Viernes creativo: escribe una historia

El lugar en el que ocurren nuestras historias puede ser tan importante como el mejor de los protagonistas.

¿Qué te parece este castillo imposible de Jim Kazanjian para enmarcar tu relato?

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Jim Kazanjian

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20 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Se llamaba Jimena. No tenía culpa de tener un nombre que recordaba a una dama de un castillo, pensaba. Sin embargo, sus compañeros de clase se burlaban de ella y siempre le decían que donde debería estar era en una mazmorra. Ella, por tanto vituperio recibido, odiaba leer cuentos de hadas encerradas en torreones o ver dibujos animados de dragones echando fuego detrás de mínimas ventanas. Sin embargo, cuando la llevaron al castillo encantado de aquella bonita ciudad portuguesa, experimentó tanto placer, correteando por él e imaginándose historias de caballeros de la tabla redonda, que relegó todos los pensamientos negativos y, al volver a su casa, pidió que le comprasen todos aquellos cuentos ambientados en fantasmagóricos castillos, con reinas locas y catapultas por doquier. Sus padres acudieron a la biblioteca, felices de ese repentino interés por un mundo que ellos admiraban y que quisieron perpetuar poniéndole su nombre: Jimena.

  2. ANALFABETUM

    Allí donde el mar rompe contra las tinieblas ella llora lágrimas de dolor por lo inevitable. Contempla como los pájaros del silencio inician el vuelo hacia la soledad bajo la sombra de grises nubes impregnadas por el humo formado por cientos de letras que escapan del fuego exterminador que destruye pensamientos, aventuras e historias de amor.
    Letras que como volutas del saber surcan el cielo formando un abecedario, formando nuevas palabras que buscan caer lentamente como copos de nieve sobre un lugar lejano donde se aprecie su valor y puedan sembrar sentimientos que hagan brotar nuevos pensamientos.
    Allí donde el mar rompe su silencio mora el Destructor de Bibliotecas, Analfabetum, que como erial del conocimiento cree que incinerando todo los libros logrará alcanzar el poder supremo.
    Allí donde se rompe la esperanza, ella sueña que algún día pueda volver a leer.

  3. El castillo

    No era un príncipe aunque vivía en un castillo. No era industrial, aunque el castillo pareciera una fábrica. Era un curioso personaje, algo oscuro para nuestros tiempos. Siempre inventando artilugios. Cacharros imposibles para facilitar la vida a los demás.

    Como el colchón con brazos para los solitarios que anhelaban abrazos, la oreja gigante que escuchaba sin rechistar o la mano voladora que palmeaba hombros inseguros.

    Cada día viajaban cientos de personas buscando su ayuda, pero el precio a pagar era tan alto que solo unos pocos contrataban sus servicios.

    Acudí a verle hace algunos años, me observaba con sus ojillos interrogantes mientras escribía anotaciones en una pequeña libreta.

    —Quiero un borrador de malos recuerdos—solicité afligida.
    Tras un rato de espera, el inventor dijo:
    —Puedo hacerlo, pero tendrás que pagar con un sentimiento.
    —¿Con cuál? —pregunté extrañada.
    — Tendrás que pagarme con tu capacidad de amar. La perderás y no volverás a sentir ese sentimiento.

    Dudé. Dejaría de sufrir, pero ¿a qué precio? Entonces comprendí. En ambos casos obtendría el esperado resultado. Agradecida, nos dimos la mano. Salí de allí corriendo cargada con mis malos recuerdos y la certeza absoluta de que con amor conseguiría borrarlos.

  4. Última morada, por Luciano Doti

    Caminaba en la noche por un monte inhóspito. En medio de la oscuridad, un castillo como el de Drácula se erigía ante mí. La entrada me recordó al as de oros en el tarot Rider, tenía forma oval y resplandecía invitándome a entrar. No opuse resistencia.
    Ya en el interior, unas damas etéreas me daban la bienvenida; lucían vestidos largos y escotados, sus cabellos flotaban al viento. No sé cuánto tiempo pasé con ellas, hubiera querido que sea toda la eternidad, pero nos interrumpió el Conde.
    Juzgué que el Conde no podía ser otro que Drácula, su aspecto repulsivo y aterrador contrastaba con el de las anfitrionas. “¿Bebería mi sangre? ¿Cómo había llegado yo a Transilvania?”, me pregunté.
    -Los muertos viajan rápido –le oí decir al Conde.

  5. SEÑALES DE HUMO

    Adam era oscuro y luminoso a la vez. De temperamento reservado y huidizo, era capaz de tejer las más extraordinarias fantasías y lograr arrastrarte con él al epicentro de su mundo. Realidad e irrealidad se daban la mano a su lado y en mí siempre quedaba la duda de si todo lo que vivíamos no era sino un espejismo en el inmenso desierto en el que los dos habitábamos. Demasiado tiempo tardé en ver la naturaleza del castillo que me había regalado.

    Sí, Adam edificó para mí un castillo en medio de la nada. Un castillo con un sótano lleno de agua en el que yo nadaba sin salvavidas, confiada en la benevolencia de sus corrientes. Nunca quise ver la contradicción en su ardiente mirada. Quizás por eso, cuando quise salir abriendo las compuertas, no tuve más remedio que arrojar al fuego todo el arsenal de sueños que lo sustentaban.

  6. NAUFRAGIO
    Hace unos minutos que retrocedió la tormenta y la carbonera, que abandona la cabaña, busca la barca y no encuentra más que el cabo deshilachado junto al noray. Recorre la minúscula isla en un par de minutos pero no hay restos del balandro; la bajamar hubiera descubierto las maderas astilladas. Sentada sobre la roca, a los pies de la central, un halo de luz que deja escapar una nube, le permite ver la silueta enana de la barca destacada en el horizonte. Abandonada a la desesperación, encierra la cabeza entre sus manos y adivina la escena; El carbón consumido, el último estertor de humo. La boca de agua que deja de manar. La masa inabarcable del océano, desaparecida entre las grietas de una playa sedienta.

  7. INDEFENSIÓN

    La última vez que lo observé de lejos, advertí que no dejaba títere con cabeza, así que me propuse estudiar a fondo ese fenómeno tan peligroso.

    Al parecer, se presenta de manera repentina, abrumadora, desbordante, te atonta y, en los casos más extremos, incluso podría llegar a dejarte sin energías. Te atrae como las luciérnagas, con una bioluminiscencia metafórica capaz de dar color a todos tus grises y endecasílabos a tu folio en blanco. La alteración hormonal se hace evidente desde los primeros estadios y suspiros.

    Nadie aún ha encontrado vacuna ni armadura que nos libre del contagio del amor. El que lo probó, lo sabe. Y ahora me apetece leer a Benedetti. ¡Ay, qué boba estoy!

    *L*

  8. Chimeneas
    Al final, terminaba llevándolos a todos al horno. Los rubios, los morenos, los de orejas grandes, los charlatanes, los regordetes, los flacuchos, y por supuesto los pelirrojos, sus preferidos. Los condimentaba con un poco de sal o con canela en rama y dos o tres hojitas de laurel. A veces los rebosaba con huevo y harina, pero otras, cuando quería comer más liviano, se conformaba con filetearlos y echarles un poco de ajo y perejil.
    Todos lo conocíamos como “el ogro comeniños” y nos cuidábamos muy mucho de provocar su ira. Pero no siempre lo conseguíamos. Cuando te tocaba, no había nada que hacer.
    El padre Arturo venía a sacarte de la cama en mitad de la noche y te llevaba cogido de la mano al despacho de atrás. Tus compañeros cerraban con fuerza los ojos mientras desfilabas entre las camas. Un poco para no verte, y el resto para parecer dormidos.
    Cuando todo terminaba, regresabas y como habías tenido que prometer silencio, contabas aquello del horno. Aquello de los filetes rebosados. Aquello de que era mejor no gritar para que no enfadar aún más al ogro comeniños. Y aunque todos sabían que estabas mintiendo, simulaban creer los embustes. Después de todo, de la chimenea alta del internado solía salir un humo negro. Después de todo, era comprensible que nadie quisiera ser el primero en contar la verdad.

    http://laletradepie.com/chimeneas/

  9. Monstruos

    Uno, dos, tres y el castillo empezó a arder entre el alborozo general. Se escucharon vivas dedicados al cura por idear la venganza, al alcalde por permitirla, al cuerpo de bomberos por organizar el incendio y por solidaridad hacia los padres de las tres niñas que aparecieron descuartizadas en los alrededores del castillo. Hasta que los gritos desgarradores de auxilio nos enmudecieron. El conde buscaba una ventana, una puerta, una rendija que le permitiese escapar de las llamas. Todas tapiadas. Traté de encontrar unos ojos cómplices a mi compasión y solo hallé furia. Me atreví a mostrar humanidad, a reclamar otra justicia, a plantear un juicio y les escupí monstruos como días antes había hecho con el conde. Un golpe por la espalda me desvaneció. Ayer, una niña aparecía descuartizada cerca de mi casa.

  10. Se juntaron brasileros, uruguayos, chilenos, argentinos a debatir sobre la inmortalidad del cangrejo en torno al quincho del castillo, obvio las discusiones acerca de quiénes son los mejores asadores revolearon puertas, ventanas, baños. Comenzó la gozadera, cerveciñas, tragiños, asao, carbón, leña, bailoteo y dele que no viene carro que pa`lante es pa`llá, pero caray, enardece el estadio… que los chilenos tan ganando el asao? no pues señores, Argentina pica adelante mientras Brasil, país más grande do mundo entra en el universo descriptivo de la canción “construcción” de chico Buarque al verse sobrepasados. Uruguay en su pulenta tranquilidad cannabiesca chapa algarrobo y zas. Mendocinos le ponen más leña al fuego, Maradona tira el balón, la cosa se pone fea, las cocciones pelean el primer puesto, la liebre y la tortuga están en la gradería gozando una bola, – mira los giles como se pelean. Coñooo no pateen ese pote que tiene gasolina, el castillo es prestado…..

    Puta madre!

  11. Un mundo un poquito mejor
    En las lejanía tras el florido bosque, al amanecer se vislumbraba unas columnas jónicas con volutas de humo, que parecían sostener la cúpula celeste sobre las verdes copas del hayedo, Manuel, a sus doce años siempre sintió curiosidad por saber el origen de dichas pilastras, mas sus padres le tenían prohibido acercarse al castillo. Un día de primavera entre sus juegos de infancia, correteando entre los altivos árboles, sucumbió a su curiosidad y se acercó al castro. Se aproximó con sigilo hasta uno de los ventanales, reptando como el reptil huidizo temeroso de ser descubierto y miró furtivamente a través de la fulgente vidriera. Esperando ver un aquelarre de hechiceras entre humeantes calderos de cobre, cual fue su sorpresa al ver que en aquellos hornos brotaban las flamígeras llamas sobre una masa etérea, bajo ellas no había negro carbón, ni leña, ni combustible alguno. Manuel mientras observaba el crepitar de las llamas, se sobresaltó al sentir el peso de una mano sobre su hombro izquierdo. Era Amir, le dijo que no se asustase, con voz afable le invitó a descubrir el misterio que albergaba tras aquellos recios muros. Amir le manifestó que eran los hornos donde se calcinaba el mal para que naciese el bien. Aquella misma noche se echaron a la mar y navegaron en su barcaza de puerto en puerto con una enorme botella de vidrio verde, donde recogía la maldad de los pueblos y al amanecer la quemaba en los hornos de sus castillo, convirtiendo el mundo en un poquito mejor.
    j. mariano seral

  12. Apogeo
    Solo cuando el dragón es capaz de satisfacer a todas sus concubinas, se ve escapar por las chimeneas del castillo su aliento plúmbeo. Solo entonces la tierra le gana la cruzada al mar, que abandona la fortaleza por las esclusas de las mazmorras. Solo ese día se enciende una luz en su mundo de tinieblas, remonta las 669 escaleras que le separan del aire fresco que provoca la marea y, como el más vulgar de los mortales, recupera las lágrimas que, siendo todavía un niño, no pudo derramar tras la muerte de su madre.

  13. LA FÁBRICA DEL MIEDO
    Humeantes augurios se cuecen —a fuego lento— en las calderas del infierno. Avispados ingenieros del mal, preparan —a contraluz— la urdimbre que emanará ateridos días, a través de las chimeneas del averno, segregando así, por todo el territorio, el horror. —¡Pronto todo esto será nuestro! —son las palabras que, sin pestañear, exhalan a los cuatro vientos envenenados aguijones —de sus lenguas de doble filo— que, kamikazes avispas, inhalaran hasta recubrir, de hiel, toda su caja torácica; y así, contaminar el aire hasta controlar, completamente, las inhalaciones recibidas por el exterior: óxido nitroso —directo al corazón— que lo convierte en azabache.

  14. LA FÁBRICA DEL MIEDO
    Humeantes augurios se cuecen —a fuego lento— en las calderas del infierno. Avispados ingenieros del mal, preparan —a contraluz— la urdimbre que emanará ateridos días, a través de las chimeneas del averno, segregando así, por todo el territorio, el horror. —¡Pronto todo esto será nuestro! —son las palabras que, sin pestañear, exhalan a los cuatro vientos envenenados aguijones —de sus lenguas de doble filo— que, kamikazes avispas, inhalaran hasta recubrir, de hiel, toda su caja torácica; y así, contaminar el aire hasta controlar, completamente, las inhalaciones recibidas por el exterior: óxido nitroso —directo al corazón— que lo convierte en azabache.

  15. Mi nombre es lo de menos.

    Fíjate, ufanos se miran en cualquier lugar que los refleje, aunque sea de reojo ni a uno se le escapa su imagen. No comprenden lo que realmente son. El acto más importante que realizan, único fin por el que han sido creados, desearían eliminarlo. Aun no han entendido que no podrán ser eternos, si consiguieran traspasar la barrera de los años desaparecerían, ya sucedió con otros antes. Les veo desde mi morada siempre atareados, creando, inventando, tratando de alejarse de su fin, en ocasiones les permito algún capricho, vivir más allá de un siglo, pero no, no tendría sentido que esa fuere la dinámica general. Creen ser el centro de la creación, aunque su importancia no va más allá de mis deseos, de si son útiles o no para que mi Señor se vea complacido. No son como el resto de los mamíferos, tienden a cambiar el sentido natural de todo, eso entorpece la labor y los hace cada vez más inservibles, sólo su audacia aún es útil, con ella puedo acumular energía suficiente para contrarrestar la que malgastan. Precisamente es su muerte la que da vida a nuestra especie, cada vez que ellos exhalan su último aliento generan el impulso vital necesario para germinar un embrión. Y son el alimento perfecto para La Madre. A veces, cuando los veo mirarse complacidos su ombligo, me asalta la tentación de mostrarles la realidad, pero no, no podrían comprender, son limitados, mucho, por eso mejor dejarles en su ignorancia y permitir que su insaciable ego siga trabajando a mi favor.

  16. Copas y dudas

    No sé cómo he terminado aquí, a las puertas de este castillo gris, al que nadie me ha invitado y del que muchos, en cambio, hablan pestes. Leyendas aparte, tiene el mismo atractivo que visitar una cueva llena de murciélagos. A medio camino entre la playa y el mar, se me antoja golpeado por miles de olas furiosas. Después, está la inquietante presencia de los cuervos, apostados en las ramas de un árbol moribundo, como vigías de un poder oscuro, como cómplices de una mente criminal oculta. También asustan las largas chimeneas y el humo denso que vierten, el amplio desagüe que no deja de arrojar residuos al agua.
    Existe, sin embargo, algo que me fascina. Se trata de esa luz intensa que se filtra por la puerta. Supongo que ese es el único motivo que me mantiene junto a la entrada, meditando sobre si debo llamar o volver sobre mis pasos. Algo me dice que el interior de la fortaleza es muy diferente a lo que sugiere su entorno tenebroso y fantaseo sobre lo que podría albergar en sus adentros. Tal vez un palacio lleno de alfombras de terciopelo rojo y grandes lámparas brillantes colgadas del techo, un gran salón de banquetes, una biblioteca con miles de ejemplares, amplios dormitorios caldeados por docenas de troncos ardiendo, una corte donde poetas y músicos rivalicen por crear las mejores melodías y los romances más bellos, un príncipe hermoso y justo, amante de la belleza y enemigo del artificio. Un lugar, en el fondo, del que nadie necesitara escapar.
    Tal paraíso, en caso de existir, debería de permanecer oculto al mundo, camuflarse bajo una piel anodina o un caparazón con espinas, para mantener intacta su pureza.
    Cabe la posibilidad de que todo lo que se dice sea cierto y que en el interior de este inquietante recinto solo exista un gran horno donde se quemen todos los que osen cruzar la puerta, desoyendo las advertencias. El hecho es que nadie, sea por el motivo que sea, ha vuelto tras cruzar esa puerta.
    -.-

    Debe hacer como un minuto que le he invitado a tomar una copa y ella me sigue mirando como si no comprendiera nada, con el pensamiento vagando por lugares muy lejanos. No parece que yo le guste, pero tampoco me ha invitado a marcharme. Sé que soy feo. Por eso me extraña que no me haya despachado a la primera y me tenga aquí esperando la enésima negativa de la noche. Cuento hasta tres y me doy la vuelta. Lástima, otra vez será, le digo antes de irme.

  17. LA ARMONÍA DEL SUJETO CON SU ENTORNO

    Busco piso desde hace semanas. He estado indagando sobre el feng shui y estoy convencida: no quiero conformarse con uno que no armonice con mi temperamento. No me importa que esté lejos del centro o que sea caro; me gusta andar y no tengo muchos vicios. Aspiro a encontrar ese espacio de paz y bienestar que solo alcanzo en mis sueños, por eso he visitado decenas de inmobiliarias. Intento describirles lo que ansío pero nadie me ayuda, al contrario, me desesperan cuando dicen que persigo una utopía.
    Sin embargo ¡es tan simple! Solo quiero un hogar tranquilo y cálido, apartado del centro, con unas plantitas en la entrada que siempre resultan acogedoras. Y sobre todo, un recibidor luminoso. No quiero lujos, pero sí un entorno que encaje con mi personalidad, con una chimenea en la que entibiar mis manos cuando llegue del trabajo.

  18. AMARILLO SINSENTIDO ANTE LA VIDA

    El humo entraba sin pedir permiso, el interior de su chimenea ardía, las cenizas se acumulaban y el aire era insoportable. Y a pesar de todo seguía consumiendo ese instante que le hacía sentirse libre en la ausencia de su desoladora morada.
    No reparaba en gastos para su único fin, ni pensaba en su precaria economía. Sólo deseaba encender esa llama que le aportaba placer al mirarla encendida. Se alimentaba de su aroma, de ese regusto de saber que sería la última vez que pecaba. Y una y otra vez se extinguía en la flaqueza de esa pira que le restaba vida y le aportaba un extraño placer que le devoraba las entrañas.

    Lo encontraron en el sillón, desmadejado, con un pitillo agostado en una mano y en la otra el mando de la tele sintonizado en un programa sin sentido, en el momento más álgido de una confesión de alguien, que pagado, decía una mentira pactada para subir la audiencia y llegar a quienes como él, ya no tenían criterio, ni expectativas, ni siquiera fuerza de voluntad de cambiar el canal, los hábitos o cualquier postura ante la vida.

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