Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué tal si nos cuentas una historia con tu pecado más inconfesable —real o ficticio, no lo vamos a comprobar—?

Puedes inspirarte en esta foto de Umberto Verdoliva.

umberto-verdoliva

Umberto Verdoliva

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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27 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. LA CERRADURA

    Lo malo de las confesiones es que tienen un formato demasiado rígido. Cuando están frente a frente, tanto el cura como el pecador entran en “modo confesión” y no se puede hablar de otra cosa que no sean los pecados (Estaría fuera de lugar, por ejemplo, preguntarle al cura si en su opinión vamos a ir a terceras elecciones) El otro inconveniente de las confesiones es que cuando no tienes pecados, te los acabas inventando, por aquello del protocolo. El tipo de la izquierda de la fotografía se ha confesado de un par de deslices, el cura le ha recetado otras tantas avemarías y cuando se iba a largar, resulta que la puerta se ha atascado, vaya. Luego, mientras llegaba y no llegaba el cerrajero, por aquello de romper el hielo el hombre se ha inventado otro par de pecados y le han vuelto a absolver. Y finalmente, el cura ha confesado: en su opinión, no llegaremos a terceras elecciones “Los socialistas terminarán absteniéndose, está cantado”, ha sentenciado contundente, como si dispusiera de información privilegiada.

  2. Eva tenía un gran secreto, un deseo inconfesable que no podía desvelar a Adán. Al principio, en el paraíso, todo era hermoso, pero ella comenzó a sentirse insatisfecha y muy sola. Le hubiese gustado que existiesen mujeres con las que charlar, con las que ir de Rebajas, comer hierbas y beber el jugo de los cocos. Pero no había ninguna y eso que caminaba, durante horas, todos los días, para ver si encontraba a alguien.
    Pero lo que no podía contar a Adán era que deseaba fervientemente conocer a otros hombres, amarlos y saborearlos, como a una buena manzana. Tampoco los había por ninguna parte. La situación era frustrante e insufrible. Por eso, cuando apareció aquella sugerente serpiente, que Eva veía como si fuese un hermoso y corpulento joven, rubio y de fulgurantes ojos verdes, no pudo evitar aceptar su invitación a morder una manzana que le ofrecía, reluciente y llamativa.
    Eva consiguió conocer a muchos hombres y muchas mujeres, aunque las relaciones no fueron idílicas. Pero eso ya es otra historia…

  3. ¿QUIÉN LE PEDIRÁ PERDÓN?

    No hay nada que se recuerde tanto como lo que más se quiere olvidar, cuando cada recuerdo se vive tan intensamente que es imposible borrar.

    ¿Quién le pedirá perdón? ¿Quién le devolverá ese tiempo desaparecido? Solo quiere que alguien le pida perdón para volver a vivir, y así recuperar su inocencia rota, su infancia perdida, y no permanecer más tiempo muerto en vida.

    Su rostro, ya marchito, aún se inunda de lágrimas al evocar con voz temblorosa aquellas noches de pavor en los internados del miedo, cuando amparadas por su Dios y la oscuridad, yacían sotanas levantadas sobre inocentes cuerpos.

  4. – Padre, yo me acuso…
    – Calla, hijo, calla. Tus pecados te…
    – Pero, pater, ¿está usted seguro? Si apenas…
    – Que calles, hijo, que calles. Ego te absolvo…
    – Padre, esto que hacemos, ¿no es pecado?
    – Calla, hijo, y ponte a lo que estás que, como venga el sacristán, aquí va a haber hostias para todos.
    – Oh, dios… Oh, dios… Pater…

  5. MI CONFESION

    Confesar lo inconfesable, que paradójico y que tentador a la vez…
    Bien, pues esta es en resumen mi confesión: OS ODIO. Sí, os odio: escritores, poetas, cantantes… Os odio porque creáis mundos ficticios, creáis ilusiones, cielos estrellados, noches mágicas y amores eternos donde solo hay hastío y podredumbre. Os odio porque en su día os creí, salí al mundo a buscar toda esa belleza, toda esa fantasía y me hicieron daño. Me hicieron tanto daño como yo juré haceros a vosotros, uno a uno, durante lo que me reste de vida.
    Infiltrarme entre vosotros no fue difícil, aunque si que me llevó algún tiempo. Incluso llegué a creer que me había equivocado con mi víctima, cuando el chico que mantengo en mi sótano era incapaz de conseguir premio ni mención alguna con los relatos que hacía en mi nombre. Afortunadamente supe encontrar la forma de motivarle, y a medida que fue perdiendo los dedos de su mano izquierda bajo mi cuchillo sus escritos mejoraron hasta conseguir llegar a la final de algún concurso radiofónico. A partir de ahí todo ha venido rodado, solicitudes de amistad, presentaciones de libros, tertulias… Os conozco a todos, pero ninguno me conocéis en realidad, no conocéis mi alma negra, no conocéis mi abismo interior, pero lo conoceréis sin duda, y a no tardar. Para empezar pronto tendré que sustituir a mi “ayudante” del sótano, ese despojo sanguinolento y lloriqueante ha bajado mucho la calidad de mis escritos y apenas le quedan apéndices para motivarle, una lástima. En fin, que pronto uno de vosotros tendrá que sustituirle, en realidad ya he decidido quién va a ser, pero decir ahora su nombre rompería la tensión y ese es un pecado imperdonable en un escritor ¿verdad?. Mejor que lo descubras por ti mismo…o misma, claro.

  6. −Padre, ya sabe que lo que más me interesa es mantener el bienestar de los están bajo mi amparo. No puedo permitir que se escape nada a mi control. Necesito estar al tanto de todo lo relacionado con mis protegidos, por si hubiera algún peligro. Para ello, lo reconozco, tengo que bordear, en ocasiones, el total cumplimiento de la ley. Domino las más modernas técnicas de espionaje. Aparte de mis lecturas y búsquedas en internet, recuerde que he sido inspector de policía hasta que por aquel maldito malentendido del que le hablado en múltiples ocasiones tuvieron la desfachatez de expulsarme del cuerpo. Hijos de puta. A veces me la juego vigilando por las ventanas entornadas o abriendo algunas cartas con vapor pero todo esto, y más, es necesario para llevar a cabo con éxito la gran misión que me ha sido encomendada. Acuérdese de cuando le conté lo de aquellos asesinos de mierda que…
    −Joder, Ángel, déjate de chorradas y guarda los paños y las vinajeras de una vez y, luego, ve a ayudar a tu abuela en la portería.

  7. – ¡Ave María Purísima!
    – ¡Sin pecado concebida!
    – De que te acusas.
    – Padre vengo a confesarme de un crimen horrible, que mantendrá
    manchadas mis manos de sangre, durante mucho tiempo.
    Me he creído superior a otros seres pretendiendo imponer justicia como nuestro Hacedor, con equidad para salvaguardar el bien.

    – Cálmate chico, te veo muy azorado.
    – Es que padre, es muy gordo y no podré vivir con ello si no me absuelve.
    – Cuál es tu abominable crimen. Cuéntamelo ante el Señor y en su nombre te perdonaré
    – La muerte de un santo padre, profesor de este sacro lugar, muy querido por la comunidad cristiana.
    – Hijo, como es eso posible.
    – Era un ser que bajo su apariencia noble, de santo varón y respetuoso mentor, escondía bajo su sotana, símbolo de sus votos, la más innoble de los comportamientos.
    – Por más ignominioso que fuera su comportamiento, todo hombre merece su perdón si se arrepiente de sus actos y hace votos de mejora.
    – No padre, ese sacerdote no hacia ningún gesto de arrepentimiento, pecando y corrompiendo cada vez más.
    – No veo tus manos manchadas de sangre.
    – Aún no empezado. (Saca una navaja).

  8. Pecados

    —Padre, ¿cómo juzga y absuelve nuestros pecados como si usted no tuviera ninguno?
    —Yo no peco. Vamos, confiesa que no tengo toda la tarde.
    —Pero padre, yo le he visto pecar.
    —Deja de tocarme los cojones, Juan, yo soy sacerdote y los sacerdotes no pecamos. Te confiesas o te largas de una vez.
    —Pero padre… Es que sus pecados son peores que los míos. No prefiere por esta vez, ¿qué lo hagamos al revés?
    —¡Lárgate de aquí! ¡Chiquillo desgraciado!

  9. Halitosis
    Era la primera vez para todas, la primera vez que íbamos a ir a confesarnos y estábamos muy atentas a las recomendaciones de sor María Auxiliadora.
    —Ahora vais a hacer una lista con todos vuestros pecados, para que el señor cura no tenga que perder tiempo frente a niñas tartamudeando al no saber qué decir. Acordaos que los pecados veniales son faltas, tropiezos o vacilaciones en el seguimiento de Cristo.
    De inmediato tuve la sensación que, de todas mis compañeras, era yo la única a la que no se le ocurría nada más que una pelea de hermanos y una mentira; ¡dos cosillas no bastaban para hacer una lista como Dios mandaba y seguro que el señor cura me reñiría.
    Por ser la pequeña de una familia numerosa sabía que intentar mirarle el pito a mi hermano Pedro era un pecado, que besar con lengua, como lo hacía Arturo, otro hermano mío, con nuestra vecina, era también muy muy malo, y que levantar el jersey para enseñar las tetitas, como lo hacía Ester, mi hermana mayor, con el chico de la tienda de ultramarinos, no se podía hacer, que era el colmo de los pecados. A mí me pareció que con tres cosas así mi lista sería la mejor, y que la absolución que recibiría sería proporcional de grande y de bonita.
    Cuando al día siguiente me tocó a mí entrar en aquel confesionario con olor a sudor y aliento encebollado, me entraron ganas de vomitar y de salir corriendo. Sin embargo, la silueta somnolienta del señor cura me tranquilizó; el hombre estaría harto de niñas «tartamudeantes», así es que yo leería rápido mi lista y, rápido también, a la calle de nuevo dónde el sol seguiría brillando, o eso esperaba yo.
    —Padre, me acuso de haberme peleado con mi hermana pequeña, de haber dicho una mentira a mi madre, de haberle mirado el pito a Pedro, de haber besado con lengua a la vecina, no, al vecino, y de haber enseñado las tetitas al de la tienda de ultramarinos.
    Un grito ahogado salió del otro lado del cubículo de madera negra, del lado oscuro, el señor cura se había despertado y yo recibía su ira fétida, o sea, la de Dios, en plena cara.

  10. Confesiones

    Confieso haber abierto puertas de casas vacías solo para que corriera el aire.
    Confieso que fui atropellada por un pájaro.
    Confieso haber llorado sin ganas.
    Confieso que me lo encontré en sueños y también en pesadillas. Pero no que lo invoqué.
    Confieso haberme mentido, haberme robado y haber follado con personas que no eran yo.
    Confieso haber pedido a un hombre, siempre el mismo, al paso de estrellas fugaces, al soplar una pestaña caída, en la carta a los Reyes Magos y por mi cumpleaños.
    Confieso que intenté aniquilar una especie: la de los disfrazados de sí mismos.
    Confieso haber dicho la verdad en el momento más inesperado.
    Confieso haber pensado en un vagón lleno de reflejos rotos.
    Confieso haber mirado hacia atrás demasiadas veces, nunca.
    Confieso que perdí.

  11. PRIMERA NATURALEZA
    —Mi mayor pecado —me dijo, cuando la entrevisté— fue negarme a mí misma durante años. Dar vueltas en círculo hasta entender que no estaba aquí para llenar las expectativas de nadie. Esto, que parece tan sencillo de entender, me causó grandes traumas. Comprender que no podía ser la hija perfecta, aquella hija deseada o soñada que intenté ser con todas mis fuerzas. Comprender que no podía ser la perfecta madre, la madre de mis ideales, la que sabía qué hacer y decir en cada momento. Comprender que no estaba en mi mano ser la esposa perfecta, aquel paradigma imaginado por mí que intenté cultivar con ahínco. Comprender, sobre todo, comprender, que mi primera naturaleza, aquella que nunca me había atrevido a mostrar y había negado repetidamente, era la que estaba esperándome, después de tantas vueltas.

  12. SIN PROPÓSITO DE ENMIENDA

    -Padre, confieso que he robado…
    -¿Mucho, hijo mío?
    -Mucho, mucho, muchísimo, padre
    -Y ¿te has arrepentido de ello?
    -Claro Padre, además fui yo el que pagó la sustitución de los bancos de la iglesia
    -¡Acabáramos! Pues ya has cumplido la penitencia. Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
    -Estupendo. Amén y gracias, Padre. Hasta la legislatura que viene.

  13. EGO TE ABSOLVO

    La absolución de los pecados de Celestino Vázquez costó ochenta pesetas en el cepillo, quince avemarías en el reclinatorio y tres nuevas violaciones en los días posteriores.

    —Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

    En el Centro para Niños Discapacitados “La Buena Voluntad”, todos los residentes temían al señor Vázquez. A él, en cambio, sólo le aterraban tres circunstancias que hasta ahora no se habían producido: el infierno; una sustitución de párroco; y la ausencia de niñas mudas.

    —Amén.

  14. Confesión

    – Dos padrenuestros y cinco avemarías
    – ¿Será suficiente? – él asiente incómodo. Es evidente que espera que me ponga de pie de una vez.
    Remoloneo, como repasando la galería de mis pecados para no dejarme ninguno sin confesar.
    – Ya te he perdonado, puedes marchar
    – No hay nadie esperando fuera – digo – Podría quedarme un poco más y ayudarte a limpiar las imágenes de arriba
    – Te he dicho que no puede ser
    Lo miro mientras me paso la lengua por los labios.
    – Sabes que lo hago muy bien…
    El rostro pálido está ahora rojo. Comienza a sudar. Sé que es cuestión de tiempo. Que apagará las luces de la capilla como para que ninguno de sus santos nos vea, que girará la imagen de la virgen de cara hacia la pared y cerrará la puerta principal aunque todavía no sean las ocho.
    Hago amago de alejarme por el pasillo central.
    – Espera – pronuncia con voz cargada de deseo.
    Me vuelvo despacio.
    – Te espero en la sacristía
    Él trastea con la cerradura, las luces, y se persigna ante la virgen antes de ponerla de espaldas. Luego se acerca con prisa mal disimulada.
    Como siempre, lo estoy esperando con mis folios entre las manos. Cuando se sienta a mi lado, comienzo a leer. Él me escucha, con los ojos cerrados durante casi dos horas. Sólo los abre cuando callo para coger aire, y al final, cuando mis últimas palabras quedan flotando en el aire entre nosotros.
    – Sabes que no deberíamos hacer esto – dice mientras me acompaña hasta la puerta.
    Verifica que la calle está desierta y me hace salir.
    Yo asiento, como cada vez. Y le prometo que no habrá otra. Que no seguiré escribiendo. Que no volveré a tentarlo de este modo.
    Ambos sabemos que no será así. Pero nos separamos con la tranquilidad que dan los buenos propósitos.
    Mañana tendré que volver. A confesarme.

    http://laletradepie.com/confesion/

  15. Imagen de Umberto Verdoliva.

    FELIGRESA PENITENCIA
    —Dime hijo, te escucho, yo soy tu padre —
    —¿Qué es usted Darth Vader, el del lado oscuro? —
    —No, ese no, que yo soy tu cura, hijo mío, tu cura —
    —¿Me está diciendo, en serio, que es usted la medicina que me va a sanar? —
    —¡Por Dios, que soy tu sacerdote! ¿Qué no has leído el cartel, buen hombre? Pues pone bien clarito: Con-fe-sio-na-rio, nada de boticario —
    —Hombre no se ponga así. Pues a mí me dijeron que, si venía aquí, me iba a salvar —
    —¡Dios te salve María! —
    —Veo que usted también fuma de eso, ya decía yo, que se desprendía aquí un olor familiar —
    —Pues claro, si hace un momento ha entrado su señora madre. Por cierto, ¿qué perfume utiliza, Chanel Nº 5? —
    —No, Eau d’Été —
    —¿Me está diciendo usted, en francés, que me joda; después de aguantar todas sus tonterías? —
    —Todas no, señor, las justas. ¿Podría cambiarle las justas por las pecadoras, y así pago mi penitencia, y me confieso todo de una sola vez? —
    —Está bien, así pues, le aplicaré el descuento. Creo que, con el descuento aplicado, serán un padrenuestro y dos avemarías —
    —¿Le valdría la versión de David Bisbal?, es que me la sé de memoria—
    —¡Márchese, inmediatamente, y no vuelva a pisar mi iglesia! —

  16. SIN PECADO CONCEBIDA
    Sin pecado concebida, Águeda, sin pecado concebida. A ver, déjame adivinar. Has discutido con tu marido y has pensado otra vez en lo bien que estarás cuando vivas sola. Te arrepientes de que estas ideas hayan pasado por tu cabeza. ¿Continuamos con tus hijos? No los has llamado por teléfono; de hecho, todos los días estás encantada de que vivan fuera. ¡Cuánto trabajo te ahorras! ¿Seguimos con tus amigas? Te has alegrado por algo que les ha pasado a Maribel y Fuensanta. Y habrías querido que a Ángeles le ocurriera alguna desgracia, pero no le ha sucedido nada, nada. ¿Terminamos con la tele? Viendo la tertulia de 13 TV, se te han escapado algunas palabrotas. De hecho, has insultado a una periodista que criticó al presidente; la has llamado hija de tal. También has visto el programa de Bertín y no has podido evitar tener pensamientos deshonestos. ¡Es que Bertín es tan majo y gracioso! ¿Sigo, Águeda? En fin, reza dos padrenuestros y tres avemarías. Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo, etc. Hala, hasta la semana que viene.

  17. Inquisición

    Antes de la misa de las ocho, Doña Severina se introduce en el confesionario. Se arrodilla y, sin esperar el “sin pecado concebida” de Don Calixto, empieza a recitar en un sordo bisbiseo: «La Pastora está encita de dos meses y su hombre hace un año que no baja de los montes. Se rumorea que el maestro de escuela no sigue los preceptos de la moral cristiana y en sus clases solo se reza una vez al día el Padrenuestro. Mi cuñado Gabriel lleva dos domingos faltando a la iglesia. La hija de la tía Secundina se dice que alterna en un bar de copas de la capital. Ramón, el “Carbonero”, no se lo pierda, se entiende con el vendedor de hielos. “El Fanecas” le robó dos gallinas a Don Eulogio. El viernes, los Castro recibieron carta de Francia de la hermana descarriada. Y el hijo comunista de Antolín sigue desaparecido». Don Calixto sonríe y, como otras veces, pronuncia: «¡Doña Severina, es usted una santa! Siga así. Dios se lo recompensará».

  18. Confesión

    He matado a un hombre. Uno más. Hace exactamente dos horas y diecisiete minutos. No ha sido el único, ya digo. Hubo otros muchos antes. Siempre con premeditación y alevosía. Lo confieso ahora sin dolor ni arrepentimiento y no busco perdón, tampoco acallar mi conciencia, es tan sólo que por alguna extraña razón, que apenas yo alcanzo a comprender, sentí de repente la necesidad de contar lo ocurrido. Posiblemente, y algo me avergüenza reconocerlo, buscara una pizquita de comprensión, quién sabe… No podría decir con exactitud cuántos hombres murieron o quedaron malheridos por mi causa a lo largo de los años, aunque sí sé con certeza absoluta que este último que tal vez todavía se debata entre la vida y la muerte, agonizante, no será el último. Devuélveme el corazón, suplicaba a mi espalda, incrédulo y deshecho en lágrimas al verme marchar, cumplida ya tan cruel misión. ¡Pobre diablo!. Su llanto patético y desconsolado nunca podría conmoverme aunque cierto es que él no tenía forma de saberlo, nunca la tuvo…. También yo un día perdí mi corazón y busco desde entonces un sucedáneo con el que llenar este inmenso agujero que quedó en mi pecho. Tampoco esta vez lo conseguí. Seguiré buscando.

  19. Cuadrar la caja

    Tras la interminable jornada, tratamos de cuadrar las cuentas, de elaborar nuestras estadísticas. Han pasado por el confesionario cuarenta pecadores. Veinte mujeres, quince hombres y cinco que no han revelado su sexo. De edades comprendidas entre los ocho y los ochenta. La mayoría, con voces compungidas y rostros anodinos, como trabajadores fabriles que repiten movimientos de forma mecánica. Algunos, con esa angustia que entrecorta las palabras y provoca temblores en las manos. Unos pocos, uno o dos, no coincidimos en ese dato, con prisas y exigencia en ver sus faltas perdonadas, pues hacían tarde a su boda o a algún vuelo.
    Se han registrado quinientas mentiras, doscientas blasfemias, media docena de ofensas, diez adulterios, cero asesinatos, en números redondos. Algunos pecados, confesados con dudas, con solicitud de moviola. ¿Ofende a Dios mirar a otro con deseo? ¿Es punible dar una pequeña esperanza a quien no tiene ninguna? Estos los contabilizamos como medias unidades. Una vez comprobados los números, constatamos que bajan un diez por ciento las infracciones este mes. Una de las causas será, sin duda, la pereza de acudir al confesionario. Pasa siempre en los agostos cálidos. Se espera a septiembre para lavar el alma. En el interanual, la cosa cambia, notamos un pequeño repunte: han aumentado los vicios un tres por ciento.
    En cuanto a penitencias, hemos recogido una centena de padrenuestros, veinte avemarías y dos rosarios. Poca cosecha para tanta siembra. Nos hemos relajado tanto en la administración como reducido la duración de los sermones. Todo parece venial, más ligero, cuando aprieta Lorenzo. Tendremos que esmerarnos más, ser más exigentes, convenimos los dos, con amplios movimientos de cabeza, si queremos mejorar las ratios a final de año.
    Con ese propósito cerramos la iglesia y nos citamos para la semana siguiente. Afuera ha comenzado a anochecer y las farolas arrojan un haz de luz amarillenta sobre la plaza. Lejos del área delimitada por él, las sombras reinan, el mal acecha.

  20. MORTAL MÁS QUE VENIAL
    Buenos días, se dijeron cordialmente. Esperaba el momento de verme frente a alguien como usted para confesar todo esto que me está quemando por dentro, dijo el hombre con resignación mientras el otro asentía con la cabeza. A esa frase siguieron un suspiro y un espeso silencio; parecía una toma de impulso para iniciar una anhelada y purificadora confidencia. Ya sé lo que va a decirme, que mi vida es una vileza. Que incendiar voluntariamente bosques centenarios es un gran pecado a los ojos de Dios, que todo lo ve. También conducir borracho y no pagar impuestos. Ah, y me acuesto con putas, me gustan jovencitas. Soy un infame, ¿verdad? Soy un pecador.
    El otro rebufó mientras sacaba su libreta. ¿Pecado, dice? Pecado mortal es que me haya hecho perder mis vacaciones siguiéndole la pista; estrujarme el cerebro hasta dar con usted, hampón con alzacuello.

  21. La gracia

    -Padre, se lo suplico, absuélvame, no me haga volver mañana. Tiene que darme su perdón. Libéreme. Quiero descansar.
    -No.
    -He venido por tres años a confesar mi pecado. Soy puntual, rezo, hago penitencias.
    -No es suficiente.
    -¡¿Y qué más quiere?! ¿No le aburre esta historia?
    -No. Cada vez que me la cuentas es como la primera vez.
    -Mire, lo que le hice a su hermana fue en un arrebato irracional, me enceguecí, me equivoqué. Pero usted me hace daño a propósito. Usted es diabólico. Usted no es un hombre de Dios.
    -No me importa.
    -¿De qué me sirvió suicidarme entonces?

    http://holamellamojuliodavid.blogspot.cl/

  22. RULETA DE INFORTUNIO.

    He de confesar que maté a tres hombres, presencié cuatro infidelidades y que el cargador aún humea de impaciencia.
    Que robé una bici, una moto de carretera e hice un puente a un automóvil malva.
    Que mi conciencia no me deja dormir y el bourbon es del colmado de la esquina.
    Que la aspira ya no me hace efecto y el almax está caducado,

    He de confesar que el remordimiento dormita en la paciencia de una venganza, en el susurro de una voz que no calla, en la indiferencia de su mirada cuando me da la espalda.
    Tengo dos balas en el arma y dos objetivos.

    Ruleta rusa que juega con el destino, con la cara y cruz de toda una vida, con el par, impar y la terna de la fatalidad.

    Amanece… Una fragancia de pólvora se esparce por la habitación; hay un reguero de sangre, un aliento alcoholizado y la revancha servida en la almohada.

    Ella por fin descansa quieta a mí lado. Aún me queda una en la recamara…

  23. Exorcismo
    El joven canónigo se dirige servil, aunque decidido, al confesionario. Desde hace algún tiempo está preparado para este momento. Entre la celosía de nogal, las luces del altar penetran a regañadientes, sin ganas. Recoge su sotana con pulcritud aprendida antes de clavar las rodillas en el reclinatorio. Un saludo formal y arcaico escapa a través de sus labios y adquiere, sin embargo en su libertad, un aroma fresco, renovado, a menta. Se escucha una respuesta arcana, solo para iniciados, que le confirma estar ante la persona correcta. Sabe que está obligado a hacerlo, que solo así alcanzará la expiación, que con el tiempo alguien hará un día lo mismo por él, que debe arrancar al diablo de las entrañas del Prior, un diablo blanco, caliente y espeso que anidará, hasta el próximo cónclave, en su interior.

  24. Debería ser pecado
    Acúsome padre de tener malos pensamientos.
    He pensado que debería ser pecado ser bueno para rezar en este mundo sin amor ni compasión, sin arrepentimiento o piedad. He soñado que somos una especie superior, como Dios manda, la Humanidad salvadora de todas las creaciones. Acúsome padre de cerrar los ojos y dejar a la voluntad del Altísimo nuestros atropellos.
    Pienso que ser tan bueno sirve para rezarle a todos los santos que hagan lo que nosotros no somos capaces de hacer: pan para los pobres, apoyo para los desvalidos, guía para los niños, respeto para los animales. Ser bueno para nada.
    ¿Se necesitan medicinas y hospitales? Señor ayúdalos
    ¿Educación para los explotados? Ayúdalos Madre Mía
    ¿Agua para el campo? San Isidro Labrador
    He pensado que no sirve vivir de rodillas contemplando el dolor y la miseria, ser “yo pecador” y arrepentirme del pecado original. Mal he pensado que es mejor combatir el pecado final. Acúsolo padre ¿Qué tal si rezamos menos y actuamos más?

    Griselda Gómez P septiembre 2016

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