Viernes creativo: escribe una historia

Esta imagen es del álbum familiar. Es una foto de 1922 y una de las niñas era mi abuela. ¿Qué historias hay detrás?

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Álbum familia Comas, 1922

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27 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. -A ver, niñas. Cójanse de la mano, de dos en dos, y bailen como verdaderas señoritas. Todos sabemos que les falta mucho para serlo, pero yo les voy a enseñar a comportarse. ¡señorita Aldara! No levante tanto la ropa, no sea indecente; al menos, disimule sus bajos instintos, por un rato.
    -Doña Ramona, me da igual lo que me diga. Tiene suerte de que todas seamos muy buenas y más educadas que usted. Pero no nos siga provocando pues un día se nos acabará la paciencia y puede ocurrir de todo.
    -¡Señorita Aldara! Venga conmigo, inmediatamente. Vamos al despacho de Dirección. Seguro que unos cuantos golpes la harán recapacitar.
    -¡¡Nooo, nooo, por favor, doña Ramona, a Dirección, nooo!!
    -Tú te lo has buscado, niñata. Y las demás, sigan bailando y sonrían, que la foto va a salir de pena.

  2. Las niñas eternas

    Es la última instantánea que se conserva del orfanato. Al día siguiente llegaron los bárbaros. Dejaron los cuerpos rotos, tirados como muñecas viejas por el patio.

    Cada domingo desde entonces voy a visitarlas, Clarita sigue teniendo la sonrisa más bonita del mundo. Se sienta a mi lado y me pide que le lea cuentos de princesas.

    Sara es la más fuerte, cuida de todas. Sabe que tendrá que hacerlo para siempre y luce orgullosa cuando camina. Todas van tras ella.

    No pude salvarlas, no llegue a tiempo. Pero me encargué personalmente de dos cosas: que cada bárbaro pagara por cada una de ellas, y que nadie pueda acceder o perturbar el sitio donde han decidido permanecer para toda la eternidad.

  3. 2 X 8 = 16

    Miro la fotografía y no las encuentro, solo veo angustia, aflicción. Fuimos nosotras las que caímos en sus manos, que como garras cada noche escarbaban en lo más profundo de nuestra inocencia. Éramos lamentos mudos bajo la opresión de aquellos hábitos manchados de lujuria y perversión. Solo deseábamos poder ver amanecer de nuevo, y no despertar mojadas por el pánico para no tener que eliminar sus huellas por temor a un escarmiento más.
    Vuelvo a mirar la fotografía y solo veo vidas borradas de la mía por la depresión y el suicidio, pero nunca encontraré las sonrisas que perdimos para siempre aquellos días en blanco y negro.

  4. Que no te engañen
    Esta fotografía está hecha en 1922, la tercera de la izquierda era mi abuela, que da la mano a la tía Felisa, que llegaste a conocer. Catorce años después todas estaban casadas, salvo estas, Alicia y Carmen, que seguían dadas de la mano cuando las fusilaron, en ese mismo muro. Aún no nos dejan que las inhumemos.
    (Para los viernes creativos de Ana Vidal)

  5. 20 de noviembre
    La mañana había empezado como de costumbre. Antes de entrar a clase en la Escuela de Niñas de nuestro pueblo, cantamos el Cara al Sol. Pero aquel día era especial: todos los 20 de noviembre asistíamos a la misa que se celebraba en memoria de José Antonio. A la salida nos pusieron en fila delante de la lápida conmemorativa: Caídos por Dios y por España, Presentes! Siempre recordaré que nuestra directora, Doña Clotilde, pronunció un emotivo discurso. Tan emotivo, que en mitad de la arenga sufrió un infarto. Allí quedó, tendida en el suelo, apretándose fuertemente las manos sobre el corazón. En su último suspiro todas pudimos oirle una canción refiriéndose a unas extrañas montañas nevadas. Como nadie nos hizo caso durante un buen rato, nos pusimos a cantar y bailar por nuestra cuenta. Bendita ignorancia…

  6. VISITA RELÁMPAGO
    Cuando aterrizamos en aquel misterioso planeta, advertimos un grupo de seres vestidos de blanco totalmente inmóviles. Nuestros sensores indicaban que estaban vivos, pese a que no daban muestras de ello. A través del modulador de comunicaciones les preguntamos en su propio idioma qué hacían allí. «Un manequin challenge», respondió su portavoz. Volvimos hacia nuestra nave, transmitimos a la base la conclusión a la que habíamos llegado, pusimos los motores en marcha y continuamos el viaje. Era indudable que en aquel asteroide no había vida inteligente.

  7. EL PRIMER DÏA DE CLASE

    El primer día de clase, tras ponernos los consabidos mandilones, nos hacían salir al patio para dar la bienvenida a Don Manuel, director del honorable internado de señoritas “Santa Eulalia”
    Cogidas de la mano por parejas, salíamos a recibirle, entonando el himno del colegio:

    Las niñas de Santa Eulalia son las mejores
    Saludan a Don Manuel, como mandan los mayores

    El director repartía bolsas de caramelos para las niñas y bombones para las monjas. Tras recibir nuestra recompensa, caminábamos en fila detrás de ellos, aprovechando el momento para sacarles la lengua y hacerles toda clase de muecas; si Sor Jimena, alertada por el alboroto de nuestras risas, se volvía a mirarnos, todas bajábamos la cabeza al momento y pedíamos disculpas. No habría día, en todo lo que quedaba de curso, en que estuviésemos tan unidas como en ese momento.

    ©Manoli VF

  8. FUTURAS ESCRITORAS

    A las más pequeñas todavía les gustaban eso de jugar al corro y posar sonrientes para la foto. Las mayores ponían cara de asco del aburrimiento que pasaban; preferían ir a fumar a escondidas en los baños y contarse chistes verdes. El día que las pillaba sor Juana ya se podían preparar para el castigo infligido: se trataba de relatar, sin descanso, historias picantes, reales o inventadas; era insaciable.

  9. Anna Pavlova, desde aquel baile.

    Recuerdo cuando cogí tu mano por primera vez.
    Era en el colegio de San Petersburgo, donde estábamos internas. En el recreo nos situaron en fila de dos en dos para marcarnos unos pasos de baile.
    Quién iba a decir que aquellas coreografías serían el preludio de tu vertiginosa carrera profesional como bailarina de ballet. Siento a flor de piel las sensaciones de verte bailar. Levitaba tu silueta delgada, frágil, esbelta y ágil.
    Desde aquel dia fuimos amigas inseparables.
    Fundaste tu propia compañía de ballet llevando tu arte por todo el mundo. Yo me convertí en tu asistente personal.
    Cuando Michel Fokine, creó para ti la coreografía vanguardista de la obra “La muerte del cisne”, qué éxito tan grande. La presentaste en el Metropolitan Opera House de Nueva York y te hiciste tan famosa que, rodeada te tantos pretendientes, yo quedaba en segundo plano y me moría de celos. Aunque siempre encontraba tu guiño cómplice que compensaba nuestras fingidas distancias.
    Hoy, que el cisne eres tú, he cumplido tus deseos, con la tristeza más profunda que jamás imaginé. Sostengo tus cenizas, donde te llevas tu traje y tus palabras: “tocad aquel último compás muy suavemente”.

  10. LA CAPTURA

    El día de la foto tuve mucha suerte. A Doña Socorro se le antojó que nos diéramos la mano en pareja, y como Bernarda no había venido aquella mañana, éramos pares. También, porque al fotógrafo sólo le tomó tres intentos obtener la definitiva, así que pronto dejé de contener la respiración. Una semana después, gracias a los ungüentos de mi madre, mis deditos volvieron a tener su aspecto habitual. Y ahora conservo este recuerdo en blanco y negro en el que parezco una niña feliz.

  11. Ojos que no quieren ver

    Como cada mañana, salen al patio con sus baberos tiznados de tristeza. Se colocan en círculo, de mayor a menor edad como les enseñaron las monjas y empiezan a entonar “Somos niñas, somos buenas, somos bonitas y cristianas…” y a mí me da por llorar. Tan pequeñas, huérfanas y desgraciadas. ¿No se dan cuenta de que hace mucho tiempo que ya nadie las ve? Pero ahí siguen dando vueltas como los caballos abandonados de los tiovivos, mostrando una sonrisa bobalicona a la espera de que una pareja formal las señale con un dedo. A veces, no me puedo aguantar y las reprendo para que se percaten de que están muertas, de que ya no existen. No quieren escuchar y se burlan de mí. Entonces me enciendo y les grito «niñas tontas del demonio» y otras lindezas hasta que una enfermera me agarra del brazo y me devuelve al salón con los otros viejos como si el loco fuese yo y no ellas.

  12. Compañeras
    Nos esposaban a la compañera de pupitre. Así evitaban que las más díscolas tuviéramos comportamientos inadecuados. En cada pareja, había una sediciosa y una modosita. Mi compañera de dupla se llamaba Martina, y nunca durante todos los años que compartimos, conseguí convencerla de que necesitaba un poco de diversión. De que tanto estudiar y estudiar no nos llevaría a nada bueno. Pero ella erre que erre. Que mañana hay examen de historia, que hay que terminar los ejercicios de mates, que no terminamos de leer lo que mandó la de lenguas… Yo, mientras ella arrastraba mi mano izquierda escribiendo y escribiendo, con la derecha me pintaba las uñas, o jugaba al póquer con las integrantes díscolas de otras duplas, o me levantaba el ruedo del delantal blanco que nos obligaban a usar, y que era patético.
    Cuando llegó el esperado momento de abandonar el colegio y con ello la oportunidad de distanciarnos al fin, todo se desmoronó. La llave de nuestra esposa se había traspapelado y no había forma humana de separarnos. Así que tuvimos que conformarnos y hacer juntas nuestras vidas. Ella se casó a los veintiuno con su novio de los dieciocho. En cambio yo, nunca me casé, aunque viví con aquel chico tan majo durante algún tiempo. Yo creo que en el fondo a ella también le gustaba. Porque no cerraba los ojos ni se giraba ni cuando hacíamos el amor.
    Cuando yo estaba terminando la carrera de abogacía, ella ya tenía tres hijos y un marido que nos pegaba a ambas, porque a energúmeno no había quien le ganara.
    Combinar mis viajes de trabajo con las actividades extraescolares de sus hijos, el cuidado de su casa y las cervezas que me tomaba yo con mis compañeros a la salida de la oficina, fue realmente muy complicado. Pero lo conseguimos.
    Al final, como era de prever, un día su marido nos mató arrojándonos por el balcón en el mismo momento en que nos estábamos enredando con mi jefe en un hotel de las afueras. Nuestros cadáveres aparecieron juntos sobre la acera de nuestro portal, y nosotras, liberadas al fin, disfrutamos sin tapujos de nuestro primer trío.

    http://laletradepie.com/companeras/

  13. Voz de almíbar
    Nunca me gustó estudiar, detestaba en especial la asignatura de geografía. Por alguna extraña razón era incapaz de situar con exactitud las ciudades, las montañas, los ríos sobre el desgastado mapa. Doña Agueda, nuestra profesora, pedía alguna voluntaria para salir al encerado. Como era costumbre nadie se ofrecía, entonces abría su manido cuaderno de tapas negras, donde estaban nuestros nombres grabados a tinta negra con pulcra caligrafía por riguroso orden alfabético, yo siembre humillaba la mirada, rezando para que no me sacase a la pizarra, pero siempre me tocaba.
    – Señorita López, salga al encerado.
    En esos instantes sentía como si me cayese un jarro de gélida agua sobre mi conciencia por no haber estudiado la noche anterior, al mismo tiempo que percibía un abrasador calor en mis mejillas de infancia enrojecidas como los rescoldos de la lumbre.
    Tras zozobrar al situar el Ebro en Andalucía y el Guadalquivir en Aragón, con las consiguientes mofas de mis compañeras de clase, la profesora me mandaba a mi pupitre entre alguna regañina:
    -Siéntese señorita López y para mañana estudie la lección que le volveré a preguntar –me decía con tono adusto.
    Después de la clase de geografía teníamos música, cuando hacía buen tiempo el patio del recreo se tornaba en el aula donde las hojas de las enredaderas titilaban en la florida primavera con la suave brisa; si bien en geografía era una autentica nulidad, en música sobresalía, debía ser que tenía vena de artista, Doña Agueda siempre me solicitaba que entonase alguna canción. Yo con mi voz de almíbar me arrancaba con alguna melodía campestre:
    “Ya vienen los segadores, vienen riendo entre alegres cánticos por la buena siega. La mies dorada…”
    j. mariano seral

  14. LA REBELDE

    Parecían tristes fantasmitas cortados por idéntico patrón: mismos babis, mismo corte de pelo, mismo rictus y misma pose forzada. Así las obligaban en la escuela, donde enseñaban a las niñas lo fundamental para ser futuras buenas esposas. A todas, menos a la única que, según mi abuela, no quiso salir en la foto. Se llamaba Esperanza.

  15. SIEMPRE LES QUEDARÁ PARÍS

    Una de estas niñas tan aparentemente cándidas (A partir de ahora la llamaremos M.V.) se convirtió (apenas diez años después de que se tomara esta melancólica fotografía) en la mayor asesina en serie del Estado de Wisconsin. Dicho así suena a anécdota, pero resulta un dato inquietante si tenemos en cuenta que Wisconsin es el mayor nido de sicópatas, homicidas y sheriff corruptos de todos los Estados Unidos. No diremos a cual de ellas pertenece ese siniestro record (está muy feo eso de señalar con el dedo), pero sí digamos, a modo de pista, que es la que tiene la mirada más lánguida, como Bogart en Casa Blanca. Quizá por eso, a cada una de sus víctimas les escribía con sangre la palabra “París” en el pecho, la misma sangre que aún manaba de su recién descosido cuello. M.V. aún guardaba esta fotografía cuando fue detenida por la policía tras su última matanza: está claro que los asesinos en serie acaban enloqueciendo de pura melancolía.

  16. Fruta madura
    Abandonaron el árbol en racimos. Jugosas, maduras, turgentes, turbadoras; en su ideal punto de sazón. Bailaron sobre la arena del patio la danza de la cosecha; despreocupadas, alegres, candorosas, con una imprecisa sensación de libertad. Parecía una buena añada, de carnes prietas y trazo delicado. Arrancados los babis de colegiala y engalanadas con telas de seda o satén, unos zapatitos de tacón las haría parecer mayores y complacer así el gusto de nuestros usuarios.

  17. DISRUPTIVA
    Estimado señor Sánchez:
    Lamentamos comunicarle que su hija ha sido expulsada de nuestro centro por las continuas conductas contrarias a las normas de convivencia. En las últimas semanas, han llegado a esta dirección varias quejas respecto a la conducta disruptiva de la señorita Sánchez. Por ejemplo, a su profesora de Economía Doméstica le dijo literalmente: “No encuentro ninguna utilidad en aprender estas tonterías”. El profesor de Literatura tuvo que expulsarla del aula porque se quejó delante de todas sus compañeras de los textos de lectura obligatoria en la asignatura. Su hija tuvo la desfachatez de proponerle que incluyera en el programa lujuriosas novelitas francesas. Al padre Colunga, profesor de Religión, su hija le escandalizó con ciertos comentarios acerca de nuestra Santa Iglesia que prefiero no repetir. Por todo lo anterior, su hija no podrá regresar al centro hasta dentro de dos semanas. Tengo que advertirle de que en el caso de que dichas conductas se sigan repitiendo en el futuro, la señorita Sánchez podría ser expulsada de manera definitiva.
    Agradeciéndole su atención, atentamente le saluda
    Cástulo del Río Campos, director del Colegio Santísima Trinidad

  18. TRECE BAILA A CHOPIN

    Dieciséis les pareció a todos que era un número apropiado. Sus padres eran médicos o zapateros, vicarios o reclusos. Sus madres, rubias o morenas, cobraron bien por hacer posible aquel sórdido experimento. Niñas que nunca vieron otro universo que el que abrazaban aquellos muros, ni escucharon otros pájaros que los que año tras año volvían a visitarlas. Nunca vieron un varón, ni besaron bocas ni acariciaron otros cuerpos que los suyos.
    Los domingos, a la hora del Ángelus, sonaba una mazurca que bailaban al aire libre, por parejas. Siempre la misma, durante casi un siglo entero.
    Trece fué la última superviviente. Bailó sola durante casi una década. La añoranza de las que fueron desapareciendo era ya indolora cuando se desplomó un día en el patio mientras sonaba Chopin. Dejó que sus rodillas cedieran a sus 99 años mientras sostenía en alto su mano, que seguía levantando cuando danzaba buscando otra a la que agarrarse.

  19. El blanco del uniforme

    Me he preguntado durante muchos años por qué la abuela guardó esta foto en un cajón y no nos la enseñó nunca. Una imagen tan bonita, tan armónica, una escena de juegos infantiles o de bailes, de alegría, en resumen.
    Poco importa si la pared del fondo, desgastada, es la de un internado, que imagino lóbrego y húmedo. La disciplina, expresada en la uniformidad blanca, tampoco debía ser tanta, pues se percibe que cada babero tiene un largo diferente, son de distintos colores los calcetines y los zapatos, así como también la forma de cogerse las manos: algunas se alzan como puños al aire, otras apenas sobrepasan del hombro.
    Me pregunto por el método de selección de esas parejas, si fue por orden alfabético, por decisión arbitraria de la maestra o tuvieron la libertad de escogerse unas a otras. De todas formas, se nota que algunas son felices y otras no. Lo aprecio en las poses y en las sonrisas, en la rigidez de los puños apretando los vestidos. No encuentro relación, aunque la he buscado, en la alegría de los rostros y la indumentaria. Existen niñas felices con baberos muy cortos, aguantados de un año para otro, y con un largo excesivo, tal vez heredados de hermanas mayores.
    Mi abuela, por cierto, lleva un uniforme de su talla, zapatos negros, sin calcetines o con medias finas. Alza la mano de su compañera, casi forzándola, como si aquella no quisiera participar de ese juego, y aprieta el puño contra el vestido. No sonríe. Tal vez estaba allí a la fuerza, en aquel internado, con esa niña, o le disgustaba ese baile. Esa foto resumiría entonces su infelicidad, le recordaría algún episodio que siempre deseó borrar de su memoria. Por esa razón, quién sabe, nunca nos habló de esos años, de sus compañeras, de sus instructores, de lo que hacían allí. Ella, que nos lo contaba todo.

  20. DEL DIARIO DE MI ABUELA

    “Nos educaban para ser obedientes. Muchas resistimos lo que ningún hombre habría soportado. Solo Pilar cumplió su sueño y tuvo una vida propia. Hoy he ido al geriátrico a despedirme de ella. En sus pupilas siguen bailando los focos del cabaret.”

  21. CRÓMATICO IMPAR

    No tenía sentido. Pares, nunca impares. Mujeres, nunca hombres. Vestidos recatados y distantes de locura desatada, de colores, de trasparencias, de brevedad en una tela.
    No tenía sentido esa foto. Blanco y negro como el alma, como el latido que no cesaba en el contacto de unas manos que sudaban ruborizadas al roce de la piel.
    Una imagen opaca captada en el instante de una etapa de vida que acababa.

    A la brevedad de abrir las puertas se oyó una inmediata clausura a nuestra espalda.
    Todo quedó en un silencio contenido.

    Ahora, al observar la fotografía recuerdo las palabras de sor Prudencia: “Tras este muro solo hay pecado, lujuria, vanas oraciones y falsas promesas. Cuídate mucho de caer en las tentaciones”.

    Un sorbo de whisky y una profunda calada disipó sus viejos consejos. Me vestí despacio, sin quitar la mirada al espejo que reflejaba un cuerpo masculino a mi lado, una sonrisa impar y una paleta cromática capaz de mezclar las más atrevidas sensaciones.

  22. LAS ESCLAVAS
    Al principio, en el colegio “Las Esclavas”, nos enseñaron a jugar a las damas: aprendimos las coordenadas cartesianas y los bailes cortesanos de salón, para situarnos a escala en el plano social, y así, ser la distinguida señorita y la perfecta esposa que se esperaba de nosotras; aunque, en el último curso de primaria, cuando entró la nueva directora, algunas cosas cambiaron. Al principio, aterradas de antemano por el resto de hermanas, temíamos el látigo; pero, cuando nos hizo llamar una por una a su despacho, y abría aquella caja, con el extraño crucifijo que ocultaba tras los hábitos, sor Presa nos desveló los placeres prohibidos de la vida.

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