Viernes creativo: escribe una historia

Estás de mudanza o has guardado cosas para poner en el altillo o puede que haya aparecido en tu casa, una tarde cualquiera, llegada del otro lado del mundo. ¿Qué hay en esta caja? ¿Por qué es tan importante? ¿Qué vas a hacer con ella? Responde a las preguntas que quieras o no contestes ninguna, pero cuéntanos algo.

caja-para-mudanzas-mediana

Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

Anuncios

13 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Después de tantos otoños, no encuentro el ánimo suficiente para abrir la última caja que me dejó; la de la nota “abrir cuando ya no me quieras”.

  2. En aquella caja estaba guardado un mundo entero, a pesar de su pequeño tamaño. Cada objeto que contenía reflejaba una década distinta de su vida, hasta abarcar 70 años de una vida cargada de experiencias, de manos atadas y de albedrío desbocado, de risas y llanto, de resignación y lucha. Cuando la hubo llenado, no quiso abrirla. Había guardado sus recuerdos más importantes y no estaba dispuesta a dejarlos escapar. Pensaba que, si los retenía, tal vez podría congelar instantes irrepetibles y que, a pesar de su avanzada edad, permanecerían intactos en su memoria.
    Hoy ha pasado el nieto a recoger las cosas de su abuela. Abre la caja, que ella en vida no permitía que vieran, y mira con desprecio los objetos que en ella había. Dijo, con cara de asco: ¡vaya trastos inservibles e inútiles! y se llevó la caja con todo dentro, al contenedor de basuras.

  3. COMO DE LA FAMILIA

    Ante la presencia de una caja como ésta, caben dos opciones, a saber:
    A) Sacas el contenido, te introduces en su interior y te facturas a ti mismo para que te envíen al domicilio de un policía jubilado de Arkansas (EEUU)
    B) La prendes fuego.
    (Naturalmente que existen otras muchas opciones, pero resultan bastante menos intrépidas)
    El tipo que se encontró esta caja optó por la opción A; escribió en uno de los laterales la dirección de un policía jubilado de Arkansas (EEUU), se fue a la estafeta de Correos, se introdujo en el interior y apareció dos semanas después en casa del policía jubilado, a quien llamaremos Jimy Jr., para que nos vaya resultando como más cercano. Luego Jimy Jr. vió la caja y optó por la opción B: le prendió fuego. El tipo que había optado por la opción A murió carbonizado, claro. A veces, la primera opción no siempre es la más acertada, por más que digan que hay que guiarse por el primer impulso. Y menos cuando estás tratando con un policía jubilado de Arkansas, que es gente con escasos escrúpulos, por más que se trate de Jimy Jr., que a estas alturas nos parece ya casi como de la familia.

  4. Nuevo rico

    La caja era de cartón, cuadrada, de un marrón ordinario que la afeaba y más bien vulgar. En apariencia nada la diferenciaba de otras cajas expuestas a su lado, salvo el precio. 1500 euros. Mi curiosidad me obligó a preguntarle al encargado del bazar. «Ante sus ojos tiene usted una constrictor», me dijo emocionado. Debió leer mi incredulidad en mi rostro, porque sin replicarle, empezó a explicar las cualidades salvajes del objeto. Según aseguraba, la caja era capaz de zamparse a un hipopótamo en una mañana sin dejar rastro alguno. Para demostrármelo, extrajo un ratón de una jaula. Abrió la tapa de la constrictor y arrojó al roedor en su interior. Como si estuviese atrapado en aguas movedizas, el pequeño animalito fue desapareciendo de nuestra vista hasta convertirse en un recuerdo efímero. Ante tal espectáculo, no me hizo falta más. Le solicité que me la envolviese con papel de regalo y, por dos euros más, la envió a la atención de mi suegra. Los 1502 euros mejores invertidos de mi vida.

  5. SU SECRETO

    La guardaba en el fondo del armario de su dormitorio, bajo una manta gris oscura con olor a naftalina. A pesar de que madre se desvivió por nosotros hasta el último de sus días y nos dio todo lo que estaba en su mano y más, nunca nos permitió tocarla.

    Ni mis hermanos ni yo hemos sabido hasta ahora qué contenía esa caja de cartón deteriorado. Dudo mucho que padre supiera de su existencia, pues pasaba por casa dos o tres veces al año, justo para echar una siesta corta a puerta cerrada junto a madre y comer algo después antes de irse de nuevo hasta más ver.

    Ayer enterramos a madre. El último parto se la llevó a la tumba. “Demasiado mayor para esos trotes”, escuché que decía el médico a la mayor.

    Tras el funeral, entre gritos, sollozos y alguna que otra palabra malsonante, convenimos en vender la casa y repartirnos el dinero y sus pocas pertenencias entre todos. Faltaron segundos para que cinco de mis ocho hermanos corrieran como liebres a la fuga en busca de aquella caja misteriosa. Algo importante albergaría en su interior, cuando había sido guardada con tanto celo durante años. Recuerdo que una vez madre nos dijo que allí dentro estaba toda su vida.

    Fue Paquito, el más pequeño de los chicos, quien se encargó de cortar el celo que la recubría y de abrir las solapas. Su cara de asombro se fue contagiando entre los que iban acercándose a mirar su contenido. No encontramos nada. La caja era un cartón lleno de vacío.

    *L*

  6. Trastero
    Cuando empieza a contar otra vez sus batallitas de la época de la guerra, al abuelo lo metemos en su caja.
    Mamá dice “Nacho, trae la caja del abuelo” y con eso yo ya sé lo que hay que hacer. La bajo del altillo, le sacudo la tierra, y la pongo abierta junto al sillón del abuelo.
    Él, que está distraído relatando cómo se escondieron en el patio de la Aurora cuando los militares vinieron a por ellos, se pone de pie, se quita los zapatos, se dobla por la cintura y se mete en la caja sin quejarse. Sigue hablando, pero si cierro la tapa, casi ni se le oye.
    Lo sacamos cuando vienen de visita las tías, o el cura de la parroquia llega preguntando por él porque le extraña no verlo en misa.
    Al salir, sigue narrando alguna anécdota de las que ya escuchamos tantas veces, pero te da un poco de ternura cuando lo vuelves a ver después de tanto tiempo. Eso sí, al cabo de unos días, se te pasa. Y estás esperando con ansia que tu madre te mande a buscar la caja otra vez.

    http://laletradepie.com/trastero/

  7. ANACRONÍA DE UN RECICLADO CARTÓN

    Haciendo un verdadero ejercicio de genuflexión aplicada —por parte de algún dualista cartesiano—, podría parecer una casa “Toy Story” de muñecas —con vistas al infinito y más allá— o un piso en l’Eixample —de single bien apañado—; pero no, claramente, soy un ser opaco que ya no creía ni en Francisco “el Papa” —un auténtico cubículo cerrado—. Al principio, fui un trasportín —sin respiradero— de jarrones chinos “Made in Bangladesh”; pero, al llegar a tienda y, posteriormente, pisar la calle, unos tahúres zurdos —con cubiletes de dados ambidiestros—, me utilizaron como mesa. Hasta que, ¡por fin!, —abandonado en la Monumental de Barcelona, a la suerte de un trilero— llegó un grupo de “mossos d’esquadra” al compás —provistos de cartabón, y dispuestos a tomar medidas desde todos los ángulos—. Me convertí, en lo más parecido a un armario, que jamás un ser humano —que hubiera saltado, en la luna, a la pata coja— hubiera soñado; hasta que, un buen día —gracias a un auténtico acto de buena fe—, se hizo la luz para ambos. Tras meses en la calle, el indigente encontró trabajo —afortunadamente— como electricista; y yo, asidero de sus mugrientas ropas en la calle, cuando por fin encontramos un coqueto estudio de 36 metros cuadrados —ideal para dos comensales—, pasé a mejor vida. Se despidió de mí con una frase lapidaria y, echándome a los leones, me caló fuego en la hoguera de las vanidades.

  8. Basura

    Dentro de esa caja están todas las promesas que no cumpliste, el recuerdo de una traición, y la puñalada certera que le diste a mí corazón abnegado.

    Los planes incumplidos, los sueños compartidos. Las agotadoras horas de trabajo por un futuro mejor. El pago de tus frustraciones, la celebración de tus éxitos y una buena cantidad de tus reproches.

    Los recibos de las cuentas pendientes. Las muestras de adoración, tu egolatría, y la falta de consideración.

    La he sacado del trastero, ni para reciclar sirve. La he tirado en el contenedor y solo me queda decir:

    ¡Qué liberación!

  9. OLVIDOS ENCAJADOS
    Sonó un timbrazo breve pero no había nadie detrás de la puerta. Solo una caja de cartón, en el suelo. La abrió, primero con reparo, en el mismo rellano. Luego con curiosidad y deleite sobre la mesa de su cocina. Encontró un bikini de guipur con las matemáticas pendientes de tercero. Un visillo roto por un huracán que empezó como una brisa. Un perfume sin aroma. Una cama coja y otra con patas de sobra. Un beso cautivo, un alivio de luto, un anillo sin dedo y un diccionario que había perdido las palabras importantes. “¿Quién puede tener una memoria tan frágil como para olvidar esto en una escalera?”, pensó. Entonces, debajo de todo, descubrió una foto con su propio rostro que le sostenía la mirada. Rápidamente volvió a meterlo todo dentro. Subió al quinto, depositó la caja en el rellano y tocó a la puerta antes de esconderse en el ascensor.

  10. Sueños de cartón

    Podría deciros que soy o tal vez fui una caja mágica; que mi interior guarda un misterio, un poder que a nadie jamás revelé; que alguna vez encubrí inconfesables secretos o que en un tiempo ya lejano y quizá más feliz protegí con fervor mil sueños de amor imposible, pasiones, deseos y esperanzas que al fin la vida, como suele, traicionó. Podría, sí. Y tentada he estado de hacerlo, no creáis, habría sido tan pero tan fácil… La historia era perfecta: magia, misterio, romanticismo… todo encerrado entre mis cuatro paredes de cartón, circunstancia ésta que, no podéis negarlo, me otorgaba el papel estelar, el protagonismo absoluto de la historia, vaya. Y ¡cómo habría disfrutado mi ego maltrecho de ese minutito de gloria!, debo reconocer. ¿Qué me ha frenado, entonces? os estaréis preguntando a estas alturas de tan extraña confesión. Os lo diré. Un único, ridículo, chiquitísimo detalle. La historia sería perfecta con la sola excepción de que no sería cierta. Y puede que yo un pelín fantasiosa sí sea pero mentirosa ¡jamás!. Así que, como seguro que ya habréis adivinado, sí, tan sólo soy lo que aparento, un embalaje antiguo y olvidado, una triste caja de cartón con aires de grandeza y cierta tendencia a la autocompasión, no lo niego, que de tanto en tanto sueña otras vidas para olvidar su desdicha, su mísera y callejera existencia (¿veis? ¿qué os acabo de decir?: soy autocompasiva) y que en el fondo, muy en el fondo de su corazón, mantiene viva la esperanza de que, como en el mejor de los cuentos, en cualquier momento algo inesperado ocurrirá, algo mágico y maravilloso que la llevará a cumplir al fin su eterna y hasta ahora siempre frustrada vocación de cofre del tesoro. El cofre del tesoro de un pirata con suerte, por supuesto. ¿Sueño imposible?. Tal vez. Pero tremenda tristeza sería una vida sin imposibles que luchar.

  11. La caja

    Mi papá se empeñó en asegurarme que, dentro de una caja, él guardaba cosas fantásticas. Y siendo un niño, me lo terminé creyendo. “Los colores del arcoíris”, “el sonido de los grillos”, “la estela de una estrella fugaz”. Pero como me tenía prohibido abrir la caja hasta el día que decidiera regalármela, mi interés, rápidamente, se fue apagando, por mucho que me dijera que adentro se desarrollaban guerras, conspiraciones o festivales. Convencido de su locura, de hecho una vez hasta lo hice callar, y fui a su dormitorio, y saqué la caja, y la abrí frente a él: habían libros.

    http://holamellamojuliodavid.blogspot.cl/

¿Qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s