Viernes creativos: escribe una historia

¿No has pensado alguna vez que lo que ves es una ilusión? Dain Yoon es una estudiante de arte que fusiona maquillaje y acuarelas para hacernos dudar de la realidad.
¿Acaso no es la escritura otra ilusión? A ver qué se os ocurre a partir de esta imagen.

dain yoon-taza

Dain Yoon

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10 pensamientos en “Viernes creativos: escribe una historia

  1. -Cada vez que paso por esa esquina de la calle San Miguel lo veo. No es una ilusión. La primera vez que me adentré por ella, pensé “no es real, es un espejismo, como el que sufren los sedientos caminantes por el desierto”. Pero ahora tengo la más absoluta certeza. Es un ángel y se mantiene elevado, precisamente, por serlo. Todas las tardes, cuando paseo a mi perro, lo veo en esa esquina. Hoy me ha guiñado un ojo y,pensé, “¡qué pillo!”
    -Elena, eres una ilusa. Ese ángel que tu dices no es más un pobre hombre, que, con trucos, hace de estatua humana para sacarse unas monedas. ¡Parece mentira que hayas creído que estaba suspendido en el aire por arte divino!, jajajaja. Vamos, mujer, baja de la nube ya y ven a habitar entre los mortales.

  2. Mímesis

    La clave es ser invisible, desaparecer hasta de ti misma. Que nadie te reconozca, que oigas un ruido y no sepas que eres tú, tan cerca, sirviendo café en una taza de la que ya no vas a beber. Caminar y no ver tus pies pero sí todo lo demás, el suelo, el papel pintado de las paredes, la puerta del jardín. Que ni los pájaros te reconozcan, que no existas.

  3. DORIAN GREY

    Lo malo de gustarte mucho a ti mismo es que terminas perdiendo la perspectiva. La perspectiva de ti mismo, se entiende. Empiezas poniendo tus iniciales en las camisas y terminas como esta señorita: imprimiendo tu retrato en las paredes, en las tazas o en una cafetera. Lo bueno es que te ves a todas horas, y eso te gusta. Lo malo es que el retrato no envejece: tú sí.

  4. Cómplice

    Me sirvo un descafeinado y ahí está otra vez, flotando sobre el café. Cierro y abro los ojos para hacerla desaparecer. Le digo que no existe y ella contesta con una sonrisa malévola. Disfruta de mi angustia y empieza a canturrear. «Mi papá, mi mamá…». Yo le ruego que se calle. Ella continúa con su cantinela. Para no oírla, me tapo los oídos, pero la escucho igualmente. Cómo no voy a escucharla. Su voz dantesca invade mi cabeza para fustigarme. «En el fondo del río…». Desquiciado, le grito que no aguanto más. «De ti depende», me susurra y prosigue con la cancioncilla que me acompaña todos los días. Dime, Edu. ¿Qué harías tú en mi lugar?

  5. SORBER LA VIDA

    Desde que rompí mi relación, con aquel hípster con abalorios que conocí en París, me he convertido en el chivo expiatorio de toda relación. Dos años después de que se disipase nuestro romance, que ya en sus inicios pintaba pétalos de color de rosa con acuarelas al aguacero, preludio de un mal final; sigue mudando en un amarillo pajizo el tono de mi corazón, que intento camuflar entre las paredes lila del salón, para tratar de engañarme en mi sórdida relación conmigo misma. La ceremonia del té, a solas, se convierte en un funeral: cada mañana, el contenido de la histérica tetera que preparo, la vierto en una taza de té con el morro torcido, que sorbo a pequeños tragos amargos de vida; mientras suplanta al café cortado que tomaba con ese que, todavía hoy, sigue poniéndome de muy mala leche.

  6. ALUCINACIONES

    La reina de corazones había dejado su impronta en el papel pintado de la pared. En la taza de té del sombrerero loco me servían una bebida oscura que no era café. Mi reflejo en la tetera me advertía del peligro, pero ya era tarde, la transformación se estaba operando, poco a poco desaparecía, como el gato de Cheshire, y en vez de sonrisa solo quedarían visibles mis ojos de gata.

  7. La señora Hiiragi
    La vida de la señora Hiiragi dio un giro inesperado cuando su previsible marido cometió la impertinencia de morirse. Yoshimitsu Hiiragi no contrajo ninguna enfermedad incurable; simplemente falleció en un absurdo accidente de automóvil que él no había provocado. A la señora Hiiragi no le sirvió de consuelo que la compañía de seguros le pagara quince millones de yenes. Ese dinero no le hizo más llevadera la idea de que delante de ella se abrían más de veinte años de dolorosa soledad.
    Cuando los de la funeraria le preguntaron qué iba a hacer con las cenizas de su marido, la señora Hiiragi eligió una urna y pidió que se las llevaran a casa. Así estaría siempre cerca de él.
    Con el paso del tiempo, empero, la señora Hiiragi ha descubierto que su vida no ha cambiado tanto. Se ha acostumbrado a hablarle a la urna que contiene las cenizas de su marido que, como solía hacer éste, nunca le responde. Por la tarde, cuando llega la hora del té, la señora Hiiragi coloca una taza junto a la urna. A Yoshimitsu Hiiragi le gustaba mucho el té y su viuda sigue comprando el favorito de su marido: el matcha. La señora Hiiragi tiene la deferencia de esperar a que se enfríe antes de verterla en su interior.
    A veces piensa que va siendo hora de comprar una urna más grande.

  8. Café amargo

    Fue mi culpa. Lo reconozco. Quisiera poder decir que la luna llena me embrujó o la belleza del amanecer quizás… no sé, cualquier cursilería que se les ocurra pero no sería cierto. El error, como siempre, fue mío. Sé que no existen los cuentos de hadas, por supuesto, o que al menos ya nunca serán lo que solían pero por alguna extraña razón lo olvido siempre en el momento más inoportuno y no puedo evitar, a pesar de mi catastrófico currículum sentimental, cierta dosis de romanticismo. Así que, ya ven, aquí estoy. Sola. Otra vez. Petrificada desde hace horas frente a la escueta despedida que, amablemente, en algún momento de la noche, mi príncipe azul dejó junto a la cafetera antes de salir huyendo de mi lado con nocturnidad y alevosía como alma que lleva el diablo, al parecer. “Perdóname” dice la nota, emborronada ahora por una lágrima traidora que sin permiso y por su cuenta ha ido a posarse sobre ella. En fin. Luego lloraré un poquito más. Ahora lo primero es detener la hemorragia de este pobre corazón que lo está poniendo todo perdido. Aunque, insisto, fue mi culpa. Lo sé mejor que nadie. Nunca debí decir aquel “te quiero”.

  9. AMARGO AROMA

    No bastaba con pintarle una sonrisa irónica en la cara, quería trazarle una línea de aroma humante que penetrara en cada surco hirviente de su piel, una mueca de café con leche en su desayuno, para saborearlo con el propósito de hacer desvanecer esa mirada que le inquietaba y atravesaba sus pensamientos.
    Se adolecía de saber que una vez más le sabría amargo ese trago y que lo dulce se diluiría en los posos, sin aroma, sin sabor alguno al degustarlo.
    Una sencilla taza desdibujada en cualquier tarde, de cualquier día, de cualquier rostro…
    Un tazón quebrado en el límite de su asa, paralelo en el espacio; a deshora, a destiempo, a desgana…

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