Viernes creativo: escribe una historia

Tenemos que confiar en algo, en alguien, al menos en los superhéroes. ¿Qué te sugiere esta imagen de Rosie Hardy?

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Rosie Hardy

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18 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. – ¿Qué es ese ruido?
    – ¡Ostras! La puerta. Sssh. No hagas ruido. ¡Mierda! ¡Es mi marido!
    – ¡No jodas! Bueno… no jodemos. Se nos jode la jodienda y…
    – ¡Déjate de juegos! ¡A la ventana!
    – Pero, ¿qué dices? ¿Con esta pinta? Coño, dame mis pantalones al menos.
    – ¡Calla! ¡Ya llega!
    (silencio) – ¡Cariño! ¿Estás en casa? (silencio)
    – ¡A la ventana, ya!
    – Tengo vértigo y hace frío para estar ahí, con estas mallas y esta pinta…
    – ¡Sal!

  2. Lo malo que tienen las oposiciones amañadas es que luego el puesto no se lo adjudican al mejor aspirante, al más capacitado, sino al descendiente o recomendado de un “amiguito del alma” del presidente del tribunal examinador o de su santa esposa. Es lo que pasó en la última convocatoria para cubrir la vacante de Superhéroe Superamericano Superchachi de la Muerte, que se celebró en Chicago. Se presentó un hijo putativo de Donald Trump con la recomendación del Director Nacional de Desfatacheces y Sandeces, organismo fundamental en el aparato político yanki, y claro, como estaba cantado, le dieron el cargo. ¿Que qué pasó luego? Pues lo normal si has de volar y eres un puñetero incompetente. A las primeras de cambio tropezó con una bandada de estorninos que habían entrado ilegalmente en el país y al no llevar conectado el airbag, se pegó una castaña de padre y muy señor mío.
    Como la plaza ha vuelto a quedar disponible, han convocado otro examen. Pero he decidido que esta vez no me presento, no solo porque me sobran unos kilitos, sino porque sé —a través de fuentes muy bien informadas— que hay candidatos con enchufes mucho más importantes que el mío.

  3. Cuando era niña, guardaba como un tesoro la chapa de la Super Girl. No era solo por estar de moda. Aunque no se lo dije a nadie, yo sabía la verdad que escondía ese diminuto retrato. Se trataba de mi madre, sin duda. Yo tenía que guardarle el secreto y, por eso, nunca le dije a nadie que era ella la que sobrevolaba los tejados ayudando a la gente con problemas. Entre nosotras, disimulábamos: ella me reñía por entrar con las botas sucias y yo me limitaba a sonreír, pensando: “como si yo no supiera que tú sí que te ensucias las tuyas en tus misiones…”. Ambas pudimos ocultar lo que ocurría, tanto a mi padre como al mocoso de mi hermano, hasta que un mal día de noviembre a mamá le fallaron los superpoderes y nos dejó, a todos, desolados.
    La chapa sigue conmigo. Y ahora ya no oculto ante nadie que la de la foto es mi supermamá. Quiero que lo sepan todos. Debo respetar su memoria.

  4. EL TRAJE

    Desde pequeño era un enamorado de los superhéroes, con el paso de los años aumentó su interés, sobre todo por Superman.
    Se había comprado y leído todos los comics, se había visto todas las películas.
    Durante unos años estuvo ahorrando dinero, ya que le había comentado un compañero de trabajo que en una tienda de Londres vendían trajes idénticos a los de Superman. Por fin había reunido lo suficiente e hizo el pedido.
    Al cabo de unas semanas le llegó a casa el aviso de correos indicándole que podía pasar a recoger un paquete, el paquete, el traje.
    Ese día estaba muy nervioso, fue a la estafeta y rápidamente regreso a su casa, lo abrió inmediatamente, sus ojos brillaban en azul y rojo, no paraba de tocarlo. No lo dudó, no pudo resistirse y con gran ceremonial se lo enfundó. Se miró al espejo, allí estaba su superhéroe. Superman.
    La emoción le hizo subir rápidamente a la azotea, oteó el cielo y pensó habrá que probarlo, y se lanzó…
    Pero se le había olvidado un pequeño detalle, no sabía volar.
    Todos los sueños de su vida quedaron estampados sobre el asfalto.

  5. Ironías

    ¡Mírala ella! Qué si Superman no me quiere, que si se ha largao con la mujer maravilla, que tiene más años que Matusalén. Que mi vida es un asco, que ya nadie me respeta, ni me necesita. Ya no se impresionan al verme, no me sacan fotos y van como locos cazando pequeños muñequitos de dibujo que ni existen.

    Todo el día con la misma cantaleta, que el mundo cada día es peor, que nadie cuida de nadie. Que nos esforzamos por destrozar un planeta que no nos pertenece. Que solo nos importa lo material y descuidamos el amor, el respeto, la ternura.

    Que tenemos hijos y no los vemos, que el rato que los vemos, no les hacemos caso. Que nos matamos a trabajar para pagar viviendas, que no tenemos tiempo de disfrutar.

    ¡Qué tienes razón, niña! ¡No te lo discuto! Pero, ¿suicidarte? ¿Esa es tu salida? ¿Tú? ¡Que tienes superfuerza y eres inmortal! ¡Anda ya! ¡Levanta! Mira el agujero que ha hecho la jodía…

  6. TIEMPOS MODERNOS

    Se despertó al alba. Perezoso se puso en pie decidido a que hoy cambiara su suerte. Tal vez, algún ciudadano necesitase su ayuda. Tenía que ponerse en forma, se había descuidado un poco desde que llenaron de cámaras la ciudad y vigilaban todos sus movimientos. Así no había manera de actuar contra los delincuentes y preservar su identidad.

    Las cabinas habían desaparecido sustituidas por los teléfonos móviles, y no encontraba un lugar discreto donde cambiarse cuando alguien se encontraba en apuros y debía intervenir.

    Escuchó gritos pidiendo socorro. Se trataba de una anciana a la que le habían robado su bolso.

    No era el trabajo adecuado para un superhéroe como él, pero le serviría de entrenamiento.

    Se transformó en Superman rápidamente y subió a la azotea de su edificio, ya que vivía en el último piso, siempre le gustaron las alturas, y se lanzó al vacío para emprender el vuelo.

    Aterrorizado vio que no se elevaba, si no que caía rápidamente. Su cabeza golpeó contra el asfalto, quedando medio enterrada. Su cuerpo quedó en posición de vuelo, suspendida en el aire, esperando que alguien viniese a rescatarlo.

    Tanto tiempo de inactividad… y ese traje tan deteriorado como su cuerpo, habían sido la causa de la pérdida de sus poderes… necesitaba reciclarse, eran tiempos modernos.

  7. QUE NO Y QUE NO
    “Pero mujer, no seas así, te lo prometo. Te lo juro de verdad que las superheroínas también pueden llevar gafas”. Y la tía que no y que no. Y yo insistiendo: “Que te lo digo en serio que Catwoman lleva compresas antiescapes leves, siempre, y que La Mujer Maravilla va al mismo callista que mi suegra. Y no pasa nada, ¿lo ves? Y ella que ni hablar de ponerse gafas, que no y que no.

  8. Hasta que aprendió a volar, Mari Sol se estrelló muchas veces. Una y otra vez se dio de bruces contra el asfalto, sin que su cuerpo elástico acusase más recibo que la bofetada de la decepción. Fue en una de esas tentativas en la que, a fuerza de acumular derrotas, dio con la posición y tensión exacta para emprender el vuelo. Muchos años más tarde, cuando a Superwoman ya nadie la conocía por su antiguo nombre, rescaté esta increíble foto del baúl de los recuerdos porque demuestra más que ninguna otra lo bien que supo levantarse.

  9. PASABA POR AQUÍ

    Mira que lo probó de todas las maneras: lanzándose de costado, de pie, con doble tirabuzón, de espaldas… Al final, siempre aterrizaba con los dientes. Lo que ignoraba este tipo es que su problema es que tiene “tren bajo”, es decir, su centro de gravedad está por debajo del ombligo, lo que unido a sus considerables dimensiones craneales hacen que, irremediablemente, tienda a caer con la cabeza. Finalmente, convencido de su nula progresión en el arte de emular a Superman, decidió hacerse presidente de la gestora de un partido político. Es mucho menos emocionante, claro, pero te ahorras en dentistas y dejas de ser la comidilla del barrio. Lo de ser presidente de la gestora de un partido político no es precisamente trepidante, de acuerdo, pero a cambio tienes un buen sueldo, vistes ropa ancha y evitas que tu esposa esté en boca de todas las vecinas. Y el trabajo tampoco es tan duro: te pregunten lo que te pregunten, basta con que les digas que tú solo pasabas por allí.

  10. Terca.
    Despatarrada en el pavimento dirigió su rostro triste, picado con esquirlas de asfalto, hacia la lejana azotea. Se incorporó exasperada de su inmortalidad, caminó hacia el edificio con resolución para insistir en sus mil ochocientos sesenta escalones.

  11. Nuevos tiempos

    Ha vuelto a suceder. Un iluso donnadie se ha presentado en la tienda Number One de la Quinta Avenida para adquirir el nuevo traje S 3.0 por 5000 dólares. Con la prenda camuflada bajo su apariencia gris de oficinista, se ha encaramado a la azotea del 440 de Livinstong Ave de Nueva York. Ha mirado hacia abajo cómo en el anuncio de televisión y sintiéndose más fuerte, más alto, más musculado; se ha transformado en Superman con tal solo despojarse de su taciturna indumentaria. El resto ya lo conocen ustedes: el fallecido número 45 de este año. Mientras tanto, el auténtico Superman, ese que ya solo salva vidas bajo recompensas millonarias o dentro de su gira mundial de espectáculos, ajeno a este triste suceso, inauguraba en París la vigésimo tercera tienda de su famosa marca de trajes S.

  12. FUERZA APLASTANTE

    Estela es, como muchas otras, una mujer de rutinas, de respuestas creativas y de meticulosa dedicación. Cada mañana viste su malla azul cobalto y cubre sus fuertes hombros con su capa. Porque… ¿Qué es una superheroína sin su capa? Hace uso de sus poderes, de su valentía, y se dispone a salvarnos. A salvarse. Estela tiene un superpoder muy curioso: puede encontrar cualquier cosa. No importa si es el lapiz que dejé a propósito bajo la cama, el libro que perdí hace tres años o el miedo que nunca enfrenté. Ella hace uso de su magia; encuentra nuestros miedos y nos enseña a volar. Sin embargo, esta superheroína no es un personaje fantástico infatigable. Al final del día se descargan sus energías, sus fuerzas, sus ganas, y precipita extenuada sobre el duro asfalto de su cama. Al día siguiente, como todos los días, Estela vuelve a ponerse su capa. Vuelve a salvarnos del vacío.
    En casa nos gusta llamarla mamá y, lo cierto, es que ELLA es mucho más poderosa que cualquiera de esas superheroínas de cuentos de fantasía que suele leernos.

  13. LAS GAFAS DE CLARK KENT
    Nadie ignora que los habitantes de Krypton son superhombres: tienen una fuerza extraordinaria y pueden volar. Lo que pocos saben es que son bastante cegatos. No está claro por qué. Algunos científicos sospechan que por la luminosidad de Rao, el sol rojo de Krypton. Por lo tanto, las gafas de Clark Kent no forman parte de su disfraz. Si no las llevara, no sabría distinguir a un metro a Lois Lane de Perry White. Cuando Clark Kent se esconde en una cabina para convertirse en Superman, lo hace para que nadie le vea colocarse las lentillas. Sin embargo, de vez en cuando se le han olvidado en casa o simplemente se le caen cuando está luchando contra un villano. Entonces, los habitantes de Metrópolis pueden ponerse a rezar. Superman atraviesa en su vuelo los edificios, choca contra los vehículos, se estrella contra el suelo.

  14. VOLARÉ

    “Penso che un sogno cosi non ritorni mai più…Volare…nei blu dipinto di blu, felice distare lassù” (“En el azul pintado de azul, feliz de estar allí arriba”). Era su canción preferida, pero a ella nunca le habían enseñado a volar. Se dirigió a la tienda de disfraces y compró el traje de superwoman, color azul cielo y con capa rosa. Pensó que así vestida llegaría a tocar el cielo. No se equivocaba; cuando se tiró por la ventana del octavo tomó el camino más corto al aplastarse contra el asfalto.
    En los alrededores, la gente comentaba:
    —Hay que ver, es la cuarta chica en lo que va de mes.

  15. El otro día, por la calle, me encontré a Clark Kent, iba con su traje de neopreno con una S en medio de un triángulo, igual que su flequillo, justo en mitad de la frente. Caminaba tan rápido, a pesar de las muletas en las que se apoyaba con torpeza, que pronto lo perdí de vista.
    Su estrella va en declive desde que le cambié la capa, que la escondía en la cabina telefónica de la esquina.
    Amigos kriptonitas, venceremos.

  16. Intento fallido

    Un accidente, dicen. No. No lo ha sido en absoluto. Y tal vez sea esa incomprensión lo que en el fondo más me duela… Una eternidad sobrevolando bajo esta mágica capa de súper héroe los abismos del mal, del dolor, de la miseria; contemplando a vista de pájaro la fragilidad de la vida, tanto desconsuelo… Imposible era salir indemne, deberían saberlo. El desengaño y la frustración, también la soledad, hace ya mucho tiempo que devoraron mi alma. Nadie se dio cuenta, sin embargo. Soy bueno disimulando. Pero hay días, muy de vez en cuando, en que la desesperación y este cansancio infinito que de un tiempo a esta parte siempre me acompaña al fin me vencen y, sí, ya sé que soy inmortal -eterno hombre de acero- pero esos días, días como hoy, encaramado unas veces a la más alta azotea de la ciudad, al campanario de cualquier iglesia olvidada y ya sin nombre otras, cruzo los dedos, retengo con esfuerzo las lágrimas que amenazan mis ojos, miro retador al vacío y con conmovedora ingenuidad murmuro: tal vez hoy…

  17. Los grandes héroes americanos

    La humanidad siempre ha necesitado héroes, exclamó Mr. Wright, dando un saltito, como siempre hacía cuando se le ocurría una idea que creía brillante. Y nosotros vamos a dárselos, añadió resuelto, sin hacer temblar el suelo esta vez. Ordenó comprar una nueva máquina de clonar y varias impresoras 3D. Pronto empezaron a llenarse las calles de supermanes, espidermanes y batmanes, en sus versiones masculina y femenina. Las ciudades se vieron libres de malvados y las ancianitas pudieron cruzar sin miedo las grandes avenidas, detrás de sus lindos gatitos.
    Los superdotados, por suerte, eran caducos, debido a la obsolescencia programada con la que se fabrican hoy en día todas las cosas: era frecuente que el bienhechor de turno fuera sustituido por otro parecido cuando empezaba a ayudar en exceso, algo que siempre está mal visto.
    La factoría no paraba de crecer y necesitaba nuevos modelos para seguir en la cima. A las pruebas de selección se presentó un tipo rubio muy simpático, que decía llamarse Ralph Hinkley y afirmaba disponer de un traje con muchos poderes. Olvidó decir que había perdido el manual de instrucciones.

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