Viernes creativo: escribe una historia

Guardar o borrar, ¿qué podemos hacer con los recuerdos, con el pasado? Traigo esta imagen de la artista Lorena Cosba para que os inspire vuestras historias.

Lorena Cosba

Lorena Cosba

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22 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Mira que han pasado hombres por mi cama pero cada vez que uno me pide una goma para poder penetrarme me acuerdo de tu barba en mi entrepierna, de cómo erosionaba tu pecho depilado mis pezones, de tus nalgas de gimnasio, y no puedo sino sacar del cajón la única goma que me ayuda a olvidarte.

  2. “Borrón y cuenta nueva”. Es muy fácil decirlo pero… ¿cómo borrarte a ti, malnacido? ¿cómo eliminar los zarpazos, los múltiples arañazos con los que has marcado mis manos y mi rostro? Todos dicen apreciarte y yo no acabo de entenderlo. Para mí eres un ser despreciable y maldigo la hora en que llegaste a mi vida. ¡Maldito minino! El día que tus siete vidas se acaben será el comienzo de mi libertad. No ansío nada más.

  3. Maneras de olvidarte

    He probado con gomas de nata, milán e incluso las de bolígrafo, grises, que destrozan el papel y llenan todo de virutas. Con typex no tuve mejor resultado, reaparecías cuando se secaba. Tampoco la pintura al agua, las temperas, o los colores acrílicos. Ni siquiera el gotelé, a pistola. Juro que intenté matarte con grumos de pintura, pero te convertías en un monstruo bello, lleno de aristas por las que volver a trepar. Por fin he dado con la clave, he probado conmigo y mira, ahora sí, estamos a punto de desapar

  4. ERES EL COLOR DE MI VIDA

    Estaba harto de aguantar las quejas de mi madre porque tenía que frotar los cuellos de mis camisas, cuando decidí trasladarme a vivir al apartamento de Rosa, mi novia.
    Nos queríamos mucho. Me parecía tan atractiva con su larga melena de color rojo intenso.
    En las cuestiones domésticas nos tuvimos que poner de acuerdo. A mí no me importó encargarme del lavado de la ropa y para ello me asesoré al comprar los detergentes adecuados, utilizar la temperatura según los tejidos, el tiempo de lavado…etc.
    Ella era pelirroja, pero de bote y desprendía color. Si, si, en el sentido literal de la palabra. Es decir, cuando sudaba desteñía e iba dejando rastros estampados allí donde rozaban sus cabellos.
    Era complicado borrar las huellas del tinte en la ropa. Me acordaba de mi madre, pero lejos de rendirme busqué otras soluciones. Utilicé todo tipo de gomas de borrar desde la Milán hasta la Pelikan pasando por las Rotring o las Staedler y nada. Acabé comprado fundas de almohada desechables y camisas cuello Mao.
    Hasta que todo esto pasó a la historia.
    Rosa, hoy luce una despampanante melena rubia.

  5. Empezar otro nuevo curso

    Cada año, al empezar un nuevo curso mi madre me compraba una goma de borrar; siempre era una Milán, rectangular, perfecta, impoluta. Pero al acabar el curso, mi Milán tenía una forma redondeada, con sus filos desgastados y la suciedad impresa en su cuerpo.

    El año que te conocí yo también me sentía esbelta, perfecta, impoluta; sin embargo, ahora busco la manera de borrar tus recuerdos. Me dejaste con la mente y el cuerpo desgastados, con la suciedad de tus manos impresa en mi piel.

    Tal vez mañana vaya a la papelería y me compre una nueva Milán; quizás así logre sentirme otra vez una mujer digna de cariño, una mujer con derecho a empezar un nuevo curso.

  6. Vacaciones en Milán
    Fue un viaje chulo. Aunque rompiéramos después. A lo mejor influyó que intentáramos dejar de fumar allí. Sí, ahora visto, fue una decisión estúpida. Aquel par de broncas fuertes. Llegamos a chillarnos por primera vez. Sería la ansiedad. Aunque follamos mucho también. Todos los días. Como hacía tiempo. Para combatir la ansiedad quizá. ¡Jajajajaja! ¡Qué semana más loca! ¿Por qué no haríamos fotos? ¿Sería una premonición? Me gustaría poder abrir el álbum y vernos posar juntos en la Catedral o en el Scala o en la Piazza Mercanti. Felices. Quisiera olvidar tu cara enfurruñada durante el viaje de vuelta. Tu enfado al tomar tierra. Tus desaires camino a casa. Tu urgencia por comprar tabaco en el primer bar. Tu desdén durante los días siguientes. El efecto cascada que nos llevó a separarnos. Y quedarme con lo bueno. He pegado en una cartulina una goma de borrar. Para guardar un recuerdo. De las de todo la vida. Milán. ¿De quién fue la idea? ¿por qué no Roma o Venecia o Nápoles? Igual porque no hay gomas de esa marca para poder borrar lo feo que nos pasó. También la última caja de cerillas que compartimos. ¿Te acuerdas? Cuando se acabaron decidimos no fumar ni un cigarro más. ¡Bien! Dentro he puesto la foto de Pascal, aquel chico italiano que me besó en el fotomatón del aeropuerto. Son tan fogosos. Tan espontáneos. Tú querías que la tirara y te pusiste muy burro. Pero besaba tan bien. Aunque entonces no te lo dije. Cuando vuelva de visitarle pegaré también los billetes de avión. Y haremos fotos; si es que nos da tiempo. Yo todavía no fumo.

  7. Retazos de una decepción

    Se llamaba Manuel. Regentaba un bar en un pequeño pueblo del Valle de Arán. Era un bar tranquilo donde los senderistas cargaban las pilas para después continuar con sus rutas. Nos enamoramos en el año 1998. Fui una de esas senderistas que, por casualidad, entró en el Oasis de Manuel. Un segundo, solo bastó un segundo. Esa clase de conexiones son inmediatas, miras, salta una chispa, vuelves a mirar y te deseas sin control, ni medida.

    Abandoné mi trabajo, mi casa y a la familia. Mi tierra natal y la poca cordura que tenía para regentar junto a Manuel su pequeño Oasis.

    Diez años después se abrió la puerta del bar y entró una mujer joven, llena de energía y de luz. En ese instante, en el que sus miradas se cruzaron, fui testigo de la chispa. Sin trabajo, ni vivienda y casi sin ahorros abandoné el precioso Valle de Arán.

    He buscado ayuda y los pasos han sido claros:

    “Una caja, un material frío y duro que no sea permeable. Una goma de borrar y una foto de cómo era el susodicho cuando le conociste. Borrar, borrar, quemar, aplastar y enterrar en un hoyo profundo”.

  8. VACÍO

    Mis manos se niegan a romper tu foto, a pesar de la profundidad de las heridas que has dejado latiendo en mi pecho, de lo que quema tu aroma ausente, y de lo mucho que duele el roce de tu silencio. Tal vez, es demasiado pronto para tener el valor de arrancarte de mis sueños y no llorar al despertar.

    He decidido que, doblaré todas mis vivencias contigo, las ocultaré en el lugar más profundo y esperaré a que el tiempo las borre, hasta que de nuevo brille el arco iris en mis ojos y ya no seas nada para mí, tan solo un recuerdo, algo vacío,

  9. Nunca te borrarás de mi pensamiento

    Sumida en un frio letargo. No me templa seguir viviendo solo con el recuerdo del calor de tu mirada cuando expresaba querencia; solo con el eco de nuestras risas despertando al alba para seguir amándonos; solo con una sombra viva que me acompañará hasta los más recónditos rincones por donde pise.
    La leña de nuestro hogar al igual que la pasión vehemente de nuestro primer encuentro, arde, y como tú, se tornará ceniza.
    No voy a poder borrarte de mi pensamiento. No voy a ser capaz de entender ni un solo ¿por qué?, ni voy a ser capaz de soportar que me dejaste un amanecer al estrechar la soga que rodeó tu cuello.

  10. COMO EN LA CANCIÓN DE LOLITA

    Sí, te olvidé. Te borré de mi casa y de mi vida. Vacié todos los recuerdos. Deshice todos nuestros álbumes en las noches en vela, echando al fuego todas tus fotos menos una. No dejé rastro de tus huellas en los armarios. Regalé tus camisas. Tus lustrados zapatos, tus trajes de domingo y tu colección de chándales de Adidas. Sí, te olvidé. Como en la canción de Lolita. Yo también me quedé con un amigo, sí, después de pedirme mil veces que saliera con él un día. Sí te olvidé, guardando una única foto en la caja de gomas de Milán. Te olvidé, pero sin dejar de amarte, nunca, nunca.

    ©MVF

    Canción: “Sin dejar de amarte” -Lolita
    http://www.bing.com/videos/search…

  11. AMNESIA

    Hoy cuando lo vi quise averiguar porqué mi corazón se había puesto bruscamente a palpitar como un loco, y al fin lo logré recordar, fue el amor de mi vida pero como todo lo olvidé, y justo cuando recordé quien era se borró otro recuerdo de mi mente y desde ese instante mi cuerpo olvidó… respirar, pero valió la pena morir de amor por él.

  12. Milán 412, por Luciano Doti

    Cuando viajamos a Italia, lo hicimos enamorados y llenos de entusiasmo. Vos me mostraste una goma de borrar que decía “Milan 412” y dijiste que durante nuestra estadía allá se revelaría el misterio de esa palabra y ese número. Yo intuí que era obvio que se relacionaba con la capital lombarda, pero no podía elucubrar nada más.
    Dicen que en el exterior las parejas se unen o se separan.
    Volvimos muy pronto y en vuelos diferentes. Te perdí, y unos meses después te perdió el mundo.
    Hoy vino tu hermana con una cajita que contiene una foto mía y esa goma; guardaste ambas cosas juntas. Quería devolverme la foto, y ya que la goma estaba en la misma cajita, me la trajo también.
    Nunca se revelará el misterio de “Milan 412”. Te llevaste ese secreto con vos, el día que el mundo y yo te perdimos definitivamente.

  13. Amaya Puente de Muñozguren

    Un niño con móvil
    Perdona que te escriba, Luis. Tu hijo, nuestro hijo, se fué ayer a la capital para comenzar sus estudios universitarios. Sé que has quedado con él para el fin de semana que viene, por eso te mando la foto de lo que he encontrado al abrir el cajón de su mesilla, Sí, ya ves, es tu padre el día que un coche se saltó un stop y arrolló su motocicleta, nuestro hijo debió hacer esa foto con el móvil cuando fué al depósito a reconocer el cadaver del abuelo, llegó antes que nosotros y le vió, pero nunca nos lo dijo. Por suerte a tu padre el casco le salvó de tener el rostro desfigurado, no así el resto de su cuerpo. No sé por qué motivo nuestro hijo pegó esta foto sobre una goma verde,tampoco sé por qué en la goma roja hay pegada una foto de tu novia y tú en el parque junto a la bici de Luisito. No la he querido dar la vuelta pero si la quieres te la mando. ¡Ah!, el ladrillo mellado es el que me tiraste a la cabeza la vez que discutimos porque te pedí el divorcio cuando el niño me dijo que te besabas con una chica en el parque y tú juraste que era mentira…Ya ves, el móvil que le regalaste a nuestro hijo me ha contado la verdad.

  14. Culpable

    Hace algo más de veinte años perdí a Martin, mi pequeño, en un centro comercial en vísperas de Nochebuena. En un primer momento, pensé que lo encontraría en la tienda de golosinas, cerca de las escaleras mecánicas que tanto le hipnotizaban o en la sala de cámaras con un paternal vigilante. No fue así y tras cinco horas de búsqueda infructuosa, al borde de un ataque de nervios, regresé a casa huérfano de hijo y abatido sin poder mirarle a los ojos a mi esposa. Al día siguiente, como había procedido en infinidad de casos, soy policía, reconstruí el itinerario que habíamos seguido hasta que se separó de mi mano. Solicité los vídeos de todas las cámaras del centro comercial. Interrogué a unos y otros. Escudriñé palmo a palmo aquellas instalaciones. Empapelé todas las calles con su fotografía. Al cabo de unas semanas, mis compañeros me ayudaron a sentenciar que Martín había desaparecido sin dejar rastro, que nadie recordaba haberlo visto, como si la Tierra se lo hubiese tragado o como si nunca lo hubiésemos concebido. Mi mujer lloraba a todas horas y a veces me insultaba, otras me abrazaba. No me resigné ante los nulos avances de su desaparición. Solicité una excedencia en el cuerpo y, por libre, rastreé la ciudad, el país, el mundo entero. La de veces que me sumergí en una cloaca con el temor de toparme con su cuerpo putrefacto o la de suspiros de alivio que emití al salir de los forenses anatómicos. A los diez años, arruinado psicológicamente y recién firmado el divorcio, decidí volver a lo único que se me había dado bien en la vida: encerrar a asesinos, pederastas, violadores. Creía que así purgaba mi culpa y borraba mi pasado. La semana pasada, registrando el cuartucho de un psicópata, me encontré con la goma de borrar de Martin y la caja de cerillas con mi fotografía. Un día después, las hallé en la mesa del comedor. Horas después, estaban en mi mesa de comisaria. Ayer, su madre me las mostró en su caja de recuerdos del pasado. Hoy abandono el cuerpo, la vida.

  15. Al hilo de la memoria
    Amir dio un fuerte tirón al hilo de su memoria, tal fue el ímpetu del arrastre que no solo atrajo los recuerdos sumergidos en un retrato en blanco y negro, sino que afloraron en sus pupilas verdemar, lágrimas de hiel de un corazón malherido.
    Sus amigos intelectuales le decían que tenía memoria de papel, no porque fuese frágil, ni ínfima, sino porque volvía a trastabillar en el mismo escalón del pasado, como el hombre con el lastre de su historia.
    Siempre tenía los ojos contorneados por una claraboya violeta, eran esos recuerdos archivados aleatoriamente entre las carpetas y subcarpetas de su memoria que lo imbuían en una perpetua tristeza. Hasta que un día se envalentonó, asió con su diestra el báculo de mando y envió a sus neuronas al gimnasio de la convivencia, de la bondad, del saber valorarse, de la ilusión.
    Tras fortalecer la musculatura de su intelecto, volvió a tirar del hilo de su memoria y afloraron de nuevo lágrimas, pero en esta ocasión de alegría por los recuerdos de felicidad que la vida le ofrecía en el día a día.
    j. mariano seral

  16. Días borrados
    El día en que mi padre murió, nadie vino a buscarme a la escuela. Me quedé sentado en la escalinata de la entrada cuando ya todos se habían marchado. Esperando. Podría haberme asustado, pero no lo hice. Solo me puse un poco nervioso. Saqué mi goma Milán blanca del estuche y la fui comiendo a pequeños mordiscos. Siempre lo hacía cuando algo me perturbaba. Y que mi madre se hubiera olvidado de mí, era bastante perturbador. Cuando me la acabé, evalué la posibilidad de seguir con la rosa, pero no sabía a nata como la blanca. Ni siquiera a fresa. Era más áspera y se te quedaba pegada a la garganta sin terminar de subir ni bajar. Ya lo había intentado en otras ocasiones.
    Era de noche cuando mi abuelo llegó agitado, con cara preocupada y me abrazó sin decirme nada, justo cuando estaba a punto de terminarme el Faber HB más pequeño.
    No me llevó a casa. Dijo que mamá me explicaría todo en cuanto pudiera y me dejó con mis primos y la chica que los cuidaba en casa de mi tía. Toni, mi primo mayor, que pasaba de la niñera, me dijo que lo acompañara a comprar tabaco y salimos a escondidas por la ventana de su cuarto.
    – ¿De verdad fumas? – pregunté yo admirado.
    – A veces – dijo encogiéndose de hombros como quitándole importancia.
    En aquella época era normal venderle tabaco a un menor, por lo que no necesitó disimular su acné adolescente para hacerse con un paquete de Marlboro y una caja de cerillas.
    Me llevó al parque y sentados en un banco me contó lo que había sucedido. No lloré. Solo deseé no haberme comido mi goma Milán blanca para poder volver a hacerlo y borrar todo aquello. Mi primo me puso un cigarrillo entre los labios y me dijo que aspirara.
    El ataque de tos me duró media hora. Pero gracias a eso había tenido algo en qué pensar que no fuera el cuerpo rígido de papá sobre el asfalto de una ruta lejana. Toni me llevó de regreso a su casa y me regaló el paquete de Marlboro y las cerillas. Yo los escondí al fondo de mi mochila y me fui a dormir con los pequeños.
    Los días siguientes los tengo borrados. Sé que me vistieron de negro. Sé que vi por última vez a mi padre, cuando ya no era mi padre. Tenía los ojos cerrados y la barba crecida. Sé que me comí una a una las cerillas masticándolas a escondidas entre rostros llorosos y palabras que no comprendía.
    Sé que guardé esa imagen de papá que querría no haber visto, en la caja vacía de cerillas.
    Sé que fue por aquel entonces cuando comencé a fumar. Por más que lo intentaba, no conseguía comerme los Marlboro.
    http://laletradepie.com/dias-borrados/

  17. CENIZAS DE PASIÓN

    Borraré cada segundo de gemidos y lágrimas, cada instante contenido en esa minúscula caja de cerillas, cuya llama encendía un cigarrillo tras un encuentro fogoso o un llanto desolado.
    Final de vida entre polvos y polvo, entre sábanas y féretros desmedidos de vida, muerte y placer consumido.

  18. EL BESO LETAL

    Llegaron a aquel apartamento siguiendo una pista tras la desaparición de Pascal. A juzgar por la ropa interior diseminada por todas partes, había estado habitado por una mujer adulta de complexión media. Sin embargo, nadie les recibió. Un suelo de vinilo despegado y un retrete se dejaban ver tras una puerta entornada sin pomo. Al abrirla, una cama de un cuerpo y una nevera oxidada ocupaban el resto de la estampa.
    Una persiana muy perjudicada daba paso a una impertinente luz primaveral que, ajena tan escalofriante escenario, bailaba con motas de polvo que parecían burlarse de los presentes. Además, flotaba aquel repugnante aroma de rosas que se había concentrado de forma desmesurada, tan espeso que no toleraba ser respirado sin provocar arcadas.
    No había televisor ni ningún otro electrodoméstico, pero no se trataba de un piso vacío sino ocupado por un inquietante desorden de cajas repletas de juguetes rotos y objetos que, siendo cotidianos, se habían vuelto espeluznantes. Fotos de caras enterradas dentro de cajas de cerillas, en la base de los ceniceros, en frascos de legumbres. Dos imágenes de rostros lívidos habían sido pegadas con celo donde un día estuvieron los ojos de un caballito balancín. Sin duda todos estaban muertos. Varones de mediana edad que visitaron aquella estancia en alguna ocasión y que al cruzar el vano de la entrada apostaron por no volver a despertar. Creyeron que valía la pena correr el riesgo y la suerte, como en una ruleta rusa malvada y atroz, les abandonó para dejarlos solos delante de aquella mujer. Observarla mientras se acercaba para darles el beso letal resultó ser un capricho que no debieron permitirse.

  19. El olvido imborrable

    Maribel tenía la costumbre de retratar a sus amantes mientras dormían. Les fotografiaba con esa cara de bondad, de felicidad tranquila, con la que los hombres descansan después de entregarse a sus mujeres.
    A ella, en cambio, le costaba más conciliar el sueño, e invertía las horas de insomnio en grabar sus caras y apuntar sus nombres en pequeñas cajas, como única forma de retener un poco del alma del que yacía en su lecho. De esta forma, no se desvanecían como sueños ligeros, nada más levantarse.
    Guardaba todas las cajas en un cofre bajo llave, del que rescataba alguna al azar los días de lluvia. Le era suficiente ver el rostro y el nombre para recordar a esa persona con todo detalle, desde la primera conversación hasta la última caricia, pasara el tiempo que pasara.
    Hasta que le tocó el turno a Pascal. Lo sacó de su caja y trató de acordarse de quién era. Por alguna razón desconocida, la foto no le decía nada. El nombre tampoco le daba ninguna pista sobre el personaje retratado, por lo que decidió borrarlo del recipiente. De esta forma pretendía eliminar cualquier rastro de aquel encuentro confuso.
    Volvió a depositar la foto dentro de la caja y a esta en el interior del cofre. Se quedó pensando que si el recuerdo puede ser perecedero, el olvido debería ser eterno.
    No debió de quedar muy convencida sobre esto último, cuando concedió al destino la oportunidad de rescatar aquel encuentro más adelante.

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