Viernes creativo: escribe una historia

«Tras el tsunami de Japón el 11 de marzo de 2011, nació el proyecto Salvage Memory Project con la intención de restaurar, digitalizar y restablecer a sus dueños las fotografías provenientes de álbumes familiares que se perdieron tras el tsunami.

El ejército japonés, junto con más de un millar de voluntarios, trabajó en la recuperación de más de 750.000 fotografías, de las que más de 400.000 fueron devueltas a sus dueños.

El artista japonés Munemasa Takahashi se dio cuenta durante este proceso de restauración de que había muchísimas fotografías que era imposible recuperar, estaban demasiado dañadas para poder ser devueltas a sus dueños. De esas imágenes nace Lost & Found, un proyecto que consta de más de 4000 fotografías en las que las imágenes se han desvanecido, en las que apenas algunos objetos son reconocibles.

Lost & Found nos recuerda que una simple fotografía puede tener un valor imposible de reemplazar, el de nuestra memoria, identidad, y lo más importante, nuestra historia y prueba de existencia».

(*Texto recogido de la Exposición en la Diputación Provincial de Huesca)

En sentido contrario, os pido que recuperéis una posible historia de una de estas fotografías irrecuperables, pero tan cargadas de simbología.

Lost & Found Proyect - Munemasa Takahashi

Lost & Found – Munemasa Takahashi

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24 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. La anciana agarra la foto con nostalgia. Apenas se puede apreciar una cara borrosa en ella. La inundación del año pasado dejó inservibles los recuerdos que había reunido, con tanto cariño, durante toda su vida. Esa foto era de ella, de su juventud. Ahora la tiene en su mano y siente una gran angustia. Siempre fue bastante supersticiosa y el hecho de que casi se haya borrado de la misma su rostro, le hace obsesionarse con la idea de su propia desaparición, de su muerte. Ya siente sobrevolar su cabeza la guadaña funesta.
    De pronto, la mujer decide tirar al suelo la fotografía. Se levanta de su silla y sale a su jardín. “Tengo que podar los rosales”, piensa, y en sus ojos se ve brillar la luz.

  2. Viernes de ceniza

    —Aparta
    —Aparta tú, me toca a mí. ¿No ves que es mi turno?
    —No —dice una tercera—, es el mío, ya es mi momento.
    Se amontonan los dedos, se confunden las huellas de las que fueron amigas mientras se buscan en la memoria de papel que los operarios apilan.
    Un bulto blanco se mueve hacia ellas, las obliga a apresurarse.
    —¿Soy yo? Creo que sí. Ese día llevaba el bastón de mi abuela con el uniforme, aunque…
    Dudas, certezas etéreas, miradas transparentes. Fuerzan su recuerdo en el momento de la fotografía quemada por la radiación.
    —¡No! ¡Espera! ¡Soy yo, no tú! El corte de pelo… ¿No me lo había cortado así yo para ese baile?
    Los gritos se confunden de boca, saltan de una a otra.
    El operario que, envuelto en plástico y que arrastra la pesada máquina de respiración artificial, recoge escombros, se acerca al grupo que debate sobre si son o no. Ese operario, indiferente, las atraviesa y se lleva esa foto y un montón más. Se detiene. Cree sentir cómo tres o cuatro gritos endebles le increpan. Mira a su alrededor. Está solo en el cuadrante asignado para limpieza. Los vapores y los gases, piensa, y el aire, que debe estar endemoniado, se dice. Baja la cabeza, se mete de nuevo en la faena y termina de recoger la basura. La mete en el cubo especial y la lleva al incinerador.
    —¡No la quemes todavía! —lloran— ¡Tenemos que saber si somos o…!
    Una llama azul explota y termina la protesta.

  3. Memoria borrosa

    En medio de la exposición un hombre contempla afligido una de las imágenes expuestas. Debe tener más de ochenta años, menudo y algo encorvado, sujeta un sombrero con ambas manos y lo estruja contra el pecho. Saca un pañuelo blanco del bolsillo y se enjuga las lágrimas que han empezado a brotar sin control.

    El resto de la exposición pierde sentido para mí, los fotógrafos, el servicio de catering, las muestras de admiración al presidente de la asociación que la organizando el evento. Nada, nada capta mi atención salvo ese hombre mayor y su pena.

    Me acerco en silencio por detrás y contemplo la imagen. Está destrozada, el agua la ha deteriorado casi por completo. Se intuye la imagen de varias mujeres. Me coloco a su lado y le miro con compasión. Él me devuelve la mirada. Sigo contemplando la fotografía en silencio, no me atrevo a decir nada, pero tampoco puedo dejarle allí solo. Continuamos los dos en silencio, él más sereno me mira y en un inglés perfecto me dice:

    —Son mis hijas en la boda de su hermano. Se casó con una chica de buena familia, celebraron una ceremonia preciosa. Mi mujer y yo estábamos felices. Mis pequeñas, tan guapas. Los vecinos se burlaban. Solo sabes hacer niñas, hasta que llegó el varón. No estuve con ellos, ¿sabe? Viajé al interior a visitar a un familiar. Ninguno quiso acompañarme, estos parientes míos no es que fueran muy agradables. Ojalá y me hubiera tragado el mar, como a todos ellos…

  4. – Que no, que no, que no es la abuela. ¿Cómo va a ser la abuela tan joven?
    – Cariño, la abuela fue tan joven y más que tú, aunque ahora la veas mayor…
    – Pero ¡qué dices! La abuela tan joven no es abuela, y esa foto tan vieja será abuela, pero no es de la abuela.
    – Mira, si hasta tiene las manos cruzadas como las tiene ahora mismo en su mecedora.
    – Será su madre entonces, porque lo que sí se ve es que se le parece.
    – Pero qué cabezota te pones. Si te digo que es la abuela es que lo es porque yo la conocí como parece que aparece en esa foto.
    – Además tiene los ojos abiertos y ella nunca los abre.
    – Bueno, te voy a contar un secreto. Los ojos de cristal no le sentaban bien, nos asustaban un poco, así que se los dejamos cerrados cuando encargamos momificarla.

  5. CUANDO LOS RECUERDOS SE DESVANECEN
    Mis hijas yacen como sombras difuminadas en mi nebuloso pensamiento. Me duele el vacío de su ausencia. A veces creo que solo vivo de recuerdos:
    La radio era el centro de nuestra atención.
    Mis cuatro hijas bailaban al compás de la música de su emisora preferida; cantaban felices el anuncio de aquel negrito del África tropical del que se sabían toda la letra. Por las tardes, mientras yo cosía y escuchaba mi programa favorito, ellas hacían los deberes y se ayudaban unas a otras. Cuando llegaba su padre, todos callábamos a la hora en punto, para escuchar los boletines oficiales de las noticias de actualidad en Radio España de Barcelona.
    La radio llenaba nuestra vida.
    Hoy es lo único que me queda.
    En mi mesilla de noche, antes de acostarme, giro el botón y sintonizo las emisoras. Las escucho. No las reconozco.
    No encuentro a Elena Francis, ni a Ama Rosa con la voz melodiosa de Juana Ginzo, ni oigo a mis hijas cantar el anuncio del Cola Cao, ni los boletines que escuchaba mi marido…
    — ¡Señora, señora! Apague la radio de una vez. Deje que le cambie el pañal y a dormir.
    —¿Por qué me grita esta mujer vestida de blanco?

  6. Foto velada

    Haru fue la primera en borrarse. Fue presa de un mal amarillo después de su boda con un mercader de telas que la envolvió en seda recién tejida. Después fue Chieko, que en la foto ni sonreía; se desvaneció después de tocar el shamisin quince horas seguidas en el seijin shiki y nunca reapareció. Kaori se quedó muy pálida, hasta eclipsarse por una pátina blanca, cuando aquel amigo suyo se fue a Ehime y no volvió. Tsuru, Matsuko, Nyoko y Aki se difuminaron levemente una noche de luna menguante y aunque la luna desapareció y volvió a crecer, ellas no recuperaron la nitidez. Yo no pude ir a la fiesta, por eso no salgo en la foto. Aunque siempre agradecí que me hicieran una copia.

  7. PIRUETAS

    A duras penas mantiene la vieja foto entre sus temblorosas manos, el tiempo poco a poco va desvaneciendo los colores del deteriorado papel fotográfico, al igual que el viento del olvido ha arrastrado sus recuerdos. Para ella hace muchos inviernos que todo es grisáceo y amargo, solo vive de evocar aquellos instantes, aquellas acrobacias… aquellos golpes…
    Vuelve a meter la instantánea en su sobre, lo acomoda bajo el cojín de su silla y sale al jardín. Por cierto, debe decirle a su sobrino que las ruedas hacen ruido al girar.

  8. SIRENAS

    Se inundan de mar sus ojos rasgados, al mirar una y otra vez la misma vieja fotografía, mientras la sostiene entre sus temblorosas manos. En ella han dejado huella la fuerza devastadora de un tsunami y el inexorable paso del tiempo, así como la de sus dedos húmedos de añoranza, al saber que ésta es lo único que le queda de toda una vida. Al verla, recuerda aquellos tiempos en los que la amistad y el sentido del honor, por no fallar en las acrobacias, unía a las cuatro amigas. Orgullosas posan para el recuerdo, ajenas de su destino.

    Tras los colores otoñales que se han adueñado de la imagen, se desvanecen sus rostros inexorablemente, igual que las vio desaparecer bajo del mar, como sirenas, aquel día…

  9. En noviembre competimos en Hokkaido. Hacía muchísimo frio. Lo recuerdo porque se empeñaron en fotografiarnos una y otra vez, en el pabellón, mientras afuera caía la primera gran nevada. Esa fue la noche que lo cambio todo.
    El patrocinador solo había encontrado alojamiento en un hotel de máxima categoría, lleno de turistas de la capital que venían a disfrutar de la nieve. Era famoso por su cocinero, que había hecho llorar a un ministro europeo con un plato local a base de pescado.
    Era la primera vez que volvía, desde que trece años antes la familia se mudara al sur. Allí empece con la gimnasia, las dietas, los viajes… en fin, la disciplina. Pronto entraría en la facultad de derecho y, además, las Olimpiadas estaban cada vez mas cerca. En eso pensaba, y en mis pies doloridos, cuando un aroma desconocido desde la mesa me hizo despertar. Busque con la mirada y comprobé que no era más que una sopa de fideos. Al primer sorbo tuve una sensación extraña, una especie de mareo ligero, como un chorro de agua caliente acariciándote la espalda. Después, la cebolleta me hizo sentir la tierra del jardín de mi abuela bajo mis pies, el pescado, la caricia de su mano áspera, el tofu, el sol de invierno en la cara a través del cristal… Volví a tener cinco años en la aldea de Hokkaido en que nací, ninguna presión y ninguna responsabilidad. De algún rincón, empezó a emerger todo aquello que estaba escondido, la niña indisciplinada y feliz que algún día fui.
    Esa misma noche decidí que dejaría la competición y que no quería estudiar derecho. Aun no sabia como decirselo a mis padres, pero deseaba aprender la magia de devolver a los hombres y mujeres sus almas infantiles. Solo quería ser una cocinera feliz.

  10. Damas, por Luciano Doti

    Las mujeres posaron elegantemente vestidas y manteniendo una impuesta compostura. Dentro de ellas, sus deseos pujaban por salir. Algunos de esos deseos eran manifestaciones de sus más bajos instintos.
    Lo reprimido se expresa tarde o temprano, se somatiza en el cuerpo, y si no, en el mundo. Cuando la naturaleza es bloqueada por lo cultural, ésta se expresa aun con más fuerza.
    El tsunami arremetió contra todo. Tanta energía reprimida generó un vendaval de agua y viento. Tembló la tierra.
    Superado el percance, la foto de las mujeres fue hallada en el lodo; para entonces mostraba unas manchas en tonos amarillos y rojos, como el fuego de la pasión y de los más bajos instintos.

  11. Arrancando un recuerdo donde ya no queda nada

    El viento la arrojó a mis pies, como un humilde y desesperado acto para no olvidar.
    La recogí con cuidado e intenté descifrar el secreto que se escondía detrás de las manchas de humedad y barro. Una fotografía extraviada en la memoria del tiempo, llegando a mis manos por un error del destino.
    Cuatro miradas de cuatro mujeres que apenas podía reconocer.
    Cuatro silencios que luchaban por no sucumbir en el destierro del mundo, por no morir sin una historia digna de ser contada.
    La acerqué a mi oído, con la esperanza de un susurro que me ayudara a deshilvanar un recuerdo. El silencio fue demasiado perfecto. Tan perfecto como el capricho del Universo, borrando pasados, perdiendo momentos o quizás regalando otros nuevos.
    Cuatro almas que me pedían ayuda. Tranquilas, ya están a salvo, pensé, mientras guardaba el retrato dentro de mi cuaderno. Pronto serán otras, pronto escribiré una historia que las despierte para siempre.

    24 de Marzo, 2017.
    Silvana Alexandra Nosach

  12. Siempre juntas

    Eran jóvenes. A pesar de su corta vida llevaban mucho tiempo allí. Demasiado tiempo esperando ser descubiertas y elegidas. Demasiadas sonrisas ensayadas frente al espejo, demasiadas funciones ejecutadas con esmero ante las visitas.

    Tantos años compartidos forjaron una promesa. Si no salían de allí hasta ser adultas se irían juntas. Vivirían juntas y formarían una familia. Una familia compuesta por ellas mismas. Así me lo dijeron. Así me gusta recordarlas. Siempre juntas.

    Después de la hecatombe, tras meses de infructuosa búsqueda sin hallar rastro de ninguna de ellas, sentí la necesidad de visitar el lugar. El orfanato había quedado reducido a un montón de ruinas. Entre los escombros me llamó la atención una foto medio velada que, misteriosamente, seguía conservando la imagen de las cuatro chicas; las cuales, en medio de un caos amarillento, miraban a la cámara con tristeza, casi con un gesto de despedida.

  13. No soy quien fui.

    Van trescientos sesenta y tres días desde que vivo aqui.. Los he contado todos uno por uno.
    Van quinientas fotos que me exhiben y las he mirado con atención; me he tomado el tiempo necesario, examinado cada detalle de esos rostros extraños.
    Ninguna de ellas me devuelve mi memoria.
    Sigo sin saber quien soy.
    Los días seguirán transcurriendo de uno en uno.
    Las fotos seguirán desfilando sin identidad.
    Estas paredes blancas que hoy son mi hogar,pueden ser todo lo que tenga.
    No quiero más que eso. Se que no hay más.

  14. Llevo tres meses recuperando negativos de fotos antiguas, algunas tienen más de cincuenta años, otras sólo veinte. El incendio de la casa lo convirtió todo en cenizas, todo menos las dos cajas metálicas en las que guardaba los negativos de la vida familiar, las bodas de mis hermanos, la mía, los bautizos, comuniones y cumpleaños de niños, mayores y hasta de la visita al cementerio de Derio para hablar con mis abuelos en el panteón familiar. Es una sorpresa y una alegría recuperar fotos en las que reconozco a todos, o casi todos los personajes que se reflejan, pero las que más duelen son las que se ven a medias, las que se destiñen por el calor sufrido y en las que los ojos buscan el reconocimiento de alguna escena mágica que haga sonreir los labios y palpitar el corazón. Al fin y al cabo una fotografía es eso, un latido de felicidad parado en el tiempo.

  15. Imprecisa

    Llenaste mi espacio enriqueciendo mi vida. Hiciste de cada instante de amor un mundo que alimentaba el alma. Y ahora que me queda el único vestigio tuyo, como una huella en el abismo del olvido, con mi pensamiento al recordarte te daré vida.
    Me da escalofríos tu eternidad.

  16. La vida siempre te sorprende
    ¡Adoptada!, ¡adoptada!,… como mil olas embravecidas que rompen con furia contra el vertiginoso acantilado, resonó una y otra vez el eco metálico de dicho vocablo latescente en el interior de la estancia de su intelecto.
    A sus cincuenta años, Marina, cuando ya creía que pocas cosas le podían sorprender, la vida la conmovía. Toda su trayectoria profesional consagrada a la enseñanza como profesora de historia en la universidad de Massachusetts, en su curriculum varios galardones y reconocimientos por sus rigurosos trabajos sobre el pueblo quechua, y en estos momentos una fotografía le revelaba que desconocía la historia de su propia vida.
    Tras cuarenta y cinco años en tierras estadounidenses, regresaba al país que le dio cuna, a España, para desvelar los entresijos de su pasado, en su voluminosa maleta un retrato difuminado y un documento de adopción, celosamente guardados en el viejo caserón donde pasó su feliz infancia con sus adorables padres, que ahora descubría que no eran los biológicos. Marina susurraba entre dientes con una sonrisa: “La vida siempre te sorprende y las cosas siempre ocurren por algo”.
    j. mariano seral

  17. Tía Margarita, ! qué pena que las lluvias de esta primavera se hayan llevado tu álbum de fotos! . En esta fotografía, ¿te acuerdas que la hicimos el día de la Virgen de Agosto, en la Feria? !Qué tiempos aquellos! Aún estábamos todas: tú, mamá, Amelia, Martina y yo. Todas luciendo la ropa que nos habíamos comprado para lucir en la fiesta. Recuerdo que mamá y tú todavía no os habías enfadado y que no hacíais más que darnos consejos.! Cuidado con Luís, que es un Don Juan!! Daos a respetar y portaos como unas señoritas que ya sabéis que en los pueblos todo el mundo habla!! Ojalá volvieran! Así, mis hermanas y yo podríamos seguir disfrutando de una familia y no tendríamos que visitar a nuestra madre en la cárcel, después de que en un arrebato de ira matara a papá al verlo contigo en la cama.! Quién pudiera rebobinar el tiempo como si de una película se tratara para volver a aquellos momentos, tan efímeros pero en los que fuimos felices!

  18. Gastronomía razonable

    El club del lazo amarillo fue una organización secreta que tuvo su punto álgido en la segunda mitad de la década de los años veinte. No se conoce muy bien su actividad, pero existen ciertos indicios que apuntan hacia una reforma radical de la cultura japonesa, comenzando por la gastronomía, en la que intentarían introducir el ajo morado de las Pedroñeras.
    En la única foto que se conserva, solo es posible distinguir a cuatro de sus miembros, que guardan la boca bien cerrada y tienen el semblante serio, como si el hecho de sonreír fuera suficiente para emitir efluvios pestilentes. Algunos expertos postulan que aquellas pioneras recibieron aquel mismo día un áccesit, algún tipo de premio menor que la chica situada abajo a la derecha sostenía con poco entusiasmo, una especie de palo rematado con un corazón de alcachofa en un extremo. Tal objeto recuerda el báculo perdido del último emperador de la dinastía Yoshida, de cuyos restos apenas habla la historia. Ese instrumento debió ser el responsable tanto del fin de la estirpe como de la desaparición de aquella asociación cultural.
    Otra posibilidad remota que se baraja es que las chicas no lo estaban pasando bien en la fiesta, que alguna se veía fea y decidió destruir la foto, esperando, con la consabida paciencia japonesa, a que el tsunami hiciera su trabajo. Una opción poco probable, teniendo en cuenta que hasta la fecha, el ajo morado no ha conseguido el lugar que merece en la cocina nipona.

  19. Los turistas

    Consternados llegamos al pueblo, cargados de equipaje y con las cámaras fotográficas aun colgadas al cuello. A nuestro paso, los vecinos detenían sus labores de limpieza y nos clavaban sus miradas de desprecio. Nosotros bajábamos la cabeza sin responder a los murmullos. En nuestro recorrido, nos encontramos con restos de barcos en las calles, ballenas moribundas en busca del mar, centenares de ataúdes blancos. Sin embargo, no vimos el colegio ni la avenida Nagano. Todo era barro y destrucción. Aun así confiábamos en que nuestra casa se mantuviese en pie. Jamás hemos visionamos las fotografías de aquel viaje por Europa.

  20. SACRILEGIO HISTÓRICO CIENTÍFICO

    A veces, mientras manejo el tampón de clonar, algo místico se apodera de mi voluntad. Durante estos paréntesis fugaces y extraños, percibo a través de grabados cómo algunos espíritus agraviados quieren escupirme. Me gritan que mis pupilas cometen sacrilegio invadiendo intimidades ajenas tras un escudo de impunidad histórico científica. Fotografías insumisas, arrogantes. Son mis preferidas.

    Otras, por el contrario, en lugar de hostilidad exhalan instantes que me son arrojados, como lo haría un superviviente hacia un salvavidas, para que no los deje hundirse en las tinieblas del olvido. Mudas y afables, agradecidas de que les preste mi memoria, relatan minuciosamente la esencia de un momento atrapado en papel leptográfico.

    Solo en beneficio de la humanidad decidí hacer de su custodia mi sino. Cuando alguno de estos daguerrotipos requería mi atención yo adquiría su curatela con la mejor de las intenciones, la detraía del anodino montón y la salvaguardaba en mi bolsillo para evitar que la historia que entrañaba se extraviase para siempre.

    Ese es el motivo, señor juez, se lo aseguro. Que estas piezas estuvieran en mi poder nada tiene que ver con que se trate de imágenes de incalculable valor en el mercado ni con su posible enajenación con ánimo de lucro. Eso solo son falacias que, incluso tras mi sincera explicación, sigue sosteniendo incomprensiblemente el ministerio fiscal.

  21. INSTANTÁNEA SOMBRÍA

    Ni la fuerza de la naturaleza logró borrar del todo aquella imagen. Permanecían intactas sus sonrisas tras la tragedia. Solo ellas sabían que lo velado era la realidad de la que huían cada día.
    Una instantánea que al completo desvelaba la angustia de ser sometidas, por su progenitor, a los juegos caprichosos de los soldados que las desnudaban de dignidad después de cada batalla.
    Tras la tempestad llegó su calma…

  22. HANAMI

    En la foto quemada por la radiación solo se aprecia cuatro de las ocho animadoras de baloncesto: Aiko, Daruma, Emiko y Hatsu. Casualmente las cuatro que sobrevivieron a la catástrofe de Fukushima.
    Cada once de marzo van juntas al cementerio y allí, bajo el cerezo en flor donde reposan sus compañeras, recuerdan el buen grupo que formaban y cuánto las aclamaban. Ya no han vuelto a animar a ningún equipo, ni tan siquiera salen a bailar como lo hacían, tan alegremente, unos años atrás.

  23. –Éramos seis: yo, tú, Sakae, Nozomi, Umi y… No me acuerdo de quién era la sexta.
    –No te acuerdas, Shiori, porque éramos cinco. Siempre fuimos cinco.
    –No, no. Estoy segura de que éramos seis… Ya recuerdo, Natsuki. La sexta era Yuka. ¿No te acuerdas de Yuka?
    –No. Yuka era la profesora de Economía Doméstica.
    –Sí, es verdad. Pero estoy segura de que éramos seis. Mira. El extremo de la foto está borroso. Falta alguien.
    –Si la hemos olvidado es porque no significaba nada para nosotros. Era nadie. Shiori, es mejor que pienses que sólo éramos cinco.

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