Viernes creativo: escribe una historia

Un tigre se ha escapado del zoo, tú no lo sabes cuando caminas por el parque buscando la sombra. El tigre está molesto, tiene hambre, se siente desorientado  y todo le resulta amenazante. De pronto vuestros caminos se encuentran y te das cuenta de que no tienes nada que hacer. Mientras lo ves correr hacia ti, una sucesión de imágenes te pasa por la cabeza, como si fuera la película de tu vida. ¿Nos la puedes contar?

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13 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Me froto los ojos con insistencia. No es posible que haya un tigre acercándose a mí. En cuanto me di cuenta de su proximidad, me he santiguado. Yo, que me declaro atea…, tiene gracia. Si mi madre me pudiera ver, lanzaría un socarrón comentario, del estilo: “cuando te aprietan las clavijas, te acuerdas de Dios, ¿verdad?”.

    No tengo donde esconderme. Este parque sólo tiene árboles y bancos. Pienso en la posibilidad de ocultarme debajo de alguno de estos últimos, pero soy mujer de gran envergadura y no tengo ningún cursillo de contorsionista (aunque, si salgo de esto con vida, juro que lo haré). Descarto la posibilidad de echarme a correr; no me gusta, ni en casos de peligro, pues rompería mis tacones de aguja y estos zapatos me han costado un riñón y parte del otro. Entonces, sólo me queda esperar y creo que, a la velocidad de movimientos del tigre, puede que me quede poco tiempo.

    He decidido no pensar en mi vida. Mejor es imaginarse un final distinto de esta terrible escena: el tigre se acercará y me lamerá la mano, incluso me sonreirá y me guiñará un ojo…, ¡por algo se me considera la sex symbol del barrio!

  2. IDIOTA

    El tigre que pasea por el parque se ha escapado del Gran Circo Mundial (¿¡Cuantos grades circos mundiales hay en el mundo¡?) Tiene hambre, porque hace un par de días que no se echa un domador o una contorsionista a la boca. El tipo que se cruza con el tigre es meticuloso y de sangre fría. Cuando el tigre se abalanza sobre él, desenfunda el teléfono móvil y apunta con la pantalla hacia la bestia. Ahora que el animal está apenas a 20 centímetros de su cabeza (a 20 centímetros un tigre ya sí que tiene un olor inconfundible a tigre) comprende que no se trata de un pokemon excéntrico, sino de un tigre de verdad. Sabe que su muerte es inminente, pero él no se arruga a las primeras de cambio: según las instrucciones, aún le quedarán cinco de las seis vidas con las que empezó a jugar.

  3. Un bocado poco recomendable

    Soy fumador de dos cajetillas diarias, mido apenas 1,70 m y me falta un dedo en el pie. En las últimas pruebas médicas que me realicé, me detectaron colesterol alto, una infección de orina y un quiste en el estómago que están analizándome. Desde agosto del 2014, Olga y yo estamos intentando concebir un hijo y me temo que la calidad de mi esperma sea baja. Mi carácter es agrio debido a que no consigo avanzar más allá del tercer capítulo de la novela que inicié en mi época de facultad y porque todos los árboles que planto los parte un rayo. Algún amigo me tacha de gafe. Además, mi mujer se queja de que no soy dulce, mi sangre es de horchata y me repito como el ajo. Por eso, piénselo bien antes de hincarme el diente, que las indigestiones en verano son traicioneras. Si lo prefiere, llamo a mi cuñado el culturista, que él sí que es sabroso y rico en proteínas.

  4. Mi última película

    Diana y sus ojos azules en el patio del colegio, justo antes de que el balón hiciera remate en mi cabeza. Mamá tan guapa el día de mi comunión. El vestido mojado varias veces: por el pis de Alonsito y después de caer al pilón en aquel cumpleaños. El último día de algún verano con goterones tras los cristales del coche. Aquella canción de Alejandro Sanz. El sobresaliente en Derecho Fiscal, el aprobado en Romano y el profesor con su flequillo rizado. El paseillo el día de mi boda. La sonrisa de mi hija, su llanto por un no que podía haber sido sí. Mi hijo con los zapatos al revés. Unas manos, una guitarra, un bolígrafo, un adiós.
    El aliento carnívoro del tigre antes de darme cuenta de que no tú no estás en ninguna imagen, ni siquiera como despedida.

  5. Conjurando miedos

    Si cierro los ojos desaparecerás, si cierro los ojos desaparecerás, si cierro los ojos desaparecerás…
    ¡No puedo hacerlo!
    Muchos me han aconsejado, otros me han animado, hay quienes sólo me han censurado, todos creen saber más que yo, claro, sólo soy una mujer miedosa que no es capaz de cruzar sola un parque. Hoy, decidida por fin a romper con ese conjuro, me he colocado mis deportivas, una mochila blanca con dos bocadillos y un botellín de agua, he tomado prestada la escopeta de caza de mi hermano y en el bolsillo derecho del pantalón guardo, cuidadosamente doblado, un papel en el que he escrito todo lo que sé que soy capaz de hacer, pero hasta ahora no he hecho. Frente a la puerta me doy cuenta de que es menos tenebrosa de lo que había imaginado, y con el corazón a punto de salir por la boca comienzo la gran aventura, estaba convencida de que encontraría ladrones, violadores y quizás algún que otro indigente, pero no esperaba encontrarme contigo. Tus ojos fijos y tu boca abierta no alientan a la serenidad, sé que correr no servirá de nada, tampoco gritar, hablarte parece absurdo en este estado, y no ¡No puedo cerrar los ojos! Me sentaré aquí, en este espacio verde y mullido a esperar que dejes de rugir, te invitaré a comer conmigo un bocadillo, sí, eso sí puedo hacerlo, pero debes calmarte, tan alterado te sentará mal. Precisamente anoche lo hablaba con tu padre, cuando te pones así sacas la peor parte, esos genes enloquecidos que heredaste de tu abuelo.

  6. Caza y captura

    ¡Ay Dios! ¡La he vuelto a liar!. Si es que no se puede ser tan impulsivo… Pero la puerta estaba abierta y mi jaula siempre es tan aburrida que pensé que no estaría mal salir a dar una vueltecita. Un paseo rápido, curiosear un poco y antes de la cena otra vez en casa. Tan contento, todo en su sitio y nadie al tanto de mi travesura… Lo que no podía imaginar es que el mundo exterior me fuera a cautivar de esta manera, que fuera tan inmenso y tan divertido. Deslumbrado me tiene. Y, sí, reconozco que la excursión se me ha ido un poquito de las manos, o de las garras debería decir mejor. Y es que lo estaba pasando tan bien que he perdido completamente la noción del tiempo y el sentido de la orientación. Cosa no tan extraña, por otro lado, si pensamos que hasta ahora mi mundo se ha limitado siempre a las cuatro rejas de mi jaula pero ya digo que soy impulsivo y pensar, lo que se dice pensar, no pienso mucho las cosas, la verdad. En fin, que cuando me he querido dar cuenta estaba perdido, hambriento y muy muy asustado, detalle éste en particular que me avergüenza terriblemente y del que no sé si mi orgullo herido se repondrá alguna vez pero que, si vamos a ser sinceros, debo reconocer sin paliativos. Así que, casi sin darme cuenta de lo que hacía, me he sentado en mitad de una acera incomprensiblemente desierta y me he puesto a rugir con desconsuelo. No sé el tiempo que habré estado llorando a moco tendido mi inconsciencia pero cuando al fin he reunido el valor suficiente para levantar la mirada del suelo y ponerme en marcha de nuevo, lo que he entrevisto a través de dos gruesos lagrimones me ha espantado de tal modo que todas las rayas de mi magnífica piel de tigre se han puesto a temblar descontroladas porque tampoco es que yo sea muy intuitivo y hasta es posible que a estas alturas ya me esté volviendo un poquito paranoico pero tengo la impresión de que toda este gente que ha empezado a rodearme muy buenas intenciones no tiene…

  7. Encuentro inesperado

    Tarde de verano en el parque, en un caluroso día de finales de julio, sentado en un banco municipal que asombrosamente ha sido respetado por los grafiteros o graciosos escritores en ciernes que suelen poner lemas, firmas y sentencias por todos los rincones factibles de recibir la impronta de su espray.
    Mientras aprovecho para poder leer tranquilamente, sentado a la sombra de una acacia frondosa y bien cuidada, identificada convenientemente en plan divulgativo con una placa metálica colocada en el suelo.
    Oigo a lo lejos los ruidos del zoo, rugidos de animales, chillidos de monos, graznar de zancudas y berridos de elefantes, hay más sonidos pero no sé identificarlos, sigo enfrascado en la lectura, que no me produce ninguna satisfacción, pero es una penitencia autoimpuesta en tiempos de asueto estival.
    Mientras sigo enfrascado en la lectura de Ulises, noto una presencia incomoda frente a mí, es esa sensación que tienes cuando alguien te mira fijamente en el autobús o en un bar, que no conoces de nada, pero que tienes ahí como juzgándote de no se sabe qué.
    Al levantar la vista del libro, veo frente a mi un espléndido ejemplar de tigre siberiano, con todas sus rayas puestas. Cuando abre la boca con un rugido, supongo que para saludarme, observo con desagrado unos colmillos un tanto amarillentos en exceso, está claro que no suele cuidarse, pues también me parece que los bigotes no los lleva convenientemente recortados, dando a su boca una asimetría extraña.
    Por suerte la mirada, tiene la nobleza de los buenos salvajes, a pesar de su apariencia de presidario, no me parece un mal bicho y le contesto en plan saludo, levantando la mano en la que tengo el libro, que desaparece en un bocado entre sus fauces.
    Lo triste de esta historia es que no sabré como acaba y ya llevo muchos veranos con ella, tantos que estaba pensando en escribir un paseo por mi ciudad, emulando a su protagonista.

  8. Tanta rumba y tanto mambo; tanto baile, tan apretados y sudorosos. Y ahora, por fin, sé lo que es que me coman las carnes morenas.

  9. CIUDADANA EJEMPLAR
    Después del soponcio, el trayecto en ambulancia y la visita a comisaría se siente sin fuerzas para coger el autobús, así que llama a su marido para que la recoja y la lleve a casa. Él tarda muchísimo y cuando por fin aparece está enfadado; esta vez porque le ha costado mucho encontrar aparcamiento. Ni siquiera se molesta en preguntarle por qué está tan pálida. Ella le ruega que le lleve el bolso, que se encuentra agotada, y entonces él se pone como un energúmeno y se lo vacía en medio de la acera, en plena calle y la llama loca por llevar encima tantos “trastos” mientras ella se arrodilla para recoger sus cosas del suelo: las llaves, el móvil, la cartera, un frasco de colonia, la plancha para el pelo, la calculadora, el estuche con bolígrafos, las gafas de vista, las de sol, su pastillero, la crema de manos, un bloc de notas… Mientras conduce la insulta, como tantas veces, pero ella calla, hace inventario asegurándose de que nada importante se haya perdido. Va madurando en silencio una brillante idea que pondrá en práctica en cuanto él cometa la imprudencia de darle la espalda y sonríe, sutilmente. El pobre no leerá los titulares de los periódicos del día siguiente: “Una valiente mujer se convirtió ayer en “la heroína del parque”: tumbó de un certero bolsazo en la cabeza a un tigre agresivo que prometía causar una masacre. Te aplaudimos, campeona, la ciudad está en deuda contigo”. Piensa que está viviendo, ciertamente, un día muy especial.

  10. J.L.B.
    Ese día, el Bosque de Palermo se encontraba especialmente vacío. El adolescente paseó durante una media hora, compró un dulce de leche y, después, el periódico vespertino. Se sentó en el banco y hojeó el diario. Comenzó a leer un artículo crítico sobre la Ley Sáenz Peña, pero lo encontró tan aburrido que lo acabó dejando: la política no conseguía interesarle. Una noticia le llamó la atención en la sección de sucesos: un tigre se había escapado del zoo municipal. Pensó si era el mismo que tanto había admirado en su anterior visita. Sintió lástima por el pobre animal; la policía lo estaba buscando para abatirlo. El joven abogó mentalmente por el felino. Ojalá pueda escapar a la pampa, se dijo. Cerró los ojos y trató de imaginarlo vagando libre por la llanura infinita.
    El tigre esperó a que cerrara los ojos para saltar sobre él. Lo mató de una dentellada y lo arrastró detrás de unos matorrales, donde lo devoraría: estaba hambriento.
    Al día siguiente el periódico incluía en su sección de sociedad la noticia de la trágica muerte por ataque felino del joven Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, hijo del profesor Jorge Guillermo Borges Haslam y nieto del coronel Francisco Borges Lafinur. Se añadía una nota irónica: el fallecido había dedicado recientemente un poema a los tigres de Bengala.

  11. RUGIDO DE AUSENCIA

    Cada vez su rugir lo sentía más cerca. Su aliento espeso me rondaba desde medianoche. Yo dormitaba en una prudente calma, agazapada, inmóvil ante tal bestia, temerosa de que cualquier movimiento fuera una provocación para despertar su apetito voraz. Entreabría sus felinos ojos inyectados en sangre, y estudiaba cada poro de mi piel, para luego volver a recaer en el letargo del sueño.
    Un pestilente aroma animal se desprendía de su pelaje impregnando mi cuerpo, haciéndome así cautiva, presa… marcando su territorio.
    Al rayar el alba decidí que aquellos serían los últimos arañazos que me hirieran. Me incorporé apartando su garra de mi pecho y sin dudar, abandoné la cama, el hogar, mi pasado…
    La selva quedó en silencio y el vacío habitó en mi corazón.

  12. IVIDA SALVAJE
    El otro día iba tan tranquilo por la montaña, haciendo senderismo, cuando, de repente, me topé, frente a frente, con un tigre de bengala. Tras descartar la diminuta posibilidad de agazaparme, ya que, en alguna ocasión, nos habíamos tuiteado e intenté conquistarlo con menos de ciento cuarenta caracteres: -me gustaría ser un lenguado, para poder darte uno de esos besos interminables de tornillo, en plan acaramelado -. Aunque no era un tigre con mucho carácter y me felicitó por ponerle más cachondo que: Cincuenta Sombras de Grey, en apenas diecinueve caracteres, me lo dijo todo: -que te folle un pez -; le sobraron ciento veintiuno y una mirada, para sentirme más derrotado que después de leerme de una sentada, y sin casi pestañear: Los Miserables de Víctor Hugo. Intenté parecer más conciso: mostrándole una foto, en picardías, de Loles León; pero me soltó un chorro de orina en mis botas de PVC, sin apenas tirar de la cadena de mi rosario, aplicándome la ley de extranjería y tratando de advertirme de que: la iglesia no somos todos y que, él, meaba fuera del cepillo de misa. Lo segundo que me vino a la cabeza, fue echar a correr como un cohete; aunque, pensándolo mejor, como tampoco quería que prendiera a la rubia con mechas y, además, la escuché cantar: -tú lo que quieres, es que se me coma el tigre, se me coma el tigre -; la jodida empatía de los cojones hizo que sintiera lástima y, como no quería ser descortés ni defraudar a “La Faraona”, del modo en que ella lo hizo con hacienda, me puse en su piel: que por cierto, me pareció tan apetecible y era tan suave, que le propuse hacer un Serengueti sin volver a salir, nunca jamás, de mi alcoba y devorarla allí mismo; pero que no se hiciera muchas ilusiones, que esto solamente ocurriría, si salíamos de esta. Pero este, no era un tigre cualquiera, no; aquello era: un tigretón, y no precisamente uno de esos pastelitos que, en mi niñez, me zampaba de un bocado y, como estaba regordete, los chicos clase, me llamaban “zampabollos”, no; este, me quería hincar el colmillo a mí, y sin haberle hecho nada al muy felino. Me sentía tan chiquitito, que me puse a pensar en algo pequeñito, y se me pasó toda la vida por la cabeza: incluso me hubiera gustado reconvertirme en renacuajo y volver a meterme, de nuevo, en los testículos de mi padre; todo esto, después de imaginar que era Jimmy Jump y, en plan estelar, le saboteaba la actuación, en Eurovisión, a Daniel Diges.

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