Viernes creativo: escribe una historia

¿Qué te sugiere esta imagen, fotograma de la película de 1916 «Maciste alpino», de Giovanni Pastrone?

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22 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. El todopoderoso capo, el Señor Corrière, tenía atemorizado a todo el mundo. No era para menos, tratándose del alma más despiadada de toda Italia. Sin embargo, los cuatro soldados se veían con el suficiente valor para detenerlo. Eran cuatro contra uno… no había posibilidad de fracaso. Pero, en cuanto se acercaron a él, la tremenda bestia de Corrière empezó a dar golpes, rápidos y fuertes, a diestro y siniestro. Las víctimas no daban crédito a lo que recibían. Il capo, tanto daba patadas como tremendos bofetones, con unos movimientos de piernas y brazos tan rápidos que apenas se podían distinguir. Para colmo, cogió a Giulio de los pies, cual si fuese una marioneta, y comenzó a girarlo hacia los otros, con el fin de tirarlos al suelo. Atemorizados, y viéndose en inferioridad de condiciones, los tres soldados echaron a correr y el cuatro sólo pudo hacerlo cuando el Señor Corrière decidió lanzarlo al suelo.

    Los hombres, magullados, cuando se dirigieron a sus superiores les describieron la escena, con pelos y señales. Les dijeron que observasen lo heridos que iban y, todos a una, presentaron su renuncia. No estaban dispuestos a recibir más palizas.

    Pasado un tiempo, alguien los vio vestidos con impecables trajes, al lado del capo, con gesto feliz y orgulloso. Se habían arrimado a los buenos, para ser como ellos…

  2. Así que decís que no soy capaz de lanzaros a todos hasta el mar, y eso que está a 200 metros de distancia.
    ¿Cuánto os apostáis? Soy capaz de enviaros uno por uno hasta allí y todavía más lejos. ¡Está claro que no sabéis con quien habláis! Soy Garibaldi, el campeón del mundo de lanzamiento de peso.
    A ver, despacito, no os amontonéis que todos tendréis vuestro momento.
    Además, os prometo que caeréis con suavidad y agradeceréis el chapuzón.
    ¡El agua está tan buena en esta época del año!!!

  3. Prematrimoniales

    El Mayor General Ígor Lébedev se tomó muy en serio el casamiento de su hija. Cuando esta llegó a la edad en la que él consideró que había dejado de ser una niña, la muy estimable de catorce años y medio, empezó a buscarle marido. Hizo llamar a los soldados más fuertes de la Gran Rusia, les aleccionó en el oficio del casamiento y, una vez entrenados para servir a su hija, probó los cuerpos, lanzándolos contra las paredes de su dacha.
    Dicen que Alexia fue feliz y soltera para siempre.

    • Más vale sola que mal acompañada. Está claro que su papi la convenció de que ninguno de sus pretendientes era digno de ella. Los padres siempre tenemos la razón. Genial Ana!!!

  4. Adhelaida o el amor de un brigadier
    Otabio Názzàret, contramaestre retirado y forzudo oficial del circo permanente Zotti, no se sintió capaz de superar la partida de la bella Adhelaida, simpar amazona, volatinera grácil y encargada de prender la mecha en el número del hombre bala, que, seducida por el artificiero jefe, Leonardo Tenttetieso, brigadier del acuartelamiento de Fortesquinssa, asesor a tiempo parcial de detonaciones varias, incendios controlados y quema de aros y otros enseres en la jaula de las fieras del maestro de ceremonias, abandonó, una madrugada de luna nueva, el carromato que el fornido ex militar y la delicada atleta compartían desde el día en que Otabio, en un alarde de entusiasmo al final de la función, levantó en volandas con una sola mano a la bella criatura y esta tuvo la oportunidad de fijarse en aquellos ojos grandes, claros y profundos; en el reflejo púrpura de aurora que allí anidaba y en el rumor recóndito del oleaje que le pareció escuchar en su parpadeo. Aquel amanecer, el hercúleo artista, descubierta la traición, se sentó en la cama que había compartido con su amada durante todo este tiempo y, con la intención de no tomar ninguna decisión precipitada, quiso contar hasta diez. No había llegado todavía al ocho cuando, preso de una ira para él desconocida, franqueó la puerta y a grandes zancadas alcanzó en un tiempo récord el cuartel en el que se ocultaban los infieles. Dicen quienes allí estaban presentes que cuando encontró al felón, el oleaje que otrora hubiera en su mirada se había convertido en galerna, el rumor que salía de sus párpados en un brutal bramido y el reflejo de la aurora en la negrura del abismo; que ni entre toda la guarnición fueron capaces de frenar su ímpetu; que levantó al autor de su deshonra como si fuera de cartón y que después de darle varias vueltas en el aire, lo lanzó con tal violencia y precisión que, completamente atónicos y pasado el inicial temor, no tuvieron más que aplaudir tan magistral ejecución. Cuentan también que Adhelaida volvió arrepentida y sumisa a su nido de amor mancillado y que ya nada fue igual en el circo, que suspendieron los números de fuego, que vendieron el cañón y que el propio Otabio se encargó desde entonces de poner en órbita al hombre bala, para regocijo de la concurrencia.

  5. Tobías Aguirre era un hombre de muchos recursos cuya mala fama había alertado a la población de Sotomayor. Se decía de él que andaba en malos tratos y había estafado a los bodegueros del pueblo vecino vendiéndoles una partida de vinos y licores de dudosa calidad al precio de los de reserva; por eso, cuando fue visto entrando en la destartalada vivienda del viejo Rufo, un veterano contrabandista que había pasado por la cárcel en más de una ocasión, los vecinos alertaron a la guardia para que lo arrestase. Personados en el lugar los guardianes del orden, no tuvieron tiempo de reaccionar ante los extraordinarios reflejos de Tobías, el cual ni corto ni perezoso y con la facilidad del mejor de los prestidigitadores echó mano al primero de los guardias con una asombrosa maniobra y, asiéndole por los tobillos lo empuñó contra los otros, girándolo como si fuese una cuerda. Desde aquel día no se lo volvió a ver por el lugar pero la sola mención de su nombre aún hace persignarse a todos los habitantes.

  6. Sin memoria

    Apenas quedan recuerdos
    de tu brutal y despiadada existencia.

    Te creías fuerte,
    un valiente junto al débil,
    los demás te temían.

    Tú pensabas que te honraban,
    que te adoraban, pero te rehuían,
    si querías compañía,
    la buscabas entre pobres desgraciados
    que vivían de la lucha,
    de la guerra.

    Un ser pequeño en un cuerpo grande,
    nadie negó nunca tu fortaleza,
    pero el valor no se mide a la fuerza,
    el valor se lleva en el alma,
    y tú tenías un alma pendenciera.

    Hace tanto que sucumbiste
    invencible como eras,
    no pudiste vencer a la muerte,
    te sobrevino de puntillas,
    te pilló desprevenido,
    se apoderó de tu cuerpo
    y se encargó de borrar todas tus huellas.
    Fue fácil, nadie quiso recordarte.

    Pasaste de la barbarie
    a la tierra de nadie.

  7. Deserción
    Cuando nos enteramos de que la guerra se había desatado y que tendríamos que ir al frente, nos pusimos todos muy nerviosos. Ya no era cuestión de levantarse con el alba, satisfacer los caprichos del Teniente, jugar a las cartas con los compañeros y montar guardia nocturna de vez en cuando. La cosa era mucho más seria.
    Nadie quiere morir con veinte años. No sé con treinta, pero con veinte os aseguro que no. Llegado el momento, cuando el Teniente vino a buscarnos para ordenarnos estar preparados para partir al alba, hubo quienes se echaron a llorar. Algunos se pusieron repentinamente enfermos: ataques de tortícolis en los tobillos, sarampiones en la lengua, meningitis en las plantas de los pies. El Teniente no se conmovió ni un poquito.
    Al amanecer, cuando sonó la diana, no nos vestimos, porque habíamos pasado la noche en vela, con los uniformes puestos. El Teniente pasó revista en el patio. O eso intentó. Porque era nombrar a uno de nosotros, y el mencionado, empezaba a inflarse y a inflarse y a inflarse hasta conseguir flotar. Despegaba un pie, luego el otro y subía como un globo por sobre las tapias del cuartel. El Teniente intentaba asirnos por los tobillos, pero no lo conseguía. Uno a uno lo fuimos dejando con su voz de mando atragantada de tanto gritar y dar órdenes al aire.
    Desde lo alto lo vimos caer de rodillas con las manos en la cabeza. Y reímos a pesar de que sabíamos dónde nos habíamos metido. Esquivar los cables eléctricos, las aves, y los disparos que empezaron a arreciar desde tierra, no iba a resultar fácil. Menos aún regresar a tierra sin estallar. Un detalle que no habíamos tenido en cuenta en nuestro perfecto plan.

    http://laletradepie.com/desercion/

  8. El mayor espectáculo del mundo

    Empezó a llover una mañana de septiembre para anegar los campos, embarrar los caminos y calar los huesos de las casas pobres. A mediados de noviembre, alguien en el cielo se tuvo que percatar del estropicio que se estaba creando en el pueblo y cerró el grifo abierto. Se lo agradecimos con una misa en su honor. Ese mismo día, brotó en la era del tío Prudencio el Gran Circo Mundial con sus carromatos, su carpa desmontable y sus jaulas salvajes. Era la primera vez que unos forasteros nos visitaban y el alcalde tuvo que hablar con ellos por si venían en son de paz o de guerra. Se quedaron con la amenaza de que se les vigilaría día y noche y, al primer altercado, se les expulsaría. Actuaban de viernes a domingo. A los niños, que podían pagar, les cobraban un real y a los mayores, una peseta. Dicen aquellos que vieron sus funciones que jamás olvidaran las garras de los tigres, la puntería del lanzador de cuchillos o las piruetas mortales de los trapecistas. De diario, los enanos, el tragasables o los siameses turcos bajaban a la plaza y se mezclaban con los paisanos como si tuvieran hacienda en el pueblo o se hubiesen ganado un trago por trabajar la tierra. Nos acostumbramos a ellos. Fue una de esas tardes deprimentes de invierno cerrado, en las que el tedio se instalaba en la plaza, cuando el Hombre Más Fuerte del Mundo irrumpió en la posada del Venancio aporreado su puerta con gritos demoledores. Enseguida se formó un corro a su alrededor, que se fue alimentando de otros curiosos. En unos minutos, no habían ojos en el pueblo que no estuviesen presenciando esa escena de celos. El Hombre Más Fuerte del Mundo, fuera de sí, buscaba a su esposa —la mujer barbuda— que al parecer se entendía a escondidas con el mago Fu Manchú. Como nadie le respondía, como estaba poseído de una rabia irracional, como sus golpes a la puerta amenazaban con partirla en dos, el Venancio y sus siete hermanos intentaron detenerlo. Con un manotazo derribó a los tres mayores, con un soplido a los medianos, con una patada encaló al Toribio a lo alto del campanario y al Venancio lo agarró de una pierna, y le estuvo dando vueltas hasta que la Mujer Barbuda se asomó por la ventana y le ordenó que se detuviese. El Hombre Más Fuerte del Mundo acató. Dejó al Venancio en el suelo y empezó a llorar como un niño. Solo dejó de hacerlo cuando la Mujer Barbuda bajó de la habitación, lo abrazó y lo colmó de besos. Agarrado de una mano se lo llevó con la ternura de una madre. Al mago Fu Manchú nadie lo vio salir de la posada. Esa misma noche empezó a llover y, después de su función más multitudinaria, nunca más supimos del Gran Circo Mundial.

  9. HÉROES

    Su pariente lejano era Obelix, había heredado de él su fuerza inusitada. Ya de pequeño apuntaba manera y todos los niños del pueblo le temían y le respetaban. Cuando estalló la guerra, se alistó en el regimiento y gracias a él pudieron echar a los austriacos del país. Como si de un lanzamiento de peso se tratara agarraba un soldado por los pies y tomando impulso dando varias vueltas lo lanzaba de vuelta a su casa. Así se liberó Italia de la ocupación austriaca.
    Años más tarde un descendiente suyo haría estrago en Estados Unidos, se llamaba Hulk.

  10. MACISTE DERROTA AL EJÉRCITO AUSTRO-HÚNGARO
    No hubo forma de convencerle de que se pusiera un uniforme. Daba igual. Maciste no lo necesitaba. Tampoco precisaba recibir órdenes ni directrices. Cuando los generales comenzaron a describirle el plan de operaciones que llevaban meses preparando, Maciste les interrumpió.
    –¿Dónde está el enemigo?
    –Aquí –le indicaron en un mapa.
    –No, no. Díganme dónde está realmente.
    Le llevaron al frente y le mostraron a los lejos las trincheras enemigas.
    –Allí están los austro-húngaros. Mañana empezará la preparación artillera y dentro de dos semanas iniciaremos el ataque terrestre.
    –¡Déjense de tonterías! –exclamó Maciste.
    Y, antes de que pudieran detenerle, avanzó decidido hacia el enemigo.
    Durante unos instantes, los austro-húngaros contemplaron asombrados al gigantón que avanzaba por la tierra de nadie. Ya casi había llegado a sus trincheras cuando empezaron a disparar. Maciste ni siquiera trató de evitar las balas; sencillamente, le rebotaban. Entró en la primera trinchera y comenzó a repartir golpes y mamporros. Cuando una trinchera se quedaba vacía, iba a otra. Regimientos enteros salieron huyendo.
    Maciste alcanzó el emplazamiento de la artillería austro-húngara. Dobló los cañones como si fueran de alambre. Siguió caminando y llegó al gran cuartel general imperial. Había sido abandonado. Maciste lo destruyó. Continuó avanzando durante horas sin encontrar a más soldados enemigos. Vio a lo lejos la cúpula de San Carlos Borromeo y la gran torre de la catedral de Viena. Entonces, de repente, le entró sueño. Maciste se echó a dormir.
    Varias horas después, el cañoneo austro-húngaro de todos los amaneceres despertó a los italianos.

  11. SANSÓN VIDAL

    Me llamo Vidal, y soy el peluquero, barbero, esteticista, y el cartero los martes y los viernes, en el pueblo. ¿Vidal Sansson?, que más querría yo; sí, sí, ese que te viene a la mente ahora mismo, el del champú: “no llores más”. ¡No, no, no y no!, el de: “no rompas más, mi pobre corazón….”, no, ese es Coyote Dax: —¡quitádselo de su mente ahora mismo, por favor!, que parece un disco rayado y no puede dejar de cantarlo. La verdad es que soy un hombre muy ajetreado y, cuando se lo explico a los soldados rusos —que vienen en regimiento, con la botella de vodka y la cartera medio vacías, para que los asee (y cuando digo: medio vacías, no me refiero a medio llenas, según como se mire, no, me refiero a casi vacías)—, con la sonrisa plena, de oreja a oreja, y me llaman: “el jaque mate”; aunque yo, siempre les respondo: que soy más de damas y que me gusta retocar a las señoras, dos veces, en el tocador, antes de dar un trabajo por terminado. Según dicen, es que soy un hombre bastante adelantado a mi tiempo —siempre llevo el reloj adelantado un par de horas y, así, si se retrasa, tengo cuerda para un rato—. Cuando libro en la peluquería, por falta de clientela, y tengo ganas de cortar, cojo el hacha de Guerra —el carpintero del pueblo; un buen pájaro que, cuando le propuse hacerme un armario para habitar mi yerma alcoba, sin ni tan siquiera preguntármelo, me hizo dos de un tiro y me dejó seco, casi muerto— y me voy a cortar leña. Eso sí, todos los que han intentado tomarme el pelo, y marcharse sin pagar, les he dejado bien clarito: que yo no soy ningún Putin verbenero, y que de mi pelo mando yo. Y que nadie, absolutamente nadie, me lo puede tomar; porque, cuando alguno lo intenta: recurro a mi fuerza de oso: —ah, que no os lo había dicho, claro, que mi verdadero nombre es Mowgli y que eso de comer plátanos y miel de la selva —con mi amigo Baloo—, al final ha dado sus frutos: no soy un tío cachas y buenorro como Tarzan, pero, si me ponen delante de un escaparate, uno de estos maniquís militares, que dicen ser hombres, los reviento; y, cada vez que vienen borrachos, son una pesada losa para mí —unos plomos de soldados—.

    • SANSÓN VIDAL (Para los Viernes Creativo de Ana Vidal, una cita semanal muy familiar)

      Me llamo Vidal, y soy el peluquero, barbero, esteticista y, los martes y los viernes, cartero en el pueblo. ¿Vidal Sansson?, que más querría yo; sí, sí, ese que te viene a la mente ahora mismo, el del champú: “no llores más”. ¡No, no, no y no!, el de: “no rompas más, mi pobre corazón….”, no, ese es Coyote Dax: —¡quitádselo de la mente ahora mismo, por favor!, que parece un disco rayado y, si le anida el gusano, no podrá dejar de cantarlo. La verdad es que soy un hombre muy ajetreado y, cuando se lo explico a los soldados rusos —que vienen en regimiento, con la botella de vodka y la cartera medio vacías, para que los asee (y cuando digo: medio vacías, no me refiero a medio llenas, según como se mire, no, me refiero a casi vacías)—, con la sonrisa plena, de oreja a oreja, me llaman: “el jaque mate”; aunque yo, siempre les respondo: que soy más de damas y que me gusta retocar a las señoras, dos veces, en el tocador, antes de dar un trabajo por terminado. Según dicen, es que soy un hombre bastante adelantado a mi tiempo —siempre llevo el reloj adelantado un par de horas y, así, si se retrasa, tengo cuerda para un rato—. Cuando libro en la peluquería, por falta de clientela, y tengo ganas de cortar, cojo el hacha de Guerra —el carpintero del pueblo; un buen pájaro que, cuando le propuse hacerme un armario para habitar mi yerma alcoba, sin ni tan siquiera preguntármelo, me hizo dos de un tiro y me dejó seco, casi muerto— y me voy a cortar leña. Eso sí, todos los que han intentado tomarme el pelo y marcharse sin pagar, les he dejado bien clarito: que yo no soy ningún Putin verbenero y que de mi pelo mando yo. Y que nadie, absolutamente nadie, me lo puede tomar; porque, cuando alguno lo intenta, recurro a mi fuerza de oso: —ah, que no os lo había dicho todavía, claro: mi verdadero nombre es Mowgli y que eso de comer plátanos y miel de la selva —con mi amigo Baloo—, al final ha dado sus frutos: no soy un tío cachas y buenorro como Tarzán, pero me hago mis propios trajes —no como él, que siempre lleva a su sastre detrás, desde que vive en Greystok y le han aumentado la graduación, nombrándole conde (a pesar de que anda un poco vizco, de su ojo derecho)—, si me ponen delante del escaparate, uno de estos maniquís militares, que dicen ser hombres, los reviento; porque, cada vez que vienen borrachos, son una pesada losa para mí, unos plomos de soldados.

      Imagen de la película Maciste Alpino de Giovanni Pastrone

  12. Desertores

    Siempre fueron soldados valientes los de aquel batallón. Bayoneta en ristre, sable al cinto, firmes y decididos, siempre en perfecta formación, avanzaban imperturbables, como un solo hombre tras su capitán, hacia las filas enemigas. Victoria o muerte era su consigna. El deshonor su peor condena. Y justamente eso, su arrojo y aquel sentido extremo del deber del que tan orgullosos se sentían, fue lo que hizo tan inexplicable su desaparición. Uno tras otro, noche tras noche, se volatilizaron en el aire. Sin rastro. Humo y cenizas de inocencia perdida. La noticia corrió rápida como la pólvora y el miedo y la angustia frente a lo desconocido inevitablemente acamparon entre los restos maltrechos del regimiento. Sin saber a lo que se enfrentaban como héroes cumplieron todos su misión e impasibles, sin llantos ni lamentos, afrontaron el inevitable final. Muy triste es que ya nadie en el mundo los recuerde. Sólo una lágrima helada por el tiempo brilla todavía, eternamente detenida, en la mirada de cuatro soldaditos abandonados a su suerte que, junto a una desportillada casa de muñecas y un balancín herido y desvencijado, yacen al fondo de un viejo desván llorando por siempre su deserción; anhelando la infantil casualidad que al fin quiebre su triste destino de juguetes rotos y olvidados.

  13. ITALIAN SUPERHERO

    La factoría de superhéroes realizaba un enorme despliegue de medios cuando aterrizaba en un nuevo escenario. En aquella ocasión, Supermán y Fantasmagórico llegaron a destino antes que el resto (claro, iban volando) y salieron a tomarse una cerveza con la intención de disfrutar de algo tan valioso como efímero: el anonimato. La gente de aquella ciudad italiana les observaba sin disimulo y con vergüenza ajena; aquellos atuendos ajustados dejaban demasiada poca holgura a la imaginación. Entonces Maciste llegó a la cantina. Era enorme, llevaba ropa militar, botas altas y sombrero tirolés. Todo el mundo volvía la cara a su paso para admirar aquella planta, aquel ejemplar de macho alpino de porte aplomado y paso firme y muchos le saludaban con la cabeza en señal de respeto.“¿Quien es ese tipo?”, dijo Supermán. “Un superhéroe”, contestó, orgulloso, el camarero.
    Se miraron durante un segundo. Apuraron sus vasos de un trago y se marcharon volando, como habían venido, para avisar al resto de la tropa del estrepitoso fracaso que les estaba esperando.

  14. FIJO DISCONTINUO

    He aquí a un empresario y sus cuatro trabajadores (Mejor que empresario, él prefiere que le llamen “emprendedor”, que suena mucho más chic) Él viste como medio elegante (aunque un poco arrugado) y a sus empleados les ha puesto un uniforme que está entre soldadito de plomo y animador de la pista central de un circo. Aquí, les está enseñando a tres de sus trabajadores qué es lo que hace con quienes no cumplen con sus objetivos (El que está a punto de salir volando, lógicamente, es el que ha incumplido sus objetivos) Los otros tres, asustados, toman nota y prometen a su jefe que a partir de ese día trabajarán de sol a sol, y que renuncian a cobrar las horas extras. Al tipo que está a punto de salir volando le despedirán, claro, pero tampoco es para tanto: sabe que a la semana que viene volverán a contratarle como aprendiz de becario en la misma empresa. Este jefe parece muy impulsivo y malhumorado pero, en el fondo, tiene un corazón que no le cabe en el pecho, permítaseme la frase hecha.

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