Viernes creativo: escribe una historia

¡Feliz año creativo!

Las Reinas Magas me han traído este libro de Quint Buchholz, en el que se envió un dibujo a cuarenta y seis autores de países distintos, con la petición de que escribieran el texto oculto en él. A cada uno un dibujo. Como un viernes creativo pero a autores como John Berger, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Milan Kundera, Eduardo Mendoza, Susan Sontag y muchos más.

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Nada que no hayamos hecho nosotros cada viernes con las imágenes que Fernando y yo os hemos propuesto. Nada que no vayamos a hacer hoy mismo o mañana, ya sabéis que es viernes cuando escribáis.

Como no puedo, por razones prácticas, enviar una imagen a cada uno, os voy a dejar cuatro dibujos del mismo autor y elegid el que queráis, o buscad otro en google que hay muchísimos.

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Te invito a dejar tu historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es escribir.

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33 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. ¿Recuerdas, Iván, tu miedo irracional al agua? Desde muy pequeño temías hasta el leve roce de la misma en tu cuerpo desnudo. Yo te decía que era buena, que debías aprender a disfrutarla como hacía yo. Sin embargo, tu fobia seguía viva siendo adolescente e incluso cuando ´te habías convertido en un joven de espaldas anchas y barba poblada. Cuando tu padre se empeñó en que subiéseis los dos a la diminuta barca, siendo tú un recién licenciado, no supiste imponer tu sinrazón y tu pánico al principal deseo de un hombre, casi anciano y con una enfermedad terminal, que quiso hacer de ti, siempre, un varón aguerrido y fuerte.

    Yo, desde la orilla, lo presencié todo. Él se volvió loco. No cabía otra explicación. Hijo mío, perdónalo. No sabía lo que hacía. El mar me trajo vuestros cuerpos, pero la barca se esfumó, escapándose, así, de mi furia y mi venganza.

  2. Tercera imagen:

    Una historia de amor

    Fue curiosa nuestra historia de amor. Yo caminaba por el parque buscando flores moradas. Debían ser de ese color, pues es el único que me mantiene en calma.
    Las buscaba siempre que tenía que ir a cualquier sitio caminando, es por eso que nunca miraba los rostros de las personas que se cruzaban conmigo. Solo les miraba los pies y su forma de caminar.

    Unos llevaban zapatos serios y caminares rápidos. Andares de personas que no se paran a mirar, ni a oler, ni a escuchar.

    Otros llevaban zapatillas para entrenar. Algunos de esos cultivaban tanto los músculos que se olvidaban del más importante. Y no eran capaces de mirar a los demás, más allá de su masa muscular.

    Otros llevaban zapatos con flores, andaban dando saltitos, se paraban, jugaban conmigo. Me ayudaban a buscar mis flores moradas. Esos, sin duda eran los niños. Los únicos capaces de mirar, oler y escuchar de verdad.

    Un día apareciste tú, llevabas zapatos largos de payaso. Te acercaste y me diste una flor morada. Llevabas tiempo observando, siguiendo en la distancia.

    Es curiosa nuestra historia de amor donde hemos construido una casa sin tejado para ver las estrellas, buscamos flores moradas, y nos perdemos en un mundo que solo nosotros entendemos.

    Yo hablo mucho, tú callas. Me miras, me sonríes y siento lo mismo que con las flores moradas.

  3. Cuarta imagen: Mi pequeño rincón

    Desde siempre que había sido una niña distraída a quién le gustaba vivir en su mundo. Mi realidad no me gustaba, me asfixiaba, me enfermaba; los días grises en aquella casa vieja me consumían lentamente por dentro y por las noches, sólo la luz de la luna me hacía olvidar que vivía en un mundo que no era el mío.

    Con los años y gracias a todas esas noches, imaginaba y construía mi propio espacio, que era solamente mío, en el que no entraba nadie quién yo no quisiera. Era una pequeña casita ambulante con la que podía ir donde quisiera. En esa casita, tenía todo lo que necesitaba; sentía a mis papás junto a mí, tenía mis juguetes y cuentos de hadas favoritos y siempre sonaba la música que yo quería con solamente un pensamiento.

    Cada noche, cuando me dormía después de otro tedioso día en este mundo, salía de mi cama y subía por la larga escalera de mi pequeña casita voladora, quedándome allí, con todas las luces encendidas hasta que veía que empezaba a amanecer.

    Ahora he crecido un poco más y mis papás ya me pueden dejar sola y he cambiado los cuentos de hadas por trepidantes novelas, así que he venido aquí porqué te quería invitar a que vieras ese mundo. Quizás para ti sólo sea una caravana vieja y vacía, pero la estoy dejando preparada para que una persona especial entre en mi vida. Y yo quiero que seas tú.

  4. La línea del cielo y el mar se confundían en aquel tramo del orbe. La mar, quieta y en calma, reflejaba cada una de las nubes que surgían por doquier, o era quizás al revés, y era el cielo donde se vislumbraban en ese momento cada movimiento de las olas.
    Tal era la confusión de aquellos elementos agua, aire y tierra, que la pequeña barca se sintió perdida, y sin saber a dónde ir, levó sus anclas y se dirigió hacia el cielo infinito.

  5. Segunda imagen
    La música que nos une
    Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, al menos cinco años, desde que terminamos la carrera en la Universidad.
    Cada uno tomó un camino diferente, tú te fuiste a Londres, a ampliar horizontes, y yo me quedé aquí en Oslo, a ocuparme del negocio familiar.
    Por eso creía estar viendo un espejismo cuando te he visto caminando cerca del río.

    ¿Te acuerdas cuando paseábamos juntos a la salida de clase?
    Vamos a dejar que la música nos traslade de nuevo a aquellos años fantásticos, querida Olga.
    Sólo déjate arrastrar por el poder de la música y hagamos que aquellos momentos vividos vuelvan a nuestras vidas, como cuando creíamos que íbamos a comernos el mundo.

  6. ( 1ª imagen) MAR DE AMOR

    Ella marchó, y él le prometió que nunca la olvidaría, y pasó sus días como alma en pena navegando por el mar de la vida, recordándola.
    Cuando por fin él partió en su última singladura, lo hizo feliz, en calma, surcando aquel mar de nubes, sabiendo que por fin podría anclar su barca y disfrutar para siempre de su amor.

  7. Servicios postales

    Correos ya no es lo que era. Antes llevaba la talega con facturas, postales de países inexistentes para mí y alguna carta de amor. Ahora nos han ampliado los servicios y son al gusto del cliente. He entregado puñetazos en la cara a hombres demasiado corpulentos, subido a una banqueta para poder llegar tan alto. He besado a todo tipo de gente y abrazado a ancianos y niños. He cocinado berenjenas a la miel en una casa escondida en las montañas y observado el movimiento de la hierba mientras sonaba una canción que recordaba al verano. Hoy estoy bailando un tango en la nieve antes de echar a galopar con una mujer del fin del mundo sobre su yegua blanca. Y en el pedido no dice nada, pero creo que después me quedaré a dormir.

  8. DIFÍCIL DECISIÓN
    (4ª Imagen)

    Todo ha terminado. El tiempo lo erosiona todo, las cosas cambian y a veces las diferencias resultan insalvables.

    Comenzamos una vida juntos llenos de ilusiones, completamente enamorados… Poco a poco, sin darnos cuenta, nuestros pasos andaban a distinta velocidad, cada vez más distantes. Tomamos caminos paralelos que no se pudieron volver a cruzar. Dejamos de escuchar el latir de nuestros corazones, se fue apagando el fuego de nuestro amor hasta que un soplo de viento frío se llevó nuestras cenizas a otro lugar.

    Nos hemos repartido nuestros recuerdos, vaciado nuestro hogar. Solo nos queda por decidir ¿quién de los dos se quedará con la luna?

  9. Remé. Claro que remé, si es eso lo que me preguntas. Atravesé todos los océanos, y los mares que hacen los océanos y también remonté los ríos que alimentan los mares. Que si remé, me dices. ¿Ves aquel punto tan brillante? Hasta allí, y volví con las manos ensangrentadas y los músculos doloridos porque tampoco la encontré. Lloré tanto, tanto. Tanto como quieras imaginar. No me amilané, claro que no. Mi propósito era el que sabes y mi coraje el que no conocía. Así que me fijé otro rumbo. Si había remado sin resultados, ¿por qué no cambiar? Remé, de nuevo, aunque no lo creas, hasta el punto de origen y, ahí, en mi origen, pude encontrar el tuyo. Así que atraqué en tu ventana y, desde aquella mañana en que pude atracar en el alféizar, seguimos en el cielo.

  10. Lado B, por Luciano Doti

    (Tercera imagen)

    Las sombras en la vida real son como el negativo de la fotografía. Alguna vez pensé en eso, al mismo tiempo que afirmaba que todas las personas tenemos un lado B.
    La luna brillaba en el cielo nocturno, la contemplábamos sentados en una abertura hacia el vacío. La luz selenita se ocupaba de proyectar nuestras sombras.
    Si no nos atrevemos nosotros, seres reales, a vivir según nuestros deseos, tal vez estaría bueno que fuera posible separar los lados A y B, saltar a ese vacío, desaparecer en la noche y dejar que los B vivan lo que los A no se atreven.

  11. (Primera imagen)
    TE ESPERARÉ EN EL CIELO

    Cada día al alba tomaba prestada la lancha de Carón y recorría la otra orilla del gran lago en busca de su amada; ésta le había prometido, en su lecho de muerte, que no tardaría en ir a su encuentro. A menudo se encontraba con almas perdidas pidiendo auxilio, pero pasaba de largo. Llegaba el atardecer y regresaba a su pensión Paraíso esperando el nuevo día para poder seguir con su búsqueda. Ella, en la tierra, ya se había olvidado de su promesa y de su cara; un nuevo galán la pretendía.

  12. La promesa

    Le había prometido llevarla a escuchar el concierto de año nuevo. Mi joven vecina acababa de llegar, desde la ciudad del amor, a este pueblo perdido en el fin del mundo. De ella sabía que había dejado atrás todo: su trabajo, sus costumbres, su familia. Pero el día de año nuevo amaneció vestido de blanco. Una imprevisible nevada enterró nuestros planes. Fue entonces cuando me acordé de la vieja gramola que tanto le había llamado la atención el primer día que entró en mi casa. Rescaté la bicicleta de los domingos y, con la música a cuestas, acudí a buscarla. Bailamos sobre la alfombra blanca de la nieve mientras sonaba en nuestros corazones el mejor concierto de año nuevo que habíamos escuchado nunca…

  13. Puestas de sol
    Mi madre fue siempre una optimista incorregible. Es capaz de encontrar el lado bueno de las peores cosas. Mi padre, en cambio, es el racional, el que tiene los pies sobre la tierra.
    Cuando los cuadros de casa empezaron a desaparecer de las paredes, mamá nos dijo que papá los había llevado a la tintorería de cuadros para que los dejaran limpios y brillantes. Papá se los había llevado, sí, pero nunca regresaron. Como los muebles que uno a uno fueron saliendo de casa para no volver. Mamá decía que se habían ido una temporada de vacaciones, o que estaban en el hospital de muebles para que los repararan, o que habían salido a tomar el aire. Y nosotros, nos lo creíamos.
    Lo más duro fue cuando desapareció la tele. Eso nos afectó a los niños. Acostumbrábamos a mirarla mientras merendábamos en la mesa de la sala. Pero ya no teníamos mesas ni sillas y tampoco tele. Mamá nos consoló diciendo que ya que tampoco teníamos techo, podíamos tomar la merienda recostados en el suelo y mirando las nubes. No estaba mal, después de todo. Solo que mis hermanas siempre veían flores y princesas y yo veía caballos y barcos piratas. Ni siquiera teníamos que pelearnos por elegir el programa que íbamos a mirar.
    Un buen día, se nos voló el balcón con todas las plantas de mi madre. Por un momento creí que se pondría llorar. Pero al final, sentada con los pies colgando, en el hueco que el balcón ausente había dejado en la sala, nos sentamos a contemplar el atardecer. Aplaudimos con gran entusiasmo cuando la esfera fulgurante fue posándose en los edificios y absorbida por las antenas parabólicas, se esfumó.
    Todos menos mi padre, que cuando quedamos a oscuras, saltó desde el quinto piso y no regresó nunca más.
    Ahora, todas las tardes, después de mirar las nubes, nos sentamos junto a mamá en el hueco del balcón, y mientras aplaudimos la puesta de sol, nos acordamos un poquito de él.

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  14. En otra dimensión
    Le pareció que ese era un buen día para dar un paseo por el Cosmos. Tomó el mando de su nave y se dirigió a ella. En el espacio había poco tráfico, algunos vehículos voladores esperaban ser pilotados camino a realidades paralelas, a sueños recurrentes o. tal vez, hasta los confines de los multiversos donde se daban cita los pensamientos más ocultos, los sueños incumplidos, los deseos irrealizados.
    En su viaje encontró ciudades desiertas, (tal vez sus moradores duerman) ‒pensó; pero las ventanas anunciaban silencios, los cristales no estaban bañados de vahos y, en ellos, no había corazones, ni palabras de amor, ni flores, ni nada.
    Cruzó varias puertas estelares en busca de alguna forma de vida y encontró en una bola de nieve dos danzantes tan solo observados por un caballo de juguete, olvidado en un establo.
    Se desmoralizó y marchó de aquella realidad, para dar de bruces con la más real. Aquella pareja que observaba la puesta de sol, un sol frío, sin color ni calor. Un solo que invitaba a la locura, a saltar al vacío. Escuchó como en un susurro “¿saltamos?” y de pronto recordó que era él el dueño de aquella pregunta, que era él el único responsable de aquel suceso, que era él quien invitó a la acción pero, también, el único que no la consumió. Y ahora, desde su soledad, estaba destinado a cruzar dimensiones con un solo pensamiento. Encontrar a su amada para, de su mano, saltar al vacío.

  15. BILLETE DE AGUA Y SUSPIROS

    El vagón quedó encadenado al puente de los suspiros. Nadie del lugar recuerda en que momento se produjo tal suceso. Pero desde ese día una trompeta suena al dormirse el último rayo de sol, cuando la claridad se niega a lucir y las sombras se acomodan en el arco del infortunio. En ese instante unos gritos de acero quedan suspendidos en el aire y unos cuerpos de agua emergen del río. Nadie se atreve a cruzarlo, ni siquiera Clara, una niña temerosa de la vida que le ha tocado vivir.
    Ella siempre sostiene en sus manos el billete de un tren al que nunca logró subir; ahora caducado y sin destino, llora al saber que hubiera deseado no entretenerse escondiendo a su gato entre la alacena y la almohada y quisiera haber obedecido la voz de su madre al decirle que corriera para emprender su último viaje hacia cualquier parte, lejos de la pesadilla que se ocultaba tras la tercera puerta al izquierda de una calle que ya no recuerda nadie.

  16. Tarde de domingo
    Igual que el humo de los cigarros, flotan en el ambiente nuestras ganas de follar. Ninguno de los dos, sin embargo, se atreve a proponerlo. Hablamos sobre cosas intranscendentes, nos reímos de ocurrencias bastante tontas, permitimos que nuestras manos tanteen la piel del otro, que se encuentren, que recorran caminos que en otro tiempo hubieran acabado entre las sábanas, con las ropas dispersas por el suelo, con la pasión, como un cuchillo, entre los dientes. Yo, por si se nota mi apetito, propongo tomar un café con hielo; para apagar el incendio. Ella, para disimular su zozobra, sugiere una película. Y así, entre sorbo y sorbo, de escena en escena, compartiendo miradas furtivas, pasamos la tarde acurrucados en el sofá; sujetando nuestro deseo; esperando que sea el otro el que dé el primer paso. Después me levanto a tender la ropa de la lavadora y ella decide arreglar un grifo que gotea desde hace tiempo. Nos vigilamos de reojo pensando, cada uno, que haría mejor el quehacer del otro, pero nos dejamos terminar sin un reproche. Se ha hecho de noche, la luz de la luna llena araña las ventanas y, de la mano, nos asomamos juntos al abismo.

  17. TANGO GLACIAL
    Antes de entrar a la pista, afilamos nuestras cuchillas para resquebrajar el hielo. La yegua de Santiago —cuyo sexo no recuerdo— desplaza la diamantina aguja del gramófono —con su casco izquierdo— sobre el vinilo de Gardel; y es entonces, al emanar las primeras vibraciones “El día que me quieras”, entre sus surcos, cuando comienza nuestro periplo a 78 RPM: ella, pisando fuerte y con garbo, como una elefanta marina; yo, sin perder el contacto visual, con mi mirada —de león marino— más felina, coloco la pierna derecha en posición, para comenzar a pedalear, en tándem, nuestros primeros compases de baile.

  18. LOS MIL Y UN CREPÚSCULOS DE FEDERICO

    Federico vive en una casa vacía. Cuando la luz amaina, cada tarde, coge su bastón, se ajusta el nudo de la corbata y abre la puerta a cualquier vida que no sea la suya. Se dispone a ser chapista, cirujano o puta; a mendigar, ponerse un tutú o comer cucarachas de una prisión medieval. Nunca se deja olvidada a su barca, que le espera junto a su ventana, paciente, para acompañarle en sus aventuras crepusculares. Cuando vuelve de su viaje apenas le da el tiempo justo para atarla — como si fuera a escaparse— y ver cómo la luz, lo único que ocupa los huecos de su cuarto, se desvanece. Eso le indica que ha llegado el momento de ajustarse la corbata y marcharse otra vez.

  19. El cielo amable

    De repente, el cielo se ha vuelto amable, un lugar del que ya nadie espera que caigan rayos ni meteoritos destructores, ni siquiera un par de calzoncillos mal tendidos. Por fin, los hombres hemos aprendido de los pájaros y somos conscientes de que volar es una actitud y no una especie de milagro de la física. La atmósfera es una autopista donde se puede circular libre, sin reglas, sin que nadie atropelle a nadie.
    Suelo atar la barca al balcón con una cuerda corta. Así no está a merced de las mareas y no tengo miedo a perderla. De todas formas, en estos tiempos no hay tanto peligro. Las aguas casi nunca llegan hasta el segundo piso. Con el cambio climático, el cielo se ha vuelto más denso y se puede nadar en él, el mar se mueve despacio, las olas se detienen varios días y los gatos corren a jugar con la espuma de las crestas, densas como el merengue. La tierra se ha vuelto dura, pero todavía es posible bailar sobre la nieve, si tu pareja te sabe llevar.
    Cuando llega la noche, es posible ver las estrellas desde cualquier sitio, porque ya no son necesarios los techos. Solo se han dejado unos pocos, para solaz de los felinos. El viejo Fele toca el saxofón y su caravana se contonea como una cobra seducida por un faquir. Todos se detienen a verlo y le lanzan una monedas que no precisa, pues no se han perdido las buenas costumbres.

  20. EL SECRETO DEL CARROMATO

    En el circo había un payaso que cuando tocaba el saxofón, su carromato se ponía a bailar y ascendía hacia el cielo culebreando como una serpiente amaestrada. Los chicos del barrio nos quedábamos mirándolo todas las noches: entre la música y la luz que salía de las ventanas nos hipnotizaba y aunque a veces nos parecía que volábamos también, nunca nos despegamos del suelo.
    Una noche me colé en el carromato sin que se diera cuenta el payaso. Estaba seguro de que encontraría en él el truco que nos provocaba aquella ilusión. Cuando el payaso comenzó a tocar yo todavía estaba ahí dentro. Las notas del saxofón hacían vibrar las tablillas de madera del carromato, y con ellas vibraba mi cuerpo también. Sin poder evitarlo mis pies comenzaron a bailar y mi cuerpo a contonearse. El carromato se elevó zigzagueando y yo con él, me asomé a la ventana y contemplé a mis amigos allí abajo, embobados ante el carro serpenteante. Aquella noche, el payaso tocó más rato del que acostumbraba y la melodía condujo al carromato a lo más alto del cielo; un niño que no pude ver nos voceó el rumbo a seguir: “La segunda estrella a la derecha y todo recto hasta la mañana”.

  21. Libros y novelas

    Hace semanas que ha recuperado sus ajustados vestidos de colores, los ojos le brillan, suspira con frecuencia. Ingenuo, volví a sonreír, a ilusionarme, a querer sorprenderla. Ayer, anticipé mi regreso del trabajo y, provisto de un ramo de rosas, entré en casa con sigilo. Se oía música en nuestra habitación, entreabrí la puerta y la encontré abrazada al ejemplar de tapas rojas que yo le regalé. Bailaban acaramelados, susurrándose palabras de amor mientras se acariciaban. Cabizbajo, me marché en silencio comprendiendo que mis historias de oficina jamás podrán competir con los libros románticos. Hoy, me he comprado una novela erótica.

  22. TENDRÁS QUE ESPERARME UN POCO MÁS
    Me despertó en medio de la noche.
    –¿Por dónde has entrado? –le pregunté.
    –Por la ventana.
    –Sí, claro.
    –He venido para llevarte conmigo.
    –¿Ahora mismo?
    –Tiene que ser ahora.
    –Está bien le dije. ¿Cómo nos iremos?
    –Tengo mi barca ahí amarrada.
    Me asomé a la ventana y, efectivamente, allí estaba.
    –Bien, vámonos. Estoy dispuesta.
    Él me miró asombrado.
    –¿No tendrías que cortarte las venas o tomarte una caja de pastillas? –me preguntó–. Mira, yo me he descerrajado un tiro en la sien –me dijo.
    Y me mostró la herida.
    –Creo que tendrás que esperarme un poco más.

  23. Se juntaron brasileros, uruguayos, chilenos, argentinos a debatir sobre la inmortalidad del cangrejo en torno al quincho del castillo, obvio las discusiones acerca de quiénes son los mejores asadores revolearon puertas, ventanas, baños. Comenzó la gozadera, cerveciñas, tragiños, asao, carbón, leña, bailoteo y dele que no viene carro que pa`lante es pa`llá, pero caray, enardece el estadio… que los chilenos tan ganando el asao? no pues señores, Argentina pica adelante mientras Brasil, país más grande do mundo entra en el universo descriptivo de la canción “construcción” de chico Buarque al verse sobrepasados. Uruguay en su pulenta tranquilidad cannabiesca chapa algarrobo y zas. Mendocinos le ponen más leña al fuego, Maradona tira el balón, la cosa se pone fea, las cocciones pelean el primer puesto, la liebre y la tortuga están en la gradería gozando una bola, – mira los giles como se pelean. Coñooo no pateen ese pote que tiene gasolina, el castillo es prestado…..

    Puta madre!

  24. Tirar la casa por la ventana (3ª)

    Esta pareja es muy suya. Cuando ella le dijo a él “Tenemos que hablar”, él, claro, se echó a temblar, porque después de un “tenemos que hablar” nunca suele venir nada bueno. Pues el caso es que no. La mujer, sencillamente, tenía ganas de hablar, así de claro. Se puso metafísica, comenzó a especular sobre preguntas existenciales y ahí siguen, tres meses después. Él disfruta escuchándola y se limita a asentir con la cabeza. De vez en cuando, suelta un “…en eso tienes razón”. Mientras tanto, su hogar ha ido desapareciendo a sus espaldas, hasta quedar en una estructura básica: sin pretenderlo, se han vuelto minimalistas. Así les resultará más fácil, cuando se levanten, tirar la casa por la ventana.

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