una profunda emoción como aquella.
    Pero debí rendirme a la evidencia, cuando la vi salir, una niña apenas, con su corta falda de colegial y sus rubios cabellos en desorden, montada en su inconfundible corcel . Apenas pude reconocerla, cuando llegó hasta mi lado y me ordenó con voz perentoria que me subiera a la grupa. Los exaltados empleados del parque nos persiguieron incansables por la desierta avenida, pero no quisimos detenernos hasta haber salido de los límites de la ciudad.
    Volvimos a la casa al día siguiente, cansados y felices, luego de haber recorrido sin falta todos los sitios alegres de nuestra lejana infancia. Hemos tenido que dar toda clase de explicaciones a los vecinos, que se asombran al ver que ahora la vieja casona de barriada, donde vivieron siempre sus viejos vecinos, ahora la ocupan dos bulliciosos niños y un inquieto caballo de tiovivo, color azafrán.

    Daniel Castillo.

  10. LA FERIA
    Laura partió una tarde de junio, llevando su pequeña maleta de viaje, repleta de recuerdos de su infancia. Al llegar a casa solo encontré una corta nota suya, escrita de prisa, donde me decía que se iba a la feria, que terminaba sus funciones justo aquel día.
    La busqué sin descanso. El parque estaba por cerrar y el apurado encargado del tiovivo me contó que una chica con su descripción había estado jugando allí toda la tarde, montada sobre un pequeño potrillo color azafrán. Que su risa era la de una niña traviesa y sus rubias trenzas volaban al ser movidas por el viento. Yo me resistí a creerlo, pues llevábamos treinta años de casados, era la mujer más reservada y jamás dejó traslucir una profunda emoción como aquella.
    Pero debí rendirme a la evidencia, cuando la vi salir, una niña apenas, con su corta falda de colegial y sus rubios cabellos en desorden, montada en su inconfundible corcel . Apenas pude reconocerla, cuando llegó hasta mi lado y me ordenó con voz perentoria que me subiera a la grupa. Los exaltados empleados del parque nos persiguieron incansables por la desierta avenida, pero no quisimos detenernos hasta haber salido de los límites de la ciudad.
    Volvimos a la casa al día siguiente, cansados y felices, luego de haber recorrido sin falta todos los sitios alegres de nuestra lejana infancia, montados sobre el lomo de nuestro hermoso potro, que se resiste a volver a su antiguo trabajo.
    Hemos tenido que dar toda clase de explicaciones a los vecinos, quienes se asombran al ver que ahora la vieja casona de barriada, donde vivieron siempre sus viejos vecinos, ahora la ocupan dos bulliciosos niños y un inquieto caballo de tiovivo, color azafrán.

    Daniel Castillo.

  11. Venganza

    El día había sido largo y abrasador. Monótono como todos los de aquel verano maldito. Y, por más que me esfuerce, no soy capaz de recordar nada especial, alguna pequeña diferencia que hiciera presagiar lo que después ocurrió. Yo fui la única culpable, lo reconozco, pero no esperen de mí arrepentimiento. A estas alturas del cuento ya deberían saber que nunca fue ése mi punto fuerte. En fin, creo simplemente que mi proverbial paciencia se agotó de golpe y, bueno, tal vez estuviera un poquito celosa, no lo niego. Tantos pequeñines girando felices en los caballitos de la noria, tanta sonrisa manchada de algodón de azúcar, tanto osito de peluche… y yo allí. Sola. Sin que nadie se acercara nunca a que le diera un pequeño escobazo… Comprendan que de vez en cuando hasta las brujas necesitamos un poquito de diversión. Así que, casi sin darme cuenta pronuncié el conjuro. El cielo se oscureció de golpe, el viento aulló furioso y el ciclón arruinó en un instante la magia de la tarde. No supe deshacer el hechizo aunque lo intenté, créanme, porque en el fondo odio la soledad y en realidad sólo pretendía escarmentarles un poquito. Pero tranquilos, con mi suerte seguro que el viento los arrastró al Reino de Oz, al País de Nunca Jamás, quizás. Y allí estarán todos ahora, agradeciendo mi torpeza felices como perdices….

  12. GLOBOS VISCERALES

    Siempre supe que reuniría el valor para saltar la valla del parque abandonado. Debo un resarcimiento a los espíritus de aquellos niños que siguen atrapados aquí. Mi corazón bombea a todo mi ser el terror a la represalia de veinte ánimas errantes, pero he tenido que volver porque mi cordura estaba en juego. Con mi presencia el lugar se ha iluminado de repente con una luz cegadora, la música ha empezado a sonar, primero muy bajito, luego a un volumen ciertamente molesto. Todo ha cobrado vida; el pánico me ha paralizado frente al tiovivo, que da vueltas cada vez más rápido mientras los caballitos vuelven la cabeza para observarme. El altavoz de la tómbola grita insistente algo incomprensible y la noria vibra en su eje, detiene su giro elegante amenazando con desprenderse, con cobrar vida bajo un crepúsculo de nubes grises. Como aquel día. Intento huir pero sé que estoy desahuciado porque ellos me echan la culpa, han esperado demasiado tiempo.
    Desde todos los puntos cardinales surge una marabunta de bocas rojas como la sangre sobre caras blanquísimas de niño muerto. Llevan globos de formas extrañas, como vísceras flotantes. Vienen a por mí con su sonrisa tétrica y mis miembros tiemblan como las hojas con el viento frío. Algo denso pugna por salir de mi boca. Me ahogo.
    En ese momento alguien me zarandea con energía. Gruñe un “¿otra vez?” mientras yo atrapo la realidad a bocanadas. Por eso creo que un día, cuando salga de aquí, he de reunir el valor para saltar esa valla.

  13. DESBOCADO CARRUSEL
    Aquella tarde, tras el algodón de azúcar que compartimos, me adentré en un parque de fatales atracciones. Tú, experimentada amazona, me propusiste subir al carrusel, escogiendo la yegua más hermosa. Yo, disc-jockey a lomos del corcel negro, traté de enhebrar mi aguja, al compás de las revoluciones del vinilo de tus curvas. Al principio lo conseguí, y comencé a girar como un tío muy vivo, pero aquello no paraba de dar vueltas; y mientras mi corcel, desbocado como un torbellino, hacía crecer el diámetro del carrusel, mi cuerpo se desintegraba, tras la bala de tu ruleta rusa.

  14. EL ACCIDENTE

    Es al atardecer cuando más me gusta pasear por el parque de atracciones abandonado. Siempre hago el mismo recorrido, empiezo cerca de la entrada, paso delante del tiovivo, de las casetas de tiro, de la casa del terror y de los coches de choque; al llegar a la noria me asaltan vagos recuerdos que no consigo concretar. En mi camino voy saludando a caras conocidas, siempre las mismas que, como yo, salen al caer la noche. A veces me pregunto de qué las conozco, pero tampoco llego a situarlas, solo siento que algo nos une.
    Sé que no estoy viva, pero tampoco estoy muerta; no consigo abandonar este lugar y me arrastro como alma en pena.

  15. Tiovivo 1981
    Siempre que íbamos a la feria, le preguntaba si quería subirse al tiovivo. Me respondía que no, que se mareaba. Sin embargo, yo sabía cuál era la verdad: Plácido no tenía las cincuenta pesetas que costaba montarse ni, orgulloso como era, quería que yo se las prestase. Por otra parte, si le hubiera dejado cincuenta pesetas, sólo habría podido montarme una vez. Por lo tanto, cada vez que le preguntaba si quería acompañarme temía que me dijera que sí. Sinceramente, creo que habríamos dejado de de ser amigos si hubiera tenido que pagarle el billete. Aunque sólo fuera una vez.
    Ahora, después de tantos años, tengo una duda: ¿sabía Plácido lo frágil que era el hilo de nuestra amistad?

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