Viernes creativo: escribe una historia

Se levanta la bruma y estamos a mesa puesta con esta fotografía de Rosa Basurto. ¿Qué te susurra esta imagen?

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Rosa Basurto

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22 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Pasan las horas y los comensales no vienen, invitados a la celebración de su santo, Blanca espera con impaciencia. No podía imaginar, que atrapados por la niebla, sus amigos perecerían en un accidente a escasas curvas de llegar ante ella para rendirle homenaje.

  2. Elena acostumbra a hacer siempre el mismo ritual: poner la mesa, con exactamente seis sillas, en medio de la finca, situada alrededor de su casa. Sólo lo hace los días con bruma; se informa antes de qué día va a haber niebla en la zona y espera, pacientemente hasta que está lo suficientemente baja para crear una atmósfera especial. Ella no hace esto porque sí. Hace seis años, sus queridos padres, su marido y sus hijos, Esteban y Pedro, viajaron en el mismo coche, juntos, para reunirse con ella, que esperaba, con la mesa puesta, en mitad de la bruma. Aquella comida familiar, que iba a ser divertida y festiva, se convirtió en vacío y soledad.

    Elena sigue esperando. Quizás crea que la niebla le devolverá aquello que le arrebató cruelmente aquel fatídico día.

  3. ÉSTA MUJER…

    Ser previsor, a la larga, resulta frustrante. Te pasas la vida haciendo cosas por si suceden otra serie de cosas que rara vez llegan a producirse. Ésta mujer lleva años preparando mesa para seis por si llegan invitados sorpresa que, naturalmente, nunca llegan a presentarse. Y así en el desayuno, en la comida, en la merienda y en la cena. Ésta mujer, lo que tiene es pánico a improvisar, y así le va, que lleva media metida en la cocina, poniendo y quitando platos para terminar comiendo sola. Ésta mujer tiene un seguro de vida y un seguro de muerte (“Nunca se sabe”, suele decir) Ésta mujer, por las noches llega a la cama rendida y se acuesta (sola) junto a un pijama de hombre (“por si acaso”, suele pensar) Y en la mesita de noche de ésta mujer nunca faltan dos vasos: uno lleno de agua, por si tiene sed, y otro vacío, por si no. Ésta mujer…

  4. Esta bruma, que clausura la primavera, me acompaña en tu recuerdo. Papá, te has ido casi sin avisar y sin dolor. Qué mejor final para ti. Para los que nos quedamos ya es otro cantar. Dicen que el tiempo todo lo cura. Seguramente sea así. Por muchos años que pasen, estarás siempre en mi mente, en mi corazón, en nuestra memoria. Papá, no vas a poder ver como Julia se pone el birrete, ni como Iván tratará de conseguir una medalla en Río, éste próximo agosto, pero no te preocupes, cada noche, antes de dormir, te contaré todo lo que nos vaya ocurriendo a nosotros, los que venimos de ti. Ahí vuelven, todos, con mamá. Hasta la noche, papá.

  5. LA ESPERA

    Bajo la bruma de la soledad,
    en medio de la nada, del silencio,
    sigo esperando vuestro regreso cada mañana.
    Mi mente sabe que os fuisteis para siempre,
    pero mi corazón me engaña y me dice que volveréis.

  6. DON DE GENTES

    Juanma se ha levantado de la mesa con la excusa de ir a recoger a los niños que no tiene, Alicia ha hecho lo propio porque llegaba tarde al trabajo cuando se sabe que lleva en el paro tres años, Andrés porque había quedado con su novia cuando lo que tuvo es un novio con el que ya cortó hace tiempo y Carla ha dado la extraña razón de unas clases preparto aunque ya se hizo la ligadura de trompas.
    Total, que me he quedado sola con Julio y Helena hasta que les he criticado aquel asuntillo de hace diez años y tras mirarse unos segundos, asintiendo los dos con la cabeza, se han ido sin decir ni pio.

  7. INFELIZ CUMPLEAÑOS

    Un año más todo está preparado sobre mi mejor mantel.
    He pensado en cada detalle, en lo que le gusta a cada uno, café, zumos de frutas y la tarta esperando para apagar las velas.
    Añoro sus besos, sus risas y el calor de sus abrazos.
    Se retrasan… un año más la niebla y esa cruel carretera impedirán que celebremos mi cumpleaños…
    Un año más solo la niebla y yo…

  8. REUNIÓN FAMILIAR

    Todos los viernes ella se reúne con su familia; nada parece haber cambiado: Su madre, en las nubes como siempre, intranquila por nimiedades; su padre, preocupado de que aún no tenga novio formal; el chiflado de su tío Juan, que no para de hablar de su último y más fantástico invento: algo para poder llegar a la luna pedaleando, o algo así; la tía Julia, que no hace más que llorar y reír a la vez: siempre ha sido algo esquizofrenica; y su pequeño sobrino Ángel, entusiasmado con su nuevo estado ectoplásmico y poder levitar y atravesar paredes.
    Y es que todos los viernes se reúne con ellos para conmemorar aquel otro fatídico viernes, cuando tuvo lugar el accidente de aviación en el que murieron todos: desde ese día se reúne con sus fantasmas e intenta convencerse que ahora son más felices que cuando tenían cuerpo físico.

    Luis J. Goróstegui

  9. DESPEDIDA

    Tomaron un poco de zumo y apenas probaron el té. No tocaron ni las naranjas, ni el bizcocho que tanto cariño había preparado. En aquella fría y brumosa mañana de noviembre tenían que acudir sin tardar a la llamada de reclutamiento. Se les había echado el tiempo encima y no querían perder el tren.
    Me quedé sola, pensativa: “¡Maldita guerra!, ¿volveré a ver a mis hijos?”.

  10. Poner la mesa.

    Ha puesto la mesa y se ha sentado a esperarlos.
    Antes, la mesa siempre la ponían por ella. Y en verano no hacía falta; cuando iban al hotel, junto a la playa, comían allí todos. A mamá le gustaba sentir el aire en la cara y sus hermanos podían sentarse en las sillas con el bañador puesto; era un hotel de esos que no ponía dificultades si ella o Miguel, que era un plasta, decía que no comía lasagna; “salchichas para todos”, decía su padre y, aquel camarero vestido de blanco y con barbita recortada traía al rato las salchichas crujientes y doraditas, mientras sus padres pedían el menú.
    Eran veranos divertidos. Pasaban el día en la playa, comían y después iban a la plazoleta de pueblecito, entre árboles, a jugar al pilla pilla, o a contarse historias.
    Fueron hasta que Miguel cumplió los 18 y se echó novia, y su padre tuvo aquel invierno el amago en el corazón; nada grave, le dijeron, pero mejor la montaña; fue entonces cuando alquilaron la casita, cerca de Madrid, pero ya no era lo mismo: Pilar se quedaba con sus amigas en la ciudad, o se iba con ellas en cuanto empezó la universidad. Y ella terminó yendo solo los fines de semana a la sierra.
    Allí también ponían la mesa por ella; mamá no le dejaba ayudarla: “ quita, quita, que eres una manazas, y para una vez que vienes”; su padre, con el cansancio en la cara y aquellos ojos más apagados cada verano se limitaba a abrir el vino cuando ella iba: “ Rioja, como en el mar, ¿ os acordáis?”…y ella se sonreía.
    Cuando murieron sus padres cerró aquel piso; hacía años que vivía sola en un piso alquilado, dos habitaciones, patio interior y una ventana muy pequeña en su cuarto que daba a una calle estrecha, ruidosa, pero en la que se vez en cuando venían pájaros a picotear entre los árboles.

    En casa, durante los años que vivió con Ángel, lo de poner la mesa era un eufemismo; la bandeja bastaba para los platos y las servilletas de papel eran mucho más higiénicas que las de hilo, naturalmente. Después, cuando rompieron, para ella sola no hacía falta molestarse en tanto adorno…

    Miguel y Pilar murieron con cinco años de diferencia, en lugares extraños, tan lejos de ella que prácticamente ni supo cómo hacer acto de presencia; dejar de verlos se había hecho costumbre. A Pilar le envió un ramo de flores; con Miguel recibió una llamada de su cuñada, tan distante y lejana que solo supo decirle “lo siento tanto…no le gustaba la lasagna”. Y colgar.

    La vida es así; piensa, mientras ha terminado de poner la mesa. Yo no sabía entonces que era eso lo que nos unía; los veranos, la playa, el sol, las comidas al aire libre…ni lo que nos iría separando después: las vidas individuales, sin mesa en común.
    Se ríe porque se da cuenta de que está hablando sola. También se da cuenta de sus manos cansadas, de las arrugas en la piel, de su pelo blanco, de cómo debe apoyarse en bastones antes de sentarse en la silla playera. Del silencio del mar. De la bruma. De los años; “ hace tanto tiempo de casi todo”, piensa, mientras, trabajosamente se sienta, y espera…

    Espera que lleguen. Como entonces, a la comida de la playa. Y mira el mar: para verlos cuando lleguen.
    La encontrarán mañana; una copa de Rioja en las manos y una sonrisa bajo los ojos cerrados.

  11. Neblina

    Empezó en otoño, creo recordar, las margaritas, el río, los castaños se difuminaron. Días después partieron los niños del pueblo, los payasos del circo Roma, los problemas de matemáticas. Ya no hubo marcha atrás y al hacer recuento también faltaban el sargento Martínez, Sofía Loren, el Seat 124 verde. La situación empeoró con la ausencia de los compañeros de Correos, las canciones de Serrat, Bobby. Aparecieron entonces las nefastas pastillas azules que se llevaron consigo las partidas de mus, los paseos por el parque o las lecturas a media tarde. Pero el verdadero drama se produjo cuando desaparecieron Bermejo, su querida Loli, Antoñito, Lucia y sus cincuenta años de casados. Ahora solo quedo yo en este rincón olvidado de la memoria, la primera muchacha con la que se besó allá por el 42.

  12. Emily

    Oculto entre la niebla, etéreo y espectral, se dibuja el paisaje rocoso de los páramos. Siempre su refugio. Perfecto escondite para la niña huraña y demasiado sensible que alguna vez fue. Consuelo ahora para el imposible anhelo de libertad de una joven que, a fuerza de soledad, conoce como nadie los tormentos y recovecos del alma humana. Atrapada en la poesía del paisaje, su corazón sangra lejos de aquí. Y aquí, entre nieves y vendavales, esta mujer rebelde y solitaria, enamorada de Lord Byron y Walter Scott, rara al decir de sus vecinos y objeto de miradas compasivas por haber roto un día la senda ancestral que marcaba su destino, sueña otros mundos, inventa amores transgresores e infernales, pasiones turbulentas, delirios que jamás conocerá. A lo lejos, mientras tanto, la tormenta se cierne amenazante sobre unas cumbres heladas, románticas, fantasmales y eternamente borrascosas.

  13. Ella

    Ella deseaba tener una casa llena de gritos, risas, regaños. Deseaba recibir el amor, que no le habían dado. Soñaba con su boda, su primer hijo. La graduación del mayor. Tartas, cumpleaños, anhelos, decepciones. Rasguños que curar, rosas en los aniversarios. Deseaba un compañero, un amigo, un amante, un confidente. Y lo consiguió. O eso le hizo creer su corazón, cansado de esperar y amar sin ser correspondido. Realmente parecía que está vez conseguiría cumplir sus sueños…

    Ahora cada aniversario, prepara la mesa, la tarta, oye las sonrisas de los hijos que nunca tuvo. Y recibe con cariño la caricia en la mejilla de su amado marido. Cuando termina la celebración, se echa a descansar mientras los suyos recogen y friegan los platos.

    Ella duerme, con una sonrisa plácida, sin saber que lo que celebra es el aniversario de su muerte, de aquel fatídico día que preparaba un casamiento y su futuro esposo convirtió, en un trágico entierro.

  14. Hola,

    No sé qué pasa, pero en los últimos post no se publican mis comentarios. Seguramente se queden como spam. Los estoy publicando en mi FB.

    Gracias.

  15. Desayuno en ayunas

    Todos los miembros de la familia se han largado en el ecuador del desayuno, y, cada cual con su excusa, han ofrecido una serie de convincentes argumentos a Suzanne; y ahora, con una venda de bruma en los ojos, contempla la soledad desde un horizonte al vacío, donde la compañía, de mesas llenas, por retirar todavía, y sillas vacías, se disipa. Los bizcochos, resecos ya a estas intempestivas horas, más tarde de las ocho, se consideren en un arma arrojadiza, que quita el apetito para la cena a cualquiera. El zumo recién exprimido, ha perdido todas sus vitaminas y ahora sólo queda, en el fondo, un concentrado de no se saben muy bien qué. La tetera en ebullición, de café ya helado, ha dejado su poso. Tal vez, no era lugar ni época, para haberles aireado que, desde que conocí una noche en América, a Emmanuelle; he comprendido que, a mí, lo que me gusta realmente, son: las magdalenas del sexo convexo.

  16. Desayuno en ayunas

    Todos los miembros de la familia se han largado en el ecuador del desayuno, y, cada cual con su excusa, han ofrecido una serie de convincentes argumentos a Suzanne; y ahora, con una venda de bruma en los ojos, contempla la soledad desde un horizonte al vacío, donde la compañía, de mesas llenas, por retirar todavía, y sillas vacías, se disipa. Los bizcochos, resecos ya a estas intempestivas horas, más tarde de las ocho, se consideren en un arma arrojadiza, que quita el apetito para la cena a cualquiera. El zumo recién exprimido, ha perdido todas sus vitaminas y ahora sólo queda, en el fondo, un concentrado de no se saben muy bien qué. La tetera en ebullición, de café ya helado, ha dejado su poso. Tal vez, no era lugar ni época, para haberles aireado que, desde que conocí una noche en América, a Emmanuelle; he comprendido que, a mí, lo que me gusta realmente, son: las magdalenas del sexo convexo.

  17. LA CENA, A LAS OCHO

    Alrededor de las ocho empiezan a llegar los invitados. Anita les recibe en su fastuoso jardín, al fresco, con la mesa puesta. Del techo de madera se descuelga la buganvilla dejando caer sus flores sobre los higos y los pedazos de mango y papaya, cuyos vivos colores desentonan con la finura de la porcelana de Limoges. Las palabras sobre política y literatura, se dejan adornar por el titileo de los quinqués y por la arrebatadora belleza del canto de las ninfas y el perfume del jazmín, tan intenso, queda impregnado en los abanicos de las señoras cuando a las once en punto todo el mundo se despide hasta el día siguiente.
    Todos los jueves el doctor pregunta a las cuidadoras del asilo por el estado de Anita. Si durante la semana ha andado, sonreído o mostrado alguna intención de comunicarse. Luego toma, durante un instante, su mano inerte para dejarla caer donde siempre está, en su regazo. Cuando la dejan sola, ella la levanta para acariciar, con su innata elegancia, la flor que anoche quedó prendida en su pelo.

  18. PARA DECIRTE LO QUE NO PUEDO
    Creo cada noche un sueño para ti, son de esos que al despertar se olvidan. No te quedará ni el recuerdo durante el día. Quizás una palabra o un detalle te traiga a la mente una bruma momentánea, ni siquiera sabrás qué es. Pero ven a verme, aunque sólo sea un momento, acaríciame la mejilla y vete si quieres. O tómate un café conmigo, tengo azúcar moreno, del que te gustaba. Puedes hacer como hacías siempre, mordisquea un trozo de pan con mermelada mientras me ignoras y lees el periódico. Yo parlotearé como una niña. Luego friego los cacharros.

  19. Nuevos tiempos.

    Mariano se asomaba desde el balcón de su casa: la vieja peluquería y el caduco video club que aparecían entre las ramas otoñales de los árboles le recordaban aquellos años en los que, antes de que llegara su jubilación, la calle bullía de chiquillería, vida y color. Ahora, el barrio se había convertido en una arteria perdida de la gran ciudad y solo quedaban las personas grises que no tuvieron tiempo de mudarse: Antonio el barbero; Raúl rodeado de películas antiguas; Rafael –que era su mejor amigo– y su quiosco, en el que las chucherías habían dado paso al papel de fumar, al tabaco a granel, a los caramelos para la tos y a tertulias trasnochadas en las tardes soleadas de brisa suave. En ellas, los contertulios arreglaban el mundo alrededor de una mesa en la que disponían las veintiocho fichas de dominó, una libreta amarillenta, un lápiz y una navaja que hacía las veces de sacapuntas. A pocos metros sobrevivía también la taberna de Paco, donde el vino peleón y los guisos que preparaba, con más arte que condimentos, traían olores de otros tiempos.

    La tienda de comestibles murió con Manuela, su dueña, y ahora Mariano tenía que coger el autobús para comprar en el supermercado lo indispensable para vivir. Manuela fue su novia hasta que apareció un guardia civil, con gran porte y mejor futuro, que acabó siendo su marido y la hizo viuda en pocos meses. Él ya no quiso vivir de nuevo otro noviazgo pues en su mundo, las cosas empezaban y terminaban una sola vez.

    Se acercaba la Navidad y no recordaba donde guardaba las cinco figuras que formaban el belén: como cada año, tendría que revolver altillos y armarios para encontrarlas.

    Este año Rafael no vendría a cenar: unos familiares de Ciudad Real se habían acordado de su existencia y él, más por no hacer un feo que por gusto, había aceptado la invitación.

    Al llegar la Nochebuena se preparó unos huevos fritos con patatas y chorizo. Abrió una botella de vino tinto y sacó la copa de cristal de bohemia que le regalaron en la empresa el día en que lo homenajearon por sus cuarenta años de servicio. De postre, había preparado un arroz con leche adornado con una rama de canela y media piel de un limón cortada en tiras, como le había enseñado su abuela.

    Se puso el traje de chaqueta que descansaba colgado, envuelto en un forro, desde el día del entierro de su madre, ¿o fue el de su padre? Hubo tan poca diferencia entre la muerte de ambos que mientras se vestía no fue capaz de poner en pie si fue huérfano de madre antes que de padre o al revés. Una vez vestido, y tras ponerse unas gotitas de “Varón Dandy” en las muñecas, en la nuca y tras las orejas, cogió el espejo del baño, lo puso encima de una silla frente a él y, con el sonido de la televisión de fondo, comenzó a cenar mientras miraba las lejanas luces de la ciudad.

  20. Devhora o Manual simplificado de deconstrucción
    Fue Marcel, tan complaciente siempre, tan dispuesto a satisfacer todos sus caprichos entre las sábanas, el primero en abandonar la mesa. Había tragado con los suspiros de tallos de alcachofas recogidos en noches de luna nueva, con la muselina de ruibarbo al aroma intenso de caléndula y con la emulsión de pétalos de rosa sobre gelatina de hinojo fresco, pero por fin se rindió. Incapaz de enfrentarse a aquella mousse de babas de caracol en salsa de almendras amargas y lluvia de cebollino en finísimo brunoise, se calzó su sombrero de Panamá, agarró su bastón de ébano con empuñadura de marfil, se levantó de la silla de madera noble, que había ocupado de forma tenaz durante los últimos años, y se marchó por la misma vereda que había llegado un día, sin atreverse a mirar atrás y con la arrugada dignidad de un sacristán de pueblo. La siguiente fue Adelina, su hermana. Siempre a la sombra de Devhora e incapaz de llevarla en nada la contraria, añoraba en secreto los guisos de abuela: las suculentas calderetas rebosantes de salsa y de cordero, repletas de zanahorias y guisantes; los pucheros de jamón y magro, de longanizas y morcillas de arroz o de cebolla; los bizcochos marmóreos que no se deshacían ni mojados en leche y no aquella espuma de menta y esencia de sésamo que supuso la gota que colmó el vaso de su infinita paciencia. De la mano de la abuela cruzaron el jardín hasta llegar a la casa y de allí salieron en dirección al pueblo cargadas de maletas antiguas, de arcones de otro tiempo, que habían olvidado lo que significaba salir de viaje. Los niños aprovecharon para salir corriendo, para ahorrarse aquella comida que se hacía tan difícil de pronunciar como de terminar y se perdieron en dirección al río, en medio de una bruma espesa que acabó por evaporarlo todo, por dejarla allí sola, pensando de qué manera, con aquellas dos naranjas y un azucarero, podría volver a elaborar una familia nueva.

  21. AMIGAS
    A los cinco años se hizo amiga de Lucía. Luego, en el colegio, pasaba los recreos con Marina; las dos eran unas solitarias. En el instituto Laura y ella fueron confidentes y amigas inseparables. Ya en la universidad conoció a Mica. Durante el año de Erasmus, fue compañera de habitación de Agnieszka. Precisamente la ha traído a España para presentársela a sus otras amigas invisibles.

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