Viernes creativo: escribe una historia

Muchas veces, lo que parece más importante no se ve, está fuera de encuadre, como en esta foto de Christer Strömholm. Hoy os pido que contéis una historia sin contarla, con el foco en otra parte.

Christer-Strömholm

Christer Strömholm

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23 pensamientos en “Viernes creativo: escribe una historia

  1. Nunca he sido capaz de entender cómo la costura de las medias de una mujer no se tuerce, ¿acaso está pegada a la pierna? ¿o hay un nigromante estirándola? Ya no se ven muchas señoras con esos pantys, pero yo me quito el sombrero ante estas damas símbolo de la elegancia. ¡Cómo me gustaría que mi madre vistiese sus piernas bonitas de ese modo! Mi padre siempre dice que cualquier mujer, tenga las piernas como las tenga, siempre le lucirán preciosas si se las cubren con medias, en especial, si son oscuras o negras. Yo tengo que admitir que estoy de acuerdo totalmente con él. Es más, de ahora en adelante, solo hablaré a las chicas con sus piernas cubiertas por seda. Incluso cuando llegue el tórrido verano -si logro encontrar una mujer de esas características- le hablaré y le diré lo hermosa que es (mirando siempre a sus piernas, como es obvio…).
    Esta tarde se me ha cruzado una mujer con medias negras. No me ha gustado. Las llevaba rotas. Eso no se puede admitir, no. ¡Todavía hay clases!

  2. Recuerdo que nunca pude mirar a ningún artista de los que venían al pueblo a la cara. No por vergüenza ni miedo. Simplemente, no me daba la altura. Así que sólo podía disfrutar de los movimientos de las rodillas, de los quiebros de los tobillos, de los pies fatigados danzando al son de los pasodobles de la época. De aquel recuerdo, estas pasiones. Soy incapaz de excitarme si veo una pierna desnuda y quieta en la cama. Así que, como ya te he pedido, ponte las medias, los tacones, y baila encima del aparador mientras yo me llevo el orgasmo onanista a mi memoria.

  3. DELEITE

    No me gustan las masas, huyo de ellas como de un espagueti reseco. Se me despiertan ante ellas unos instintos misántropos que sé que solo valdrían para volverse contra mí mismo, así que evito inmiscuirme en procesiones, fútboles, mítines y demás carajo de calorcito humano que la mayoría parecen festejar.

    Pero toda moneda tiene su reverso aunque pueda tener el mismo aspecto que su anverso. Cuando era niño y mis padres me llevaban a misa, cuanto todavía era tan niño que aquello me parecía tan natural como la puesta de sol o los mocos de mi hermana, a la salida me sentía como un rey en el momento en que la masa me apretujaba en la puerta de la iglesia hasta el punto, glorioso para mí entonces, que yo podía dejar de andar porque ella, Ella, la masa humana liberada por Dios o el diablo en aquellos momentos, me apretujaba y tenía tal fuerza que me sacaba de allí entre sus duros algodones y su calor ciego lleno de aromas.

    La conclusión a que me ha conducido esta dicotomía entre infancia y madurez ha sido convertirme en el monaguillo de más edad de la parroquia junto a la que se encuentra mi casa. Con agnóstico desprecio del público que acude allí sábados y domingos, yo sirvo cada semana con delectación al cura cantarín que hasta me tiene un equivocado cariño que me asquea y parece recordarme con su aroma el calor de la masa de mi añorada masa infantil.

  4. ONLY YOU

     “TA-TA-TA-TA… SOLO TÚ…” Siempre esta canción, es la banda sonora de mi vida. Recuerdo cuando de pequeño desayunando en la cocina, mi madre tenía puesta la radio y escuchaba “TA-TA-TA-TA… SOLO TÚ HACES LA OSCURIDAD BRILLANTE…” y ella, mi madre, era mi luz.
        Crecí y conocí a mi primer amor, nunca olvidaré el día que nos dimos el primer beso en aquella cafetería de la Gran Vía y de fondo la rockola lanzaba al aire “TA-TA-TA-TA… SOLO TÚ ERES MI DESTINO CUANDO TOMAS MI MANO…” y ella, ella era mi vida.
       Nos casamos y por supuesto ese día también tenía que sonar “TA-TA-TA-TA…SOLO TÚ LLENAS MI CORAZÓN DE AMOR…” y ella, ella llenaba todo mi ser.
        La verdad ya le estaba cogiendo manía a la dichosa canción, por eso no entiendo quien ha sido el gracioso que ha tenido la genial idea de colocarme hilo musical en mi ataúd ya que durante toda la eternidad no dejo de escuchar “TA-TA-TA-TA… SOLO TÚ…” y bien solo estoy.

  5. MIS VIAJES EN METRO.

    Tengo que darme prisa. El último metro esta a punto de salir y hoy me he alejado bastante de casa. Una vez, yendo a un recado, me equivoque de estación y me pareció tan divertido estar en un sitio nuevo…y yo solo, que muchas veces lo hago. Sobre todo después de catequesis, porque voy obligado. Elijo una linea y me apeo en un lugar distinto cada vez. Me encanta el puerto con todos esos barcos, los puestos de los carniceros y el mercado de los pájaros. Este barrio es un poco raro, las señoras van muy arregladas y no es domingo. Me pareció que esta cantaba bien, pero al acercarme más, enseguida se puso a desafinar… La próxima semana voy a subir a la linea 3, pero hoy tengo que irme ya. Es un poco tarde, menos mal que mi padre los jueves tiene turno de noche, sino ya me ganaba un capón nada más entrar por la puerta. Espero que haya sopa para cenar, hace frio y tengo algo de hambre. Por cierto, que no se me olvide decirle a mama que la cantante llevaba un sombrero igualito al que tuvo ella el año pasado. Lo perdió. Me acuerdo de él porque tenía como un pájaro con plumas azules y blancas y a mi los pájaros me encantan.

  6. DESPERTARES

    El curso del 65 me estaba resultando muy aburrido. No lograba concentrarme. El invierno había sido duro, en el pueblo no sucedía nada interesante, todos los días la misma monotonía. Las únicas opciones de diversión eran, darle patadas fuertes a un balón para que, tras chocar con la pared, volviese rebotado hacia ti o hacer carreras con tu propia sombra.
    Pero llegó el verano y con él las fiestas del pueblo. De repente se llenó de vida, la gente ocupaba las calles y plazas, todo era fiesta y algarabía. Me llegaron las primeras notas, como ráfagas de viento, que me empujaron a correr hasta la plaza. Sobre el escenario, lleno de luces de neón, el grupo interpretaba una canción que nunca había escuchado.
    Un gran título, un riff cautivador, un gran sonido de guitarra que captaba muy bien el espíritu de aquellos tiempos y la inocencia de un niño que descubrió el significado de “Satisfaction”.

  7. Bésame mucho

    Mi abuela preparaba la cena, me miraba a hurtadillas mientras me preguntaba por el colegio. Con solo mirarme sabía que era de esos días en los que no quería hablar. Mi madre se había marchado de nuevo. Trabajaba todas las noches. A veces pasaban días enteros sin verla. Echaba de menos su voz y el olor a caramelo que desprendía su regazo. Me abrazaba tan fuerte que cerraba los ojos y era capaz de volar con ella, junto podíamos hacer cualquier cosa. Juntos nada dolía…

    Otra noche fuera. Me enfadaba, me enfurecía no tenerla cerca. Ese día el tonto de Fran había vuelto a molestarme. «Tú madre es una puta, se lo he oído decir a mi madre» y yo le pegué. Le pegué tan fuerte como pude, como pegaba a cualquiera que se metiera con ella.

    Esa noche me escapé. Había feria y no podía dormir. Recuerdo caminar entre la gente atraído por el sonido de una voz. Esa dulce y familiar voz que me empujaba hacía ella. Bésame, cantaba, bésame mucho, con una intensidad que eché a correr al encuentro de esa maravillosa canción que me había poseído dentro.

    Cuando llegué al escenario y miré hacia arriba, me quedé mudo, sin respiración. Incapaz de moverme. Mi madre cantaba y yo estaba tan lleno de orgullo que creí que iba a explotar. Tan elegante y segura. Todos a mi alrededor la admiraban como yo, pero era mi madre… Mi madre con su olor de caramelo y la voz más increíble que he escuchado jamás.

    No, mi madre no era puta. Era un ser único y excepcional. Desde ese día dejé de odiarla por no estar, el mundo tenía derecho a disfrutar de su talento.

    Mi madre. Mi madre se fue un día y no regresó. El coche donde iba se salió de la carretera. Cierro los ojos y soy capaz de escucharla cantar, subida en aquella tarima como una diva. Mi madre me enseñó que más allá del amor, está la naturaleza y contra ella no se puede luchar…

  8. Amoríos de tablao en un pueblo de Andalucía

    Mi padre me machacaba al acercarnos al escenario para que me fijara en aquellas piernas de mujer. Me decía que en el pueblo no había ninguna otra que las tuviera tan sexys como ella, que él lo sabía con certeza, y que, además cubiertas con medias caladas, esas que llaman de red, quedabas atrapado solo con mirarlas.
    A mí no me interesaban. Yo quería ver las otras.
    Las del repiqueteo de caballería pisando con brío, las que rebosaban flamencura, las de las botas de cuero hasta la rodilla, las del zapateado con donaire… las que decía mi madre tener aquel bailarín zalamero, el figurín que parecía un pincel que la visitaba todas las tardes.

  9. Espectador, por Luciano Doti

    Lucas se había convertido en un espectador de la vida. No recordaba cuándo ni por qué, pero así era. Mientras los hechos se sucedían cinéticamente, él pensaba en sus cosas.
    Mezclado en un grupo de hombres que incluía un niño, observaba a una mujer de piernas sugerentes que se exhibía cerca. Pese a esa proximidad, la juzgaba tan inalcanzable para él como para el niño que contemplaba la misma escena.
    El sujeto con el que debía hacer cierta transacción llegó al lugar y no se reconocieron. Al igual que él, se mimetizó con los demás. Por algún motivo, ninguno de los dos se atrevía a preguntar en voz alta por el otro. La posibilidad de concretar ese negocio se esfumaba. Lucas seguiría teniendo tiempo para pensar.

  10. ESCONDIDO

    Me escondí allí. Mateo se quedó mirando traspuesto las piernas de la bailarina mientras contaba al escondite, y no me vio. Yo me metí debajo del escenario, y era como estar dentro de la tierra. Como estar dentro de la barriga de un tambor y sentir sonar toda la batería. Cuando mis oídos integraron todos los sonidos dejé de existir y me convertí en música, y fui la composición no encontrada, la partitura no leída, la historia no cantada, la noche oscura.

    © MVF

  11. Tenía nueve años cuando mi madre me llevó al teatro por primera vez. Enseguida mis ojos se centraron en la actriz. Desde que vi su cara no pude ver más allá. La escena se movía pero mis ojos no se movían de su escenario, de su cuerpo volátil y, sobre todo, de su cara. Pensaba y pensaba. Pero no lograba recordar de qué me sonaba su cara. Le pregunté a mi madre, pero dijo no haberla visto jamás. Yo cada vez sentía más y más escalofríos.
    Justo cuando la obra terminó, se cruzaron nuestras miradas, y supe que era mi futura mujer, y que el hombre que estaba a su lado era yo.

  12. SOY EL HIJO DE ANTONIO MORENO
    Siempre supe que papá trabajaba en el teatro. Por eso no paraba de viajar. A veces se pasaba fuera meses enteros y sólo se quedaba con mamá y conmigo unos pocos días antes de volver a marcharse.
    Nunca me atreví a preguntarle a mamá qué era eso del teatro. Supuse que se parecía al circo, pero para mayores: después de todo, iba con mis padres al Circo Italia cada vez que venía a la ciudad, pero nunca me habían llevado al teatro.
    Fue en clase de la señorita Rosario donde supe lo que era. Un día nos habló de grandes dramaturgos del momento: Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Antonio Gala; y de otros que ya estaban muertos: Lope, Shakespeare, Molière. Nos dijo que, cuando fuéramos mayores, podríamos disfrutar de sus obras. Estuve tentado a decirle a la señorita Rosario que mi padre trabajaba en el teatro. Gracias a mi timidez, no lo hice. Afortunadamente.
    Sin embargo, no podía esperar. Adiviné que papá actuaba en nuestra ciudad porque salía todos los días después de comer y regresaba de madrugada. Una tarde decidí seguirle. Observé cómo le saludaba un portero. Esperé horas hasta que la puerta del teatro se llenó de gente. Entonces, me acerqué al mismo portero que había saludado a mi padre. Le dije que era el hijo de Antonio Moreno y que le llevaba algo.
    –Ah, ¿tú eres hijo de Toni Moré? Pasa chaval, pasa –me dijo, lanzándome una extraña mirada.
    La sala estaba abarrotada. Me acerqué al escenario, ignorando a la gente que me rodeaba. La obra empezó a los pocos minutos.
    No entendí el argumento, en el caso de que lo tuviera, y no descubrí entre los actores a mi padre. Comencé a pensar que me había engañado todos esos años: quizá, después de todo, no fuera actor.
    Estaba a punto de irme cuando la gente comenzó a aplaudir. Al escenario había salido una mujer muy alta, que llevaba un vestido minúsculo. Pensé en mamá; si la viera, diría de ella que era una desvergonzada. La mujer comenzó a bailar en el escenario. Lo hacía bastante bien, a pesar de que llevaba unos zapatos de tacón como no había visto nunca. Iba muy maquillada y el pelo le llegaba a los hombros.
    Sólo fue al empezar a cantar cuando reconocí a papá.

  13. Por la fama, mató

    Aquella tarde noche, tenía que salir todo perfecto. Los pasos mil veces practicados, las piruetas, los sinuosos movimientos de cadera, el frenesí. Hasta la luna debía aparecer a las siete y cuarenta y nueve rozando las azoteas. Era posible que Robert Palmer, de vuelta hacia su hotel, cruzase por la 22 con la 27 y había que captar su atención. Ya se sabe que soñar es gratis. Poco antes del anochecer, Robert Palmer quedó hipnotizado a los pies de uno de los escenarios montados para celebrar San Patrick. Susan le sonrió y el famoso productor le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo. Broadway estaba más cerca, al otro lado de la esquina, había valido la pena tanto sacrificio. En ese momento, sin previo aviso, sin predictor de por medio, el pequeño Mike apareció de la nada gritando mamá. A Susan se le desdibujó la cara, cerró los ojos, negó con la cabeza. El niño seguía ahí parado, blanco y magullado, sin querer desaparecer y sollozándole cada vez más alto por qué lo hizo. El sueño se tornó en pesadilla como cinco años atrás.

  14. Volver a empezar
    Allí estaba Mara subida a un escenario anónimo, engendrado bajo el desarraigo del glamour, olvidada por la mirada indiscreta de los objetivos de las cámaras, de los melosos elogios de la fina pluma de la prensa. Mara era una voz del pasado, atrás quedaron los años dorados, las actuaciones en el Moulin Rouge en Paris, en El Plata en Zaragoza, en Le Chat Noir… Una voz dulce, cálida, que se iba extinguiendo como el Sol que se baña en las aguas verdemar bajo el beso de la Luna blanca al atardecer. Un éxito inusitado, que obnubiló su intelecto y la sumió en una nube algodonada de egocentrismo. Perdió la humildad y con ella la singladura de su destino. Las amistades se diluyeron como la fina lluvia de oropeles del éxito que cesa en el tiempo. Su voz perdió la nota sensual con medias de lycra, que salta de la fina línea del pentagrama al corazón del auditorio extinguido.
    Mara dice que nunca es demasiado tarde para volver a empezar, levantarse cuando uno se cae por mucho que te duelan los huesos quebrados y tener de nuevo ilusión, humildad y poner una vez más bemoles, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, entre las cuerdas vocales, que lleguen al alma de ese niño que llevas dentro de ti.
    j. mariano seral

  15. CUATRO DISPAROS

    Este es justo el instante previo al primer disparo. Carlitos, el niño que mira hacia arriba como si estuviese presenciando una aparición mariana, es el fruto de la relación entre el tipo que aparece de perfil (A la derecha del niño) y la señorita de los zapatos de tacón. La otra señorita, la de las botas negras, es prima medio cercana de la señorita de los zapatos de tacón. Hace un par de años tuvo un desliz sentimental con el marido de su medio prima y fruto (También fruto) de ese desliz nació Jeremías, que comparte padre con Carlitos. Jeremías fue quien disparó primero sobre su hermano Carlitos, ignoramos porqué: primer disparo.
    Del segundo disparo sabemos que fue obra del individuo que aparece vagamente al final del escenario, tío del padre de Carlitos y cuyos escarceos amorosos con la señorita de los zapatos de tacón eran de sobra conocidos. Esto de la endogamia no suele traer nada bueno.
    El tercer disparo es el propio de la cámara que inmortalizó esta fotografía.
    El cuarto disparo es el que se llevó por delante al mismísimo fotógrafo, no sabemos con exactitud porqué motivo aunque nos lo podemos imaginar.
    Los carteles que anunciaban el espectáculo de las bailarinas ya lo decían bien claro: “Una noche inolvidable”.

  16. TRUCOS DE MAGIA

    Cada tarde, recién salido del colegio y sin quitarse el babi, se pasaba por la feria de camino hacia su casa. Se quedaba todo el rato delante del puesto de las dos magas. No despegaba la mirada de los ojos vendados de una de ellas, la que describía con todo detalle algún espectador; adivinaba hasta lo que llevaba en la cartera. Anders quedaba fascinado y qué decepción cuando en casa se reían de él tratándole de ingenuo, que aquello llevaba truco, que la gente elegida de entre el público estaría compinchada.
    Al día siguiente, cuando volvió, cuál fue su sorpresa cuando le eligieron a él y la mujer adivinó hasta el más recóndito de sus secretos.

  17. DE PUTAS Y TACONES

    Un día al salir del cole me quedé escuchando a una mujer que cantaba. Como nadie me espera en casa y no tengo prisa me tomé un buen rato mirándola, hasta que un señor me preguntó “¿es tu madre”? y yo le dije que sí, no sé por qué. Luego me acarició el pelo y echó una moneda en un platito del escenario. La artista me sonrió.
    Ahora todas las tardes hago lo mismo y me llevo un par de monedas. Me las da ella, Encarnación, y me manda a casa a hacer los deberes. Yo las escondo para que padre no me las quite y se las gaste en vino. Si se enterase me daría una paliza porque aunque es muy bueno conmigo y no me regaña si saco malas notas o me acuesto sin cenar, sé seguro que odia a las putas. Es lo único que recuerdo de cuando madre vivía en casa, los gritos y siempre la misma pregunta “¿De dónde vienes con esos tacones, puta?”.

  18. SUEÑOS DE SEDA

    Me quedé ensimismado en ese regusto de saborear unas piernas que nunca había imaginado tan largas, tan transparentes.
    Mi abuela se excedía con las enaguas y mi madre con unas medias tan tupidas como la salsa de almendras con la que bañaba el cardo cosechado en el huerto.

    Seda para mis ojos, rejilla para enredar mis dedos, costura insinuante para desbaratar mi cándida imaginación y mis sueños durante un lustro.

    Hoy, estoy sentado al borde de una butaca y sigo admirando como se mueven esos muslos al son de mis palmas, al sonido de unas monedas recolectadas tras cada siega, tras cada año vencido a la seducción, a la sensualidad de un liguero.

  19. El nacimiento de una vocación

    Elsa tenía una voz ronca y profunda, casi de hombre, como la que yo quería tener entonces, y unas piernas larguísimas, a las que todavía no había aprendido a desear. La canción que interpretaba se parecía más a un grito que a un llanto. Hubiera dado cuanto tenía por subir al escenario y cantar con ella, pero me quedé embobado mirándola, removiendo el único chavo que tenía dentro de los bolsillos. Entonces subió uno de esos hombres, la zarandeó y le torció el tobillo, convirtiendo el grito en llanto. En ese momento decidí que quería ser médico, para enderezar a Elsa todas sus torceduras. Volví a casa tarareando aquella copla y le hablé a mi padre sobre mis intenciones. Estaba sorbiendo la sopa y casi se atraganta de la carcajada. Mira qué dice el muchacho, le dijo a mi madre. Que quiere ser matasanos. Con lo bien que canta.

  20. Volare
    La voz de mamá sobresale por encima del murmullo de la sala, de las cucharillas que tintinean en las tazas de café, del sonido del viento golpeando las ventanas. Su voz extranjera canta historias de otros sitios, de otras gentes, de otro tiempo. Y yo, sin entender nada lo entiendo todo. Siento su aliento cálido entre el vapor ácimo que exudan mis paisanos, su mirada perdida en la pared de enfrente, sus ganas de volar en alas de la música, sus sueños esperando la hora de ser cumplidos; y pienso en aquella maleta vieja que, a escondidas, ha bajado del desván.

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