Viernes creativo: escribe una historia

Hoy no os voy a pedir que escribáis una historia sino que la continuéis, empecéis o terminéis. A modo de cadáver exquisito, con el inicio de un cuento que ha empezado Fulgencio Susano García, quien primero venga y se inspire puede continuarlo o terminarlo. Cuando se termine una historia, alguien tendrá que empezar otra sin saber cuál será su final. Puede que salga un cuento completo o muchos pequeños. Como en la vida, no sabemos qué va a pasar este viernes que durará lo que duran vuestras historias.

Miel de muertos

Seguí su voluntad expresa, qué podría hacer. El cuerpo a dos metros bajo tierra, nada de losas ni lápidas. Una piedra tallada, su nombre y, donde calculé que estaría su vientre, planté los bulbos que me había dado en una bolsa. “No quieras saber de qué planta son”, me ordenó.

Os pido que publiquéis vuestros pedazos de historias en comentarios del blog para poder seguirlas. Aunque luego las compartáis en las redes sociales.

¡El asunto es escribir!

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11 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Cumplí cada uno de sus requerimientos, pero la orden, esa me costó más. Y no porque fuese muy complicada, sino porque mi curiosidad innata me impedía esperar hasta que los dichosos bulbos florecieran. Guardé uno para investigar.
    Feliz con mi trofeo regresé a casa. Allí, minuciosamente, abrí la cebolla en dos, la olí, el olor no me descubrió mucho; la probé, su sabor era fuerte y picante; la machaqué hasta conseguir un puré fino y fui untando con él todo mi cuerpo, ya más relajada me marché a dormir.

  2. Ella, en mi sueño, se reía con carcajadas salvajes e hirientes. “Asi que no te gusta el olor a cebolla…; pues no van a ser ni una, ni dos, las ocasiones que impregnaré tu descanso con el recuerdo de mi olor. Te lo mereces, ingrato. Tienes mucha suerte de que esta cebolla no sea como las demás. Es especial y te dejo que descubras por qué lo digo…

  3. Me desperté sediento y mis piernas me llevaron de forma automática a la cocina. Recordé la rabia que de daba que bebiera directamente de la jarra. No lo soportaba; me regañaba como si al hacerlo estuviera quebrantando una norma de urbanidad doméstica que obligase a verter antes el agua en el vaso. Así era ella de intolerante con mis pequeños vicios. Al pensarlo, no pude evitar sonreír imaginándome a mi mismo regando con esa misma jarra sus bulbos. Cebollas redondas y orondas, cuyas raíces brotaban del barro que llenaba su boca que ya no se metía conmigo. Una boca profunda que se mantenía en silencio a dos metros por debajo de mis pantuflas.

  4. Unos meses después, recibí una notificación del notario. Me dirigí allí intrigado.
    Me leyó una carta de Carmina. Me conminaba a dirigirme al cementerio para recoger la cosecha. Cuando lo hiciera, debería volver para que el notario me entregara otra carta.
    Habían trascurrido casi cinco meses. Cuando llegué, advertí que los tallos estaban crecidos. Los arranqué sin contemplación. Las cebollas tenían un aspecto magnífico. No pude evitar la tentación de cortar una y echármela a la boca. Siempre me han gustado crudas. Se me saltaron las lágrimas cuando le hundí el cuchillo.
    Tardé apenas una hora en regresar a la notaría. La carta estaba esperando. La abrí impaciente.
    Sólo encontré unas palabras: Por fin te he hecho llorar, Jaime.

  5. Me lamenté por haber sido tan “pardillo” y caer en tu trampa.
    Aún después de muerta seguías riéndote de mí. Pero no lo iba a consentir. Tomé el coche y salí de aquella ciudad donde habíamos pasado tanto tiempo entre peleas y besos. Ya en la autovía pisé el acelerador con rumbo a ningún lugar, pero poniendo tierra de por medio. Iba con lo puesto, recordé que llevaba la cartera y en ella la tarjeta de crédito, así que me dispuse a pasar una temporada en alguna playa olvidada, en lo más alto de una montaña o en la China, lo mismo me daba. La cuestión era salir de allí. Pero lo que no podía pensar ni en el más remoto de mis retorcidos pensamientos era que mi coche a la velocidad que iba, traspasara la barrera del sonido y… ¡¡del tiempo!! y aparecí en medio de un torneo medieval, donde dos caballeros enlatados de cabeza a pies, lanzas en mano, se disputaban el premio de obtener el pañuelo de la princesa.

  6. Dejé mi Delorean oculto en un bosque cercano y traté de mezclarme entre el gentío, pero no sirvió de nada: mis vestiduras eran demasiado vistosas como para pasar desapercibido. Me confundieron con un embajador de un país lejano y me llevaron al palco real, donde la princesa me dio un beso en la boca, como solía hacer con todos los dignatarios extranjeros, sobre todo si se duchaban más de una vez al mes. Le confundió el sabor a cebolla que tenía mi boca, pero lo disimuló pronunciando una frase que a mí me pareció premonitoria: “Deseo tener ese sabor en mi estómago por los siglos de los siglos”. Se llamaba Desideria, igual que mi mujer.

  7. Sentí ese sabor picante a cebolla en mi estomago, cuando Arturo el pretendiente de Desideria me arrojó con saña un guante blanco desde su caballo vestido de hojalata, que brillaba bajo el fulgente Sol en aquella tarde aciaga. El duelo sería al día siguiente al amanecer a caballo y con lanza. Me sentí aturdido, imbuido en un anacronismo que me arrojaba sin piedad a ser enlatado bajo el anonimato del yelmo, para luchar por el amor de una princesa de la cual solo sabía que le gustaba el sabor a cebolla.
    j. mariano seral

  8. Mientras trataba de descansar aguardando el duelo, mi mente se entretuvo con todos esos devenires que yo sabía alterados por los efectos alucinógenos de aquellos nauseabundos bulbos cebollosos que marcaron mis últimas desventuras. Sumido en un desasosegante duermevela evoqué los últimos meses de vida en común con Desideria, acompañados por mi padre, Arturo, que, aquejado de un cáncer incurable, vino para sobrellevar sus postreros días a nuestro lado. A los dos días de dejarnos él, me la encontré muerta y desangrada en la cocina con esta maldita nota, que no fui capaz de leer hasta pasados diez días, entre los dedos y sobre su vientre el informe feto del que, en ese momento, creí mi hijo. En un arranque de lucidez se me ocurrió echar un vistazo al apestoso guante que me había arrojado Arturo con desprecio. Dentro, una nota lo explicaba todo. Mañana, al levantarme, no sé lo que decidiré cuando Arturo me acometa: si dejarme morir y, por fin, alcanzar el descanso o derrotar al espectro de mi padre y hacer que regrese a la tumba con sus infectos bulbos en el vientre.

  9. Pero no. Aquello no era un sueño, era el pasado… no, maldita sea, el futuro! El latir del odio en mi mente me nublaba la visión. Eras mi amigo y durante años luché contra tu sombra intentando superarte como hombre, amigo y profesional. Fui mejor y lo sabes.
    Cobarde rencoroso. Mi curiosidad y la atropina o el maldito alucinógeno del bulbo haràn el resto por tí, ¿verdad? Te quería a pesar de las golpes y ese mezquino placer tuyo de humillarme en público.

    – Ann an aingidh geàrd!!! – me gritó un pelirrojo barbilampiño arma en ristre. Es Arturo.

    -Pero qué mierda es ésta!- grité mientras mi manga limpiaba la sangre que fluía por mi frente hasta la mejilla.

    Me falta el aliento y me arde el pecho bajo la malla. Qué está pasando. Actuè ràpido, los cascos de su montura estaban girando para ir a aplastarme. Rodé sobre mi espalda a la derecha. Aferré un puñado de arena que lancè a aquél individuo a la cara. Volví a rodar ahora a la izquierda.
    El instinto llevó mis manos a los bolsillos. Sólo las llaves del Delorean y dos bulbos.
    – Cabrón, tú otra vez- pensé. Te lo estaràs pasando bien a mi costa donde quiera que estés.
    La boca me sabe a sangre con arena y a ese amargo sabor al bulbo. No quiero seguir recordándote! Quiero vivir! Debo luchar o morir!

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