Viernes creativo: escribe una historia

Se acerca el día de los Difuntos. Para conmemorarlo, traigo esta fotografía del Cementerio Inglés de Málaga. Algunas tumbas están cubiertas de conchas marinas, especialmente las de los niños.

Cuenta la leyenda que…. ¿puedes continuarla tú?

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Cementerio Inglés, Málaga

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15 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Cuenta la leyenda que un barco, repleto de niños de un orfanato, entre 3 y 12 años, encalló en las costas de Málaga, falleciendo todos, menos el capitán. Esos pobres niños, que estaban sufriendo la soledad y el desamparo en vida, fallecen de una manera abrupta y trágica y, por supuesto, sin merecerlo. Las criaturas, para colmo, habían salido a dar un paseo en barco, aprovechando la generosidad de un hombre altruista, feliz por haber adoptado a una preciosa niña, días antes. No habían navegado mucho rato hasta que un golpe extraño de mar, de esos que no pueden explicar ni los más avezados científicos, volcó la embarcación. El capitán, incapaz de actuar, paralizado ante la situación, no pudo salvar a los pequeños del ahogamiento. Dicen que, actualmente, permanece ingresado en un hospital psiquiátrico, sin posibilidad de cura. Antes de ello, el capitán tomó la decisión de emplear todos sus ahorros en el enterramiento digno de los fallecidos, en el cementerio de Málaga. Mandó que se cubriesen de conchas, en su totalidad, porque sabía que solían jugar con ellas, en el patio de su orfanato.

    Quizás esta leyenda no sea cierta, o tal vez, sí. ¿Acaso importa?

  2. Cuenta la leyenda

    Que cuando los niños solitarios recogen conchas en la playa, escuchan en las caracolas a los pequeños muertos que les dicen que esperen, que pronto les tapará un manto de espuma. Y ellos se quedan porque creen que pasará algo divertido, grandioso. El mar va a buscarlos y después escupe las conchas de sus bolsillos, con las que las familias cubrirán las lápidas, vacías.

  3. Cuenta la leyenda del cementerio Inglés que a partir de la medianoche, los hechos más extraordinarios tienen lugar. Paseantes etéreos deambulan entre las lápidas, en medio de arcángeles de piedra que parecen revestirse de carne. Extrañas luminarias oscilan iluminando las inscripciones, confundiéndose con la luz de la luna. Reflejos que parecen incidir especialmente en las moradas de los infantes, esas pequeñas tumbas decoradas con conchas recolectadas con amor y paciencia a la orilla del mar; hasta los mismos árboles alargan sus brazos acariciándolas mientras se oyen canciones y risas infantiles; voces de niños que parecen jugar y se cuelan por algún extraño hueco entre el espacio y el tiempo…

  4. Una lección marina

    Despedimos a Ulises, el viejo pescador, entre llantos desconsolados y miradas perdidas. Entre silencios respetuosos y admiración. Entre gestos de compasión y culpabilidad. Entre condolencias agradecidas y conmocionados cuando una gran ola lo engulló. Alguien se debía sacrificar por el bien del pueblo y él se presentó voluntario. La mar tuvo la consideración de devolver su cuerpo para enterrarlo en el cementerio como a un héroe rodeado de conchas blancas. Días después, los pesqueros regresaron vacíos a puerto y la mar volvió a rugir hambrienta. Cobardes y soberbios, decidimos ignorarla y, en poco tiempo, el cementerio se infestó de tumbas.

  5. R. I. P.

    Cuenta la leyenda que hace muchos años a los suicidas que se tiraban al mar desde el acantilado se les negaba sepultura en el Camposanto. Entonces se llevaban los cadáveres a la playa para ser enterrados en la arena a la merced de las olas. En las noches de luna llena aparecían sus fantasmas danzando sobre las aguas.
    Cuando se creó el Cementerio Inglés para dar cobijo a los fallecidos no católicos, marinos ingleses la mayoría, se acogió igualmente a los suicidas en cuyas tumbas se colocaban conchas marinas para que sus espíritus pudieran seguir oyendo el mar al que tanto se acercaban.

  6. En la playa

    Cuenta la leyenda que el dueño del castillo mataba a los niños que osaban perturbar su sueño de arena. Esos personajes portadores de rastrillos, palas y gritos asombrados ante las olas que insistían en acercarse a su feudo. Pequeños guerreros en traje de baño, cuyo único propósito parecía ser desenterrar su castillo y dejarlo a merced de los enemigos.
    Cuando los osados chiquillos, terminaban de perfilar las torres, de cavar el foso, horadar las ventanas en la fachada que daba al mar, y clavaban una pajita usada a modo de bandera en lo más alto, a él se le acababa la paciencia.
    Entonces se desperezaba y emergía furioso en la orilla. Se sacudía la arena que lo cubría por completo y perseguía a los rebeldes hasta darles caza.
    Los niños corrían inútilmente, ya que no era posible escapar de sus garras. Atrapaba dos o tres con cada mano. Después los enterraba, justo después del límite de la marea alta, y cubría sus tumbas con conchas, invirtiendo mucho tiempo y paciencia en que quedaran perfectas.
    Cuenta la leyenda, que los niños, solo habían simulado estar muertos, y que en cuanto el dueño del castillo regresaba a sus aposentos, se escabullían de sus tumbas y sentados en la playa esperaban, cubos y palos en mano, un nuevo amanecer.

    http://laletradepie.com/en-la-playa/

  7. Cuenta la leyenda que cada concha es un trocito de aventura marina y que cuantas más conchas cubran la tumba más hermoso será el viaje y más coraje marinero tendrá el alma del que allí yace.

  8. El Terral

    Cuenta la leyenda que si te paras junto a los nichos, puedes escuchar los susurros, casi siempre, viejas canciones de amor, aquellas que se aprendían durante la infancia, mientras jugaban en la orilla recogiendo las pequeñas conchas que la mar escupía. Hace unos meses escogí un lugar privilegiado, me siento en una piedra que hay junto a dos tumbas repletas de ellas, allí, la brisa me va relatando antiguas historias hasta la puesta de sol, momento en que todos callan, el silencio convierte en tumba el cementerio y como plomo cae sobre los hombros todo el pesar de las horas y de los llantos antaño acumulados. Hoy me susurraron el título del libro.

  9. Pequeños tesoros

    Cuenta la leyenda que, si visitas el cementerio la noche de difuntos y permaneces en silencio, en ese silencio que llaman sepulcral porque ni respirar debes, y además eres capaz de mantenerte inmóvil, ellas saldrán. Pero ni un musculo has de mover o te oirán. Y si te oyen puede suceder dos cosas; que no salgan o que se enfaden por molestarlas y te lleven, no regresando jamás.

    Cuenta el que tuvo valor de ir y la suerte de volver, que ellas velan pequeños cuerpos fallecidos en otros tiempos. Crueles y dolorosos tiempos en los que las purulentas fiebres se llevaban inocentes almas, dejando en su lugar las inertes masas de los que ya no habitan en este mundo.

    Gritaban con desgarro mientras buscaban las conchas por el mar. Conchas que tapaban desnudas sepulturas. Fríos y austeros lugares para descansar por toda la eternidad. Ellas decoraban sus tumbas con los únicos tesoros que poseían.

    Cuenta la leyenda que son madres coraje, que vuelven cada noche de difuntos a velar los cuerpos que parieron. Cuerpos que salieron de sus entrañas y que vieron morir a destiempo.

    Si crees que tienes el valor de ir, permanece quieto, tendrás la suerte de verlas reír porque ahora están con ellos…

  10. CONCHAS DE LIBERTAD

    Cuenta la leyenda que en aquel hospicio para niños efímeros todos dedicaban su tiempo libre a recoger conchas. Las clasificaban por tamaños, colores y formas y las guardaban como joyas hasta que llegaba
    el momento de entregarlas, como regalo de despedida, al que tenía la suerte de marcharse de allí. El día del adiós, cada uno de los que se quedaban metía las más valiosas de su colección dentro de un saco que el afortunado se llevaba como dote a ese lugar mejor. Solo los chicos más mayores intuían que ese vergel al que se dirigía no era tan fascinante como creían cuando eran pequeños.

  11. Noche de difuntos

    Cuenta la leyenda que cada noche de difuntos, a esa hora triste e imprecisa en que el día muere para alumbrar la noche y justo en ese instante, de lo más profundo de la tierra, en un pequeño cementerio abandonado junto al mar al que alguna vez llamaron de los ingleses, asciende un conjunto de voces graves y lejanas, apenas perceptible. Ánimas atormentadas del Purgatorio son que por unas horas vagan errantes por el mundo añorando lo que ya hace tanto tiempo perdieron, anhelando quizás lo que jamás vivieron. Tras el lúgubre tañido de las campanas -eco extraño y sobrenatural que lejano resuena desde un templo ya sin torre ni reloj, derruido mucho tiempo atrás- algún alma afortunada sube al Cielo; torna el resto a su penitencia y un lamento largo y desgarrador rompe entonces el silencio de la medianoche. Grito de dolor y desesperación arrancado a la humanidad entera al sentir por un instante el peso de sus maldades.

  12. Cosas de la abuela

    Debimos darnos cuenta hace tiempo. La abuela lo estaba diciendo de mil formas, pero no le hicimos caso. Este niño se va a morir pronto, aseguró la primera vez, y todos nos reímos. Ya no volvió a comentar nada más. Salía por la mañana temprano y volvía a mediodía con los pies llenos de arena y un capazo repleto de conchas. Cuando le preguntamos para qué tantas, nos miró con cara de lástima y mantuvo la boca cerrada. Ella era así, decía las cosas una sola vez; era asunto nuestro hacerle caso o no.
    Pasaba muchas horas con el crío, le hablaba bajito, jugaba con él, le contaba cuentos. Hasta que enfermó. Entonces nos explicó que ese niño era de agua y tenía que volver al agua; pero nosotros no creíamos en esas cosas. Le dejamos decir y seguimos probando con diferentes brebajes y médicos, hasta que ya no hubo remedio.
    Cuando enterramos al chico, encargamos una lápida lisa y una inscripción sobria, al estilo de la vieja Inglaterra. Procuramos que toda la ceremonia recordara a las de nuestra tierra. Al acabar, la abuela se quedó hablando un rato con el sepulturero. Le entregó un saco con todo lo que había recogido de la playa. Al volver a nuestro encuentro, ya no llevaba ese peso encima y parecía que se había quitado otro aún mayor de su alma. James –lo llamó por su nombre de pila– ya descansa en su mundo, sentenció, y todos asentimos, como si comprendiéramos algo.
    Ella tardó todavía unos años en dejarnos, y también esta vez nos avisó con antelación. Dejó indicado que deseaba descansar junto a su nieto, y así lo dispusimos. Esta vez, nadie se quedó a dar instrucciones al enterrador. Sin embargo, pasados unos días, su lápida plana se llenó de conchas de almeja, sin que nadie en toda Málaga supiera explicar de donde venían.
    Lucy, la pequeña de la casa, dijo muy solemne que la yaya también era de agua, pero había tenido menos prisa en volver. Todos sonreímos al ver que la chiquilla, además de sus ojos de lluvia, había heredado todas esas cosas de la abuela.

  13. CEMENTERIO “CRI-HOYO”

    Los argentinos criollos, lo tienen muy claro; con las conchas de su madre, que han recogido durante años, por parte de un elenco de ex: amigos, jefes, compañeros de trabajo, novias, mujeres, hijos…..mmm… ¿Existen los ex-hijos? ¿Es legítimo esto? Vamos, que si no respetan ni a su santa abuela —y encima esta se llama Conchita (no Consuelo ni Tarzán, no, Conchita), que se jodan también los muy boludos—; entierran toda posible relación de amistad con las conchas que gustosamente recogen (en uno de esos día de mar brava, en el que las patatas no precisan de salsa picante y los jamones son de York) del “Mar de los Sablazos” o del de “Las Cuchilladas por la Espalda” y lo hacen para siempre, e incluso —con algunos especímenes— renuevan la concesión del nicho, al cabo de 50 años, si hace falta… Y podéis dar las gracias de que no lea el epitafio que reza en aquella tumba; sí, sí, esa, la única que se han indignado en poner una lápida; sólo os daré una auto-pista: el que adolece de su amistad, y ya no goza ni de vida, se trata de uno de esos coñazo cuñados que anuncian por la tele.

  14. Las piedras en las tumbas

    No bastó una tumba de ladrillo
    ni el rincón polvoroso del pueblo
    tenían que marcar su historia
    castigando su alma
    delatando su ayer
    una piedra por pecado
    una piedra de escarmiento

    Cada piedra la designó el párroco
    que conocía sus secretos
    cada piedra la contó
    cada piedra la puso
    para que no faltara ninguna
    piedra a piedra
    una a una
    muerto a muerto

    A saber si todas las confesiones eran pecados
    a saber si fué justo juez
    a saber si las piedras tan solo…
    solas llegaron

    Cada piedra también es el aullido del perro que extraña a su amo
    cada piedra es el lánguido maullido del gato que extraña a su amo
    cada piedra es el canto del gallo
    que por las mañanas grita
    que no verán más el sol
    y que la carne es alimento de gusanos
    cada piedra
    cada piedra

    Hace meses murió el párroco
    conocido por las piedras en las tumbas
    él llevó a todo el pueblo al confesionario
    y ahora reposa en el mismo camposanto
    le pusieron una tumba de finos ladrillos
    en la cual
    desde hace tiempo
    y día a día
    una nueva piedra aparece

    Gerardo Rodríguez octubre 2016

  15. El sueño de Kachambira
    Cuenta la leyenda que en la costera y remota localidad de Kachambira, el mar bramaba con tal fuerza, que sus habitantes no se resistieron a ponerle música. Un poco de publicidad en la red fue suficiente para que proliferaran tantos y tan originales compositores que, muy pronto, melómanos de todo el mundo se acercaron a sus escarpados acantilados por el mero placer de escuchar el golpeo del mar sobre la rocalla acompañado de un solo de violín, de un arpegio de piano o por el compás de una guitarra. Poco a poco, tanto intérpretes como audiencia, se volvieron cada vez más exigentes y desafiaban la energía de las olas, el embrujo de la melodía, la atracción del vacío. De esta forma, cada vez era tan frecuente ver a un viola, con su traje de pingüino aferrado a su instrumento, precipitarse hacia el abismo, como a un espectador que, tras realizar un escorzo imposible para conseguir un selfi junto a su saxofonista favorito, rebotara por la escarpadura hasta perderse en el inmenso azul. Tanto infortunio trajo como consecuencia para la villa, que su recoleto y casi «deshabitado» cementerio, empezara a recibir un montante de cerca de veinte almas al mes que, despedidas con gran ceremonia y boato, emprendían el tránsito hacia un nuevo horizonte, entre notas de pleamar y octavas de viento, para regocijo de lugareños, curiosos, e incluso familiares, que se acercaban desde todos los rincones del planeta a dar el último adiós a sus desventurados deudos. El Alcalde de la ciudad, abducido por la dimensión que estaban tomando los acontecimientos y por los copiosos dividendos que todo aquello reportaba a las arcar municipales, decidió, junto a sus más considerados adláteres, dar una vuelta de tuerca más. En pleno sumarísimo, que duró lo que se tardan en consumir seis cochinillos, una docena de langostas y dos quilos de Beluga, además de una miríada de ostras y otros moluscos de delicada pulpa, todo ello regado con los mejores caldos de la comarca, España y Francia, acordaron que deberían hacer algo para distinguir las tumbas de quienes tan altruistamente se dejaban morir por el bienestar del pueblo, de las de quienes morían sin reportar beneficio alguno al tesoro local. Ultimada tan formal reunión, se firmó el acta en el que se anunciaba la contratación de Ehmir Zharadnik, mariscador furtivo, bebedor y pendenciero, lampiño y cojitranco, pero poseedor del raro arte de encontrar, seleccionar y combinar conchas marinas formando maravillosos mosaicos anacarados, capaces de recoger los rayos de sol y hacerlos dar mil piruetas, como Encargado General de Lápidas y Capataz de marmolistas. Desde entonces, y después de colgar varios vídeos en el Instagram de «I love kachambira», antes de cada amanecer, un gentío se arremolinaba a las puertas del camposanto, para ver aparecer aquella figura hosca, embutida en su vetusto uniforme de guardiamarina que, arrastrando los pies de forma desigual y escoltado por la comisión municipal, cargaba con un saco de arpillera repleto de caracolas, valvas, carapachos, esqueletos y otras joyas pulimentadas por la metódica erosión marina. Todos le seguían por las calles de la necrópolis mientras elegía, con la meticulosidad de quien arroja una moneda al aire, alguna de las tumbas más recientes. Allí esperaban con absoluta reverencia y un silencio sepulcral, solamente interrumpido por el ululato del viento y el romper del oleaje, o por el arranque de algún nostálgico que se animaba a compartir los acordes del Adagio de Albinoni o el Sometimes de Miles Davis, a que el desvencijado artista compusiera su particular rompecabezas, a que el sol, recién inaugurado, posara sus todavía párvulos rayos sobre las conchas, dispuestas con tal maestría que un sinfín de reflejos irisados, una profusión de centelleos, un fulgor espontáneo y automático, llenaran el aire de un juego de luces solo comparable al de las auroras boreales o los fuegos de San Telmo. Solo cuando el sol estaba lo suficientemente alto para que el ángulo de refracción impidiera que continuara el meteoro, la multitud era capaz de cerrar sus bocas, abiertas de mero asombro, y romper aquel silencio deferente, para prorrumpir en una estruendosa ovación que hacía temblar los más firmes y lujosos mausoleos.
    Cuenta la leyenda que, desde que Ehmir murió una noche de invierno en una reyerta por un asunto de faldas, los intentos del Ayuntamiento por reemplazar a tan incomparable artista resultaron baldíos, que las redes sociales se olvidaron de aquel sitio, que nadie volvió a querer arriesgar su vida por conseguir un acorde o inmortalizar un momento, que incluso los lugareños se resisten a morir hasta que, pasados los cien años, sus decrépitos cuerpos se secan como uvas pasas y que, en la costa de Cachambira, el mar se queda en silencio después de cada aurora, mientras el sol reverbera en las conchas del cementerio.

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