Viernes creativo: escribe una historia

¿Cuántos cuentos caben en un cuento? Caperucita Roja tiene infinitud de versiones, pero no quiero perderme las vuestras. Ni siquiera hace falta que habléis de ella si os sugiere otra historia esta fotografía de Laura Zalenga.

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Laura Zalenga

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19 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Caperucita vestía de rojo, porque su abuelita le decía que era el tono más seductor y provocador que existía. Pretendía que fuese una digna heredera de su encanto con el sexo masculino. La joven adoraba a la anciana y su admiración por ella resultaba casi enfermiza.
    Cuando Caperucita supo que la Madame estaba enferma, no dudó en dejar la ciudad para acercarse a su residencia rural. Se vistió totalmente de rojo, como solía, y cogió un tren y un autobús, para llegar lo más cerca posible de la casa. Pero, en el camino, se encontró con un hombre de mentón prominente y pobladas patillas, muy parecido a un lobo, que la sedujo con la palabra.
    La abuelita no llegó a recibir la visita de su nieta. Murió en brazos del alcalde del pueblo, su mejor cliente.

  2. Póntelo
    – Ponte caperuza, mijo.
    – ¿Qué dices? No te entiendo. Anda, vamos, que no aguanto más.
    – Que no, mi amol, que te pongas caperuza que, si no, no hay papaya. Además, ponte esta roja nomás, que estoy en esos días de mujer.
    – Anda que, como me vieran en mi pueblo, parezco un jedi con el sable láser… Venga, ¡caperuza roja y adelante!
    – Ahora nomás, ándele… Así, como si fuera lobo fiero.

  3. Niña de la capa roja

    Niña de la capa roja, cuanto tengo que agradecerte. Sí, a ti. Que me enseñaste que el cuento no es como nos lo cuentan. Que nos quedamos con la versión que nos dijeron, que no supimos interpretar las señales, descorrer el visillo, limpiar la capa de sucia mentira que tapaba la realidad. Esa que nos enseña que el lobo corre tras de ti, eso es cierto, pero, ¿nos hemos preguntado por qué corre el lobo? ¿Qué intención tiene? Acaso sabemos por qué corres tú.

    Niña de la capa roja, gracias. De corazón gracias, por hacerme preguntar. Por las reflexiones, por pararme a pensar, por entender que el juicio no era el correcto. Por enseñarme a no juzgar.

    Niña de la capa roja, corre, grita, ríe con tu lobo. Ese que corre tras de ti, tan solo para jugar. Ama, vuela, vive. ¡Qué importan! Qué importan los demás…

  4. Cuando Caperucita huía con el lobo de la policía, después de haber atracado el Banco de las Abuelas y salir de allí con un botín millonario, perdió el zapato del pie derecho.
    La brigada del inspector García fue la encargada de probar el zapato a todas las doncellas del reino. Al octavo día, una de las hermanastras de Cenicienta fue arrestada, mientras la Roja y su mascota, con unas caipirinhas de más, bailaban reggaeton en un antro del Caribe.

  5. Caperucita cada mañana salía de casa de su abuela rumbo al instituto, y por muy diferentes caminos que tomara siempre se topaba con ellas, allí estaban como una manada de lobas hambrientas dispuestas al ataque.

    -Caperucita que guapa vas hoy vestida de rojo (empujón)
    -Caperucita mira que te pintas (tirón de pelo)
    -Caperucita si pareces una putita (zancadilla y al suelo)
    -Caperucita que haces tirada como una basura (patada al estomago)
    Todo ello aderezado con unas sórdidas risotadas.

    Y así casi todos los días, siempre llegaba tarde al instituto, si es que llegaba, pero a su abuela nunca le contaba nada.
    -Que me he tropezado camino del instituto.

    Pero ella ya no aguantaba más, debía poner fin a ello.

    La mañana de aquel día había citado a las lobas en el portal de su casa.
    Mientras su abuela aún dormía, ella se asomó para comprobar que ya estaban allí.
    Entonces se subió a la repisa de la ventana y les gritó “ahora bajo”, cuando ellas alzaron la vista, Caperucita, con su vestido rojo, ya había iniciado su vuelo hacia la felicidad.

  6. EL JUEGO

    A ella le encantaba jugar siempre al mismo cuento e inventaba mil excusas para ponerlo en práctica. El bueno de Pipo siempre la seguía en sus juegos y, aquella mañana no se quedó atrás, con la lengua fuera salió corriendo detrás de ella al verla coger la gabardina roja de la novia de su padre. La niña había salido descalza para no hacer ruido y sólo su hermano pequeño la vio pasar desde su ventana. Para la hora del desayuno los dos niños esperaban sonrientes sentados a la mesa de la cocina, mientras la gabardina roja lucía ondeando al viento sobre el hombre de paja plantado en medio del trigal del vecino.

  7. Caperucita

    por Luciano Doti

    Una tarde, Caperucita Roja fue a visitar a su abuela, que vivía retirada en una cabaña del bosque, con la advertencia materna de que por ningún motivo dejara que la alcanzara la noche en ese lugar.
    Como era algo distraída, se puso a recolectar flores y equivocó el camino, tomando uno más largo. Tanto demoró entre la longitud del trayecto y el tiempo perdido con las flores, que cuando llegó a destino ya brillaba la luna llena.
    Dentro de la cabaña, su abuela estaba tendida en la cama y había sufrido cierto grado de transformación.
    Caperucita no pudo reprimir un grito de horror, el cual fue oído por un leñador que esa noche, como tantas otras de luna llena, patrullaba el bosque.
    El leñador acudió en su ayuda, ingresó a la cabaña justo cuando la abuela se lanzaba sobre su nieta y, munido de hacha, decapitó a la anciana.
    Fue entonces que Caperucita perdió la inocencia. Supo la razón por la que su madre no quería que la alcanzara la noche en el bosque y aprendió una nueva palabra: “licantropía”.

  8. Esa otra caperucita

    Que sí tenía una abuelita que vivía en el bosque. Sí, también le llevaba una cestita con algo para merendar, un poquito de miel y algo de fruta, fresas y plátanos, parece ser. También debía atravesar un bosque para llegar hasta donde vivía y de tanto pasar por allí pues lo que tiene, que si un día se entretiene un poquito viendo una mariposa volando, que si otro se sienta en una piedra porque está cansada, hasta que un buen día se le acercó un lobo que le preguntó adónde iba todos los días. Cuando Caperucita le contestó, él le propuso si podía llegar un poquito más tarde y así él le enseñaría un sitio muy bonito en el bosque. Ella al principio no se atrevía a ir con él pero como vio que ningún día le pasaba nada, al final accedió.
    Caperucita notaba que aquel lobo era un poco raro porque aunque tenía la cabeza de lobo, en realidad parecía tener patas y brazos de hombre, así que quizá por eso, pensó, no le daba miedo.
    Cuando llegaron a su escondite, el lobo se quitó su careta y resultó ser Felipe, el príncipe del reino en el que vivían que, de tan aburrida que era su vida, se había inventado ese personaje.
    Felipe era muy apuesto, tenía un pectoral robusto y unas piernas y brazos fibrados. Al quitarse la careta, se le enganchó con la camisa y, para poder sacársela se tuvo que desvestir. Caperucita al principio no quería mirar y se tapó la cara con las manos. Pero no pudo resistir la tentación y observó entre sus dedos aquel cuerpo esculpido para el deseo. Ella nunca había visto a un hombre desnudo pero lo que experimentó al ver a Felipe le erizó todo el vello. Empezó a sudar y a ponerse muy nerviosa. Aunque ya había cumplido los veintiún años, nunca había tenido un novio de manera que no sabía cómo reaccionar a lo que su cuerpo estaba experimentando.
    Felipe se dio cuenta y le ofreció su mano para que se acercase. La abrazó y colocó sus dos manos en aquellos glúteos de infarto. Caperucita casi perdió la consciencia. Notó de inmediato que algo aumentaba de tamaño por la altura de la entrepierna y cuando se atrevió a mirar allí abajo vio algo de tamaño descomunal. Se dejó ir, se abrazó a aquel cuerpo y sintió un placer que jamás había experimentado.
    Cuando salió de la cabaña caminó con paso firme hacia casa de su abuela. Acababa de decidir que la iba a querer y visitar más que nunca antes lo hubiera hecho.

  9. CAPE LA CHONI (de mi libro PÉTALOS)

    Lleva los labios pintados
    de un rojo intenso a morado.
    camina mascando chicle
    mirando de medio lado.
    Es cegata pobrecilla,
    es tontita la chavala
    es una choni molona
    más inculta que una cabra.
    Lleva una minifalda,
    amarilla estampada
    unos zapatos de aguja
    y una caperuza encarnada.
    Aretes en las orejas
    que parecen sendas ruedas
    piercing por todas partes,
    se los pone hasta en la lengua.
    De su madre está hartita
    pues todos los días le ordena
    que vaya a casa de la abuelita
    y le lleve comida y cena.
    La abuela lleva semanas
    sin que la niña aparezca,
    come fiambre y latillas
    que tiene en la despensa.
    Hoy el lobo ha venido
    a visitar a la abuela
    y ésta le ha contado
    lo que pasa con su nieta.
    Han llamado al cazador
    han urdido una estrategia.
    darle un buen escarmiento
    a esta poligonera.
    Disfrazados de pokero,
    cani, bakala y más yerbas
    han marchado al polígono
    a entrar en la discoteca.
    Allí a Cape no encuentran
    pues la disco ya ha cerrado
    la ven junto a unos amigos
    lo de la cesta cenando.
    El lobo da un gruñido
    El cazador carga su escopeta
    La abuela se quita la zapatilla
    Y azota el culo a la nieta.
    Todos han desaparecido
    se han ido las juventudes
    a Cape la han castigado
    así lo ha querido Virtudes.

  10. Cuentos para no dormir

    Cuando me encontraste estaba perdida, y tú andabas hambriento. Te arrancaste la piel de cordero para mostrar tu naturaleza feroz. Yo dejé caer la capa que me cubría. y saciaste ese voraz apetito. Ya nadie puede salvarnos. Los lobos siempre son la condena de muchachas inocentes. Como yo.

  11. Y DECIDIERON METERSE EN POLÍTICA

    Aquella tarde, los dos encontraron la casa de la abuelita cerrada. Sólo había un cartel, en la puerta de entrada, que rezaba: “Estaré fuera todo el fin de semana. Pensé que este año también os volveríais a olvidar de mi cumpleaños, y al final me he apuntado a una excursión a Benidorm, que organizaba el IMSERSO, con unas amigas. P.D.: Aunque no os acordéis de mí, sabéis que os quiero muchísimo. Muchos besos. Vuestra Abu. Ninguno de los dos podía dar crédito ante semejante sorpresa; y como estaba empezando a llover y, además, tenían un hambre atroz, decidieron refugiarse en la cafetería “El Bosque y sus Delicias”. Para empezar a entrar en calor, los dos se pidieron una taza de chocolate con una docena de churros. No saciados con lo anterior, decidieron devorar media tarta de frutos del bosque por barba. Para finalizar, Lobo se pidió un carajillo de coñac y Caperuza —algunos años más crecidita—, se decantó por un vino moscatel de Xaló y una infusión del Cantante —para aclarar la voz; antes de que diera comienzo la verbena en la que debía cantar aquella noche—. Y llegó la hora de pagar. Lobo, adujo que: le sabía mal no poder invitar, pero había salido a dar una vuelta en chándal y, como no tenía bolsillos, se dejó la cartera en casa. Caperuza en cambio, explicó que: como lo había visto tan decidido, obvió que era él quien invitaba y, aunque sabía que ella estaba sin blanca —tras declararse en suspensión de pagos la anterior orquesta en la que cantaba—, el hambre le pudo. Tras levantarse de sus respectivas sillas —después de una cómplice mirada entre ambos—, comenzaron a correr, alejándose del jardín en el que se habían metido; y así, tras un “sinpa” y una breve, pero errática, carrera —pensando en aplicarse este cuento, para ponerse morados en más de una ocasión—, sobrepasaron la boca del lobo y, adentrándose en el bosque, tras perder la senda de valores que sus familias les habían trazado, llegaron a “La Casita de Chocolate”, lugar en donde bosquejaron la sede para un nuevo partido político.

  12. Caperucita negra

    La Caperucita del abuelo era negra, comía gusanos y portaba escopeta al hombro para matar lobos y leñadores en los bosques encantados. Abuelas no había. A mamá le pareció terrible cuando se lo conté y el abuelo acabó expulsado de mi cuarto contra su voluntad y reubicado en la habitación de invitados. De esas noches recuerdo sus aullidos y mis miedos, sus lamentos y mis lágrimas, sus auxilios y los míos a una sola voz. Poco tiempo después, unos enfermeros blanquísimos se lo llevaron amordazado como si padeciese la rabia. Nunca más supe de él hasta hoy, en que mi pequeño me ha susurrado: «Caperucita negra ha vuelto». Atónito, le he preguntado dónde había escuchado eso y, con una sonrisa en la boca que no era suya, me ha contestado: «El abuelo Zacarías me lo ha contado».

  13. UN AMIGO FIEL

    Cuando Caperucita cruzaba el bosque para ir a casa de su abuelita se encontró con un leñador que, acercándose a ella, le dijo:
    —¡Qué ojos más bonitos tienes y qué pelo tan sedoso! Seguro que debajo de esta capa tan roja escondes un cuerpecito precioso. Si me acompañas hasta mi cabaña te daré un regalito.
    Caperucita era niña pero no tonta y quiso seguir su camino. El hombre se lo impidió plantándose ante ella; iba a agarrarla del brazo cuando de entre los setos surgió un lobo muy hermoso, de pelaje plateado, que se abalanzó sobre él tumbándole al suelo. La niña tranquilamente se dirigió hacia el lobo y acariciándole el lomo murmuró:
    —Quieto, Lobo, quieto; ya ha tenido su merecido, no creo que vuelva a molestarme.
    Luego, continuó su ruta; unos metros detrás le seguía, como siempre, su fiel amigo.

  14. Tiempos modernos
    Ser lobo de cuento moderno es una profesión de riesgo. Desde que se ha instaurado la idea de que los cuentos clásicos dañan la sensibilidad de los niños y son injustificadamente crueles, hemos perdido todo el status que teníamos.
    Ya no nos comemos cazadores, y menos que menos adorables abuelitas. Ya no se nos está permitido mentir, para no socavar con males ejemplos las mentes infantiles. Así que si una inocente niña nos confunde con su abuelita (hipotético y poco probable caso ya que no nos podemos comer a la dichosa anciana), y nos dice Abuelita, abuelita que orejas tan grandes tienes… No nos queda más remedio que confesar. Niña, que no soy tu abuelita, que soy el lobo malo y me he disfrazado con su ropa, para ver si cuela y te puedo engatusar y terminar comiéndote… Resultado: la niña sale corriendo, no sin antes sacarse un selfie contigo para presumir entre sus amigas.
    Todo el mundo sabe que los lobos corremos más rápidos que las niñas. Y más aún si van descalzas por el bosque. Así que, podríamos perfectamente capturarlas y devorarlas, triturando sus nacaradas carnes con nuestras poderosas dentaduras, y salpicando toda la escena de sangre. Pero no. Eso tampoco nos está permitido en los cuentos modernos. ¿Qué hacen los narradores para que no las atrapemos? Pues… lo que sea. Todo les vale. La última niña de rojo con que me topé, comenzó a correr y correr, y cuando estaba a punto de hincarle el diente en su gracioso pie, la muy caperuza empezó a ir más y más rápido, hasta que sin mediar explicación lógica alguna, comenzó a flotar hasta perderse entre las copas de los árboles.
    Un insulto a la inteligencia de los niños. ¿Cómo van a creerse semejante tontería? Cuentos… cuentos eran los de antes.

    http://laletradepie.com/tiempos-modernos/

  15. ¿Qué te queda?

    Con un pie, los bajos de una falta carmesí y unos dientes caninos, ya damos por sentado que hablamos de Caperucita Roja. A eso, se le llama “imagen de marca”, como la manzana mordisqueada de Apple. Prueba a cambiar el pie por la bota del leñador, los bajos de la falda por sus pantalones de pana gorda y los dientes caninos por la dentadura postiza de la abuelita ¿Qué te queda? Algo grotesco, meros complementos de los personajes secundarios. No nos engañemos: el morbo lo ponen Caperucita y el lobo. La abuelita y el leñador, es simple paja para alargar la historia y que cumpla el formato de cuento. A nadie nos interesa el currículo del leñador ni nos estremece la muerte de la abuela. Solo estamos pendientes de la relación entre la niña y la fiera. Por eso, cada tantos años, volvemos a leer otra vez el cuento: por si se da la casualidad de que, al fin, los hayan dejado solos.

  16. Un cuento de hadas

    Una vez, hace muchos muchos años, en lo más profundo de un valle custodiado por altas montañas, a orillas de un río de aguas claras y profundas, existió la más misteriosa y exótica ciudad que jamás nadie hubiera podido imaginar. Sus calles olían a jazmín, a pan recién horneado, a especias dulces y aromáticas, canela y miel, almendras y pistachos. Resonaba en ellas el eco de mil risas y juegos infantiles, el bullicio alegre de los zocos, la vida y la felicidad. El tañido melodioso de las campanas acompañaba el paso de las horas y al anochecer, derrotado al fin el día, cuando todo era ya soledad y silencio, la magia susurraba al viento sus secretos y escribía su leyenda bajo cielos benignos y estrellados.
    Un trágico vaticinio oscurecía, sin embargo, el futuro de aquel reino: el soberano más cruel y perverso que los tiempos jamás conocerían habría de gobernar con furia su destino. Con él desaparecería la inocencia y la esperanza y una implacable plaga de muerte y desolación todo lo invadiría.
    Imposible fue conjurar el sortilegio y, así, un día, un sol de fuego todo lo abrasó. La fantasía de los cuentos de hadas con sus monstruos, príncipes y princesas que mil y una noches poblaron el cielo de sueños e ilusión huyó despavorida y aguarda desde entonces el despertar de un mundo apático y aletargado que con terrible indiferencia contempla su desgracia y la piensa muy lejana. Sólo entonces se quebrará tal vez el maléfico hechizo y las noches de Oriente recuperarán de nuevo su magia y su poesía.

  17. IMPERTINENTE
    En el bosque oscuro hay un lobo. Siento curiosidad por verlo y tocarlo. La gente dice que es muy peligroso, pero yo no lo creo. He leído atentamente la Caperucita de Perrault y la de los hermanos Grimm y sé que, siempre que no se le haga ninguna pregunta impertinente, todo irá bien.

  18. El otro bosque

    Tú ya sabes que los lobos no existen. Que se extinguieron hace muchos años en los bosques de la infancia. Que acabó con ellos aquél chico con camisa de leñador que sonreía como si se hubiera quedado sin abuela. Pero eso no evita que a veces creas que alguno vuelve, te echa el aliento en los pies cuando vas descalza y te da tanto miedo como los cuentos que te leían de niña. Y no sabes si te podrá devorar una noche, si no encuentras el atajo rápido. Quizá no te dé tiempo de contar hasta tres y apagar la luz del pasillo para volver a la cama donde, al menos, no hace tanto frío.

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