Viernes creativo: escribe una historia

Hay algo bello y aterrador en lo que nos espera. ¿Qué te inspira esta imagen de Zdzislaw Beksinski?

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Zdzislaw Beksinsky

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17 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Esa peligrosa enfermedad llamada amor

    Existen amores callados, platónicos, a distancia, de fin de semana. Amores de verano, impulsivos —de aquí te pillo, aquí te mato—, de noches locas, de asiento trasero de un coche. Amores prohibidos, furtivos, de motel. Amores fieles, de compromiso, de lunes a domingo, de padres y madres. Amores para toda la vida, de jubilación, de viajes a Benidorm, de residencia de ancianos. También existen por desgracia los amores rechazados, los rutinarios, los que derivan en un cariño de hermanos, los tormentosos, los tóxicos y el más peligroso de todos, el adictivo. El amor que es capaz de encerrarte en una habitación semanas, meses, años con el único alimento de los besos y caricias de tu amante, sin que tus sentidos logren advertirte de la decrepitud del cuerpo al que abrazas ni tu propia putrefacción. Si alguna vez, se topan con una pareja bajo los efectos del amor adictivo, por favor, llamen de inmediato a las autoridades sanitarias. Con ello, no solo salvarán un par de vidas, quizás la suya también, puede resultar contagioso.

  2. Fuimos dos. Nacimos de la tierra. Jóvenes y fuertes, formamos una familia. Fértiles y dichosos, engendramos a nuestro hijo. Inesperada y cruel, la guerra nos los arrebató. Lesivo y perpetuo, el luto nos hizo envejecer. Secos y vencidos, regresamos a la tierra. Somos uno.

  3. Siempre decía Él que la quería tanto, tanto, que la muerte más dulce sería morir estrechamente abrazados. Ella, al oír sus palabras, solía sonreír con escepticismo. Nunca le amó hasta ese punto y creía, desde una visión objetiva, que no era posible morir así, puesto que es dificil que dos personas fallezcan al mismo tiempo y, casi imposible, que les suceda estando abrazados, con esa posición forzada, en el óbito.

    Han pasado varios años, y Él dice las mismas frases románticas a… otra.

    Ella siente cierto orgullo por confirmarse su teoría de que el amor no perdura tras la muerte. Aunque, tal vez debió añadir: el amor puede desaparecer antes de la muerte. Ahora ya lo sabe.

  4. Encuentro

    Se incorporó apoyando las manos momificadas sobre la mesa de acero inoxidable; las otras mesas estaban vacías. El zombie que la había mordido se dirigía hacia la puerta abierta de la morgue. Antes de dar el salto que la pondría de pie, unos últimos pedazos de carne cayeron al piso. Le faltaban los diez dedos, pero eso no impidió que saliera con pasos dudosos hacia la explanada de la Facultad.

    El mismo virus que había revitalizado su parte motriz hacía que su vista funcionara y pudiera mirar a los cientos que, como ella, se movían sin rumbo fijo pero alertas ante cualquier movimiento que indicara vida real.

    Ella era diferente. Había en su cerebro una leve pulsación en el área de los recuerdos. Los más recientes aparecían entre relámpagos de luz: jeringas que entraban por sus ojos y gente que se entusiasmaba cuando ella fijaba su vista en alguno de aquellos con bata blanca.

    Durante días caminó y caminó hasta llegar a un valle árido. Subió por instinto una pendiente y en la punta lo vio. Sus pupilas aún tenían ese tinte verde que dejaban las inyecciones. Lo recordó mirándola desde la otra mesa de metal. Ambos reconocieron por instinto el leve pulso eléctrico por debajo de sus cráneos sin piel. Se supieron uno desde su despertar en la morge y ahora se encontraban juntos otra vez.

  5. FUMADORES PASIVOS

    Las apariencias, a veces, engañan (A veces, muchas veces, no) Estos siameses no es que se quieran más por estar tan tiernamente abrazados, sino que nacieron así, como envueltos sobre sí mismos. La única ventaja de los siameses es que jamás se echarán de menos, y eso tranquiliza mucho. El resto, no son más que inconvenientes. Por ejemplo, jamás podrán decir: “Voy a por tabaco, ahora vengo”, con lo que libera una frase tan sencilla como esa. “Ahora vengo” es un concepto que los siameses son incapaces de asimilar, ni siquiera de manera abstracta. A pesar de todo, suelen ser bastante tolerantes y respetuosos el uno con el otro: cosas del síndrome de Estocolmo.

  6. El último día

    “No te asustes”, me dijo, con una voz suave y tranquila, mírame a los ojos y ve que el tiempo es infinito. “Siempre estaremos juntos a través de él”, me seguía diciendo.
    El sonido de las sirenas de alerta se disipaba ante su voz.
    Yo solo sentía que me amaba más que a sí mismo. Esos ojos color miel no titiritaban ante el miedo, como si él supiera alguna solución y yo no. Solo lo abracé queriendo fusionarme con él, mientras en mis entrañas sentía un vacío incontrolable. No me mencionó a Dios, no me hablo de vidas póstumas, ni de actos milagrosos. Solo repetía y repetía que el mayor milagro de la vida era habernos amado.
    Yo solo le respondí: Tienes razón, abrázame fuerte, porque después de la explosión, seremos uno tú y yo.

  7. Hipersexualidad

    La cantinela de la abuela, que desde niña la acompañó, fue incapaz de evitar el desenlace.
    Mientras la anciana le decía: Niña aléjate de los hombres, no son buenos, no tienen buenas intenciones; ella soñaba con ser abrazada, y curiosa por naturaleza, tenía que experimentar aquello tan terrible que los hombres eran capaces de hacer.
    Desde que, siendo apenas una adolescente, de la mano de un jovenzuelo no mucho mayor, pudo conocer esa sensación que te embriaga hasta casi perder la razón, supo de lo que no prescindiría más. Y de ello hizo su profesión, ya sabes lo que dicen “nada mejor que trabajar en lo que más te gusta”.
    De forma despectiva algunos le llaman ninfómana, lo que nadie esperaba era que encontrase un sátiro a su medida.

  8. Un cuento gótico

    Los acontecimientos que voy a referir sucedieron hace tanto tiempo que tal vez ya nadie los recuerde. Yo mismo intenté tantas veces convencerme de que aquello no fue real… Pero nunca lo conseguí.
    Aquel había sido un día alegre. Un día de boda. Risas, música, flores, besos… Un paréntesis de luz entre las tinieblas de un mundo en guerra. Era ya medianoche y todos descansaban hacía rato, exhaustos y felices. Sólo yo permanecía despierto en la casa. Una sensación extraña, una atmósfera pesada, me impedía conciliar el sueño. Por eso supe con absoluta certeza que aquella voz surgida de la nada que de repente pronunciaba mi nombre y decía “ven…” no era una ilusión. No había nadie en la habitación, nadie más que yo, pero el eco repetía insistente “ven… ven… ven….”. Al fin, salí tras él a una calle silenciosa y desierta y comencé a caminar guiado por la misteriosa voz. Perdí la noción del tiempo. No sé cuánto vagué tras ella. Me sabía en trance y sólo recuperé plenamente la conciencia al sentir sobre mi hombro una mano ligera y suave. Sobresaltado, la sangre se me heló en las venas cuando junto a mi descubrí una figura solitaria vestida de blanco que sonreía con dulzura. Un rostro de mujer pálido y demacrado, melancólico y sereno, que tras unos segundos se volatilizó en el aire mientras decía “ahora puedes volver…”. Cuando regresé nada quedaba. Polvo, escombros, ruinas… bajo las que mucho tiempo después hallarían dos esqueletos, aferrados uno a otro en el abrazo eterno con que los cuerpos que alguna vez fueron quisieron resguardarse del horror que presentían. Marché de allí sobrecogido y con el alma rota. Jamás regresé ni volví a ver a aquella dama vestida de blanco y todavía hoy me pregunto por qué salvó mi vida aquella noche fatídica.

  9. ININTERRUMPIDO COITO
    El adiós con sabor amargo, tras el último polvo entrelazado de despedida, tuvo que esperar. Ninguno de los amantes quería correrse antes que el otro. Los dos, compenetrados a la perfección, deseaban llegar juntos al clímax; pero, tras varios días con sus respectivas noches antárticas, intentándolo, el cambio climático hizo mella y, el círculo vicioso, quedó cerrado. Abrasados en el nuevo círculo bipolar antártico, ahora con clima desértico, quedaron momificados para toda la eternidad.

  10. AMANTES
    La ciudad tardó poco en cubrirse de cenizas. La gente corría en todas direcciones, tratando de huir. Amulio, sin embargo, no tenía intención de escapar. Buscaba a Gabinia. A empujones se abrió paso por las calles. No hizo caso de los ladrones que iban cargados con los tesoros robados en las casas vacías. Ignoró a los ancianos que pedían ayuda. Hizo oídos sordos a las madres que le rogaban que tomase a sus hijos y los llevase al puerto. A Amulio sólo le preocupaba encontrar a Gabinia. ¿Dónde estaba? Por un instante estuvo tentado de salir de la ciudad. Entonces la vio: la joven caminaba desorientada por la calle de los Ceramistas. Se había colocado una tela sobre la cabeza para protegerse de la ceniza. Se acercó a ella. La llamó. Gabinia le miró desconfiada. Trató de alejarse, pero Amulio no se lo permitió. Se abrazó a ella y dejó que la ceniza les cubriera. Gabinia protestó durante unos instantes. Luego, comenzó a toser. Tardó poco en morir. Amulio siguió abrazado al cuerpo inerte. Lloraba de felicidad sabiendo que dentro de miles de años, cuando encontraran sus cuerpos, contarían historias de los amantes que habían afrontado juntos la muerte.

  11. Renacimiento
    El día en que Mhatías Whonnovich, después de muchos años de investigación, pudo por fin gritar “¡Eureka!”, estallaron matraces y pipetas, se reventaron capilares y tubos de ensayo, se avivaron mecheros y crisoles, se desequilibraron balanzas y temblaron, cómo nunca hasta entonces lo habían hecho, las paredes del laboratorio que había convertido en su castillo después de la muerte de Evangheline Adamcizk, su esposa y madre del único hijo de ambos. Ni Evangheline ni el joven Mhatías lograron superar el trance del parto, aquella noche de tormenta. El reverendo Adamcizk, la ciudad en pleno y el propio Whonnovich, nunca consiguieron perdonar que les hubiese privado de la más bella y prometedora de las mujeres que allí habitaban. Empeñado en una paternidad que desaconsejaban los mejores doctores del mundo conocido, no cejó en su empeño hasta dejar encinta a la flor de Sighisoara.
    Allí, abandonado y solo pasó el resto de sus días, hasta que aquel rayo salvador consiguió abrir, de una vez por todas, las puertas del infierno. Eva le esperaba, más seductora que nunca, con los brazos abiertos, sedienta de su sangre salvadora, para engendrar una estirpe inmortal.

  12. PROMESAS ENCADENADAS

    Le juró amor eterno a su escuálido esqueleto. Le confesó ser corazón y no hueso. Estar en el instante del último abrazo mortal. Apreciar cada escasa curva de su anatomía. Acariciar su doliente palpitación para desbordarla con ese tacto efervescente de hacerle sentir su sístole húmeda, y provocarle un agonizante suspiro.
    Soportó su tejido fibroso y putrefacto en la entrega, la cavidad circular e interminable de su boca y la mirada vacía de sus azulas cuencas.
    Sembró de besos su caparazón semirrígido, la ausencia de sus cartílagos… y se abandonó en el armazón de su regazo.
    Al alba, el polvo espesaba su lengua y en sus manos, unas minúsculas partículas sin brillo se contraían y dilataban al compás de un solo latido.

  13. La novia de la muerte

    Me aferré a un nosotros aún sabiendo que sería mortal. ¿Quién se enamora de la muerte? El amor es así. Un sinsentido. Desoí las voces que me pedían que no lo hiciera, que me suplicaban que no entregará mi amor a alguien tan destructivo. Jamás lo entenderían, amor… Nunca lograrían comprender, que preferí amar y morirme, que vivir sin tenerte toda una vida.

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